viernes, 1 de enero de 2016

EL MANANTIAL DE LA ESPERANZA




ESTUDIO Y ANUNCIO DE LA BUENA NUEVA

Por: Timothy Radcliffe, O.P.
Maestro General de la Orden de Predicadores


Siempre hay un lugar para la esperanza. Por mucho que las circunstancias nos digan lo contrario y nos inviten a desistir, la palabra de Dios brilla.




EL ESTUDIO UNA FORMA DE ESTABLECER EL REINO

Cuando santo Domingo recorría el sur de Francia, su vida corría peligro, solía cantar alegremente: "Estaba siempre alegre y feliz, excepto cuando se movía a compasión por las penas que afligían a su prójimo"1. Y esta alegría de Santo Domingo es inseparable de nuestra vocación de predicadores de la Buena Nueva. Estamos llamados a "dar razón de nuestra esperanza" (1 Pe 3,15). Hoy en día, en un mundo crucificado por el sufrimiento, por la violencia y por la pobreza, nuestra vocación es más ardua y más difícil que nunca. Hay una crisis de esperanza en todo el mundo. ¿Cómo debemos vivir la alegría de santo Domingo siendo hombres de nuestro tiempo y compartiendo la crisis de nuestra gente y la fuerza y la debilidad de nuestra cultura? ¿Cómo alimentar una esperanza profunda, fundados en la promesa inquebrantable de Dios que ofrece la vida y la felicidad para sus hijos? Expondré mi convicción de que una vida de estudio es uno de los modos de progresar en este amor que "todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta" (1 Cor 13,7).

Ha llegado la hora de renovar los amores entre la Orden y el estudio. Está comenzando ya a ser realidad. Veo abrirse en todo el mundo nuevos centros de estudio y de reflexión teológica, en Kiev, Ibadan, Sao Paulo, Santo Domingo, Varsovia, por nombra sólo algunos. Estos centros no deberían ofrecer sólo una formación intelectual. El sentido es el camino hacia la santidad, que abre nuestros corazones y nuestras mentes a los demás, que crea comunidad y forma a los que proclaman llenos de confianza la venida del Reino.

LA ANUNCIACION

El estudio es en sí mismo un acto de esperanza, puesto que expresa nuestra confianza en que nuestra vida y los sufrimientos de la gente tienen un significado. Y este significado es como un don, como una Palabra de Esperanza que promete vida. Hay un momento en la historia de nuestra redención que resume con gran fuerza lo que significa recibir este don de la Buena Nueva: la Anunciación a María. Ese encuentro, esa conversación son un símbolo elocuente de lo que significa ser estudiante. Lo usaré como fundamento de nuestra esperanza.

En primer lugar, hay un momento de atención. María escucha la Buena Nueva que le anuncia. Y éste es el comienzo de nuestro estudio, la atención a la Palabra de esperanza proclamada en la Escritura. "Domingo instaba a sus hermanos, de palabra y con cartas, a estudiar incesantemente el Nuevo y el Antiguo Testamento" 2. Aprendemos a escuchar al Señor que dice "Grita de júbilo, estéril que no das a luz, rompe en gritos de júbilo y alegría, la que no has tenido dolores" (Is 54,1). ¿Nos brindan nuestros estudios la severa disciplina de aprender a escuchar la Buena Nueva?

En segundo lugar, es un momento de fertilidad. Ahí está santo Domingo, según lo pinta fray Angélico, con el libro en sus rodillas, atento, esperando, escuchando. Y el fruto de sus atención es que lleva en sus entrañas a un niño, el Verbo hecho carne. Su escucha impele toda su creatividad, toda su fertilidad femenina. De igual modo nuestro estudio, la atención a la Palabra de Dios, debería hacer brotar la fuente de nuestra fertilidad, debería llevarnos a hacer nacer a Cristo en nuestro mundo. En un mundo que parece con frecuencia como fracasado y estéril, nosotros hacemos nacer a Cristo en un milagro de creatividad. Donde quiera que se escuche la Palabra de Dios, ésta no habla sólo de esperanza sino de esperanza que se hace carne y sangre en nuestras vidas y palabras. A Y. Congar le gustaba citar las célebres palabras de Peguy: "No la Verdad sino lo Real...Es decir, la Verdad históricamente, con su situación concreta en el futuro, en el tiempo". Este es el verdadero test de nuestro estudio; ¿hacemos nacer a Cristo de nuevo? ¿Son nuestros estudios momentos de real creatividad, de Encarnación? ¡Las casas de estudio deberían ser como salas de parto del aprendizaje!

En tercer lugar, en un momento en que el Pueblo de Dios parece estar abandonado y sin esperanza, Dios da a su pueblo un futuro, un camino hacia el Reino. La Anunciación transforma la manera de entender la historia del Pueblo de Dios. En vez de llevar a la servidumbre y a la desesperación, abre un camino hacia el Reino. ¿Preparan nuestros estudios el camino para la venida de Cristo? ¿Transforman nuestra percepción de la historia humana de modo que podamos llegar a entenderla, no desde el punto de vista del vencedor, sino del pequeño y abrumado a quien Dios no ha olvidado y al que justificará?

APRENDE A ESCUCHAR

"Y entrando donde ella estaba, dijo: Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo. Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo" (Lc 1,28-29).
María escucha las palabras del ángel, la Buena Nueva de nuestra salvación. Este es el comienzo de todo estudio. Estudiar no es aprender a ser más inteligente sino a escuchar. Weil escribió a fray Periin que "el desarrollo de la facultad de la atención constituye el verdadero objeto y casi el único interés del estudio" 3. Esta receptividad, esta apertura del oído que es la característica de todo estudio, está íntimamente unida en el fondo a la oración. Ambas nos piden que estemos en silencio esperando que la Palabra de Dios venga a nosotros. Ambas nos piden vaciarnos de nosotros mismos para poder esperar lo que el señor tenga a bien darnos. Pensemos en el cuadro que "fray Angélico" hizo de santo Domingo, leyendo sentado al pie de la cruz, ¿estaba estudiando o rezando? Pero ¿importa mucho esto? El estudio nos hace mendicantes. Nos lleva al descubrimiento apasionante de que ignoramos lo que tal o tal texto significa, de que nos hemos convertido en ignorantes y necesitados, y que esperamos por eso con inteligente receptividad lo que se nos dé.



   La anunciación, el momento en que María escucha y recibe la Buena Noticia, es símbolo de lo que significa ser estudiante.



