miércoles, 23 de diciembre de 2015

Editorial



Mes de octubre en Zapotlán el Grande, tiempo de fiesta para toda la comunidad. Celebramos los festejos religiosos anuales en honor al Patriarca Señor San José. Momento significativo para los católicos de la ciudad, dado que nuestras celebraciones son toda una tradición en el tiempo. Fiesta juramentada desde 1747 y segundo juramento definitivo para celebrar el 22 de octubre su magna función en 1749, como patrono, y protector de nuestro pueblo contra los terremotos. 

En este momento de alegría para Ciudad Guzmán, podemos ver, peregrinaciones, misas solemnes de novenario, de función, los juegos pirotécnicos por las noches –los famosos castillos- en unidad de las familias que se juntan a observar cada noche la quema de cohetes. También del recorrido de los carros el 23 de octubre por algunas de las calles de la ciudad, con el trono llevado en andas del“Rey de Zapotlán” que es San José con Jesús y María. 

Así mismo, se celebró el 4 de octubre a San Francisco de Asís, patrono universal de la ecología, ahora que nuestro planeta está amenazado por la acción consiente o inconsciente de toda la humanidad que lleva a la destrucción de la naturaleza. El Papa Francisco nos hace un llamado, a que hagamos algo para frenar la devastación del planeta antes que sea demasiado tarde. También, el día 18 del mes, la Iglesia recuerda el Domingo Mundial de las Misiones (DOMUN) recordando la importancia que hagamos oración por todos los misioneros y misioneras que llevan el mensaje del Evangelio a lugares (países) lejanos. Y podamos ayudar materialmente (económicamente) a las obras misioneras. Dado que el mandato de Jesucristo de “vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…” lo dio para todos, no solo para unos cuantos. 

Finalmente, en nuestro presente número de El Mensajero, presentamos el discurso que sustentó el Papa Francisco en la asamblea general de la Organización de Naciones Unidas (ONU) en la ciudad de New York, el pasado 25 de septiembre del año en curso.  Y los textos de: “Los mensajeros de Santo Tomás” y “Mensajero de Santo Tomás” respectivamente, que hicieron sus autores: Milton Iván Peralta Patiño y  del Profesor José de Jesús Juárez Martín, durantela presentación de nuestra publicación, llevada a cabo el pasado 18 de septiembre, en el templo de Tercera Orden, dentro del marco de la Cátedra Mexicana de Teología “Fray Antonio de Aguilar”. 

Para concluir, dejamos a nuestros lectores la sección, La voz de Santo Tomás, con el texto: El espíritu Santo, alma de la Iglesia. Agradecemos el apoyo de todos nuestros lectores, y el gusto por nuestra publicación. Le doy gracias a Dios por llevar a cabo este apostolado de la buena prensa, y el ánimo de seguir adelante. Que Dios los bendiga a todos, y Saludos.

Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar
Director-Editor


El Mensajero de Santo Tomás; Director-Editor: Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar; Número 3; Octubre de 2015.  Si gustas consultar la versión electrónica, puedes pulsar en el siguiente link: http://issuu.com/aquinatenses/docs/03_curvas

Visita a la Organizaciones de las Naciones Unidas






VISITA A LA ORGANIZACIÓN DE LAS NACIONES UNIDAS
DISCURSO DEL SANTO PADRE
Nueva York
Viernes 25 de septiembre de 2015



Señor Presidente,
Señoras y Señores: Buenos días.

Una vez más, siguiendo una tradición de la que me siento honrado, el Secretario General de las Naciones Unidas ha invitado al Papa a dirigirse a esta honorable Asamblea de las Naciones. En nombre propio y en el de toda la comunidad católica, Señor Ban Ki-moon, quiero expresarle el más sincero y cordial agradecimiento. Agradezco también sus amables palabras. Saludo asimismo a los Jefes de Estado y de Gobierno aquí presentes, a los Embajadores, diplomáticos y funcionarios políticos y técnicos que los acompañan, al personal de las Naciones Unidas empeñado en esta 70ª Sesión de la Asamblea General, al personal de todos los programas y agencias de la familia de la ONU, y a todos los que de un modo u otro participan de esta reunión. Por medio de ustedes saludo también a los ciudadanos de todas las naciones representadas en este encuentro. Gracias por los esfuerzos de todos y de cada uno en bien de la humanidad.

Esta es la quinta vez que un Papa visita las Naciones Unidas. Lo hicieron mis predecesores Pablo VI en 1965Juan Pablo II en 1979 y 1995 y, mi más reciente predecesor, hoy el Papa emérito Benedicto XVI, en 2008. Todos ellos no ahorraron expresiones de reconocimiento para la Organización, considerándola la respuesta jurídica y política adecuada al momento histórico, caracterizado por la superación tecnológica de las distancias y fronteras y, aparentemente, de cualquier límite natural a la afirmación del poder. Una respuesta imprescindible ya que el poder tecnológico, en manos de ideologías nacionalistas o falsamente universalistas, es capaz de producir tremendas atrocidades. No puedo menos que asociarme al aprecio de mis predecesores, reafirmando la importancia que la Iglesia Católica concede a esta institución y las esperanzas que pone en sus actividades.

La historia de la comunidad organizada de los Estados, representada por las Naciones Unidas, que festeja en estos días su 70 aniversario, es una historia de importantes éxitos comunes, en un período de inusitada aceleración de los acontecimientos. Sin pretensión de exhaustividad, se puede mencionar la codificación y el desarrollo del derecho internacional, la construcción de la normativa internacional de derechos humanos, el perfeccionamiento del derecho humanitario, la solución de muchos conflictos y operaciones de paz y reconciliación, y tantos otros logros en todos los campos de la proyección internacional del quehacer humano. Todas estas realizaciones son luces que contrastan la oscuridad del desorden causado por las ambiciones descontroladas y por los egoísmos colectivos. Es cierto que aún son muchos los graves problemas no resueltos, pero también es evidente que, si hubiera faltado toda esta actividad internacional, la humanidad podría no haber sobrevivido al uso descontrolado de sus propias potencialidades. Cada uno de estos progresos políticos, jurídicos y técnicos son un camino de concreción del ideal de la fraternidad humana y un medio para su mayor realización.

