domingo, 29 de noviembre de 2015

PRESENTACIÓN DE LA ENCÍCLICA "LAUDATO SI"






Por: J. Jesús Juárez Martín

El Santo Padre: Francisco
, el 24 de mayo terminó y firmó la Encíclica “LAUDATO SI” que el día 13 de agosto a las 20 horas fue presentada en el Templo de “Tercera Orden”, edificio emblemático Colonial en el centro de Ciudad Guzmán.  En los  días anteriores circularon por diversos medios las invitaciones de la Fundación Santo Tomás de Aquino. A. C. a través de la Cátedra Mexicana de Teología “Fray Antonio de Aguilar: Presentación de la Encíclica  “LAUDATO SI” del Papa Francisco por el Lic. Pbro. José Lorenzo Guzmán Jiménez, Rector del Seminario Mayor Diocesano de Ciudad Guzmán, la Bióloga Luz Evelia Rocha Vázquez y el comentarista y escritor Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar.

 El evento se realizó muy cercano a la celebración histórica  de Zapotlán el Grande 482 Aniversario de la Fundación novohispana del Pueblo de Santa María de la Asunción de Tzapotlán. El inolvidable franciscano JUAN DE PADILLA, con pocos hermanos de su orden y algunas familias españolas, ante el asombro de la población indígena  hicieron la traza de los principales edificios de la naciente población, que llegaría a Grande, la fecha de la fundación fue el 15 de agosto de 1533, que crece y crece, cada vez más, somos aproximadamente 120 mil habitantes.

La fluida disertación de los ponentes mantuvo expectantes a los asistentes que les quedó claro que la Encíclica, documento formal de la Iglesia Católica, comunicación especial del Sucesor de Pedro  Obispo de Roma pretendiendo hacer conciencia no sólo a los feligreses que suman mil doscientos millones de católicos, sino a la humanidad responsable, consciente o inconsciente del mal trato que ha llevado a las alteraciones de los ecosistemas, un análisis científico de la situación deplorable de la Ecología y los destrozos que sufren los elementos, aire, agua y suelo por la explotación irracional de los recursos,  impulsados por el consumismo y la desmedida ambición de ganancias fáciles. Es una alerta a toda la humanidad, un llamado a corregir nuestras formas de vivir en auxilio de los que menos tienen, dañar lo menos posible a la tierra, que acciones gubernamentales e institucionales se encaminen a la restauración de nuestra casa. Por vez primera se utilizan conocimientos científicos y se den propuestas para no llegar a índices menores de deterioro global.

No es asunto exclusivo de los particulares, es un asunto incluyente a todo humano con afectaciones sociales profundas, de implicaciones políticas mundiales que sólo con voluntad fraterna podrán corregirse los estilos de vida a mejores comportamientos que impacten en el medio ambiente y que la producción cuide sus procesos y productos más sanos.

El asunto del calentamiento global, bien documentado, la desforestación,  la carencia del agua potable, destrucción de los  ecosistemas,  extinción de especies animales y vegetales, con ya consciencia de los daños, tal vez en pesquisas para encontrar los culpables mayoritarios, sin corregir los propios actos de agresión a la tierra, un caso groso para políticas mundiales contundentes correctivas, no sólo concientizar la gravedad, sino que se tomen los recursos científicos, las herramientas indispensables y los recursos requeridos para una lucha larga , tenaz de la política internacional.


Es  asunto pastoral es tal su profundidad que se involucra al Iglesia como defensora de nuestra aterida tierra por las implicaciones sociales. Los variados temas,  verdades religiosas, orientación evangélica, en las implicaciones sociales, familiares en forma implícita del análisis, necesitan de las acciones en nuestra vida relacional, cotidiana.  Con esta Encíclica el Vicario de Cristo fija su posición  con sinceridad fraterna. A estos problemas ecológicos sociales de repercusión mundial, sin que sea la primera porque muchas otras ya lo han hecho, desde RerumNovarum de León XIII en 1891, Pacem in Terris del Papa Juan XXIII, Mater et Magistra, son encíclicas que han marcado la historia del pensamiento social del tiempo y la postura de la Iglesia.


Algunas sugerencias de la Encíclica pudiéramos afirmar que son insuficientes, es mejor hacer algo, por diminuto que parezca, en vez de una actitud silente de cero acciones y dejar a otras instancias la solución, la concientización, incluidos los gobiernos. Si se activa la conciencia de gobiernos, instituciones y se dan acciones a favor de la Tierra, nuestra casa, estaríamos en camino a la solución. Las acciones organizadas, los apoyos de la población, las inversiones para revertir lo que daña, el mejor trato a las especies vivas, cuidados al reino mineral. 



Gracias al Papa  Francisco, nos pone en alerta de una posible catástrofe irreversible. Gracias al Pbro. José Lorenzo por su magistral presentación, a la Bióloga por su ejemplificación práctica a las inquietudes de la población y nuestro reconocimiento a Alfonso Rodríguez Aguilar por su inquietud y promoción de la presentación.

Vale más un grito a tiempo que millares de lamentaciones.

El Mensajero de Santo Tomás; Director-Editor: Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar; Número 2; Septiembre de 2015.  Si gustas consultar la versión impresa en digital puedes pulsar en la siguiente dirección: 

viernes, 27 de noviembre de 2015

El sabio más santo y el santo más sabio





Nadie se aproximó a la Teología y a la Filosofía tomista sin haber bebido en esta fuente la más excelente doctrina. El nombre de Santo Tomás de Aquino es un marco para todos aquellos que buscan la verdad. Mientras, en los pormenores de su vida y en su extraordinaria personalidad descubrimos algo más que a un teólogo: un gran santo.

Por: Carmela Werner Ferreira

La búsqueda de la verdad es tan antigua como el propio hombre, y no hay uno solo entre los seres racionales que no desee poseerla. Por otro lado, la privación de ese excelente bien acaba dando a la colectividad humana un aspecto desfigurado, que se explica por la adhesión a falsas doctrinas o a medias verdades. Nuestra sociedad occidental es un ejemplo de esa profunda carencia que no encuentra en los avances de la técnica, ni en la fugacidad de los vicios una respuesta satisfactoria.

Un niño que buscaba lo Absoluto

Pero al final, ¿Qué es la verdad? Ésta era una de las preguntas que el pequeño Tomás hacía en sus tiernos cinco años de edad. Según una costumbre de la época, su educación fue encomendada a los benedictinos de Monte Carmelo, lugar donde se trasladó. Viendo a un monje cruzar con gravedad y recogimiento los claustros y corredores, tiraba insistentemente de la manga de su hábito y le preguntaba: “¿Quién es Dios?”. Descontento con la respuesta que, aunque verdadera, no satisfacía enteramente su deseo de saber, esperaba que pasara otro hijo de San Benito y también le preguntaba: “Hermano Mauro, ¿Me puede explicar quién es Dios?” Pero... ¡qué decepción! De nadie conseguía la explicación deseada. ¡Cómo las palabras de los monjes eran inferiores a la idea de Dios que aquel niño poseía en el fondo de su alma!