Para Lagrange, la Escuela Bíblica era un centro de estudios escriturísticos precisamente porque era una casa de oración. El ritmo de vida de la comunidad giraba entre la celda y el coro. Por ello escribió: "Me gusta escuchar el Evangelio cantado por el diácono desde el ambón entre nubes de inciensos: las palabras penetran en mi alma más profundamente cuando las encuentro de nuevo en un artículo"4. Nuestros monasterios, casas o conventos deberían jugar un papel importante en la vida de estudio de la Orden, como oasis de paz y lugares de reflexión atenta. El estudio en nuestros monasterios pertenece al ascetismo de la vida dominica monástica. No todo puede dejarse sólo para los hermanos. Toda monja es acreedora a una buena formación intelectual como parte de su vida religiosa. Como dicen las constituciones de las monjas; "El Bienaventurado Domingo recomendó ciertas formas de estudios a las primeras monjas como una auténtica observancia de la Orden. No solamente alimenta la contemplación sino que evita los impedimentos que surgen a causa de la ignorancia, y ayuda a formar un juicio práctico" (LMO 100.II).

María escuchó la promesa del ángel y llevó en su seno la Palabra de la Vida. Esto parece muy sencillo. ¿Qué más necesitamos sino abrirnos a la Palabra de Dios dicha en la Escritura? ¿Por qué son necesarios tantos años de estudios para formar predicadores de la Buena Nueva? ¿Por qué tenemos que estudiar filosofía, leer libros voluminosos y difíciles de teología cuando tenemos la Palabra de Dios? ¿No es fácil "dar razón de nuestra esperanza”? ¿No traicionamos esta sencillez con nuestras complejas disquisiciones? pero no fue tan sencillo para María. "Ella se conturbó por esas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo". Comenzamos a escuchar cuando nos atrevemos a estar perplejos, conturbados. Y la historia continúa con su pregunta al mensajero; "¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón"?

A. LA CONFIANZA EN EL ESTUDIO

Se cuenta la anécdota que San Alberto estaba una vez sentado en su celda estudiando, y el diablo se le apareció disfrazado de uno de sus hermanos intentando convencerlo de que estaba perdiendo su tiempo y sus energías estudiando las ciencias profanas. Era malo para su salud. Entonces Alberto hizo simplemente la señal de la cruz y la aparición desapareció5. ¡Desafortunadamente los hermanos no son siempre fáciles de convencer! Todas las disciplinas -literatura, poesía, filosofía, sociología, etc,- que intentan dar un sentido a nuestro mundo son nuestras aliadas en nuestra búsqueda de Dios. "Tiene que ser posible encontrar a Dios en la complejidad de la experiencia humana” 6. Este nuestro mundo, con todas sus penas y sufrimientos, es fruto en el último término de "ese amor divino que creó primero todas las cosas hermosas"7. La esperanza que nos hace predicadores de la Buena Nueva no es un vago optimismo, una alegría sincera que silba en la oscuridad. Es la fe en que al final podemos descubrir un cierto significado para nuestra vida, significado no impuesto sino que está ahí, esperando que lo descubramos.

De esto se sigue que el estudio debería ser, ante todo, un placer la pura delicia de descubrir que las cosas tienen sentido, a pesar de todas las evidencias en contra, tanto en nuestra vida, en la historia humana, como en el versículo concreto de la escritura en el que hemos trabajado durante toda la mañana. Nuestros centros de estudio son escuelas de alegría porque se basan en la creencia de que es posible llegar a un cierto entendimiento de nuestro mundo y nuestra vida.

La historia humana no es el conflicto sin sentido e interminable del "Parque Jurásico", la supervivencia del más fuerte. La creación en que vivimos y de la que formamos parte no es resultado de un acaso sino obra de Cristo: "Todo fue creado por El y para El, El existe con anterioridad a todo y todo tienen en El su consistencia" (Col 1, 169). La sabiduría danza ante el trono de Dios cuando está creando el mundo, y la finalidad de todo estudio está en compartir este placer. Simone Weil escribió en abril de 1942, a un dominico francés, el P. Perrin: "La inteligencia sólo puede ser guiada por el deseo, pero para que haya deseo tiene que haber placer y gozo en el trabajo. El gozo de aprender es tan indispensable para el estudio como la respiración para correr" 8. Las constituciones hablan de nuestra inclinación que es natural al corazón humano. Estudiar debería formar simplemente parte de la alegría de estar plenamente vivos. La verdad es el aire que respiramos por naturaleza.
  
Es una hermosa idea, pero admitamos de entrada que está muy lejos de la experiencia de muchos de nosotros. Para algunos dominicos, hermanos y hermanas, los años de estudio no fueron un tiempo en el que aprendieron a esperar sino a desesperar. Muy frecuentemente vi a estudiantes esforzándose por entender libros que parecían áridos y ajenos a su experiencia, por lo que deseaban que todo terminase cuando antes para poder dedicarse a predicar, prometiendo que nunca más abrirían ningún otro libro de teología una vez terminados sus estudios. Pero peor aún que la aridez es para algunos la humillación, por ejemplo, de esforzarse con palabras hebreas sin ningún éxito, sin lograr nunca comprender la diferencia entre arrianos y apolinaristas, ¡para terminar finalmente derrotados por la filosofía alemana!

¿Por qué es tan arduo el estudio para muchos de nosotros? En parte porque estamos marcados por una cultura que perdió su confianza en el estudio como actividad útil, dudando que la discusión pueda llevarnos hasta la vedad por la que suspiramos. Si nuestro siglo estuvo tan marcado por la violencia es el único resorte en una cultura que no confía en la búsqueda común de la verdad. Dachau, Hiroshima, Ruanda, Bosnia, son símbolos del colapso de una fe de  la posibilidad de construir un hogar humano común mediante el diálogo. Y esta falta de confianza puede asumir dos formas, un relativismo que desespera de poder llegar nunca a la verdad y un fundamentalismo que afirma que la posee ya completamente.

Ante esta desesperación, que es el relativismo, nosotros proclamamos que la verdad puede ser conocida y que, de hecho, nos fue ya dada como un don. Podemos, pues decir con San Pablo: "Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido" (1 Co 11,23). Estudiar es una acción eucarística. Abrimos nuestras manos para recibir los dones de la traducción, rica en conocimiento. La cultura occidental está marcada por una profunda sospecha acerca de cualquier enseñanza, porque se la equipara a adoctrinamiento y fanatismo. La única verdad que vale es la descubierta por uno mismo o la que se basa en los propios sentimientos. "Si me parece bien, entonces ok". Pero la enseñanza debería liberarnos de los estrechos confines de mi experiencia y de mis prejuicios y desplegar los amplios espacios abiertos de una vedad que nadie puede dominar. Recuerdo que, siendo estudiante, me produjo una emoción vertiginosa el describir que el Concilio de Calcedonia no era el final de nuestra búsqueda para entender el misterio de Cristo, sino otro comienzo, que hace saltar todas las pequeñas soluciones diminutas y coherentes en las que habíamos intentado encerrarlo. La doctrina no debería adoctrinar sino liberarnos para seguir nuestro camino.