Rindo pues homenaje a todos los hombres y mujeres que han servido leal y sacrificadamente a toda la humanidad en estos 70 años. En particular, quiero recordar hoy a los que han dado su vida por la paz y la reconciliación de los pueblos, desde DagHammarskjöld hasta los muchísimos funcionarios de todos los niveles, fallecidos en las misiones humanitarias, de paz y reconciliación.

La experiencia de estos 70 años, más allá de todo lo conseguido, muestra que la reforma y la adaptación a los tiempos siempre es necesaria, progresando hacia el objetivo último de conceder a todos los países, sin excepción, una participación y una incidencia real y equitativa en las decisiones. Esta necesidad de una mayor equidad, vale especialmente para los cuerpos con efectiva capacidad ejecutiva, como es el caso del Consejo de Seguridad, los organismos financieros y los grupos o mecanismos especialmente creados para afrontar las crisis económicas. Esto ayudará a limitar todo tipo de abuso o usura sobre todo con los países en vías de desarrollo. Los organismos financieros internacionales han de velar por el desarrollo sostenible de los países y la no sumisión asfixiante de éstos a sistemas crediticios que, lejos de promover el progreso, someten a las poblaciones a mecanismos de mayor pobreza, exclusión y dependencia.

La labor de las Naciones Unidas, a partir de los postulados del Preámbulo y de los primeros artículos de su Carta Constitucional, puede ser vista como el desarrollo y la promoción de la soberanía del derecho, sabiendo que la justicia es requisito indispensable para obtener el ideal de la fraternidad universal. En este contexto, cabe recordar que la limitación del poder es una idea implícita en el concepto de derecho. Dar a cada uno lo suyo, siguiendo la definición clásica de justicia, significa que ningún individuo o grupo humano se puede considerar omnipotente, autorizado a pasar por encima de la dignidad y de los derechos de las otras personas singulares o de sus agrupaciones sociales. La distribución fáctica del poder (político, económico, de defensa, tecnológico, etc.) entre una pluralidad de sujetos y la creación de un sistema jurídico de regulación de las pretensiones e intereses, concreta la limitación del poder. El panorama mundial hoy nos presenta, sin embargo, muchos falsos derechos, y –a la vez– grandes sectores indefensos, víctimas más bien de un mal ejercicio del poder:  el ambiente natural y el vasto mundo de mujeres y hombres excluidos. Dos sectores íntimamente unidos entre sí, que las relaciones políticas y económicas preponderantes han convertido en partes frágiles de la realidad. Por eso hay que afirmar con fuerza sus derechos, consolidando la protección del ambiente y acabando con la exclusión.

Ante todo, hay que afirmar que existe un verdadero «derecho del ambiente» por un doble motivo. Primero, porque los seres humanos somos parte del ambiente. Vivimos en comunión con él, porque el mismo ambiente comporta límites éticos que la acción humana debe reconocer y respetar. El hombre, aun cuando está dotado de «capacidades inéditas» que «muestran una singularidad que trasciende el ámbito físico y biológico» (Laudato si’, 81), es al mismo tiempo una porción de ese ambiente. Tiene un cuerpo formado por elementos físicos, químicos y biológicos, y solo puede sobrevivir y desarrollarse si el ambiente ecológico le es favorable. Cualquier daño al ambiente, por tanto, es un daño a la humanidad. Segundo, porque cada una de las creaturas, especialmente las vivientes, tiene un valor en sí misma, de existencia, de vida, de belleza y de interdependencia con las demás creaturas. Los cristianos, junto con las otras religiones monoteístas, creemos que el universo proviene de una decisión de amor del Creador, que permite al hombre servirse respetuosamente de la creación para el bien de sus semejantes y para gloria del Creador, pero que no puede abusar de ella y mucho menos está autorizado a destruirla. Para todas las creencias religiosas, el ambiente es un bien fundamental (cf. ibíd.81).

El abuso y la destrucción del ambiente, al mismo tiempo, van acompañados por un imparable proceso de exclusión. En efecto, un afán egoísta e ilimitado de poder y de bienestar material lleva tanto a abusar de los recursos materiales disponibles como a excluir a los débiles y con menos habilidades, ya sea por tener capacidades diferentes (discapacitados) o porque están privados de los conocimientos e instrumentos técnicos adecuados o poseen insuficiente capacidad de decisión política. La exclusión económica y social es una negación total de la fraternidad humana y un gravísimo atentado a los derechos humanos y al ambiente. Los más pobres son los que más sufren estos atentados por un triple grave motivo: son descartados por la sociedad, son al mismo tiempo obligados a vivir del descarte y deben injustamente sufrir las consecuencias del abuso del ambiente. Estos fenómenos conforman la hoy tan difundida e inconscientemente consolidada «cultura del descarte».

Lo dramático de toda esta situación de exclusión e inequidad, con sus claras consecuencias, me lleva junto a todo el pueblo cristiano y a tantos otros a tomar conciencia también de mi grave responsabilidad al respecto, por lo cual alzo mi voz, junto a la de todos aquellos que anhelan soluciones urgentes y efectivas. La adopción de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible en la Cumbre mundial que iniciará hoy mismo, es una importante señal de esperanza. Confío también que la Conferencia de París sobre el cambio climático logre acuerdos fundamentales y eficaces.