Fue en ese ambiente de oración y serenidad que transcurrió feliz la infancia de Santo Tomás de Aquino. Nació allá por el año de 1225, benjamín de los condes de Aquino, Landolfo y Teodora. Intuyendo para el pequeño un futuro brillante, sus padres le proporcionaron una robusta formación. Mal podían imaginar que él sería uno de los mayores teólogos de la Santa Iglesia Católica y la roca fundamental del edificio de la filosofía cristiana, el punto de convergencia en el cual se reunirían todos los tesoros de la teología hasta entonces acumulados y del que partirían las luces de las futuras explicitaciones.

La vocación puesta a prueba

Siendo muy joven todavía, Santo Tomás partió hacia Nápoles con el fin de estudiar gramática, dialéctica, retórica y filosofía. Las materias más arduas, que cuestan hasta a los espíritus más robustos, no pasaban de ser un simple juguete para él. Mientras, en ese periodo de su vida, no avanzó menos en santidad de lo que en ciencia. Su entretenimiento era rezar en las diversas iglesias y hacer el bien a los pobres.

Todavía en Nápoles Dios le manifestó su vocación. Sus padres deseaban verlo benedictino, abad en Montecassino o arzobispo de Nápoles, sin embargo, el Señor le trazaba un camino bien diferente. Era en la Orden de los Predicadores, recién fundada por Santo Domingo, donde la gracia habría de tocarle al alma. Santo Tomás descubrió en los dominicos el carisma con el cual se identificó por completo. Después de largas conversaciones con Fray Juan de San Julián no dudó en ingresar a la Orden y hacerse dominico a los 14 años de edad.

Acostumbra la Providencia Divina fraguar en el crisol de los sufrimientos a las almas que confiere un llamamiento excepcional, y Santo Tomás no escapó a esta regla. Cuando su madre supo de su ingreso en los dominicos, se llenó de furia y quiso sacarlo a la fuerza. Huyendo a París, con el objetivo de escapar de la tiranía materna, el santo doctor fue atrapado por sus hermanos que lo buscaban con todo empeño. Después de apalearlo brutalmente, probaron despojarlo de su hábito religioso. “Es una cosa abominable —dirá después Santo Tomás— querer reclamar al Cielo por un don que de él recibimos”.

Así capturado, lo llevaron hasta la madre, intentó hacerlo abandonar sus propósitos, en la incapacidad de convencerlo, encargó a sus dos hijas que disuadieran a cualquier precio al hermano “rebelde”. Con palabras seductoras, ellas le mostraros las mil ventajas que el mundo le ofrecía, hasta la de una prometedora carrera eclesiástica, siempre que renunciase a la Orden Dominica. El resultado de esta entrevista fue asombroso: una de las hermanas decidió hacerse religiosa y partió hacia el convento de Santa María de Capua, donde vivió santamente y fue abadesa. ¡Es la fuerza de la convicción y el poder de persuasión de este hombre de Dios!

Enfrentamiento decisivo

Harta de sus vanos esfuerzos, la familia tomó una medida drástica: lo encarceló en la torre del castillo de Roccasecca, con la intención de mantenerlo en ese estado mientras no desistiese de su vocación. En completa soledad,  el santo pasó allí casi dos años, que fueron aprovechados en profundizar en las vías de la contemplación y del estudio. Los frailes dominicos le acompañaban espiritualmente a través de oraciones y le enviaban con audacia libros y nuevos hábitos que llegaban a sus manos a través de sus hermanos.

Como pasaba el tiempo sin que el joven detenido decayera, sus hermanos —instigados por Satanás— prepararon un plan execrable: enviaron a la torre a una mujer de malas costumbres para hacerlo caer en pecado. A pesar de todo, Santo Tomás hacía mucho que se había fortalecido en la práctica de todas las virtudes, y no se dejaría arrastrar. Viendo aproximarse a aquella perversa mujer, cogió del fuego una brasa encendida y con ella se defendió de la infame tentadora, que huyó asustada para salvar su propia piel.
¡Insigne victoria contra el enemigo de la salvación! Reconociendo en este episodio la intervención divina, Santo Tomás trazó con la misma brasa una cruz en la pared, se arrodilló y renovó su promesa de castidad. Complacidos por este gesto de fidelidad, el Señor y su Madre le mandaron un sueño durante el cual dos ángeles le ciñeron con un cordón celestial, diciendo: “Venimos de parte de Dios a conferirte el don de la virginidad perpetua, que a partir de ahora será irrevocable".
Nunca más Santo Tomás sufrió tentación de concupiscencia o de orgullo. El título de Doctor Angélico no le fue dado únicamente por haber transmitido la más alta doctrina, sino también por haberse asemejado en todo a los espíritus purísimos que contemplan la cara de Dios.

El alumno supera al maestro

Ahora con el permiso de los suyos, Santo Tomás partió para consolidar su formación intelectual en París y Colonia. Se hablaba mucho de la predicación que hacía en esta última ciudad el obispo San Alberto Magno, el más prestigioso maestro de la Orden de los Predicadores. Santo Tomás rezó, pidiendo conocerlo y recibir de él las maravillas de la fe, y para alegría suya, fue atendido. Lo que san Alberto Magno no podía imaginar es que aquel humilde fraile, de pocas palabras y de presencia discreta, tuviese una envergadura espiritual tan grande.

Cierto día, cayó en las manos del maestro un texto escrito por su alumno. Admirado por la profundidad del contenido, pidió a Santo Tomás que expusiera ante la clase aquel tema. El resultado fue una explicación sorprendente en todo, en la cual los demás alumnos comprobaron qué temerario era el juicio peyorativo que hacían de su compañero: él logró explicitar con más riqueza, expresividad y claridad que el propio san Alberto.

De ahí en adelante, la vida del Doctor Angélico fue una secuencia de sublimes prestados a la sagrada teología y a la filosofía. A los 22 años de edad interpretó con genialidad la obra de Aristóteles; a los 25; junto a San Buenaventura, obtuvo el doctorado en la Universidad de París. Estos dos arquetipos doctrinarios se tenían una recíproca admiración, hasta el punto de disputar afectuosamente, sobre el día que recibirían el título máximo, quién sería nombrado primero, cada cual deseando al otro la primacía.

Obra portentosa

Tan vasta es la obra tomista que la simple enumeración de sus escritos ocupa varias páginas. Forman un total de casi sesenta grandes obras – entre comentarios, sumas, cuestiones y opúsculos – de las cuales no está excluida ninguna de las grandes preocupaciones del espíritu humano. Su prodigiosa memoria le permitía retener todas las lecturas que hiciera, entre ellas, la Biblia, las obras de los filósofos antiguos y los Padres de la Iglesia. Cada una de las ochenta mil citaciones contenidas en sus escritos brotaron espontáneamente de su prodigiosa retentiva. Jamás precisó leer dos veces el mismo texto. Al serle preguntado cuál era el mayor favor sobrenatural que recibiera, después de la gracia santificante, respondió: "Creo que el de haber entendido todo cuanto leí".