Pero está también la corriente creciente del fundamentalismo, que procede del miedo profundo a pensar y que ofrece "la falsa seguridad de una fe sin ambigüedad" (Oakland, n. 109). Dentro de la Iglesia este fundamentalismo se presenta a veces como una repetición irreflexiva de palabras recibidas, como un rechazo a tomar parte en la búsqueda continua de una comprensión, como una intolerancia hacia todo aquellos que considera la tradición no sólo como una revelación sino también como una invitación a acercarse al misterio.

Este fundamentalismo puede presentarse como fidelidad de roca a la ortodoxia, pero contradice un principio fundamental de nuestra fe, que es cuando argüimos y razonamos honramos a nuestro Creador y Redentor que nos dotó de inteligencia para pensar y para acercarnos a Él. Nunca podremos hacer buena teología a menos que tengamos la humildad y la valentía de prestar atención y tomar en serio argumentos de aquellos con los que no estamos de acuerdo. Santo Tomás escribió; "Nadie puede juzgar un caso antes de ver las razones que asisten ambas partes, por lo que quien se dedica a la filosofía estará en mejor situación para juzgar, si tiene en cuenta todos los argumentos de ambas partes" 9. Tenemos que dejar de lado las certezas que descartan las verdades incómodas, considerar las dos partes del argumento, plantear cuestiones que quizá puedan asustarnos. Santo Tomas fue el hombre de las preguntas que aprendió a tomar en serio todas las cuestiones, por muy absurdas que estas pudieran parecer.



               El estudio nos lleva a descubrir, a pesar de las evidencias en contra, 

                                               que las cosas tienen sentido



Nuestros centros de estudio son escuelas de esperanza. Cuando nos reunimos para estudiar, nuestra comunidad es una "santa predicación". En un mundo que ha perdido su confianza en el valor de la razón, dan testimonio de que es posible buscar en común la verdad. Puede tratarse de un seminario de la universidad sobre un caso de bioética, o de un grupo de agentes pastorales que estudian juntos la Biblia en Latinoamérica. Deberíamos aprender a confiar los unos en los otros como colegas en el diálogo y compañeros en la aventura. La humillación no puede tener cabida en el estudio si estamos dispuestos a animarnos los unos a los otros durante el camino. Nadie puede enseñar, a menos que entienda por propia experiencia el pánico del estudiante al abrir un nuevo libro o al reflexionar sobre una nueva idea. Por eso el maestro no está para llenar la cabeza de los alumnos con hechos, sino para fortalecerlos en su profunda inclinación humana hacia la verdad y acompañarlos en su búsqueda. Tenemos que aprender a ver con nuestros propios ojos y a estar de pie por nosotros mismos. Cuando Lagrange enseñaba en la Escuela Bíblica acostumbraba decir a sus alumnos: "Mirad, no debéis decir el padre Lagrange dijo esto o lo otro, porque tenéis que verlo por vosotros mismos"10.

Por encima de todo, el maestro debe dar al estudiante la valentía de cometer errores, de correr el riesgo, de equivocarse. El maestro Eckhart decía que "apenas se encuentra quien haya llegado a algo bueno sin antes no se equivocó de algún modo". Ningún niño aprenderá nunca a caminar si antes no se ha caído de bruces varias veces. El niño que tenga miedo seguirá siendo siempre un principiante.

B. DESTRUIR LOS ÍDOLOS

Al principio el estudio de los hermanos era esencialmente bíblico, como preparación para el trabajo pastoral, sobre todo para el sacramento de la penitencial. Las primeras obras teológicas de la orden fueron manuales para la confesión. Pero cuando santo Tomás enseñaba en Santa Sabina a esos principiantes en teología se dio cuenta de que nuestra predicación sólo sería útil para la salvación de las almas si los hermanos recibían una profunda formación filosófica y teológica. Y esto por dos razones. En primer lugar, la cuestión más sencilla requiere frecuentemente el pensamiento más profundo: ¿Somos libres? ¿Cómo podemos preguntar a Dios por las cosas? En segundo lugar porque, según la tradición bíblica, lo que media entre nosotros y un verdadero culto a Dios no es tanto el ateísmo como la idolatría. La humanidad tiene tendencia a construir falsos dioses y adorarlos. El éxodo de esa idolatría requiere de nosotros un arduo recorrido de nuestra manera de pensar y de vivir. No hasta con sentarse y escuchar la palabra de Dios. Debemos quebrar el peso de esas faltas imágenes de dios que nos tienen cautivos y obturan nuestros oídos.

Durante toda su vida Santo Tomás se sintió fascinado por la cuestión: ¿Qué es Dios? Como dice Herbert McCabe OP, su santidad está en que se dejó vencer él mismo por esa cuestión. Esta ignorancia radical ocupa un lugar central de la enseñanza del Aquinate, porque nos unimos a Dios "como a algo desconocido"11. Tenemos que liberarnos de la imagen de Dios como de alguien poderoso e invisible, que manipula los acontecimientos de nuestra vida. Un dios tal sería a fin de cuentas un tirano y un rival de la humanidad, contra el cual no nos quedaría más remedio que rebelarnos. En lugar de esto debemos descubrir a Dios como la fuente inefable de mi ser, el centro de mi libertad. Tenemos que perder a ese dios para descubrir al verdadero, como decía San Agustín, "más cercano a mí que yo mismo"12. Enseñar teología no significa pues, proporcionar información, sino acompañar a los estudiantes cuando afrontan la pérdida de Dios, la desaparición de la persona tan conocida y amada, para descubrirlo como la fuente de todo, que se nos dio a sí mismo  en su Hijo. Entonces podemos decir de verdad: "Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados". Escribe McCabe: "Uno de los placeres especiales de la enseñanza en nuestro Estudio consiste en constatar un momento que, más pronto o más tarde, llega a todo estudiante, el momento de su conversión podríamos decir, cuando se da cuenta de que... Dios es nada menos que el origen de todas mis acciones libres, y la razón por la cual son precisamente acciones mías"13.