No bastan, sin embargo, los compromisos asumidos solemnemente, aunque constituyen ciertamente un paso necesario para las soluciones. La definición clásica de justicia a que aludí anteriormente contiene como elemento esencial una voluntad constante y perpetua: Iustitiaestconstans et perpetua voluntasiussuumcuiquetribuendi. El mundo reclama de todos los gobernantes una voluntad efectiva, práctica, constante, de pasos concretos y medidas inmediatas, para preservar y mejorar el ambiente natural y vencer cuanto antes el fenómeno de la exclusión social y económica, con sus tristes consecuencias de trata de seres humanos, comercio de órganos y tejidos humanos, explotación sexual de niños y niñas, trabajo esclavo, incluyendo la prostitución, tráfico de drogas y de armas, terrorismo y crimen internacional organizado. Es tal la magnitud de estas situaciones y el grado de vidas inocentes que va cobrando, que hemos de evitar toda tentación de caer en un nominalismo declaracionista con efecto tranquilizador en las conciencias. Debemos cuidar que nuestras instituciones sean realmente efectivas en la lucha contra todos estos flagelos.

La multiplicidad y complejidad de los problemas exige contar con instrumentos técnicos de medida. Esto, empero, comporta un doble peligro: limitarse al ejercicio burocrático de redactar largas enumeraciones de buenos propósitos –metas, objetivos e indicaciones estadísticas–, o creer que una única solución teórica y apriorística dará respuesta a todos los desafíos. No hay que perder de vista, en ningún momento, que la acción política y económica, solo es eficaz cuando se la entiende como una actividad prudencial, guiada por un concepto perenne de justicia y que no pierde de vista en ningún momento que, antes y más allá de los planes y programas, hay mujeres y hombres concretos, iguales a los gobernantes, que viven, luchan y sufren, y que muchas veces se ven obligados a vivir miserablemente, privados de cualquier derecho.

Para que estos hombres y mujeres concretos puedan escapar de la pobreza extrema, hay que permitirles ser dignos actores de su propio destino. El desarrollo humano integral y el pleno ejercicio de la dignidad humana no pueden ser impuestos. Deben ser edificados y desplegados por cada uno, por cada familia, en comunión con los demás hombres y en una justa relación con todos los círculos en los que se desarrolla la socialidad humana –amigos, comunidades, aldeas municipios, escuelas, empresas y sindicatos, provincias, naciones–. Esto supone y exige el derecho a la educación –también para las niñas, excluidas en algunas partes–, que se asegura en primer lugar respetando y reforzando el derecho primario de las familias a educar, y el derecho de las Iglesias y de las agrupaciones sociales a sostener y colaborar con las familias en la formación de sus hijas e hijos. La educación, así concebida, es la base para la realización de la Agenda 2030 y para recuperar el ambiente.

Al mismo tiempo, los gobernantes han de hacer todo lo posible a fin de que todos puedan tener la mínima base material y espiritual para ejercer su dignidad y para formar y mantener una familia, que es la célula primaria de cualquier desarrollo social. Este mínimo absoluto tiene en lo material tres nombres: techo, trabajo y tierra; y un nombre en lo espiritual: libertad de espíritu, que comprende la libertad religiosa, el derecho a la educación y todos los otros derechos cívicos. 

Por todo esto, la medida y el indicador más simple y adecuado del cumplimiento de la nueva Agenda para el desarrollo será el acceso efectivo, práctico e inmediato, para todos, a los bienes materiales y espirituales indispensables: vivienda propia, trabajo digno y debidamente remunerado, alimentación adecuada y agua potable; libertad religiosa, y más en general libertad de espíritu y educación. Al mismo tiempo, estos pilares del desarrollo humano integral tienen un fundamento común, que es el derecho a la vida y, más en general, lo que podríamos llamar el derecho a la existencia de la misma naturaleza humana.

La crisis ecológica, junto con la destrucción de buena parte de la biodiversidad, puede poner en peligro la existencia misma de la especie humana. Las nefastas consecuencias de un irresponsable desgobierno de la economía mundial, guiado solo por la ambición de lucro y de poder, deben ser un llamado a una severa reflexión sobre el hombre:«El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza» (Benedicto XVI, Discurso al Parlamento Federal de Alemania22 septiembre 2011; citado en Laudato si’, 6). La creación se ve perjudicada «donde nosotros mismos somos las últimas instancias [...] El derroche de la creación comienza donde no reconocemos ya ninguna instancia por encima de nosotros, sino que solo nos vemos a nosotros mismos» (Id.Discurso al Clero de la Diócesis de Bolzano-Bressanone, 6 agosto 2008; citado ibíd.). Por eso, la defensa del ambiente y la lucha contra la exclusión exigen el reconocimiento de una ley moral inscrita en la propia naturaleza humana, que comprende la distinción natural entre hombre y mujer (Laudato si’, 155), y el absoluto respeto de la vida en todas sus etapas y dimensiones (cf. ibíd.123136).

Sin el reconocimiento de unos límites éticos naturales insalvables y sin la actuación inmediata de aquellos pilares del desarrollo humano integral, el ideal de «salvar las futuras generaciones del flagelo de la guerra» (Carta de las Naciones Unidas, Preámbulo) y de «promover el progreso social y un más elevado nivel de vida en una más amplia libertad» (ibíd.) corre el riesgo de convertirse en un espejismo inalcanzable o, peor aún, en palabras vacías que sirven de excusa para cualquier abuso y corrupción, o para promover una colonización ideológica a través de la imposición de modelos y estilos de vida anómalos, extraños a la identidad de los pueblos y, en último término, irresponsables.

La guerra es la negación de todos los derechos y una dramática agresión al ambiente. Si se quiere un verdadero desarrollo humano integral para todos, se debe continuar incansablemente con la tarea de evitar la guerra entre las naciones y los pueblos.