En sus obras vemos una increíble agudeza de espíritu, un raro don de formular y una superior capacidad de expresión. Acostumbraba resolver cuatro o cinco problemas al mismo tiempo, dictando a diversos escribanos respuestas definitivas a las cuestiones más oscuras. No sucumbió al peso de sus conocimientos, sino que, al contrario, los armonizó en un conjunto incomparable que tiene en la Suma Teológica la más brillante manifestación.

Sabiduría y oración

Hablar de las cualidades naturales del Doctor Angélico sin considerar la supremacía de la gracia que resplandecía en su alma sería una deturpación. Fray Reginaldo, su fiel secretario, dice haberlo visto pasar más tiempo a los pies del crucifijo que en medio de los libros.

A fin de obtener luces para solucionar intrincados problemas, el santo doctor hacía frecuentes ayunos y penitencias, y no era poco frecuente que el Señor le atendiera con revelaciones celestiales. En cierta ocasión, mientras rezaba fervorosamente pidiendo luces para explicar un pasaje de Isaías, se le aparecieron San Pedro y San Pablo y le esclarecieron todas las dudas.

Recurría también a Jesús Sacramentado. A veces, colocaba la cabeza en el sagrario y rezaba prolongadamente. Aseguró después haber aprendido más de esta forma que en todos los estudios que hiciera. Por su entrañado a amor a la Eucaristía compuso el Pange Lingua y el Lauda Sion para la fiesta del Corpus Christi: obras primas jamás superadas.

Un día, estando inmerso en la adoración a Jesús Crucificado, el Señor se dirigió a él con estas palabras:

- Escribiste bien sobre Mí, Tomás. ¿Qué recompensa quieres?
- Nada más que a Vos, Señor – respondió él.

Una recompensa demasiadamente grande

En 1274 Santo Tomás partió hacia Lyon con el fin de participar del Concilio Ecuménico convocado por el Papa Gregorio X, pero en el camino enfermó gravemente. Como no había ninguna fundación dominica cercana, fue llevado a la abadía cisterciense de Fossanova, donde falleció el 7 de Marzo, antes de cumplir los 50 años de edad. Sus reliquias fueron transportadas a Toulouse el 28 de Enero de 1369, día en el que la Iglesia Universal celebra su memoria. Al recibir por última vez la sagrada eucaristía, dijo él:

"Yo recibo el precio del rescate de mi alma, Viático de mi peregrinación, por cuyo amor estudié, vigilé, trabajé, prediqué y enseñé. He escrito tanto y tan frecuentemente, he discutido sobre los misterios de vuestra Ley, oh mi Dios; sabéis que nada deseé enseñar que no hubiese aprendido de Vos. Si lo que escribí es verdad, aceptadlo como un homenaje a vuestra infinita majestad; si es falso, perdonad mi ignorancia; consagro todo lo que hice y lo someto al infalible juicio de vuestra Santa Iglesia Romana, en la obediencia a la cual estoy preparado para partir de esta vida".

¡Bello testamento de elevada santidad! La Iglesia no tardó en glorificarlo, elevándolo a la gloria de los altares en 1323. En la ceremonia de canonización, el Papa Juan XXII afirmó: “Tomás solo iluminó a la Iglesia más que todos los otros doctores. Tantos son los milagros que hizo como las cuestiones que resolvió”. En el Concilio de Trento, las tres obras de referencia puestas sobre la mesa de la asamblea fueron la Biblia, los Hechos Pontificales y la Suma Teológica. Es difícil explicar lo que la Iglesia debe a este hijo sin par.

De la fe extraordinariamente vigorosa del Doctor Angélico brotaba la convicción profunda de que la Verdad en esencia no es sino el propio Dios, y a partir del momento en que ella fuese proclamada en su integridad, sería irrecusable y triunfante. Es el gran mérito de su doctrina inmortal: ella continúa resonando a lo largo de los siglos, pues nada puede derrumbar la supremacía de Cristo.

En Santo Tomás la Iglesia contempla la realización plena de la oración hecha por el Divino Maestro en los últimos momentos que pasó en esta tierra: “Haz que ellos sean completamente tuyos por medio de la verdad; tu palabra es la verdad. Yo los he enviado al mundo como tú me enviaste a mí. Por ellos yo me ofrezco enteramente a ti, para que también ellos se ofrezcan a ti por medio de la verdad”. (Jn 17, 17-19).



El Mensajero de Santo Tomás; Director-Editor: Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar; Número 2; Septiembre de 2015.  Si gustas consultar la versión impresa en digital puedes pulsar en la siguiente dirección:  http://issuu.com/aquinatenses/docs/02_curvas

miércoles, 18 de noviembre de 2015

EDITORIAL



EL MENSAJERO DE SANTO TOMÁS

El Mensajero de Santo Tomás, sale a luz pública por primera vez en este mes de agosto. Nace nuestra publicación en Ciudad Guzmán-Zapotlán el Grande, conocida como “La cuna de hijos ilustres o también llamada: “La Atenas de Jalisco”.

Siendo nuestro medio, un órgano de información y formación católica, auspiciado por la Fundación Santo Tomás de Aquino, A. C., busca con ello, a través de sus páginas llevar el mensaje de la luz y de la verdad en materia de la fe.

No podría ser un mejor momento que apareciéramos, dada la especial  coyuntura eclesial en la que vivimos durante este año tan importante, siendo proclamado por el Papa Francisco como año de la vida consagrada.

Hemos tomado como guía espiritual para sus páginas al Doctor Angélico Santo Tomás de Aquino.  Por ello, siempre abordaremos algún artículo de la doctrina de este Doctor de la Iglesia; así como algunas reflexiones escritas por el mismo en el tiempo.

Sin embargo, no estaremos ajenos a otros temas de la doctrina católica o teológica de primerísima importancia para nuestro tiempo, para su estudio o revisión. Se ha escogido como lema de nuestra publicación las palabras evangélicas de: “La verdad os hará libres” que van muy a tono con la orientación que busca nuestro medio.

En este primer número, contamos con las siguientes  colaboraciones: dos ensayos de presentación del libro: Tomás de Aquino. El Santo, El Maestro obra de los escritores Abelardo Lobato, P. Santiago Ramírez y José A. Martínez Puche; Uno de los citados artículos es abordado por el Dr. Manuel Ocampo Ponce, mismo que fue leído durante la presentación del libro en Casa Taller Literario Juan José Arreola, durante el V Coloquio Internacional Arreolino de Zapotlán efectuado en septiembre de 2012.  El otro texto es de nuestro director Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar, y es una presentación breve y concisa del mismo libro.