La finalidad última de la disciplina intelectual de nuestro estudio consiste en llevarnos a ese momento de conversión, a la destrucción de nuestras falsas imágenes de Dios para poder acercarnos al misterio. Pero no basta con pensar. La teología dominicana comienza cuando santo Domingo se apeó de su cabello y optó por ser un predicador pobre. La pobreza intelectual de santo Tomás ante el ministerio de Dios es inseparable de su opción por una Orden de Predicadores pobres. El teólogo debe ser un mendigo que sabe cómo recibir los dones gratuitos de Dios.


    Estudiar requiere de la persona una apertura, un abrir sus manos para recibir la riqueza que se nos entrega


En cuanto a nosotros, escuchar la Palabra nos pedirá liberarnos de las falsas ideologías de nuestro tiempo. ¿Cuáles son nuestros falsos dioses? Seguramente que uno de ellos es la idolatría del Estado, ante cuyo altar fueron sacrificados millones de vidas inocentes durante este siglo; el culto del mercado y el ansia de poder. Escribí ya suficientemente sobre los peligros del consumismo. Todo  nuestro mundo está seducido por una mitología, todo puede comprarse y venderse. Todo se transformó en mercancías, todo tiene un precio. El mundo de la naturaleza, la fertilidad de la tierra, la frágil ecología de los bosques, todo ello está en venta. Incluso nosotros mismos, hijos e hijas del Altísimo, estamos puestos en venta en el mercado del trabajo. La Revolución Industrial fue testigo de la erradicación de comunidades enteras, expulsadas de su tierra y esclavizadas en las nuevas ciudades. La emigración masiva continúa aún en nuestros días. El ejemplo más punzante y escandaloso fue la esclavitud de millones de hermanas y hermanos nuestros en África, transformados en bienes de mercado para importación, exportación y explotación. Como se escribió en el Capítulo de Caleruega: "Ni los hombres ni las mujeres pueden ser tratados como mercancías, ni pueden considerarse sus vidas y su trabajo, su cultura y sus potencialidades para el florecimiento de la sociedad como prendas negociables en el juego de beneficio y pérdidas" (20,5).

Nuestros centros de estudio deberían ser lugares donde nos liberamos de esta visión reductiva del mundo y donde aprendemos de nuevo a maravillarnos agradecidos por los bienes gratuitos de Dios. Mediante el estudio, intentando comprender las cosas y comprendernos los unos a los otros, recobramos el sentido de admiración ante el milagro de la creación. Escribe Simon Tugwell OP: "Cuando vamos al fondo de las cosas, llegando hasta su verdadera existencia con nuestra inteligencia, lo que encontramos es el inescrutable misterio del acto creador de Dios...En Realidad, conocer algo es encontrarnos a nosotros mismo sumergidos de cabeza en una maravilla que supera la mera curiosidad"14. La verdad nos hace verdaderamente libres. Esta liberación intelectual va de la mano con la libertad real de la pobreza. Como Domingo y Tomás, tenemos que convertirnos en mendicantes que reciben los bienes gratuitos de Dios. El voto de pobreza y la cercanía a los pobres es el contexto dominicano peculiar en el que debemos estudiar.
Al liberarnos de esta percepción del mundo nos ayuda el hecho de ser una Orden verdaderamente universal. Hay muchas culturas que no tienen una visión de la realidad basada en el dominio y en el control. Nuestros hermanos y hermanas de África pueden ayudarnos a forjar una teología que se base más en las relaciones mutuas y en la armonía. Y las tradiciones religiosas de Asia pueden sernos también útiles para una teología más contemplativa. Tenemos que estar presentes en esas otras culturas, no sólo para inculturizar el Evangelio allí, sin no para que ellas puedan ayudarnos a comprender el misterio de la creación y de Dios dador de todo bien.

EL NACIMIENTO DE LA COMUNIDAD

"El ángel le dijo: no temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús" (Lc 1,30).

El objetivo de nuestro estudio no consiste simplemente en ofrecer información sino en hacer nacer a Cristo en nuestro mundo. El test de nuestro estudio no está tanto en estar bien informados cuanto en ser fértiles. Todo niño recién nacido es una sorpresa, incluso para sus padres. No pueden saber de antemano a quién traen al mundo. De la misma manera, nuestro estudio debería prepararnos para las sorpresas. Cristo viene a nosotros en cada generación de manera que nunca habríamos previsto y que sólo poco a poco podemos reconocer como auténticas, del mismo modo que la Iglesia necesitó tiempo para aceptar la nueva y chocante teología de Santo Tomás. En las montañas de Guatemala, en nuestro centro de reflexión sobre la inculturación AK´KUTAN en Cobán, los hermanos y hermanas intentan ayudar a las Orden a nacer con las riquezas de la cultura indígena. En Takamori, detrás de la montaña Fuji, nuestro hermano Oshida intenta hacer nacer a Cristo en el mundo del Japón, y nuestro hermano Michael Shirres trabajó durante veinte años en Nueva Zelanda para fundir las fértiles semillas de la espiritualidad maorí con la fe cristiana. Puede hacerse teología de múltiples maneras que no son académicas. En Croacia uno de nuestros hermanos dirige una banda de música rock llamada "Mensajeros de Esperanza". En Japón he visto las maravillosas pinturas de nuestros hermanos Petit y Carpentier. Puede ser también el milagroso nacimiento de una comunidad en un pueblo de Haití. ¿Cómo puede nuestra predicación hacer nacer a Cristo entre los drogadictos de Nueva York o en los barrios bajos de Londres? ¿Cómo puede el Verbo hacerse carne en el vocabulario de hoy, tomar cuerpo en el lenguaje de la filosofía y de la psicología, a través de nuestra oración y estudio? El establecimiento de casas de estudio, de óptima calidad teológica, debe ser una prioridad de La Orden precisamente para esta encarnación de la Palabra de Dios en cada cultura.


Al reunirse para estudiar, la comunidad manifiesta que es posible buscar la verdad común.



Quiero decir también que la vida de estudio construye comunidad y, por ello, preparar un hogar para que Cristo viva entre nosotros. No hay experiencia más cruel de desesperación que la de una solead absoluta, la de una persona humana introvertida, encerrada de sí misma. El hecho de que nuestra sociedad se vea tan frecuentemente tentada por la desesperación se debe posiblemente a que es esa la imagen dominante del ser humano en nuestro mundo, el individuo solitario en busca de sus propios deseos y de su propio bien privado. El individualismo radical de nuestro tiempo parece una liberación, pero puede sumergirnos en una soledad desesperanzadora. La comunidad nos ofrece una "ecología de esperanza"15. Solamente juntos podremos atrevernos a esperar en un mundo renovado.

