Por Pbro. Lic. José Alfredo Monreal Sotelo
Monseñor Óscar Arnulfo Romero fue
beatificado, el 23 de mayo de 2015, en una Eucaristía presidida por el Cardenal
Ángelo Amato, Prefecto de la Congregación para la causa de los santos, y
concelebrada por Mons. Vicenzo Paglia, Presidente del Consejo para la Familia y
Postulador de la causa de beatificación de Mons. Romero, y Mons. José Luis
Escobar Alas, Arzobispo de San Salvador. Además de numerosos arzobispos y
obispos, asistieron más de 1,400 sacerdotes y más de 750,000 fieles. Esta
Celebración fue un reconocimiento de parte de la Iglesia del testimonio y
martirio de Mons. Romero y de la sabiduría del Pueblo de Dios que desde los
primeros años lo declaró como San Romero de América, Pastor y Mártir.
El 22 de febrero de 1977, Monseñor
Romero fue nombrado arzobispo de San Salvador. Tres años más tarde, el 24 de
marzo de 1980, fue asesinado en el altar, mientras celebraba la Eucaristía. La
vivencia de su ministerio se realizó en el contexto de conflicto que sufría su
país y que de 1980 a 1992, alcanzó dimensiones de guerra civil.
Hoy, nuestro encuentro se ubica en relación al
acontecimiento de la Beatificación de Monseñor Óscar Arnulfo Romero. En esta
presentación desarrollaré el tema en dos partes: primero retomaremos la
experiencia de martirio vivida en América Latina; y luego, los rasgos de la
vida de Mons. Romero.
1.
EL
MARTIRIO EN AMÉRICA LATINA.
Las palabras “persecución” y
“martirio” evocan para muchos de nosotros en la actualidad muerte heroica,
sangre, suplicios, catacumbas. La
palabra mártir, común a todas las
lenguas de los pueblos cristianos, significa originalmente testigo. El mártir atestigua su fe en Jesús como único Señor
excluyendo a cualquier otro, aunque sea el emperador. El cristiano no corre al
encuentro del martirio, aunque a veces haya ocurrido eso; puede huir de la
persecución, pero cuando es detenido, da testimonio hasta el fin, siguiendo a
Jesús también en su pasión y muerte. El mártir se identifica con Jesús.
Hacia el año 155, para el redactor de la
carta que narra el martirio de San Policarpo, discípulo de San Juan, y para los
fieles de la Iglesia de Esmirna, mártir y martirio tienen plenamente el actual
sentido de testimonio consumado por la muerte. La misma conclusión se saca del
texto que las Iglesias de Lyon y Vienne enviaron a las de Asia y Frigia, sobre
los mártires del año 177. Así mismo, señalaba San Agustín a sus fieles de
Hipona en el 416 que los mártires sufrieron todo lo que sufrieron por dar
testimonio o de lo que ellos por sí mismos vieron o de lo que oyeron, toda vez
que su testimonio no era grato a los hombres contra quienes lo daban. Como
testigos de Dios sufrieron. Quiso Dios tener por testigos a los hombres, a fin
de que los hombres tengan por testigos a Dios.
El martirio hace profundizar en
cualquier momento histórico en el misterio de Cristo crucificado y de la Cruz: “Escándalo
para los judíos, locura para los paganos. Pero, para quien cree, es fuerza,
sabiduría de Dios y valor para luchar por el Reino” (1Cor 1,18-31).
En
América Latina se vivió, en la segunda mitad del siglo XX, una dimensión de
persecución y martirio. La situación denunciada por la Iglesia en Medellín
(1968) y en Puebla (1979) y las opciones que desde la fe se asumieron,
generaron una dinámica de represión por parte de los poderosos hacia quienes
tomaron en serio el mensaje de estas Asambleas y asumieron un compromiso
cristiano. Por eso, el filósofo historiador Enrique Dussel llamó a este momento:
“De Medellín a Puebla una década de sangre y esperanza”. Con la novedad que
esta persecución fue realizada por muchos que se consideraban cristianos.