Y completamos nuestra novísima publicación con los ensayos de los señores presbíteros Ismael Rosales Martínez titulado: Monseñor Romero; y del Lic. Alfredo Monreal Sotelo con Monseñor Romero, Pastor y Mártir. Mismos que fueron leído y presentados dentro del marco de la Cátedra Mexicana de Teología “Fray Antonio de Aguilar” el pasado 9 de julio del año en curso, en el Templo de Tercera Orden, con motivo de la beatificación de este gran Profeta de nuestra América Latina.

Hoy con gran agradecimiento a Jesucristo y a nuestros colaboradores, por permitirnos concretizar esta obra, que será para utilidad de todo aquel lector que se acerque y aborde nuestras páginas; y como un servicio que hace Fundación Santo Tomás de Aquino a la Iglesia, y en concreto a nuestra iglesia particular de Ciudad Guzmán. Dios bendiga nuestro Mensajero de Santo Tomás, con muchos frutos abundantes. Enhorabuena a todos.

Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar
Director-Editor.

Puedes consultar el ejemplar digital de pdf  dar un click al vínculo:



EL MENSAJERO DE SANTO TOMÁS, AGOSTO 2015, NÚMERO 1.  FUNDACIÓN SANTO TOMÁS DE AQUINO, AC. PÁGINA 1, DIRECTOR-EDITOR: HÉCTOR ALFONSO RODRÍGUEZ AGUILAR.



Presentación del libro: “Tomás de Aquino, El Santo, El Maestro”




Por Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar

Tomás de Aquino, El santo, el maestro; es una actual biografía sobre la vida del “Doctor Angélico”, como lo han venido nombrando en la Iglesia al fraile dominico italiano.

Breve e intensa, podrían ser los calificativos que le diéramos a la presente obra. Escrita por dos de los principales conocedores de la vida del “buey mundo” como se le conoció en su mote en el circulo religioso al escritor de la Suma Teológica.

La pluma de Abelardo Lobato, fraile dominico español que presidia: La Academia Pontificia de Santo Tomás; a su vez también: La Sociedad Internacional Tomás de Aquino. En ella nos da una muestra del rigor y la actualidad en la visión de tan insigne filósofo del medievo.

Así mismo, la buena semblanza que hace el padre Santiago Ramírez, termina redondeando la figura de virtud  y excelsitud que contaba el fraile de Roccasecca.

Libro éste muy importante, porque viene a ser una precisa y preciosa introducción al estudio de la figura del gran filósofo y teólogo escolástico. El presente texto tiene dos temáticas muy definidas: la visión del Tomás de Aquino como hombre de fe –que vive y busca la vocación que todo fiel cristiano esta llamado a ser: Santo. Y la del hombre estudioso: Profesor y escritor, fundamentalmente su desempeño como teólogo, sin dejar de lado el que fuera a su vez un eminente filósofo.

Así como en los diferentes momentos de la historia, la antigüedad nos dio un gran sabio como lo fue Aristóteles, el más grande del mundo antiguo; y aun Leonardo da Vinci como el genio o sabio más importante del Renacimiento; y aun René Descartes como el prototipo de la modernidad; o incluso a aun Albert Einstein, el genio de la teoría de la relatividad en la época contemporánea; tenemos así mismo aun Tomás de Aquino como el más grande y tenaz sabio de la Edad Media.

En este ilustre fraile italiano conviven dentro de sí el filósofo (reinterprete de la filosofía aristotélica) y el teólogo (el gran sistematizador del conocimiento religioso –teológico- de su tiempo).

Es pues una suerte, que el lector pueda contar con este indispensable material de estudio, que lo acercan a una figura señera de una manera ágil y cortés. Sea esta obra biográfica un pretexto para acércanos a la figura y a las obras de este insigne maestro conocido como el “doctor angélico” Santo Tomás de Aquino.

Tomás de Aquino, el santo, el maestro; Abelardo Lobato y José A. Martínez Puche; Edibesa, Madrid, 2001, 147 páginas.

EL MENSAJERO DE SANTO TOMÁS, AGOSTO 2015, NÚMERO 1.  FUNDACIÓN SANTO TOMÁS DE AQUINO, AC. PÁGINA 1-2, DIRECTOR-EDITOR: HÉCTOR ALFONSO RODRÍGUEZ AGUILAR.

Puedes consultar el ejemplar digital de pdf  dar un click al vínculo:




PRESENTACIÓN DEL LIBRO: TOMÁS DE AQUINO. EL SANTO, EL MAESTRO. DE ABELARDO LOBATO Y SANTIAGO RAMÍREZ

                                             


                                                         Por: Dr. Manuel Ocampo Ponce

Muy queridos hermanos en Cristo:

Me siento muy honrado presentar esta obra sobre este gran personaje de la historia, que tanto por su sabiduría como por su santidad ha sido llamado “el sol del mundo”. Como bien lo afirma su autor, “Sin lugar a duda, el más santo entre los sabios y el más sabio entre los santos”. Santo Tomás de Aquino en la obra de dos grandes pensadores de la orden de predicadores: El R.P. y Dr. Dn. Abelardo Lobato O.P. y el R.P. y Dr. Dn. Santiago Ramirez O.P.

Dios me ha concedido la dicha y el honor de compartir grandes momentos y conocimientos con el hoy finado autor de este libro, el RP Padre Lobato. Le recuerdo con cariño como un hombre alegre, incansable, siempre sonriente y muy entusiasta en promover todo aquello que se relacionara con Santo Tomás de Aquino y por ende con la Verdad. Y desde luego la importante obra de el P. Santiago Ramirez quien, al igual que el P. Lobato, fuera profesor de grandes personalidades.

Como lo dice el P. Lobato, no es fácil reconstruir una versión exacta de la personalidad y de la vida de Santo Tomás porque él mismo dio este consejo a sus discípulos: “no des importancia a quien dice las cosas, sino a lo que dice”. De ahí que la única biografía originaria sobre Santo Tomás sea la de Guillermo de Tocco, quien por breve tiempo fue oyente de Santo Tomás en las aulas y al cabo de cuarenta años fue activo promotor de su causa.

En la obra que hoy presentamos se resalta que Santo Tomás se esfuerza, ante todo,  por ser y por hacerse santo. Él mismo describe el itinerario del cristiano como un movimiento de la creatura racional que se dirige a Dios.

El camino a la santidad de Santo Tomás parte de la familia pero podemos encontrar en él tres familias: la de los condes de Aquino, la de los monjes benedictinos y la de los frailes dominicos. El hombre es, ante todo, un ser familiar ya que la familia tiene dos funciones vitales, la de engendrar los hijos en el amor y la de promoverlos en el camino de la virtud. Dos úteros, el materno y el espiritual.

Con lenguaje claro y una excelente selección de ideas este libro señala que su historia se sitúa hacia el siglo XIII d.C. más o menos por 1225 en Roccasecca bajo el imperio de Federico II. En su familia son ocho hermanos y la infancia de los primeros cinco años de su vida los pasa en el afecto materno y dentro de los muros del castillo de Roccasecca.  Su segundo período muy conflictivo se ubica en su juventud entre 1243 y 1245 d.C. y en el que ha optado por ser dominico, se encuentra preso en los castillos de San Giovanni Campano y en Roccasecca.  En este período, Santo Tomás se enfrenta al conflicto de obediencia entre lo que informan sus padres y superiores y su vocación religiosa. El tercer período es el de madurez, cuando vuelve a Nápoles y dedica unas horas al encuentro familiar.

