miércoles, 18 de noviembre de 2015

MONSEÑOR ROMERO



Oscar Arnulfo Romero y Galdámez

Por Pbro. Ismael Rosales Martínez

Nació en Ciudad Barrios, San Salvador el 15 d agosto de 1917 y murió asesinado por su compromiso con los pobres, el 24 de marzo de 1980. Contaba apenas con 63 años de edad cuando murió.

Trazar un recorrido por la vida de Oscar Arnulfo Romero supone adentrarse en uno de los períodos más convulsos de la historia de su país, El Salvador, y de toda América Latina. En los años en los que Monseñor Romero desarrolló de manera más intensa su actividad religiosa entre 1966 y 1980 durante los 14 años, el incremento de movimientos comunistas de campesinos en toda Latinoamérica que se vio favorecido sin duda por el ejemplo de la revolución cubana del 59, teniendo como a uno de los principales protagonistas al Che Guevara, de la Serna, quien murió también asesinado en Bolivia desde donde pretendía desatar toda una revolución liberadora en Latinoamérica. En Cuba también tuvo un papel protagónico el P. Camilo Torres Cienfuegos.

Esto por una parte, y por otra el compromiso de un sector importante d la Iglesia Católica con los más pobres, iniciado en el Concilio Vaticano II y ratificado en la Conferencia de Obispos Latinoamericanos de Medellín de 1968, chocaron de lleno con unos gobiernos opresores, surgidos a menudo de golpes de estado y apoyados en buena medida por Estados Unidos, cuyos intereses en la zona eran mucho más económicos que humanitarios.

Oscar Arnulfo Romero, más conocido por su pueblo como Monseñor Romero, fue un sacerdote católico salvadoreño y el cuarto arzobispo metropolitano de San Salvador (1977-1980), célebre por su prédica en defensa de los derechos humanos y por haber muerto asesinado durante la celebración de la misa.

Como arzobispo, denunció en sus homilías dominicales numerosas violaciones de los derechos humanos y manifestó públicamente su solidaridad hacia las víctimas de la violencia política de su país. Su asesinato provocó la protesta internacional en demanda del respeto a los derechos humanos en El Salvador. Dentro de la iglesia católica se lo consideró un obispo que defendía la "opción preferencial por los pobres". En una de sus homilías, monseñor Romero afirmó: "La misión de la iglesia es identificarse con los pobres, así la iglesia encuentra su salvación" (11 de noviembre de 1977).

El 24 de marzo de 1990 se dio inicio a la causa de canonización de Monseñor Romero. En 1994 se presentó formalmente la solicitud para su canonización a su sucesor Arturo Rivera y Damas. A partir de este proceso monseñor Romero ha recibido el título de Siervo de Dios. El 3 de febrero de 2015 fue reconocido como mártir "por odio a la fe" por parte de la iglesia católica, al ser aprobado por el papa Francisco el decreto de martirio correspondiente y promulgación por la Congregación para las Causas de los Santos. En América Latina algunos se refieren a él como San Romero de América. Fuera de la iglesia católica, es honrado por otras denominaciones religiosas de la cristiandad, incluyendo a la Comunión anglicana la cual lo ha incluido en su santoral. Es uno de los diez mártires del siglo XX representados en las estatuas de la abadía de Westminster, en Londres, y fue nominado al Premio Nobel de la Paz en 1979.

Infancia y juventud

Oscar Romero era el segundo de 8 hermanos, hijos del matrimonio formado por el telegrafista y empleado de correos, Santos Romero y Guadalupe Galdámez. Fue bautizado el 11 de mayo de 1919, en la iglesia parroquial de su ciudad natal. Desde niño tuvo una salud y muy frágil. En la escuela pública donde estudió, destacó en materias humanísticas más que en matemáticas.

Carrera eclesial

En 1930, a la edad de 13 años, ingresó al seminario menor de la ciudad de San Miguel, que era dirigido por sacerdotes claretianos. Posteriormente en 1937 ingresó en el Seminario de San José de la Montaña de San Salvador. Ese mismo año, viajó a Roma donde continuó sus estudios de teología en la Pontificia Universidad Gregoriana. Vivió en el colegio Pío Latinoamericano, casa que alberga a estudiantes de Latinoamérica, hasta que llegó a ser ordenado sacerdote el 4 de abril de 1942 a la edad de 24 años. En Roma fue alumno de monseñor Giovanni Batista Montini, futuro papa Pablo VI.