El intelectual puede parecer como el ejemplo perfecto del solitario, a solas con sus libros o su ordenador, y con el letrero "No molestar" en su puerta. Es verdad que el estudio nos exige frecuentemente estar solos y esforzarnos por comprender cuestiones abstractas. Pero es un servicio que ofrecemos a nuestros hermanos y hermanas. El fruto de este trabajo solitario consiste en construir comunidad desvelando los misterios de la Palabra de Dios. Mediante el estudio aprendemos a pertenecer los unos a los otros, a esperar.

A. LA TRANSFORMACION DE LA MENTE Y DEL CORAZON

Se pone, sin embargo, en tela de juicio hasta la imagen exacta de uno mismo como ser completamente solo, como individuo particular aislado. Porque la doctrina de la creación nos muestra que nuestro Creador está más íntimamente unido a nosotros que cualquier otro ser ya que es la fuente perenne de nuestro ser. ¡No podemos estar solos, porque nunca podríamos ni siquiera existir solos!

En la cultura occidental hay una obsesión por el conocimiento de sí mismo. Pero ¿cómo puedo conocerme a mí fuera del único que me mantiene en mi ser? Santa Catalina estaba muy al día cuando invitaba a sus hermanos a entrar en la "celda del conocimiento de sí mismo"; pero este autoconocimiento era inseparable del conocimiento de Dios. "No podemos ver ni nuestra propia dignidad ni los defectos que afean la hermosura de nuestra alma a no ser que nos miremos a nosotros mismos en el sosegado océano del ser de Dios a cuya imagen  fuimos crados"16.

Incluso pueden ser transfigurados en momentos de encuentros ciertos momentos de profunda desesperación, de la noche oscura del alma, cuando tenemos la impresión de estar totalmente abandonados: "Oh noche que juntaste Amado con amada, amada con el Amado transformada"17.

El estudio no puede reducirse a un entrenamiento de la mente; es la transformación del corazón humano. "Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne" (Ez 36,26). El primer Capítulo General de la Orden en Bolonia dijo que hay que enseñar a los novicios "a aplicarse al estudio de modo que tanto de día como de noche, en casa o de viaje, lean o mediten algo: y en la medida de lo posible deben intentar aprenderlo de memoria"18. Siempre estamos formando nuestro corazón, tanto cuando leemos periódicos o novelas como cuando vemos filmes o la televisión. Todo lo que leemos y vemos contribuye a formar nuestro corazón. ¿Le damos alimentos sanos? ¿Lo estamos formando en la violencia y la trivialidad, dándonos a nosotros mismos un corazón de piedra?

Santa Catalina de Siena dice de Santo Tomás que "con los ojos de su mente contemplaba mi Verdad con gran ternura y con ello ganaba luz más allá de lo natural"19. El estudio nos enseña, pues, la ternura; Santo Tomás fue un gran teólogo precisamente porque tenía un corazón bondadoso. Fr. Yves Congar escribió una vez que su enfermedad y parálisis progresivas significaban que estaba dependiendo cada vez más de sus hermanos. No podría hacer nada sin su ayuda. Y decía "He comprendido sobre todo desde que estoy enfermo y necesito constantemente la ayuda de mis hermanos...que todo lo que prediquemos y digamos, por muy sublime que sea, nada vale si no está avalado por la práctica, por acciones reales y concretas de servicio y de amor. Creo que me faltó un poco esto en mi vida., fui un poco demasiado intelectual"20.

Cuando Savonarola habla acerca del entendimiento que tenía santo Domingo de las Escrituras dice que se fundaba en la caritá, en la caridad. Y puesto que las Escrituras están inspiradas por el amor de Dios, sólo la persona que ama puede comprenderlas: "Y vosotros hermanos, que queréis comprender las Escrituras y que queréis predicar, aprender la caridad y ella os enseñará. Teniendo caridad las comprenderéis"21.

La disciplina del estudio transforma el corazón humano. "Por su misma continuidad y dificultad implica una forma de ascesis" (LCO 83) que atañe a nuestro progreso en la santidad. Nos brinda la ardua disciplina de permanecer en nuestra celda en silencio, tratando de entender, cuando desearíamos evadirnos. Una de las innovaciones de la Orden consistió en ofrecer a los que estaban especialmente dedicados al estudio la soledad de una celda individual, pero se trata de una soledad que puede ser ascetismo. Cuando estamos solos, trabajando sobre un texto, pensaríamos en mil razones válidas para dejarlo e irnos a conversar con alguien. ¡Nos convencemos falsamente e inmediatamente a nosotros mismos de que tenemos el deber de hacerlo, y que seguir estudiando sería traicionar nuestra vocación y nuestro deber cristiano!

Pero si nos resistimos esta soledad y este silencio no podremos ofrecer nada que merezca la pena. En la "Carta al hermano Juan", se nos dice que "amemos nuestra celda usándola continuamente si queremos ser admitidos en la bodega"22. ¡Esta era evidentemente la idea que un novicio del siglo XIII se hacía del paraíso! Mucho estudio es inevitablemente aburrido, por supuesto. Aprender a leer hebreo o griego es duro y tedioso. Y nos preguntamos con frecuencia si merece la pena. Es precisamente un acto de esperanza, este trabajo producirá su fruto de una manera que ahora no podemos ni imaginar.

B. EL ESTUDIO Y LA CONSTRUCCION DE LA COMUNIDAD EN LA ORDEN

El estudio no sólo debe abrir nuestro corazón al otro sino introducirnos en una comunidad. Estudiar es entrar en conversación con nuestros propios hermanos y hermanas y con otros seres humanos en nuestra búsqueda de la verdad que nos hará libres. Alberto Magno escribió acerca el placer de buscar la verdad; "in dulcedine societatis quarere veritatem"23.

Los intelectuales reflejan con frecuencia los valores de nuestra sociedad. Gran parte de la vida académica se basa en la producción y en la competencia, como si estuviéramos fabricando coches y no buscando la sabiduría. Las universidades pueden ser como fábricas. Los artículos deben llegar al límite señalado de producción y los rivales y enemigos deben ser liquidados. Pero no podremos nunca decir una palabra iluminadora sobre Dios a menos que hagamos teología de una manera diferente, sin competencia y con reverencia. No se pude hacer teología solos. No solamente porque hoy nadie podría dominar todas las disciplinas, sino porque la comprensión d la Palabra de Dios es inseparable de la construcción de la comunidad. Gran parte de la preparación del Concilio Vaticano II fue elaborada por una comunidad de frailes de "Le Saulchoir", especialmente Congar, Chenu y Ferret, que trabajaban juntos y compartieron sus intuiciones.