Aunque su convivencia familiar fue muy escasa, la herencia familiar que Santo Tomás recibe de su familia es grande y se caracteriza por la nobleza de vida que le distinguirá toda la vida.

De los cinco años a los catorce años pasa en la Abadía de Montecasino con los monjes benedictinos a quienes su padre paga para la formación de su hijo y con la mira de que un día Tomás pudiera ser abad del monasterio más poderoso de Occidente, con lo que su familia obtendría un alto prestigio y una protección segura. En realidad Santo Tomás se formó como estudiante y como oblato benedictino, se le hizo familiar la lectura de la Biblia, el rezo de los salmos, el culto litúrgico solemne, la vida en común. En contraste con el mundo de las armas, en el que vivían su padre y sus hermanos, él entró por la puerta grande de las letras, siguiendo las llamadas artes liberales, el Trivium y el Quadrivium.

En la convivencia fraterna se manifiesta amante del silencio, de la reflexión y de la oración. Con los predicadores asimila el carisma de los dominicos centrado en la palabra de Dios, oída, contemplada, celebrada y anunciada al pueblo: Hablar con Dios y hablar de Dios.

Definitivamente, Santo Tomás se manifiesta, desde su primera obra y la mayor en extensión que es Scriptum super Sententiis, como un enamorado del saber y de la auténtica sabiduría.

La claridad, la novedad en sus argumentos y sus conclusiones manifiestan el don recibido de Dios.

La capacidad de diálogo de Santo Tomás así como su brillantez, produjo que, en la Orden de Predicadores, se adoptara un programa de estudios que implicaba la Filosofía. Y también produjo que, de la prohibición vigente de no leer libros de los gentiles en las escuelas cristianas, se pasa al deber de conocerlos y de dialogar con ellos.

Entre las características de sus obras, destacan, la erudición, la madurez de pensamiento, la sabiduría, la claridad, la fidelidad a la verdad revelada y al magisterio de la Iglesia.
Santo Tomás integra en su itinerario, magisterio e itinerancia, iniciando su recorrido como maestro en la Universidad de París, en la primavera de 1256. En este periodo escribe las 28 Quaestiones Disputate De Veritate. Nada semejante en calidad se había visto en el pasado teológico.

De París pasa a Italia en donde enseña, predica y dirige un estudio en Roma. En este período escribe, entre otras cosas, la Summa contra Gentes en la que manifiesta su deseo de dialogar con todos los que buscan la verdad. Posteriormente pasa un período más largo en Orvieto cerca de la Corte Papal. El Papa Urbano IV le estima mucho y le encomienda la glosa de los evangelios a través de las sentencias de los Padres, o sea la Catena Aurea. Posteriormente el Oficio del Corpus, en el que, como afirma el P. Lobato, no ha podido encontrarse en el mundo quién exprese mejor la devoción a la Eucaristía. La tradición dice que es en Orvieto uno de los lugares donde Jesucristo habló a Tomás: “Has escrito bien de mí, Tomás ¿qué premio deseas. -Nada deseo sino a ti, Señor” (Tocco, Y 53).

Posteriormente escribe otras obras y se decide a escribir la Summa Theologiae. En ella puso alma y corazón,  y cabe señalar, que dispuso a hacer esta obra, breve pero al final dedicó la mejor parte y la mayor parte de su tiempo a escribirla, aunque lamentablemente al final, casi a punto de terminarla, la dejó sin terminar.

De 1268 a 1272 volvió a la cátedra de París. Finalmente Tomás se establece en Nápoles en 1272 en donde Regentea la cátedra de teología. Y cuando todo parecía marchar sobre ruedas, le llega la orden del Papa Gregorio X que lo convoca para que participe en el Concilio que se celebrará en el mes de mayo en Lyon, para tratar la unión con los griegos. Santo Tomás Acepta la invitación pero no podrá cumplirla.

A partir del 6 de diciembre de 1273, Tomás no vuelve a su escritorio, en la misa de San Nicolás le ocurrió algo extraño, probablemente místico y al mismo tiempo cerebral. Tomás ha quedado como fuera de sí. No se siente con fuerzas para proseguir su trabajo, se resiste y confiesa que no puede, que hay algo que se lo impide. “Reginaldo ¡no puedo! Ante lo que ya he visto, lo que he escrito me parece paja: mihi palea videtur. (Tocco, Y, 37,347). Esa palabra paja sólo Tomás puede entenderla porque su obra es inmensa más de 8 millones de palabras sólo en la Summa Theologiae. En extensión puede compararse con otras obras pero no en sabiduría, en cultura profunda. Nada hecho por el hombre tiene comparación a la obra de Santo Tomás.

Tras un golpe en la cabeza con un árbol de camino a Lyon, se indispuso, y refugió en la abadía cisterciense de Fossanova en donde presiente el final de su camino. Confiesa sus pecados, el martes 6 de marzo pide la extremaunción y pronunció estas palabras:
“Te recibo, precio de la redención de mi alma, y te acojo viático de mi peregrinación. Por tu amor yo he estudiado, he vigilado, he sufrido; yo te he predicado y te he enseñado; jamás he dicho nada contra ti, y si lo he hecho ha sido por ignorancia, y no quiero obstinarme en mi error; si he enseñado algo acerca de este sacramento o de los otros, lo someto al juicio de la santa Iglesia romana en cuya obediencia yo salgo ahora de esta vida”.

Al amanecer del miércoles 7 de marzo de 1274, con plena lucidez, sin aparente agonía, fray Tomás de Aquino entrega su alma a Dios a la edad de 49 años.

El Padre Lobato resalta que, Santo Tomás vivió a fondo su vocación de teólogo, del hombre llamado a hablar del misterio de Dios, que es el santo. La preferencia de Dios por la inteligencia del hombre, fascinó siempre a Santo Tomás.

Santo Tomás tuvo muy claro que el hombre es ante todo un proyecto de Dios y por ello hunde sus raíces en la eternidad. El plan de Dios en toda su obra se manifiesta en la humanidad de Cristo. El cristiano está llamado a conformarse con Cristo, movido por el Espíritu. Por eso Santo Tomás ha distinguido entre la gracia santificante, que se da a todos y las gracias llamadas gratis date (carismas), que se diferencian en los distintos sujetos, se realizan en los diversos modos de vida cristiana, y se desarrollan en los diversos estados y oficios. La santidad va con la gracia, que de suyo es participación en la vida de Dios (2 Pe 1,40). La santidad se dice en relación a la religión, y la religión con Dios, como parte de la justicia que nunca puede dar todo lo que ha recibido. Entre tantas cosas, Santo Tomás cuidó mucho el desarrollo de los dones en Teología, como auxiliares de las virtudes e inició la predilección de la teología dominicana por el tratado de los dones.