Regresó a El Salvador en 1943, siendo nombrado párroco de la ciudad de Anamorós en La Unión; después fue enviado a la ciudad de San Miguel donde sirvió como párroco en la Catedral de Nuestra Señora de La Paz y como secretario del Obispo diocesano monseñor Miguel Ángel Machado.

Posteriormente fue nombrado secretario de la conferencia Episcopal de El Salvador en 1968. El 21 de abril de 1970, el papa Pablo VI lo designó Obispo Auxiliar de San Salvador, recibiendo la consagración episcopal el 21 de junio de 1970, de manos del nuncio apostólico Girolamo Prigrione. El 15 de octubre de 1974 fue nombrado obispo de la diócesis de Santiago de María en el departamento de Usulután. Ocupó esa sede durante dos años. El 3 de febrero de 1977, fue nombrado por el papa Pablo VI como arzobispo de San Salvador, para suceder a monseñor Luis Chávez y González.

Muchos sacerdotes y laicos de la arquidiócesis sintieron extrañeza ante su nombramiento, pues preferían para el cargo a Mons. Arturo Rivera y Damas, obispo auxiliar de Mons. Chávez. Algunos consideraron a Romero como el candidato de los sectores conservadores que deseaban contener a los sectores de la iglesia arquidiocesana que defendían la "opción preferencial por los pobres", conocidos como clero medellinista, en alusión a los documentos de Medellín Colombia, que fueron la adaptación del Concilio Vaticano II a la realidad de la iglesia latinoamericana.

Arzobispado 1977
El 10 de febrero de 1977, en una entrevista que le realizó el periódico La Prensa Gráfica, el arzobispo designado afirmó que:

El gobierno no debe tomar al sacerdote que se pronuncia por la justicia social como un político o elemento subversivo, cuando éste está cumpliendo su misión en la política del bien común.

El 20 de febrero, mientras la arquidiócesis se preparaba para la toma de posesión del nuevo arzobispo, el país celebraba elecciones presidenciales. Luego de los comicios, el 26 de febrero, el Consejo Central de Elecciones declaró vencedor al general Carlos Humberto Romero, candidato del Partido de Conciliación Nacional, en el poder desde 1962. Las fuerzas opositoras denunciaron un fraude electoral de grandes proporciones y convocaron a una concentración popular en la Plaza Libertad de San Salvador. El 28 de febrero las fuerzas de seguridad gubernamentales disolvieron violentamente esta concentración popular, con un saldo de decenas de muertos y desaparecidos.

Durante la semana anterior a la toma de posesión de Mons. Romero como arzobispo, el gobierno del presidente Arturo Armando Molina arrestó y expulsó del territorio salvadoreño a los sacerdotes Bernard Survill (norteamericano y Wilibrord Denaux (belga), miembros del clero arquidiocesano. Tres semanas antes, a finales de enero, había sido arrestado y expulsado del país el sacerdote colombiano Mario Bernal.

El 22 de febrero, Mons. Romero tomó posesión del cargo de Arzobispo de San Salvador en una ceremonia sencilla celebrada en la capilla del seminario Mayor de San José de la Montaña, a la que asistieron el nuncio apostólico Mons. Emanuele Gerada y los demás obispos de El Salvador. Ese mismo día, el gobierno anunció que varios religiosos que se hallaban fuera del país entre ellos el español Benigno Fernández S. J., y el nicaragüense Juan Ramón Vega Mantilla, no debían regresar.

El 5 de marzo, durante una asamblea especial de los obispos, se eligió a Mons. Romero como vicepresidente de la Conferencia Episcopal de El Salvador y se preparó un comunicado para denunciar la persecución de la iglesia en el país.