Se cuenta una historia de Santo Tomás mientras comía a la mesa del rey de Francia, que de pronto dio un golpe sobre la mesa y gritó: "¡Se acabó con los maniqueos!" Esto puede sugerir que no estaba presentando mucha atención a los demás invitados, pero también puede significar que la teología puede ser una lucha. No podemos nunca construir la comunidad a menos que nos atrevamos a discutir unos con otros. Debo enfatizar, y muy a menudo, la importancia del debate, de los argumentos y del esfuerzo para llegar atender. Pero uno lucha contra su oponente, como Jacob con el ángel, para pedir una bendición. Uno discute con un oponente porque quiere recibir lo que él o ella pueden darnos. Se lucha para que pueda vencer la verdad. Tenemos que discutir con una especie de humildad. El otro o la otra tienen siempre algo que enseñarnos y luchamos con ellos para recibir ese regalo.

Uno de mis más profundos recuerdos del año que pasé en París se refiere a fr. Marie-Dominique Chenu, el maestro que siempre tenía hambre de aprender de todo aquel que encontraba, ¡incluso de un joven e ignorante dominico inglés! A menudo, ya tarde en la noche, regresaba de alguna reunión con obispos, estudiantes, sindicalistas, artistas, feliz de contarte lo que había aprendido y preguntándole qué habías aprendido tú durante ese día. El verdadero maestro es siempre humilde. Jordán de Sajonia decía que Santo Domingo comprendía todo, "humili cordis intelligentia"24, mediante la inteligencia humilde de su corazón. El corazón de carne es humilde, pero el de piedra es impenetrable.




Como el pájaro se libera para volar, así tenemos que liberarnos de la imagen de Dios poderoso y descubrirlo como el cercano


No sólo en los centros de estudios se hace teología. Es también el momento de iluminación, de intuiciones nuevas, cuando la Palabra de Dios se encuentra con nuestra ordinaria experiencia cotidiana en nuestro intento de ser humanos, con nuestros errores y pecados con nuestro esfuerzo por construir la comunidad humana y hacer un mundo justo. Todo el mundo de la ciencia, de expertos biblistas, de sabios patrólogos, de filósofos y psicólogos, está para ayudar a que esta conversación sea fértil y verdadera. Hay buena teología cuando, por ejemplo, el sabio exegeta de la Escritura ayuda al hermano comprometido en el trabajo pastoral a comprender su experiencia, y cuando el hermano con experiencia pastoral ayuda al exegeta a comprender la Palabra de Dios. La recuperación de nuestra tradición teológica exige no sólo que preparemos a más hermanos en las diversas disciplinas, sino que hagamos teología juntos. Hasta que no construyamos nuestras provincias como comunidades teológicas, nuestros estudios pueden resultar estériles y nuestro trabajo pastoral superficial. Una buena parte de la obra de Santo Tomás consistió en responder a cuestiones de los hermanos, ¡incluso a algunas tontas de parte del maestro de la orden!

¿Dónde hacemos la Teología? Necesitamos grandes facultades teológicas y bibliotecas. Pero también necesitamos centros donde se haga teología en otros contextos, con los que luchan por la justicia, en diálogo con otras religiones, en barriadas pobres y en hospitales. Especialmente en este momento de la vida de la Iglesia, el verdadero estudio implica la construcción de la comunidad entre mujeres y hombres. Una teología desarrollada solamente a partir de la experiencia masculina cojeará de una pierna, respirará con un solo pulmón. Por esto necesitamos hoy hacer teología con la Familia Dominicana, escuchando cada uno las intuiciones del otro haciendo una teología que sea verdaderamente humana. Como dice Dios a Santa Catalina de Siena: "Habría podido hacer a los seres humanos de tal manera que todos lo tuvieran todo, pero preferí dar a cada uno dones diferentes para que todos tuvieran necesidad de todos"25.

Todas las comunidades humanas son vulnerables, corren el riesgo de desaparecer y necesitan refuerzos y reparaciones constantes. Uno de los modos de hacer y rehacer comunidad juntos es a través de las palabras que intercambiamos mutuamente. Como servidores de la Palabra de Dios, deberíamos ser profundamente conscientes de la fuerza de nuestras palabras, fuerza que puede curar o herir, construir o destruir. Dios pronunció la Palabra que es su hijo, y somos redimidos. Nuestras palabras participan de esa fuerza. En toda nuestra educación y estudio debería ocupar el lugar central una profunda reverencia por el lenguaje, una sensibilidad sobre lo que decimos a nuestros hermanos y hermanas. Con nuestras palabras podemos ocasionar resurrección o crucifixión y las palabras que pronunciamos se recuerdan frecuentemente, se conservan en el corazón de nuestros hermanos que reflexionan sobre ellas, vuelven a ellas durante años, para bien o para mal. Una palabra puede matar.

Nuestro estudio debería educarnos en la responsabilidad con respecto a las palabras que sumamos. Responsabilidad en el sentido de que lo que decimos responda a la verdad, corresponde a la realidad. Pero tenemos también la responsabilidad de decir palabras constructoras de comunidad y que eduquen a los demás, que curen las heridas y den vida. San Pablo escribió, desde la prisión, a los Filipenses, "Por lo demás, hermanos, todo cuando hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuando sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta" (4,8).

C. EL ESTUDIO Y LA CONSTRUCCION DE UN MUNDO JUSTO

Nuestro mundo ha sido testigo del triunfo de un único sistema económico. Ha resultado difícil imaginar una alternativa. La tentación de nuestra generación puede ser la de resignarnos ante los sufrimientos e injusticias de este tiempo y cesar de anhelar un mundo nuevo. Pero nosotros, predicadores, debemos ser los guardianes de la esperanza. Se nos ha prometido la libertad de los hijos de Dios y Dios será fiel a su Palabra. En San Sixto hay una pintura de Santo Domingo estudiando, con un perro a sus pies que sostiene una antorcha. En el fondo otro dominico echa fuera a un perro con un palo. La inscripción nos dice que Domingo no se oponía al diablo con la violencia si no con el estudio. Nuestro estudio nos prepara para proclamar la palabra liberadora. Esto lo hace enseñándonos la compasión, mostrándonos que Dios está presente incluso en medio del sufrimiento y que es ahí donde debemos forjar nuestra teología. Nos ofrece una disciplina intelectual que abre nuestros oídos para escuchar a Dios que nos llama a la libertad.