Si el destino del hombre es el de conformarse con Cristo, el Espíritu mueve al hombre al encuentro y a la amistad con Cristo, tomando en cuenta que la gracia no anula la naturaleza sino que la perfecciona.

Lamentablemente como afirma el P. Lobato, Tomás no dejó una grata memoria ni en sus discípulos ni a lo largo de los cincuenta años que siguieron a su muerte. Son pocos los discípulos capaces de recoger la herencia del maestro. De hecho no lo fueron sus bachilleres Annibaldo de Annibaldis, o Guillermo de Altona… Su opción aristotélica le creó enemigos no sólo fuera de la Orden sino también dentro, como Roberto Kilwardby en Oxford y más tarde Durando en París. Fue nefasta la oposición de la corriente agustiniana en Teología, que se unía a la averroísta en Filosofía.

Con su muerte cayeron sospechas de condenas doctrinales del obispo Esteban Tempier, las persecuciones contra sus discípulos, la aversión de los franciscanos capitaneada por juan Peckham, que llegó a iniciar un proceso, interrumpido a tiempo por la muerte del Papa Juan XXI. La Orden de Predicadores tardó en reconocer el tesoro doctrinal del maestro. Pero la luz brilla a pesar de todo y la estrella de Tomás volvió a resplandecer desde 1323 y sigue avanzando en el cielo de la Iglesia y de la santidad. Su canonización en 1323 por SS Juan XXII, la proclamación de Doctor de la Iglesia en 1657 por el Papa dominico San Pio V, y la promoción de su doctrina en la Iglesia por obra de Leon XIII en 1879.

Juan XXII decía que Tomás había hecho tantos milagros cuantos artículos había escrito.

Santo Tomás fue proclamado Patrono de todas las Escuelas Católicas, es apóstol de la inteligencia y en él se combina el cultivo de las tres sabidurías: filosófica, teológica y mística. El RP Abelardo Lobato termina esta importantísima y oportuna obra diciendo que la fuerza de su doctrina y la veneración de su santidad serán una ayuda preciosa para la situación espiritual empobrecida que vive ahora la humanidad.

Celebro la publicación de esta obra que recomiendo ampliamente y felicito muy sinceramente a los que la están promoviendo. Espero que todos la adquieran y la disfruten. Muchas gracias.

Manuel Ocampo Ponce.
Ciudad Guzmán, Jalisco
28 de septiembre de 2012.

EL MENSAJERO DE SANTO TOMÁS, AGOSTO 2015, NÚMERO 1.  FUNDACIÓN SANTO TOMÁS DE AQUINO, AC. PÁGINAS 1-2, DIRECTOR-EDITOR: HÉCTOR ALFONSO RODRÍGUEZ AGUILAR.

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La Voz de Santo Tomás




“Toda acción de Cristo es una instrucción para nosotros”

Este es un pensamiento que se repite frecuentemente en Tomás. En el obrar divino de Cristo ve el modelo de la acción de la gracia divina en nosotros, la actividad de la santísima humanidad de Jesucristo nos enseña cómo se debe realizar nuestra colaboración con la gracia de Dios. Hace mucho hincapié el santo, sobre la imitación al modelo de la obediencia de Jesús, que ha muerto por obediencia al Padre celestial y por amor a nosotros.

Y al respecto nos sigue diciendo Santo Tomás: “Cristo nos da en esto un ejemplo de que ha sometido su voluntad humana a la divina. También así debemos someter eternamente nuestras voluntades a Dios”.

EL MENSAJERO DE SANTO TOMÁS, AGOSTO 2015, NÚMERO 1.  FUNDACIÓN SANTO TOMÁS DE AQUINO, AC. PÁGINA 2, DIRECTOR-EDITOR: HÉCTOR ALFONSO RODRÍGUEZ AGUILAR.

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MONSEÑOR ROMERO, PASTOR Y MÁRTIR.



                                       

                                        Por Pbro. Lic. José Alfredo Monreal Sotelo


            Monseñor Óscar Arnulfo Romero fue beatificado, el 23 de mayo de 2015, en una Eucaristía presidida por el Cardenal Ángelo Amato, Prefecto de la Congregación para la causa de los santos, y concelebrada por Mons. Vicenzo Paglia, Presidente del Consejo para la Familia y Postulador de la causa de beatificación de Mons. Romero, y Mons. José Luis Escobar Alas, Arzobispo de San Salvador. Además de numerosos arzobispos y obispos, asistieron más de 1,400 sacerdotes y más de 750,000 fieles. Esta Celebración fue un reconocimiento de parte de la Iglesia del testimonio y martirio de Mons. Romero y de la sabiduría del Pueblo de Dios que desde los primeros años lo declaró como San Romero de América, Pastor y Mártir.

            El 22 de febrero de 1977, Monseñor Romero fue nombrado arzobispo de San Salvador. Tres años más tarde, el 24 de marzo de 1980, fue asesinado en el altar, mientras celebraba la Eucaristía. La vivencia de su ministerio se realizó en el contexto de conflicto que sufría su país y que de 1980 a 1992, alcanzó dimensiones de guerra civil.   

Hoy, nuestro encuentro se ubica en relación al acontecimiento de la Beatificación de Monseñor Óscar Arnulfo Romero. En esta presentación desarrollaré el tema en dos partes: primero retomaremos la experiencia de martirio vivida en América Latina; y luego, los rasgos de la vida de Mons. Romero.  

1.     EL MARTIRIO EN AMÉRICA LATINA.
            Las palabras “persecución” y “martirio” evocan para muchos de nosotros en la actualidad muerte heroica, sangre, suplicios, catacumbas.  La palabra mártir, común a todas las lenguas de los pueblos cristianos, significa originalmente testigo. El mártir atestigua su fe en Jesús como único Señor excluyendo a cualquier otro, aunque sea el emperador. El cristiano no corre al encuentro del martirio, aunque a veces haya ocurrido eso; puede huir de la persecución, pero cuando es detenido, da testimonio hasta el fin, siguiendo a Jesús también en su pasión y muerte. El mártir se identifica con Jesús.  

Hacia el año 155, para el redactor de la carta que narra el martirio de San Policarpo, discípulo de San Juan, y para los fieles de la Iglesia de Esmirna, mártir y martirio tienen plenamente el actual sentido de testimonio consumado por la muerte. La misma conclusión se saca del texto que las Iglesias de Lyon y Vienne enviaron a las de Asia y Frigia, sobre los mártires del año 177. Así mismo, señalaba San Agustín a sus fieles de Hipona en el 416 que los mártires sufrieron todo lo que sufrieron por dar testimonio o de lo que ellos por sí mismos vieron o de lo que oyeron, toda vez que su testimonio no era grato a los hombres contra quienes lo daban. Como testigos de Dios sufrieron. Quiso Dios tener por testigos a los hombres, a fin de que los hombres tengan por testigos a Dios.