El 12 de marzo de 1977, el P. Rutilio Grande, S. J., amigo íntimo de Mons. Romero, fue asesinado en la ciudad de Aguilares junto a dos campesinos. El Padre Grande llevaba cuatro años al frente de la parroquia de Aguilares, donde había promovido la creación de comunidades cristianas de base y la organización de los campesinos de la zona. El propio presidente de la República informó a Mons. Romero sobre la muerte de Grande, prometiendo una investigación sobre los hechos. el arzobispo reaccionó a este asesinato convocando a una misa única, para mostrar la unidad de su clero. Esta misa se celebró el 20 d marzo en la plaza Barrios de San Salvador, a pesar de la oposición del nuncio apostólico y de otros obispos.

1978-1979 Oscar Romero

En estas fechas, cambió su predicación y pasó a defender los derechos de los desprotegidos. Monseñor Romero denunció en sus homilías los atropellos contra los derechos de los campesinos, de los obreros, de sus sacerdotes, y de todas las personas que recurrieran a él, en el contexto de violencia y represión militar que vivía el país. En sus homilías posteriores a la muerte de Rutilio Grande, recurrió sin temor a los textos de la Conferencia de Medellín, y pidió una mayor justicia en la sociedad. Durante los tres años siguientes, sus homilías, transmitidas por la radio diocesana YSAX, denunciaban la violencia tanto del gobierno militar como de los grupos armados de izquierda. Señaló especialmente hechos violentos como los asesinatos cometidos por escuadrones de la muerte y la desaparición forzada de personas, cometida por los cuerpos de seguridad. En agosto de 1978, publicó una carta pastoral donde afirmaba el derecho del pueblo a la organización y al reclamo pacífico de sus derechos.

Muerte

En octubre de 1979, Romero recibió con cierta esperanza las promesas de la nueva administración de la Junta Revolucionaria de Gobierno, pero con el transcurso de las semanas, volvió a denunciar nuevos hechos de represión realizados por los cuerpos de seguridad. El 2 de febrero de 1980, la Universidad Católica de Lovaina distinguió a romero con el doctorado honoris causa como reconocimiento en su lucha en defensa de los derechos humanos. En ocasión de recibir ese título honorífico, Romero pronunció un discurso considerado como su testamento profético.

(...) Las mayorías pobres de nuestro país son oprimidas y reprimidas cotidianamente por las estructuras económicas y políticas de nuestro país. Entre nosotros siguen siendo verdad las terribles palabras de los profetas de Israel. Existen entre nosotros los que venden el justo por dinero y al pobre por un par de sandalias, los que amontonan violencia y despojo en sus palacios; los que aplastan a los pobres: los que hacen que se acerque un reino de violencia, acostados en camas de marfil; los que junta casa con casa y anexionan campo a campo hasta ocupar todo el sitio y quedarse solos en el país. (...)

Es pues, un hecho claro que nuestra iglesia ha sido perseguida en los tres últimos años. Pero lo más importante es observar por qué ha sido perseguida. No se ha perseguido a cualquier sacerdote ni atacado a cualquier institución. Se ha perseguido y atacado aquella parte de la iglesia que se ha puesto del lado del pueblo pobre y ha salido en su defensa. Y de nuevo encontramos aquí la clave para comprender la persecución a la iglesia: los pobres. De nuevo son los pobres los que nos hacen comprender lo que realmente ha ocurrido. y por ello la iglesia ha entendido la persecución desde los pobres. La persecución ha sido ocasionada por la defensa de los pobres y no es otra cosa que cargar con el destino de los pobres. (...).

El mundo de los pobres con características sociales y políticas bien concretas, nos enseña dónde debe encarnarse la iglesia para evitar la falta universalización que termina siempre en connivencia con los poderosos. El mundo de los pobres nos enseña cómo ha de ser el amor cristiano, que busca ciertamente la paz, pero desenmascara el falso pacifismo, la resignación y la inactividad; que debe ser ciertamente gratuito pero debe buscar la eficacia histórica. El mundo de los pobres nos enseña que la sublimidad del amor cristiano debe pasar por la imperante necesidad de la justicia para las mayorías y no debe rehuir a la lucha honrada. El mundo de los pobres nos enseña que la liberación llegará no sólo cuando los pobres sean puros destinatarios de los beneficios de gobiernos o de la misma iglesia, sino actores y protagonistas ellos mismos de su lucha y de su liberación desenmascarando así la raíz última de falsos paternalismos aún eclesiales. Y también el mundo real de los pobres nos enseña de qué se trata en la esperanza cristiana.