Felicísimo Martínez OP describió una vez la espiritualidad dominicana como una espiritualidad de "ojos abiertos". Y en el Capítulo General de Caleruga, Chrys McVey comentó: "Domingo se conmovió hasta las lágrimas -y la acción- por los hambrientos de Palencia, por el mesonero de Tolosa, por la condición inquietante de algunas mujeres de Fanjeaux. Pero esto no basta para explicar sus lágrimas. Estas brotaban de la disciplina de una espiritualidad de ojos abiertos que lo veía todo. La Verdad es el lema de la Orden, (no su defensa como se entendió a menudo) más bien es su búsqueda. Y el tener los ojos abiertos para que no se nos escape nada puede darnos ganas de llorar". Nuestro estudio debería ser una disciplina de veracidad que abra los ojos. Como dice San Pablo: "Considera lo que está ante tus ojos" (2 Cor 10,7).


Todo lo que vemos y leemos llega a nuestro corazón y a veces todo eso no es precisamente lo que éste necesita.


Es doloroso ver lo que sucede ante nuestros ojos. Es más cómodo tener un corazón de piedra. He estado bastante a menudo en lugares que desearía olvidar, las salas del hospital de Ruanda donde había jóvenes con miembros amputados, los mendigos en las calles de Calcuta. ¿Cómo puede soportarse la visión de tanta miseria? Una vez más debemos obedecer el mandato de San Pablo de Constatar la evidencia de nuestros ojos y ver un mundo torturado. Los libros que leemos deben abrir por fuerza nuestro corazón. El escritor checo Franz Kafka escribió: "Creo que deberíamos leer solamente libros que nos hieran y nos desgarren..., necesitamos libros que nos afecten como un desastre, que nos acongojen profundamente, como la muerte de alguien a quien amamos más que a nosotros mismos, como si fuéramos desterrados en un bosque lejos de todos, como un suicidio. Un libro debe ser el hacha del mar helado dentro de nosotros"26.

Pero no basta con limitarnos a ver esos lugares del sufrimiento humano y ser como turistas ante la crucifixión del mundo. Estos son los lugares en los que debe hacerse teología. Es en estos lugares de Calvario donde puede encontrarse a Dios y descubrirse una nueva palabra de esperanza. Pensemos cuánta teología y de la mejor, ha sido escrita en prisión, desde la carta de San Pablo a los Filipenses y los poemas de San Juan de la Cruz hasta las cartas de Dietrich Bonhoeffer en un campo de concentración nazi. Somos, dijo San Juan de la Cruz, como delfines que se sumergen en la negra oscuridad del mar para emerger en la claridad de la luz. Un campo de refugiados en Goma o una cama en un pabellón de cancerosos son lugares donde puede descubrirse una teología que nos aporte esperanza.

A Dios no se le encuentra solamente en situaciones de extrema angustia. Vicente de Couesnongle escribió: "No puede haber esperanza sin aire fresco, sin oxígeno o sin una visión nueva. No puede haber esperanza en una atmósfera sofocante"27. Nuestra teología ha sido desde el principio una teología de la ciudad y de las plazas de mercado. Santo Domingo envió a sus frailes a las ciudades, a los lugares de ideas nuevas, donde se experimentaban nuevas organizaciones económicas y la democracia, pero también a lugares donde se reunían los nuevos pobres. ¿Nos atrevemos a dejarnos inquietar por las cuestiones de ciudad moderna? ¿Qué palabra de esperanza puede ser compartida con los jóvenes que se enfrentan con el desempleo por el resto de sus vidas? ¿Cómo puede descubrirse a Dios en el sufrimiento de una madre soltera o de un emigrante atemorizado? También estos son lugares de reflexión teológica. ¿Qué tenemos que decir a un mundo que se vuelve estéril por la contaminación ambiental? ¿Nos dejamos interrogar por las cuestiones de los jóvenes y entramos en los campos minados de problemas morales como los de la ética sexual, o preferimos estar a salvo de todo ello?

Así pues, debemos atrevernos a ver lo que hay ante nuestros ojos; debemos creer que la teología debe hacerse donde parece estar Dios más lejano y donde los seres humanos están tentados por la desesperación. Y evidentemente, como dominicos, debemos afirmar una tercera exigencia. Nuestras palabras de esperanza solamente tendrán autoridad si están enraizadas en un estudio serio de la Palabra de Dios y en un análisis de nuestra sociedad contemporánea. En 1511, Fray Anton de Montesinos predicó su famoso sermón contra la opresión de los indios y lanzó la pregunta: "Estos ¿no son hombres? ¿No tienen un alma racional? ¿No estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿No comprendéis esto? ¿No está a vuestro alcance?" Montesinos invitaba a sus contemporáneos a que abrieran los ojos y miraran al mundo de manera diferente. Para captar la realidad no basta la compasión. Se necesitaba un estudio arduo para ver a través de las falsas mitologías de los conquistadores, y esta fue la fuente de la actitud profética de Fray Bartolomé de las Casas.

Chenu comentó: "Es sumamente sugestivo fijar la atención en el encuentro entre la doctrina especulativa de este primer gran maestro del Derecho Internacional (en el momento en que nacían las naciones y se separaban del Sacro Imperio Romano), y el evangelio de De las Casas. El teólogo, en Vitoria, envuelve al profeta"28. No basta con indignarse ante las injusticias de este mundo. Nuestras palabras sólo tendrán autoridad si están enraizadas en análisis económicos y políticos serios sobre las causas de la injusticia. San Antonio se esforzó por resolver los problemas de un nuevo orden económico en la Florencia del Renacimiento, igual que en este siglo Lebret analizó los problemas de la nueva economía. Si queremos resistir a la tentación de los clichés fáciles, necesitaremos hermanos y hermanas formados en análisis científicos, sociales, políticos y económicos.

La construcción de una sociedad justa no requiere sólo una equitativa distribución de la riqueza. Necesitamos construir una sociedad en la que todos podamos desarrollarnos como seres humanos. Nuestro mundo se ha reducido a un desierto por el triunfo del consumismo. La pobreza cultural de esta percepción dominante de la persona humana está haciendo estragos en el mundo entero y "cuando no hay visiones el pueblo se relaja" (Prov 29,18)29. Hay hambre no sólo de alimentos sino de sentido. Como dijo el Capítulo de Oakland: "Hablar verazmente es un acto de justicia" (109). San Basilio Magno dice, que si tenemos ropa de más pertenece a los pobres. Uno de los tesoros que poseemos y que nuestros centros de estudio deberían preservar y compartir con la poesía, las historias de nuestro pueblo, la música y la sabiduría tradicional. Todo esto es una riqueza para la construcción de un mundo más humano y más fraterno.