            El martirio hace profundizar en cualquier momento histórico en el misterio de Cristo crucificado y de la Cruz: “Escándalo para los judíos, locura para los paganos. Pero, para quien cree, es fuerza, sabiduría de Dios y valor para luchar por el Reino” (1Cor 1,18-31).  

            En América Latina se vivió, en la segunda mitad del siglo XX, una dimensión de persecución y martirio. La situación denunciada por la Iglesia en Medellín (1968) y en Puebla (1979) y las opciones que desde la fe se asumieron, generaron una dinámica de represión por parte de los poderosos hacia quienes tomaron en serio el mensaje de estas Asambleas y asumieron un compromiso cristiano. Por eso, el filósofo historiador Enrique Dussel llamó a este momento: “De Medellín a Puebla una década de sangre y esperanza”. Con la novedad que esta persecución fue realizada por muchos que se consideraban cristianos.

            Los mártires latinoamericanos se cuentan entre los miembros de las Comisiones de Derechos Humanos y de la pastoral de la tierra en Brasil; responsables de Cáritas; distribuidores de víveres a los pobres, como el indígena Jerónimo en México; enfermeros (as), como Leonardo Matute en Ocotal, Nicaragua, o Silvia Maribel, en El Salvador; los que protegían refugiados, como Elpidio Cruz, en Honduras; los que trabajaban en refugios o con huérfanos, como las misioneras Jean Donovan, Ita Ford, Maura Clarke, Dorothy Kasel, en El Salvador; los que procuran favorecer la paz y evitar violencias, como Josimo Morae, Ezequiel Ramín, Rudolf Lunkenbein, en Brasil; los que entierran a los muertos, como aconteció varias veces en Guatemala, El Salvador y Bolivia; Sacerdotes de varios países y obispos como Óscar Arnulfo Romero.

            Además, conviene considerar que Monseñor Romero, el Padre Alirio Napoleón Macías, el diácono José Othmaro Cáceres y varios grupos de catequistas en El Salvador y Guatemala, fueron muertos dentro de templos y muchas veces en una celebración religiosa. Aquí se pueden incluir los mártires de Acteal, Chiapas.

La sangre derramada por los mártires es convocadora y es semilla de nuevos cristianos, como decía Tertuliano. El pueblo de Aguilares, en El Salvador, repetía: “Nuestro mártir, Padre Rutilio Grande, no es sólo para ser recordado, sino para ser actualizado. Debemos continuar lo que él ha comenzado. En vez de un solo Rutilio, vamos a tener diez, veinte, cien Rutilios”. Ante la noticia de la muerte del Padre Rutilio, el Padre Arrupe, expresó en Roma días después: “Me parece una señal clara del Señor (le había precedido en corto plazo, el padre Joáo Bosco P. Burnier), han sido hombres de cualidades humanas normales, de vida oculta, casi desconocidos, que vivían en pueblos pequeños, dedicados por completo al servicio diario de los pobres y de los que sufren. Por lo tanto, testimonios individuales e indudables de servicio a la fe y de promoción de la justicia”.

            Un ministro de la Palabra en El Salvador decía: “mataron a mi hermano por el único delito de ser cristiano. Eso nos dio fuerza para continuar. Si él no hubiera muerto quizá nosotros no hubiéramos descubierto ni comprendido el pecado tan horrendo de la injusticia”.

Los mártires de Latinoamérica han sido gentes de compasión y misericordia. Aquí, el martirio ha sido consecuencia de un gran amor a los pobres, a los que sufren injusticia, opresión, represión y muerte. Los mártires no han dado su vida para conseguir algo para ellos (poder, riqueza), sino para que las mayorías tengan vida. Por eso son en sí mismos profecía contra la injusticia y utopía de vida.

            Desde la perspectiva de valorar el testimonio de los mártires, Pedro Casaldáliga, obispo de S. Félix, Brasil, alertaba a sus hermanos claretianos de Formosa, Argentina, a  recuperar la memoria de los mártires, de los muertos, de los desaparecidos. Les indicaba: “por el amor de Dios, no se olviden de nuestros mártires”.

            2. VIDA Y TESTIMONIO DE ÓSCAR ARNULFO ROMERO Y GALDÁMEZ.
            Óscar Arnulfo Romero nació hace casi un siglo, el día 15 de agosto de 1917, en Ciudad Barrios, departamento de San Miguel, a unos 200 kilómetros al noroeste de la capital, casi en la frontera con Honduras, en el seno de una familia humilde. Su padre, Santos Romero, era telegrafista. Su madre, Guadalupe de Jesús, una santa; y de su matrimonio nacieron 8 hijos. Así, los primeros años de vida de Monseñor fueron dedicados a la carpintería para contribuir al ingreso familiar.

            A los trece años, Óscar entró en el Seminario Menor de San Miguel; el joven seminarista se sintió agusto en aquel Seminario. Los padres claretianos lo dirigían con sentido de paternidad y espíritu humanista. Óscar por su parte, trabajaba los veranos, alguno de ellos incluso en la mina, para colaborar en su sostenimiento. Los estudios eclesiásticos los concluyó en Roma, en la Pontificia Universidad Gregoriana y como alumno del Colegio Pío Latinoamericano. Fue ordenado sacerdote en Roma, a la edad de 24 años, el 4 de abril de 1942. Sus intenciones eran continuar en Roma para doctorarse en Teología, pero la Segunda Guerra Mundial truncó su proyecto, por lo que en agosto de 1943 regresó a El Salvador. La estancia en Roma desarrolló en Romero un apego afectuoso a la figura del Papa que jamás abandonó en su vida. De manera especial manifestó admiración hacia el Papa Pío XI, de quien reconoció su firmeza y la audacia para enfrentarse sin miedo a los poderosos.

Ya de regreso a su tierra natal fue nombrado párroco de Anamorós, así iniciarían más de 20 años de dedicación a la oración y a la pastoral. Luego fue designado Rector de la Catedral, Director del seminario de San Miguel y después del Interdiocesano, en San Salvador. En 1967, secretario general de la Conferencia Episcopal en el Salvador.

            El 21 de junio de 1970 fue consagrado obispo auxiliar de Mons. Luis Chávez y González, a quien sustituyó posteriormente en la Sede Metropolitana de El Salvador el 22 de febrero de 1977, después de haber sido, desde el 15 de octubre de 1974, obispo en Santiago de María.

            En este momento la Iglesia de El Salvador vivía momentos de reformas inspiradas en el Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín. Estas reformas se orientaban a la opción por lo pobres y en un nuevo entendimiento de la evangelización. En este contexto de búsqueda y conflicto, en los días posteriores a la toma de posesión de Mons. Romero a su Sede de San Salvador, fue asesinado el Padre Rutilio Grande, amigo cercano a Mons. Romero. Este hecho marcó fuertemente su modo de vivir el ministerio episcopal y a partir de este momento su trabajo se inclinó a la defensa de los desprotegidos, en especial de los campesinos perseguidos.