Para tal fin hay que asegurar el imperio incontestado del derecho y el infatigable recurso a la negociación, a los buenos oficios y al arbitraje, como propone la Carta de las Naciones Unidas, verdadera norma jurídica fundamental. La experiencia de los 70 años de existencia de las Naciones Unidas, en general, y en particular la experiencia de los primeros 15 años del tercer milenio, muestran tanto la eficacia de la plena aplicación de las normas internacionales como la ineficacia de su incumplimiento. Si se respeta y aplica la Carta de las Naciones Unidas con transparencia y sinceridad, sin segundas intenciones, como un punto de referencia obligatorio de justicia y no como un instrumento para disfrazar intenciones espurias, se alcanzan resultados de paz. Cuando, en cambio, se confunde la norma con un simple instrumento, para utilizar cuando resulta favorable y para eludir cuando no lo es, se abre una verdadera caja de Pandora de fuerzas incontrolables, que dañan gravemente las poblaciones inermes, el ambiente cultural e incluso el ambiente biológico.

El Preámbulo y el primer artículo de la Carta de las Naciones Unidas indican los cimientos de la construcción jurídica internacional: la paz, la solución pacífica de las controversias y el desarrollo de relaciones de amistad entre las naciones. Contrasta fuertemente con estas afirmaciones, y las niega en la práctica, la tendencia siempre presente a la proliferación de las armas, especialmente las de destrucción masiva como pueden ser las nucleares. Una ética y un derecho basados en la amenaza de destrucción mutua –y posiblemente de toda la humanidad– son contradictorios y constituyen un fraude a toda la construcción de las Naciones Unidas, que pasarían a ser «Naciones unidas por el miedo y la desconfianza». Hay que empeñarse por un mundo sin armas nucleares, aplicando plenamente el Tratado de no proliferación, en la letra y en el espíritu, hacia una total prohibición de estos instrumentos.
El reciente acuerdo sobre la cuestión nuclear en una región sensible de Asia y Oriente Medio es una prueba de las posibilidades de la buena voluntad política y del derecho, ejercitados con sinceridad, paciencia y constancia. Hago votos para que este acuerdo sea duradero y eficaz y dé los frutos deseados con la colaboración de todas las partes implicadas.

En ese sentido, no faltan duras pruebas de las consecuencias negativas de las intervenciones políticas y militares no coordinadas entre los miembros de la comunidad internacional. Por eso, aun deseando no tener la necesidad de hacerlo, no puedo dejar de reiterar mis repetidos llamamientos en relación con la dolorosa situación de todo el Oriente Medio, del norte de África y de otros países africanos, donde los cristianos, junto con otros grupos culturales o étnicos e incluso junto con aquella parte de los miembros de la religión mayoritaria que no quiere dejarse envolver por el odio y la locura, han sido obligados a ser testigos de la destrucción de sus lugares de culto, de su patrimonio cultural y religioso, de sus casas y haberes y han sido puestos en la disyuntiva de huir o de pagar su adhesión al bien y a la paz con la propia vida o con la esclavitud.

Estas realidades deben constituir un serio llamado a un examen de conciencia de los que están a cargo de la conducción de los asuntos internacionales. No solo en los casos de persecución religiosa o cultural, sino en cada situación de conflicto, como Ucrania, Siria, Irak, en Libia, en Sudán del Sur y en la región de los Grandes Lagos, hay rostros concretos antes que intereses de parte, por legítimos que sean. En las guerras y conflictos hay seres humanos singulares, hermanos y hermanas nuestros, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, niños y niñas, que lloran, sufren y mueren. Seres humanos que se convierten en material de descarte cuando la actividad consiste sólo en enumerar problemas, estrategias y discusiones.

Como pedía al Secretario General de las Naciones Unidas en mi carta del 9 de agosto de 2014, «la más elemental comprensión de la dignidad humana [obliga] a la comunidad internacional, en particular a través de las normas y los mecanismos del derecho internacional, a hacer todo lo posible para detener y prevenir ulteriores violencias sistemáticas contra las minorías étnicas y religiosas» y para proteger a las poblaciones inocentes.

En esta misma línea quisiera hacer mención a otro tipo de conflictividad no siempre tan explicitada pero que silenciosamente viene cobrando la muerte de millones de personas. Otra clase de guerra que viven muchas de nuestras sociedades con el fenómeno del narcotráfico. Una guerra «asumida» y pobremente combatida. El narcotráfico por su propia dinámica va acompañado de la trata de personas, del lavado de activos, del tráfico de armas, de la explotación infantil y de otras formas de corrupción. Corrupción que ha penetrado los distintos niveles de la vida social, política, militar, artística y religiosa, generando, en muchos casos, una estructura paralela que pone en riesgo la credibilidad de nuestras instituciones.

Comencé esta intervención recordando las visitas de mis predecesores. Quisiera ahora que mis palabras fueran especialmente como una continuación de las palabras finales del discurso de Pablo VI, pronunciado hace casi exactamente 50 años, pero de valor perenne, cito: «Ha llegado la hora en que se impone una pausa, un momento de recogimiento, de reflexión, casi de oración: volver a pensar en nuestro común origen, en nuestra historia, en nuestro destino común. Nunca, como hoy, [...] ha sido tan necesaria la conciencia moral del hombre, porque el peligro no viene ni del progreso ni de la ciencia, que, bien utilizados, podrán [...] resolver muchos de los graves problemas que afligen a la humanidad» (Discurso a los Representantes de los Estados, 4 de octubre de 1965). Entre otras cosas, sin duda, la genialidad humana, bien aplicada, ayudará a resolver los graves desafíos de la degradación ecológica y de la exclusión. Continúo con Pablo VI: «El verdadero peligro está en el hombre, que dispone de instrumentos cada vez más poderosos, capaces de llevar tanto a la ruina como a las más altas conquistas» (ibíd.). Hasta aquí Pablo VI.