Los mártires latinoamericanos se
cuentan entre los miembros de las Comisiones de Derechos Humanos y de la
pastoral de la tierra en Brasil; responsables de Cáritas; distribuidores de
víveres a los pobres, como el indígena Jerónimo en México; enfermeros (as),
como Leonardo Matute en Ocotal, Nicaragua, o Silvia Maribel, en El Salvador;
los que protegían refugiados, como Elpidio Cruz, en Honduras; los que trabajaban
en refugios o con huérfanos, como las misioneras Jean Donovan, Ita Ford, Maura
Clarke, Dorothy Kasel, en El Salvador; los que procuran favorecer la paz y
evitar violencias, como Josimo Morae, Ezequiel Ramín, Rudolf Lunkenbein, en
Brasil; los que entierran a los muertos, como aconteció varias veces en Guatemala,
El Salvador y Bolivia; Sacerdotes de varios países y obispos como Óscar Arnulfo
Romero.
Además, conviene considerar que
Monseñor Romero, el Padre Alirio Napoleón Macías, el diácono José Othmaro
Cáceres y varios grupos de catequistas en El Salvador y Guatemala, fueron
muertos dentro de templos y muchas veces en una celebración religiosa. Aquí se
pueden incluir los mártires de Acteal, Chiapas.
La sangre derramada por los mártires es
convocadora y es semilla de nuevos cristianos, como decía Tertuliano. El pueblo
de Aguilares, en El Salvador, repetía: “Nuestro mártir, Padre Rutilio Grande,
no es sólo para ser recordado, sino para ser actualizado. Debemos continuar lo
que él ha comenzado. En vez de un solo Rutilio, vamos a tener diez, veinte,
cien Rutilios”. Ante la noticia de la muerte del Padre Rutilio, el Padre
Arrupe, expresó en Roma días después: “Me parece una señal clara del Señor (le
había precedido en corto plazo, el padre Joáo Bosco P. Burnier), han sido
hombres de cualidades humanas normales, de vida oculta, casi desconocidos, que
vivían en pueblos pequeños, dedicados por completo al servicio diario de los
pobres y de los que sufren. Por lo tanto, testimonios individuales e indudables
de servicio a la fe y de promoción de la justicia”.
Un ministro de la Palabra en El
Salvador decía: “mataron a mi hermano por el único delito de ser cristiano. Eso
nos dio fuerza para continuar. Si él no hubiera muerto quizá nosotros no
hubiéramos descubierto ni comprendido el pecado tan horrendo de la injusticia”.
Los mártires de Latinoamérica han sido gentes
de compasión y misericordia. Aquí, el martirio ha sido consecuencia de un gran
amor a los pobres, a los que sufren injusticia, opresión, represión y muerte.
Los mártires no han dado su vida para conseguir algo para ellos (poder, riqueza),
sino para que las mayorías tengan vida. Por eso son en sí mismos profecía
contra la injusticia y utopía de vida.
Desde la perspectiva de valorar el
testimonio de los mártires, Pedro Casaldáliga, obispo de S. Félix, Brasil, alertaba
a sus hermanos claretianos de Formosa, Argentina, a recuperar la memoria de los mártires, de los
muertos, de los desaparecidos. Les indicaba: “por el amor de Dios, no se
olviden de nuestros mártires”.
2. VIDA Y TESTIMONIO DE ÓSCAR
ARNULFO ROMERO Y GALDÁMEZ.
Óscar Arnulfo Romero nació hace casi
un siglo, el día 15 de agosto de 1917, en Ciudad Barrios, departamento de San
Miguel, a unos 200 kilómetros al noroeste de la capital, casi en la frontera
con Honduras, en el seno de una familia humilde. Su padre, Santos Romero, era
telegrafista. Su madre, Guadalupe de Jesús, una santa; y de su matrimonio
nacieron 8 hijos. Así, los primeros años de vida de Monseñor fueron dedicados a
la carpintería para contribuir al ingreso familiar.
A los trece años, Óscar entró en el
Seminario Menor de San Miguel; el joven seminarista se sintió agusto en aquel
Seminario. Los padres claretianos lo dirigían con sentido de paternidad y
espíritu humanista. Óscar por su parte, trabajaba los veranos, alguno de ellos
incluso en la mina, para colaborar en su sostenimiento. Los estudios
eclesiásticos los concluyó en Roma, en la Pontificia Universidad Gregoriana y
como alumno del Colegio Pío Latinoamericano. Fue ordenado sacerdote en Roma, a
la edad de 24 años, el 4 de abril de 1942. Sus intenciones eran continuar en
Roma para doctorarse en Teología, pero la Segunda Guerra Mundial truncó su proyecto,
por lo que en agosto de 1943 regresó a El Salvador. La estancia en Roma
desarrolló en Romero un apego afectuoso a la figura del Papa que jamás abandonó
en su vida. De manera especial manifestó admiración hacia el Papa Pío XI, de
quien reconoció su firmeza y la audacia para enfrentarse sin miedo a los
poderosos.