            Lo que pasó en las primeras semanas fue solo una escaramuza a comparación de lo que sucedería más tarde. Durante tres años Mons. Romero vio que El Salvador se precipitaba a la guerra civil. Empezaba aquella tormenta de violencia que la Comisión de la Verdad para El Salvador ha definido posteriormente con estas palabras: «La violencia fue una llamarada que avanzó por los campos de El Salvador, invadió las aldeas, copó los caminos, destruyó carreteras y puentes, llegó a las ciudades, penetró en las familias, en los recintos sagrados y en los centros educativos, golpeó a la justicia y a la administración pública, la llenó de víctimas, señaló como enemigos a quienquiera que no aparecía en la lista de amigos… Las víctimas eran salvadoreños y extranjeros de todas las procedencias». En este período convulsionado, la Iglesia y los cristianos de El Salvador fueron perseguidos. Tener una Biblia o un Evangelio se convirtió en algo peligroso, sobre todo en el campo.

            Para Monseñor Romero, Dios se encuentra entre los pobres, los humildes y los débiles. En la Navidad de 1979 predicaba en este sentido: «Cristo, el más pobre, envuelto en pañales, es la imagen de un Dios que se anonada. Lo que la teología llama kenosis… Esta noche no busquemos a Cristo entre las opulencias del mundo, entre las idolatrías de la riqueza, entre los afanes de poder, entre las intrigas de los grandes. Allí no está Dios. Busquemos a Dios…, entre los niños desnutridos que se han acostado esta noche sin tener que comer. Entre los pobrecitos vendedores de periódicos que dormirán arropados de diarios allá en los portales. Entre el pobrecito lustrador que tal vez se ha ganado lo necesario para llevar un regalito a su mamá, o, quién sabe, el vendedor de periódicos que no logró vender los periódicos y recibirá una tremenda reprimenda… O el joven campesino, obrero, el que no tiene trabajo, el que sufre la enfermedad en esta noche. No todo es alegría, hay mucho sufrimiento, hay muchos hogares destrozados, hay mucho dolor, hay mucha pobreza. Hermanos, todo eso no lo miremos con demagogia. El Dios de los pobres ha asumido todo eso y le está enseñando al dolor humano el valor redentor, el valor que tiene para redimir al mundo la pobreza, el sufrimiento, la cruz. No hay redención sin cruz».

            El Sr. Obispo Óscar Arnulfo expresaba continuamente que la Palabra de Dios, el Evangelio y la Iglesia han de iluminar al hombre, la realidad, la política. Él rescata para la Iglesia y para América Latina el profetismo del pueblo de Israel. Esta herencia del profetismo resonó con fuerza en sus homilías dominicales. No es casual que muchos definieran sus homilías con una sola palabra: verdad. En cada Misa él denunciaba con valentía los atropellos y atrocidades que realizaban la policía y el ejército de El Salvador para reprimir cualquier manifestación de personas que reivindicaban sus derechos o se organizaban. En una ocasión dijo: «De qué sirven tantas reformas (se refería a las reformas económicas) si van teñidas con tanta sangre». Y es famosa la frase de su homilía poco antes de su muerte: «En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben al cielo; en nombre de Dios pues, les ruego, les suplico, les ordeno: en nombre de Dios: ¡cese la represión!».

            Monseñor Romero fue un Profeta que supo escuchar a su pueblo y supo escuchar a Dios y de esta manera supo anunciar y denunciar. Él quería una iglesia fiel a Jesús y que se comprometiera decididamente con la construcción del Reino de Dios. A todo esto se comprometió Mons. Romero y por esto dio su vida.
            El día 24 de marzo de 1980, fue alcanzado por la bala de un francotirador mientras oficiaba la Misa en el hospital de la Divina Providencia: un hospital para cancerosos.

            Desde el mismo momento de su muerte, la persona y el testimonio de Monseñor Romero despertó en el pueblo estimación y admiración. “San Romero de América, Pastor y mártir nuestro”, lo llamó el poeta y obispo Pedro Casaldáliga en un bello e insuperable poema que canta a la figura de Monseñor Romero.                          

            El Papa Francisco, en su carta con el motivo de la beatificación, señaló: “En ese hermoso país bañado por el Océano Pacífico, el Señor concedió a su Iglesia un Obispo celoso que amando a Dios y sirviendo a los hermanos, se convirtió en imagen de Cristo Buen Pastor. En tiempos de difícil convivencia, Monseñor Romero supo guiar, defender y proteger al rebaño, permaneciendo fiel al Evangelio y en comunión con toda la Iglesia. Su ministerio se distinguió por una particular atención a los más pobres y marginados. Y en el momento de su muerte, mientras celebraba el Santo sacrificio del amor y de la reconciliación, recibió la gracia de identificarse plenamente con Aquel que dio la vida por sus ovejas”.

            Cuando Ignacio Ellacuría celebraba la Misa de Monseñor Romero en la UCA (Universidad Centroamericana), justo al día siguiente de su asesinato, expresó: “Con Monseñor Romero Dios pasó por El Salvador”. La memoria del Beato Monseñor Romero sigue viva y su palabra y causa son un testimonio para una Iglesia que intenta ser misionera, Iglesia en salida.

            La Iglesia de El Salvador, de Latinoamérica y del mundo dieron gracias a Dios por la beatificación de Mons. Romero. Eran las II:00 horas de la mañana del 23 de mayo de 2015, cuando el Cardenal Ángelo Amato, en nombre del Papa Francisco, leyó el decreto de beatificación: «Para colmar la esperanza de muchísimos fieles cristianos, habiendo hecho la consulta del caso a la Congregación de los Santos, en virtud de nuestra autoridad apostólica facultamos para que el venerable Siervo de Dios, Óscar Arnulfo Romero Galdámez, obispo y mártir, pastor según el corazón de Cristo, evangelizador y padre de los pobres, testigo heroico del Reino de Dios, reino de justicia, fraternidad y paz, en adelante se le llame Beato y se celebre su fiesta el 24 de marzo, día en que nació para el cielo.»
                                                                                                                                
                                                                                                                                 Jams.
                                                                       Cd. Guzmán, Jal., a 9 de julio de 2015.




                        BIBLIOGRAFIA:
                        AA.VV. (MARINS José), Memoria peligrosa, Ed. CRT, México 1989.
ASPIRANTES JOSEFINOS DE SANTA ANA, EL SALVADOR, Un Pastor ‘con olor a oveja’, en El Propagador, 7 (2015).
                        El Puente, Abril de 2015; Junio/Julio de 2015.
MOROZZO Roberto, Monseñor Romero, Ed. Sígueme, Salamanca 2010.



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EL MENSAJERO DE SANTO TOMÁS, AGOSTO 2015, NÚMERO 1.  FUNDACIÓN SANTO TOMÁS DE AQUINO, AC. PÁGINA 3, DIRECTOR-EDITOR: HÉCTOR ALFONSO RODRÍGUEZ AGUILAR.