La casa común de todos los hombres debe continuar levantándose sobre una recta comprensión de la fraternidad universal  y sobre el respeto de la sacralidad de cada vida humana, de cada hombre y cada mujer; de los pobres, de los ancianos, de los niños, de los enfermos, de los no nacidos, de los desocupados, de los abandonados, de los que se juzgan descartables porque no se los considera más que números de una u otra estadística. La casa común de todos los hombres debe también edificarse sobre la comprensión de una cierta sacralidad de la naturaleza creada.

Tal comprensión y respeto exigen un grado superior de sabiduría, que acepte la trascendencia, la de uno mismo, renuncie a la construcción de una elite omnipotente, y comprenda que el sentido pleno de la vida singular y colectiva se da en el servicio abnegado de los demás y en el uso prudente y respetuoso de la creación para el bien común. Repitiendo las palabras de Pablo VI, «el edificio de la civilización moderna debe levantarse sobre principios espirituales, los únicos capaces no sólo de sostenerlo, sino también de iluminarlo» (ibíd.).

El gaucho Martín Fierro, un clásico de la literatura de mi tierra natal, canta: «Los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera. Tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos pelean, los devoran los de afuera».

El mundo contemporáneo, aparentemente conexo, experimenta una creciente y sostenida fragmentación social que pone en riesgo «todo fundamento de la vida social» y por lo tanto «termina por enfrentarnos unos con otros para preservar los propios intereses» (Laudato si’, 229).

El tiempo presente nos invita a privilegiar acciones que generen dinamismos nuevos en la sociedad hasta que fructifiquen en importantes y positivos acontecimientos históricos (cf.  Evangeliigaudium, 223). No podemos permitirnos postergar «algunas agendas» para el futuro. El futuro nos pide decisiones críticas y globales de cara a los conflictos mundiales que aumentan el número de excluidos y necesitados.

La loable construcción jurídica internacional de la Organización de las Naciones Unidas y de todas sus realizaciones, perfeccionable como cualquier otra obra humana y, al mismo tiempo, necesaria, puede ser prenda de un futuro seguro y feliz para las generaciones futuras. Y lo será si los representantes de los Estados sabrán dejar de lado intereses sectoriales e ideologías, y buscar sinceramente el servicio del bien común. Pido a Dios Todopoderoso que así sea, y les aseguro mi apoyo, mi oración y el apoyo y las oraciones de todos los fieles de la Iglesia Católica, para que esta Institución, todos sus Estados miembros y cada uno de sus funcionarios, rinda siempre un servicio eficaz a la humanidad, un servicio respetuoso de la diversidad y que sepa potenciar, para el bien común, lo mejor de cada pueblo y de cada ciudadano. Que Dios los bendiga a todos.


El Mensajero de Santo Tomás; Director-Editor: Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar; Número 3; Octubre de 2015.  Si gustas consultar la versión electrónica, puedes pulsar en el siguiente link: http://issuu.com/aquinatenses/docs/03_curvas





La Voz de Santo Tomás



El Espíritu Santo, alma de la Iglesia

“Todo ser humano está compuesto de un cuerpo y un alma; Sin embargo, está formado por diversos miembros. Así hay en la Iglesia católica un solo cuerpo y diversos miembros. El alma que vivifica este cuerpo es el Espíritu Santo. Por esto, al final del símbolo de nuestra fe (Credo), después de haber profesado la parte sobre el Espíritu Santo, añadimos, Creo en la Santa Iglesia Católica.

La Iglesia es, en efecto, un conjunto, el conjunto de los creyentes, es una Iglesia santa; y cada cristiano es uno de sus miembros…

Sin embargo, la Iglesia es una. Tres causas concurren a esta unidad.
La unidad de la fe: todos los cristianos que forman parte del cuerpo de la Iglesia profesan la misma verdad.
En segundo lugar, la unidad de la esperanza: todos se mantienen en la misma confianza de alcanzar la vida eterna.

Tercero, la unidad del amor: todos están enlazados en el amor de Dios, y, entre ellos, por un amor mutuo. Este, amor, si es verdadero, se muestra por una preocupación activa de los miembros entre sí y por una participación común en las mismas pruebas.

La Iglesia es santa. Hay, para el conjunto de sus fieles, tres fuentes de santidad: el bautismo, como un templo, para ser consagrado, es purificado materialmente antes de hacer uso de sus funciones, así los fieles son lavados en la Sangre de Cristo.

Después por una unción: como el templo es ungido, así sus fieles, por una unción espiritual que los santifica; de otro modo no serían cristianos, pues Cristo significa Ungido de Dios.
En tercer lugar, por la inhabitación de la gracia…

La Iglesia es católica, esto es, universal.  Primero, en cuanto lugar, pues está extendida por el mundo…
Segundo, en cuanto a la condición de los hombres: nadie está excluida de ella, ni señor, ni esclavo, ni hombre, ni mujer…

Tercero, en cuanto al tiempo, comenzó en el tiempo de Jesucristo y durará hasta el fin del mundo…
La Iglesia de Dios es sólida. Se dice que una casa es sólida cuando tiene buenos cimientos: el cimiento de la Iglesia es Cristo… el cimiento secundario son los apóstoles y su doctrina; por ello se dice de la Iglesia que es apostólica”.


Santo Tomás de Aquino, Comentario al símbolo de la fe, art. 9.