Ya de regreso a su tierra natal fue nombrado
párroco de Anamorós, así iniciarían más de 20 años de dedicación a la oración y
a la pastoral. Luego fue designado Rector de la Catedral, Director del
seminario de San Miguel y después del Interdiocesano, en San Salvador. En 1967,
secretario general de la Conferencia Episcopal en el Salvador.
El 21 de junio de 1970 fue
consagrado obispo auxiliar de Mons. Luis Chávez y González, a quien sustituyó posteriormente
en la Sede Metropolitana de El Salvador el 22 de febrero de 1977, después de
haber sido, desde el 15 de octubre de 1974, obispo en Santiago de María.
En este momento la Iglesia de El
Salvador vivía momentos de reformas inspiradas en el Concilio Vaticano II y la
Conferencia de Medellín. Estas reformas se orientaban a la opción por lo pobres
y en un nuevo entendimiento de la evangelización. En este contexto de búsqueda
y conflicto, en los días posteriores a la toma de posesión de Mons. Romero a su
Sede de San Salvador, fue asesinado el Padre Rutilio Grande, amigo cercano a
Mons. Romero. Este hecho marcó fuertemente su modo de vivir el ministerio
episcopal y a partir de este momento su trabajo se inclinó a la defensa de los
desprotegidos, en especial de los campesinos perseguidos.
Lo que pasó en las primeras semanas
fue solo una escaramuza a comparación de lo que sucedería más tarde. Durante
tres años Mons. Romero vio que El Salvador se precipitaba a la guerra civil.
Empezaba aquella tormenta de violencia que la Comisión de la Verdad para El
Salvador ha definido posteriormente con estas palabras: «La violencia fue una llamarada que avanzó por los campos de El
Salvador, invadió las aldeas, copó los caminos, destruyó carreteras y puentes,
llegó a las ciudades, penetró en las familias, en los recintos sagrados y en
los centros educativos, golpeó a la justicia y a la administración pública, la
llenó de víctimas, señaló como enemigos a quienquiera que no aparecía en la
lista de amigos… Las víctimas eran salvadoreños y extranjeros de todas las procedencias».
En este período convulsionado, la Iglesia y los cristianos de El Salvador
fueron perseguidos. Tener una Biblia o un Evangelio se convirtió en algo
peligroso, sobre todo en el campo.
Para Monseñor Romero, Dios se
encuentra entre los pobres, los humildes y los débiles. En la Navidad de 1979
predicaba en este sentido: «Cristo, el
más pobre, envuelto en pañales, es la imagen de un Dios que se anonada. Lo que
la teología llama kenosis… Esta
noche no busquemos a Cristo entre las opulencias del mundo, entre las
idolatrías de la riqueza, entre los afanes de poder, entre las intrigas de los
grandes. Allí no está Dios. Busquemos a Dios…, entre los niños desnutridos que
se han acostado esta noche sin tener que comer. Entre los pobrecitos vendedores
de periódicos que dormirán arropados de diarios allá en los portales. Entre el
pobrecito lustrador que tal vez se ha ganado lo necesario para llevar un
regalito a su mamá, o, quién sabe, el vendedor de periódicos que no logró
vender los periódicos y recibirá una tremenda reprimenda… O el joven campesino,
obrero, el que no tiene trabajo, el que sufre la enfermedad en esta noche. No
todo es alegría, hay mucho sufrimiento, hay muchos hogares destrozados, hay
mucho dolor, hay mucha pobreza. Hermanos, todo eso no lo miremos con demagogia.
El Dios de los pobres ha asumido todo eso y le está enseñando al dolor humano
el valor redentor, el valor que tiene para redimir al mundo la pobreza, el
sufrimiento, la cruz. No hay redención sin cruz».