Oscar Romero

El domingo de Ramos de 1980, un día antes de su muerte, Romero hizo desde la catedral un enérgico llamamiento al ejército salvadoreño, en su homilía titulada "La iglesia un servicio de liberación personal, comunitaria, trascendente", que más tarde se conoció como Homilía de fuego.

“Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles...Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: "No matar". Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene qué cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia, y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse calada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión”.

Oscar Romero

El día lunes 24 de marzo de 1980 fue asesinado cuando oficiaba una misa en la capilla del hospital de La Divina Providencia en la colonia Miramonte de San Salvador. Un disparo hecho por un francotirador impactó en su corazón, momentos antes de la Sagrada Consagración. Al ser asesinado, tenía 62 años de edad. Sus restos mortales descansan en la cripta de la Catedral Metropolitana d San Salvador. En 1993 la Comisión de la Verdad, organismo creado por los Acuerdos de Paz de Chapultepec para investigar los crímenes más graves cometidos en la guerra civil salvadoreña, concluyó que el asesinato de monseñor Oscar Romero había sido ejecutado por un francotirador. En 2004, una corte de loe Estados Unidos declaró civilmente responsable del crimen al Capitán Saravia. El 6 de noviembre de 2009, el gobierno salvadoreño presidido por Mauricio Funes decidió investigar el asesinato de romero para acatar un mandato de la Comisión Interamericana de derechos Humanos del año 2000.

Treinta y un años después del asesinato, se conoció el nombre del asesino de Romero: fue Marino Samayor Acosta, un subsargento de la sección II de la extinta Guardia Nacional, y miembro del equipo de seguridad del ex presidente de la República, quien manifestó que la orden para cometer el crimen la recibió del mayor Roberto d´Aubuisson, creador de los escuadrones de la muerte y fundador de ARENA, y del coronel Arturo Armando Molina. Marino Samayor Acosta habría recibido 114 dólares por realizar esa acción.

Los restos del arzobispo se encuentran en la cripta de la Catedral Metropolitana de San Salvador, justo debajo del altar mayor del templo y dentro de un mausoleo que ostenta su nombre. El monumento fúnebre es una estructura de bronce que representa al cuerpo de Romero rodeado de cuatro ángeles que simbolizan los cuatro evangelios. Fue donado por la comunidad de Sant´ Egidio cuyo consejo eclesiástico es monseñor Vincenzo Paglia, postulador oficial de la causa de beatificación y fue elaborado por el artista italiano Paolo Borghi. La cripta ha sido visitada por reconocidas personalidades entre las que se encuentran Juan Pablo II, Barack Obama y Ban Ki-,moon, este último no sé quién haya sido.

Proceso de canonización

Termino solamente diciendo que el 24 de marzo d 1990, se dio inicio a la canonización de Mons. Romero y se designó al Pbro. Rafael Urrutia como postulador de la causa. Después de 35 años apenas fue declarado Beato mártir monseñor Oscar Arnulfo Romero, y continúa su proceso de canonización.

Conclusión



Que nuestros distintos compromisos cristianaos en nuestras respectivas comunidades sean iluminados por el gran testimonio de monseñor Oscar Arnulfo Romero, quien llevó su compromiso hasta las últimas consecuencias, tal y como de ser el de todo cristiano que quiera constituirse como fiel seguidor de Jesucristo, el enviado del Padre Dios para salvarnos a todos, construyendo un mundo de justicia donde los verdaderos pobres sean los sujetos activos y primeros beneficiarios. Así como podremos terminar diciendo finalmente: San Romero de América, ruega por nosotros. Que así sea para todos.

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EL MENSAJERO DE SANTO TOMÁS, AGOSTO 2015, NÚMERO 1.  FUNDACIÓN SANTO TOMÁS DE AQUINO, AC. PÁGINA 4, DIRECTOR-EDITOR HÉCTOR ALFONSO RODRÍGUEZ AGUILAR.

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