El Mensajero de Santo Tomás; Director-Editor: Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar; Número 3; Octubre de 2015.  Si gustas consultar la versión electrónica, puedes pulsar en el siguiente link: http://issuu.com/aquinatenses/docs/03_curvas

Mensajero de Santo Tomás


Por J. Jesús Juárez Martín

Hay dos referencias que como coordenadas es necesario tomar en cuenta para nuestras actividades: El tiempo y el espacio en que nos ubicamos. Tiempo social: Mes de la Patria, 205 años del inicio de la Independencia, 30 años del sismo de 1985. Lugar: Templo de Tercera Orden en Ciudad Guzmán. Propósito: La presentación de una publicación periodística mensual: El MENSAJERO DE SANTO TOMÁS, que publica la FUNDACIÓN DE SANTO TOMÁS DE AQUINO, editado y dirigido por el inquieto Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar.

Reconozco que en el tiempo presente secularizado, hablar de información y formación católica, suena a confusión, algo así como hablar de las Leyes de Reforma en 1860 en México hace 155 años, cuando la religiosidad estaba presente en todos los aspectos sociales, políticos, familiares, entretenimiento, el ambiente estaba arropado por una práctica religiosa y de sus valores de convivencia.  Ahora se presume que la religión es asunto particular, que la sociedad no tiene por qué tener una información religiosa y de formación. Realidad vivida desde hace muchas décadas y la religión fue la que unificó a los pueblos para que cobraran conciencia como país y se organizarán como estado.

Con cierta extrañeza recibí el ejemplar número 1 de EL MENSAJERO DE SANTO TOMÁS en los primeros días de septiembre de manos de su director y editor: Héctor Alfonso.

Con alguna premura inicie su lectura y encontré en su Editorial  la orientación del objetivo dinamizador de la publicación: a) Llevar un mensaje de luz y de verdad en materia de fe.) No podría ser diferente, Cristo es luz, verdad y vida en nuestros intentos de construir y caminar hacia el Reino, sus palabras tienen verdades y mensajes de vida eterna. La fe, como donación infusa del Espíritu Santo en nuestro bautismo, necesita ser estudiada, cultivada, proclamada, compartida y comprendida en lo elemental por nuestra limitada inteligencia, de ahí el estudio de las Escrituras y la interpretación en la actualidad que da permanentemente el Magisterio de la Iglesia. Eso es reconfortante porque la primera en creer es la Iglesia de Cristo y como Madre y Maestra, nos instruyen los Prelados, el Santo Padre FRANCISCO, además de la iluminación directa del Espíritu a cada fiel creyente.

En el contenido del primer periódico mencionado Manuel Ocampo Ponce, al hacer la presentación del libro: Tomás de Aquino. El Santo, el Maestro, de Abelardo Lobato y Santiago Ramírez, el 28 de septiembre de 2012 en Ciudad Guzmán, afirma: “Entre tantas cosas, Santo Tomás cuidó mucho el desarrollo de los dones en teología, como auxiliar de las virtudes e inició predilección de la Teología dominicana por los tratados de los dones”. “Si el destino del hombre  es el de conformarse con Cristo, el Espíritu mueve al hombre al encuentro y a la amistad con Cristo, tomando en cuenta que la que la gracia no anula la naturaleza  sino la perfecciona.”

Hay en ese primer ejemplar del Mensajero de Santo Tomás Aquino dos artículos presentados, haciendo una presentación de la personalidad, misión a favor de los pobres y muerte del Monseñor Óscar Romero, Beato y Mártir, el primero, por el Pbro. Alfredo Monreal Sotelo del 9 de julio de 2015.

De donde documento lo siguiente: … “designado – Monseñor Romero- rector de la Catedral. Director del Seminario de San Miguel y después interdiocesano, en el Salvador. En 1967, Secretario General de la Conferencia Episcopal en el Salvador. El 21de junio de 1970 fue consagrado Obispo Auxiliar de Mons. Luis Chávez y González, a quien sustituyó posteriormente en la Sede Metropolitana el 22 de 1977, después de haber sido, desde el 15 de octubre de 1974, Obispo en Santiago de María”.

Del segundo autor que nos presenta a Monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez es el Pbro. Ismael Rosales Martínez  nos menciona su Testamento profético: Cambió su predicación y pasó a defender los derechos de los desprotegidos, denunció en sus homilías los atropellos contra los derechos de los campesinos, de los obreros, de sus sacerdotes de todos los que recurrían a él  en el contexto de violencia y represión militar. Durante los tres años siguientes sus homilías , trasmitidas por la radio diocesana  YSAX, denunciaba las tropelía, la violencia del gobierno militar como de los grupos armados de izquierda., asesinatos cometidos por los escuadrones de la muerte y la desaparición forzada de personas cometida por cuerpos de seguridad.

El domingo de Ramos de 1980, un día antes de su muerte Romero hizo desde la Catedral un enérgico llamamiento al ejército salvadoreño, en su homilía titulada” La Iglesia un servicio de liberación personal, comunitaria, trascendente” que más tarde se conoció como Homilía de fuego. “Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la Policía de los Cuarteles…  Hermanos son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice “No matar”. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplir. Ya es tiempo que recuperen su concienciar obedezca antes a su conciencia que a la orden de pecado. La Iglesia defensora de los Derechas  de Dios, de la ley de Dios, de la dignidad humana de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van manchadas de sangre.

Eso es cuanto al contenido: Informativo, formativo, sus cuatro páginas de buen tamaño a tres columnas por página, encabezado gráfico, adecuado, donde hay un señalamiento es en las dos últimas páginas, el tamaño es muy reducido y eso le quita legibilidad, los mayores tendremos problemas.

Por otro aspecto es confortante que un seglar comprometido busque la evangelización a través de este medio.  En  Ciudad Guzmán  se publican El Puente editado y dirigido por el Cura Antonio Villalvazo y La Semilla de la Palabra, más con fines prácticos de ser un apoyo para las lecturas dominicales que de información y comentarios, aunque si hay espacio reducido, cumple con la misión de llevar las lecturas del día de la Misa dominical.