El Sr. Obispo Óscar Arnulfo
expresaba continuamente que la Palabra de Dios, el Evangelio y la Iglesia han
de iluminar al hombre, la realidad, la política. Él rescata para la Iglesia y
para América Latina el profetismo del pueblo de Israel. Esta herencia del
profetismo resonó con fuerza en sus homilías dominicales. No es casual que
muchos definieran sus homilías con una sola palabra: verdad. En cada Misa él
denunciaba con valentía los atropellos y atrocidades que realizaban la policía
y el ejército de El Salvador para reprimir cualquier manifestación de personas
que reivindicaban sus derechos o se organizaban. En una ocasión dijo: «De qué sirven tantas reformas (se
refería a las reformas económicas) si van
teñidas con tanta sangre». Y es famosa la frase de su homilía poco antes de
su muerte: «En nombre de Dios y en nombre
de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben al cielo; en nombre de Dios pues,
les ruego, les suplico, les ordeno: en nombre de Dios: ¡cese la represión!».
Monseñor Romero fue un Profeta que
supo escuchar a su pueblo y supo escuchar a Dios y de esta manera supo anunciar
y denunciar. Él quería una iglesia fiel a Jesús y que se comprometiera
decididamente con la construcción del Reino de Dios. A todo esto se comprometió
Mons. Romero y por esto dio su vida.
El día 24 de marzo de 1980, fue
alcanzado por la bala de un francotirador mientras oficiaba la Misa en el
hospital de la Divina Providencia: un hospital para cancerosos.
Desde el mismo momento de su muerte,
la persona y el testimonio de Monseñor Romero despertó en el pueblo estimación
y admiración. “San Romero de América, Pastor y mártir nuestro”, lo llamó el
poeta y obispo Pedro Casaldáliga en un bello e insuperable poema que canta a la
figura de Monseñor Romero.
El Papa Francisco, en su carta con
el motivo de la beatificación, señaló: “En
ese hermoso país bañado por el Océano Pacífico, el Señor concedió a su Iglesia
un Obispo celoso que amando a Dios y sirviendo a los hermanos, se convirtió en
imagen de Cristo Buen Pastor. En tiempos de difícil convivencia, Monseñor
Romero supo guiar, defender y proteger al rebaño, permaneciendo fiel al
Evangelio y en comunión con toda la Iglesia. Su ministerio se distinguió por
una particular atención a los más pobres y marginados. Y en el momento de su
muerte, mientras celebraba el Santo sacrificio del amor y de la reconciliación,
recibió la gracia de identificarse plenamente con Aquel que dio la vida por sus
ovejas”.
Cuando Ignacio Ellacuría celebraba la
Misa de Monseñor Romero en la UCA (Universidad Centroamericana), justo al día
siguiente de su asesinato, expresó: “Con Monseñor Romero Dios pasó por El
Salvador”. La memoria del Beato Monseñor Romero sigue viva y su palabra y causa
son un testimonio para una Iglesia que intenta ser misionera, Iglesia en
salida.
La Iglesia de El Salvador, de Latinoamérica
y del mundo dieron gracias a Dios por la beatificación de Mons. Romero. Eran
las II:00 horas de la mañana del 23 de mayo de 2015, cuando el Cardenal Ángelo
Amato, en nombre del Papa Francisco, leyó el decreto de beatificación: «Para colmar la esperanza de muchísimos
fieles cristianos, habiendo hecho la consulta del caso a la Congregación de los
Santos, en virtud de nuestra autoridad apostólica facultamos para que el
venerable Siervo de Dios, Óscar Arnulfo Romero Galdámez, obispo y mártir,
pastor según el corazón de Cristo, evangelizador y padre de los pobres, testigo
heroico del Reino de Dios, reino de justicia, fraternidad y paz, en adelante se
le llame Beato y se celebre su fiesta el 24 de marzo, día en que nació para el
cielo.»
Jams.
Cd.
Guzmán, Jal., a 9 de julio de 2015.
BIBLIOGRAFIA:
AA.VV.
(MARINS José), Memoria peligrosa, Ed.
CRT, México 1989.
ASPIRANTES JOSEFINOS
DE SANTA ANA, EL SALVADOR, Un Pastor ‘con
olor a oveja’, en El Propagador, 7 (2015).
El Puente, Abril de 2015; Junio/Julio de
2015.
MOROZZO Roberto, Monseñor Romero, Ed. Sígueme, Salamanca
2010.
Puedes consultar el ejemplar digital de pdf dar un click al vínculo:
EL MENSAJERO DE SANTO TOMÁS, AGOSTO 2015, NÚMERO 1. FUNDACIÓN SANTO TOMÁS DE AQUINO, AC. PÁGINA 3, DIRECTOR-EDITOR: HÉCTOR ALFONSO RODRÍGUEZ AGUILAR.