Damas y caballeros lectores, amigos Milton Iván Peralta y Héctor Alfonso, muchas gracias por su actitud respetuosa, ojalá haya trasmitido parte de la riqueza de la publicación y despertado el entusiasmo por un trabajo ciertamente apostólico, seglar, en la construcción del Reino.  Lo sé, no es fácil, nuestro apoyo de diversas formas, compra, colaboración, lectura, comentarios, pueden ser los engranes para que mejor funcione y se supere, porque poco a poco se crea la perfección de la obra, en especial de esta valiosa comunicación social. 


El Mensajero de Santo Tomás; Director-Editor: Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar; Número 3; Octubre de 2015.  Si gustas consultar la versión electrónica, puedes pulsar en el siguiente link: http://issuu.com/aquinatenses/docs/03_curvas


Los mensajeros de Santo Tomás



Por: Milton Iván Peralta

“Un buen periódico es una nación hablándose a sí misma”, decía Arthur Miller, y este es el mejor momento para celebrar un nuevo espacio en donde poder hablarnos, “El mensajero de Santo Tomás” viene para que dialoguemos en un mismo tono: “llevar el mensaje de la luz y de la verdad en materia de la fe”, así se justifica este primer número la creación de medio de comunicación que tenemos en la mano. Hay que destacar que siempre deberá ser una fiesta la publicación de un nuevo periódico, un espacio donde poder dar un lugar a los temas de interés, dar a conocer  en este caso la guía espiritual de Santo Tomas de Aquino, y toda una religión. Nuestros tiempos son especiales llenos de violencia, un retiro de la espiritualidad, una ausencia de valores, y por estas ausencias bien vale la pena desempolvar algunos teólogos que nos hagan volver al camino correcto, tristemente porque son autores que no debemos dejar en el olvido, porque en ellos encontraremos el camino de la verdad y la justicia.

Otro de los puntos a celebrar, es que existen pocos espacios que se le den a la religión, los medios ya existentes andan sobre el caminar de las noticias, es un vertiginoso andar de tener la exclusiva, de dar la noticia al día para que al día siguiente esté olvidada. Son pocos los espacios que quedan para la reflexión y el alimento del espíritu. 

Pero para entender más la importancia de esta publicación que será mensual, necesitamos conocer un poco más al hombre en el cual está basando ideológicamente este nuevo medio de comunicación.       

Hay que tener presente lo que decía  el Papa Juan Pablo II: “la verdad y la solidaridad son dos elementos claves que permiten a los profesionales de los medios de comunicación convertirse en promotores de la paz”. Y hoy desde estas páginas buscamos la paz.


ALGO DE LA VIDA DE SANTO TOMÁS DE AQUINO
Tomás de Aquino (en italianoTommaso D'AquinoRoccaseccaItalia1224/1225-Abadía de Fossanuova7 de marzo de 1274) fue un teólogo y filósofo católico perteneciente a la Orden de Predicadores, el principal representante de la enseñanza escolástica, una de las mayores figuras de la teología sistemática y, a su vez, una de las mayores autoridades en metafísica, hasta el punto de que, después de muerto, sea el referente de varias escuelas del pensamiento: tomista y neotomista. Es conocido también como Doctor AngélicoDoctor Común y Doctor de la Humanidad, apodos dados por laIglesia católica, la cual lo recomienda para los estudios de filosofía y teología.

Sus obras más conocidas son la Summatheologiae, compendio de la doctrina católica en la cual trata 495 cuestiones divididas en artículos, y la Summa contra gentiles, compendio de apología filosófica de la fe católica, que consta de 410 capítulos agrupados en 4 libros, redactado a petición de Raimundo de Peñafort.

Asimismo, fue muy popular por su aceptación y comentarios de las obras de Aristóteles, señalando, por primera vez en la historia, que eran compatibles con la fe católica. A Tomás se le debe un rescate y reinterpretación de la metafísica y una obra de teologíaaún sin parangón, así como una teoría del Derecho que sería muy consultada posteriormente. Canonizado en 1323, fue declarado Doctor de la Iglesia en 1567 y santo patrón de las universidades y centros de estudio católicos en 1880. Su festividad se celebra el 28 de enero.

SU OBRA
La obra escrita de Tomás de Aquino es inmensa y, cuando se tiene en cuenta que murió a los cuarenta y nueve años y había recorrido casi 10.000 kilómetros en viajes a pie se considera una hazaña inigualable.
Sus obras más extensas, y generalmente consideradas más importantes y sistemáticas, son sus Sumas: la SummaTheologiae, la Summa contra Gentiles y su Scriptum superSententias. Aunque el interés y la temática principal siempre es teológico, cuenta también con varios comentarios a obras filosóficas, destacándose, como se ha dicho antes, en Aristóteles con obras filosóficas, polémicas o litúrgicas. A lo largo de la historia se le han atribuido obras espurias, que con el paso del tiempo han dejado de ser consideradas de su autoría. Así, sus obras se encuentran divididas en:
·         Tres síntesis teológicas, o summas
·         Nueve tratados en la forma de disputas académicas
·         Doce disputas quodlibetales
·         Nueve exégesis sobre las Sagradas Escrituras
·         Una colección de glosas de los Padres de la Iglesia sobre los Evangelios
·         Once exposiciones sobre los trabajos de Aristóteles
·         Dos exposiciones de trabajos de Boecio
·         Dos exposiciones de trabajos de Proclo
·         Cinco trabajos polémicos
·         Cinco opiniones expertas, o responsa
·         Quince letras sobre teología, filosofía o temas políticos
·         Un texto litúrgico
·         Dos oraciones famosas
·         Aproximadamente 85 sermones
·         Ocho tratados sobre teología

INFLUENCIAS Y REPERCUSIONES

Tomás, aun siendo teólogo, destacó por haber leído y estudiado exhaustivamente a todos los intelectuales referenciales del momento, filosóficos incluidos, de ahí que pudiera alcanzar una síntesis tan extensa y consistente. Los materiales para su pensamiento son de muy diverso origen:

En primer lugar de Platón. A él se le debe cierta doctrina de la participación (aún no plenamente metafísica), para explicar la relación entre Dios y las criaturas, así como la cuestión de los grados de perfección. Tomás también conocía a los estoicos como antecedentes de la idea tomista de ley natural.

De Aristóteles coge sus teorías principales, aunque con la perspectiva cristiana del ser, como se ha visto antes. Los conceptos de forma y materia, acto y potencia, substancia y accidentes y Dios como fundamento último de los movimientos de la realidad (primera y quinta Vía). Asume toda su teoría del conocimiento y las bases de su antropología: la concepción formal del alma, su división tripartita etc. En Ética y Política recoge el concepto y la clasificación aristotélica de la virtud y completa sus aportaciones sobre la ley natural (base del derecho natural, que, aún defendido por John Locke e Inmanuel Kant, es metafísico), y completa estos esquemas con la referencia a la ley eterna y las virtudes teologales (ajenas a la misma cultura griega). Por otra parte, la Lógica la acepta íntegramente desde su juventud.

Del pensamiento musulmán y judío, además de acoger sus comentarios a Aristóteles destaca por su atención a Avicena en su distinción (aún inexacta, debido a su esencialismo) entre esencia y existencia, y en la formulación de la Tercera Vía. Por otro lado, de Maimónides recoge la defensa de la creación de la nada y su modo de entender las relaciones entre la fe y la razón. En cuanto a lo cristiano, es fundamental recordar su adhesión inquebrantable a la Biblia, los Decretos de los Concilios y los Papas (destaca Gregorio Magno por sus tratados morales y pastorales). Entre los Padres de la Iglesia destaca, eminentemente, Agustín de Hipona en la relación de los atributos de Dios, la idea de la creación o la tesis de la inmaterialidad del alma, la cuestión de la Trinidad entre muchas otras (afinadas por su aristotelismo).

De otros neoplatónicos como Pseudo Dionisio Areopagita asume los aspectos neoplatónicos de sus obras, como el concepto de participación y los grados de perfecciones, en clave teológica. De Boecio, sus aportes a los dogmas trinitarios y cristológicos. Alberto Magno, en último lugar, le introduje en el conocimiento de Aristóteles y le inició en la cuestión de los trascendentales.

Respecto a su influencia posterior, Tomás jugó un papel capital, nunca antes visto en la Iglesia católica, como referencia y modelo de pensamiento, tanto en la Inquisición como en el Concilio de Trento. En el siglo XV sus seguidores son muy diversos: el canciller Juan Gerson, el inquisidor Tomás de Torquemada y GirolamoSavonarola. En el siglo XVI defienden su doctrina y figura el Papa Pío V (que lo nombró Doctor de la Iglesia) y un buen número de distinguidos españoles como el fundador de la Compañía de Jesús Ignacio de Loyola, el Doctor místico Juan de la Cruz (que emplea constantemente sus principios para explicar los mecanismos espirituales), el cardenal Tomás Cayetano, Francisco de Vitoria y Domingo de Soto. Más tarde, asentando la reforma contra el protestantismo en el siglo XVII, destacan el obispo Francisco de Sales, Juan de Santo Tomás,Francisco Suárez y Domingo Báñez.

En el siglo XVIII, a pesar de la poderosa aparición del racionalismo y, a raíz de él, el empirismo (entre ilustrados) y ontologismo (entre católicos como Nicolas de Malebranche) cabe mencionar las aportaciones del cardenal Juan Tomás de Boxadors y los obispos Alfonso María de Ligorio y Jacques Bossuet.

Ante las nuevas corrientes intelectuales como el idealismo romántico, nihilismo vitalista, filosofía de la conciencia  yFenomenología, así como una rama fideísta ultra-católica, la Iglesia católica recomendó directamente a Tomás para un estudio veraz, acorde a la fe católica. Ya en el siglo XIX Tomás es recomendado por los Papas Leon XIII y Pio X; al tiempo que surgen los grandes inspiradores del neotomismo: Pierre Mandonnet y AmbroiseGardeil. Y, al fin, en el siglo XX se trata de los Papas Pío XI y Juan Pablo II, entre otros.

En la Iglesia en general, es la referencia de los Concilios Trento y Vaticano I, a la vez que se coloca como paradigma de estudios en general en el Vaticano II (se vuelve a nombrar como autoridad a seguir en cuestiones especulativas y metafísicas) y en el Código de Derecho Canónico (can. 589 y 1366). De hecho, hoy, numerosos escritos de los Papas vuelven constantemente a él.

FRASES
El ser de las cosas, no su verdad, es la causa de la verdad en el entendimiento.

La fe se refiere a cosas que no se ven, y la esperanza, a cosas que no están al alcance de la mano.

Teme al hombre de un solo libro.

Es evidente que existe la verdad. Porque el que niega que existe la verdad, conoce que la verdad existe. Si, pues, no existe la verdad, es verdad que la verdad no existe.


El estudioso es el que lleva a los demás a lo que él ha comprendido: la verdad.


DESPEDIDA
Hay que agradecer a Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar por la valentía de convertirse, al lado de sus colaboradores, en el mensajero de cientos de palabras que llegarán con los siguientes números, porque un medio de comunicación como este que hoy vemos nacer se conseguirá a sudor y lágrimas, de caminar para repartirlo, pero siempre dentro de cada colaborador quedará la satisfacción de poder llevar una reflexión y acercar el aliento de Dios a los lectores.

El Mensajero de Santo Tomás; Director-Editor: Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar; Número 3; Octubre de 2015.  Si gustas consultar la versión electrónica, puedes pulsar en el siguiente link: http://issuu.com/aquinatenses/docs/03_curvas