Ser profeta no es una excusa para no estudiar las Escrituras. Ponderamos la Palabra de Dios buscando conocer su voluntad más bien que para tener la evidencia de que Dios está de nuestra parte. Es fácil usar las Escrituras como fuente para eslóganes fáciles, pero el estudio de la Palabra de Dios es la búsqueda de la liberación más profunda que nunca podríamos imaginar. A través de la disciplina del estudio intentamos captar el eco de una voz que nos llama a una libertad inefable, la propia de Dios.

Cuando Lagrange se enfrentó a los problemas suscitados por el moderno criticismo histórico citó las palabras de San Jerónimo: "Sciens et prudens, manum misi in iguem" (A sabiendas y prudentemente, puse mi mano en el fuego)30. Sabiendo que le costaría dolor y sufrimiento, puso la mano en el fuego. La dedicación de Lagrange a las nuevas disciplinas intelectuales de su tiempo fue una real muestra de confianza en que la Palabra de Dios se mostraría como la palabra verdaderamente liberadora, y que necesitemos no tener miedo a pasar por el camino de la duda y de las preguntas. El sometió la Palabra de Dios a rigurosos análisis porque estaba seguro de que se mostraría como la palabra que no puede nunca combinarse. ¿Nos atrevemos nosotros a compartir su valentía? ¿Nos atrevemos a poner la mano en el fuego o preferimos no ser molestados?


EL DON DE UN FUTURO

"El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin. María respondió al ángel: ¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?" (Lc 1, 32-24). ¿Cómo puede ser esto? ¿Cómo puede una virgen dar a luz un niño? ¿Cómo puede una mujer de esta pequeña e insignificante colonia del Imperio Romano dar a luz al Salvador del mundo? ¿Cómo podría haber sospechado que la historia de ese pueblo contenía la semilla de tan gran futuro? Hace dos mil años pareció que la línea de David había fracasado, pero de manera inesperada se le dio un hijo para sentarse en su trono.

Muchos de nuestros estudios conciernen al pasado. Estudiamos la historia del pueblo de Israel, la evolución de la Biblia, la historia de la Iglesia, de la Orden e incluso de la filosofía. Aprendemos del pasado. Es fundamental para el estudio adquirir memoria. Pero no es ella la que nos hace conocer muchos hechos. Estudiamos el pasado para descubrir las semillas de un futuro inimaginable. Igual que una virgen o una estéril queda embarazada, así nuestro mundo aparentemente estéril resulta embarazado de posibilidades nunca soñadas: el Reino de Dios.

"La historia hace más que ninguna otra disciplina para liberar la inteligencia de la tiranía de la opinión presente"31. La historia nos demuestra que las cosas no tienen que ser lo que son, y esta historia puede abrirnos a un futuro inesperado. Descubrirnos con palabras de Congar, que no hay sólo la Tradición sino una multitud de tradiciones que nos ofrecen riquezas que nunca habíamos soñado. El Concilio Vaticano II significó un nuevo comienzo porque nos volvió a contar el pasado. Nos llevó hacia atrás, antes de las divisiones de la Reforma, antes de la Edad Media, para volver a descubrir el sentido de la Iglesia previo a las divisiones de Este y Oeste. Fue como un memorial que nos liberó para emprender nuevas cosas.

La historia nos introduce en una comunidad más amplia que la actual. Nos damos cuenta de que somos miembros de la comunidad de los santos y de la de nuestros antepasados. También ellos tienen voz en nuestras deliberaciones. Nosotros usamos su testimonio como test de nuestras percepciones y ellos nos invitan a tener una visión más amplia de la que podemos encontrar entre los estrechos límites de nuestro propio tiempo.

Volver a contar la historia nos libera no sólo de las opiniones del mundo actual, sino también de los "príncipes de este mundo" (1 Co 2,8). La historia se cuenta normalmente desde el punto de vista del vencedor, del fuerte, de los que construyen imperios, y la historia que ellos cuentan los reafirma en su poder. Debemos aprender a contar la historia desde otros puntos de vista, desde los pequeños y olvidados, y esta historia nos liberará. Por eso recordar es un acto religioso, el acto religioso primordial de las tradiciones judía y cristiana. Cuando nos reuníamos para orar, "recordamos las maravillas que Dios ha hecho" (Sal 105,5).

Finalmente volvemos hacia atrás recordando un pueblo pequeño y aparentemente insignificante, el pueblo de Israel. No contamos la historia desde el punto de vista de los grandes imperios, de los egipcios o de los asirios, de los persas, de los griegos o de los romanos, sino de un pueblo minúsculo, cuya historia apenas se registraba en los libros de los grandes y poderosos, pero llevaba en sí misma el nacimiento del Hijo del Altísimo. Y la historia en la que nos descubrimos a nosotros mismos es finalmente la de una virgen que escucha el mensaje del ángel y de un hombre que fue clavado en una cruz, en un mar de cruces, un hombre cuya historia fue un fracaso. Esa es la historia que recordamos en la Eucaristía. En esta historia aprendemos a narrar la historia de la humanidad y es una historia que no termina con la cruz.


    


                                                                                            No se puede hacer teología solos. 

                        Comprender la palabra lleva a construir la comunidad.

¿Nos atrevemos a narrar con tanta valentía la historia de la Iglesia e incluso de la Orden? ¿Nos atrevemos a narrar una historia de la Iglesia liberada de todo triunfalismo y arrogancia, que reconoce los momentos de división y de pecado? Ciertamente que la Buena Nueva, el fundamento de nuestra esperanza, es que Dios ha aceptado como suyo precisamente a este pueblo falible y batallador. Del mismo modo, cuando aprendemos la historia dominicana se nos cuentan las glorias del pasado. ¿Nos atrevemos a contar los fracasos, los conflictos? El anterior archivista de la Orden Emilio Panella OP, escribió un estudio32 de lo que las crónicas nos dicen y de los que omiten. Esta historia nos da finalmente más esperanza y confianza desde el momento que Dios trabaja siempre con "vasos de barro para que aparezca que la extraordinaria grandeza del poder es de Dios y no viene de nosotros" (2 Co 4,7). Incluso puede conseguir algo mediante nosotros.

En el Capítulo General de México nos arriesgamos a recordar el quinto centenario de nuestra llegada a las Américas. Recordamos no solamente las grandes hazañas de nuestros hermanos, De las Casas, y de Montesinos, sino también los silencios y fracasos de otros. Pero todos ellos son hermanos nuestros. Por encima de todo recordamos a los que fueron reducidos al silencio, a la extinción. Los recordamos como esperanza de un mundo más justo.

Hay memorias difíciles de soportar, la de Dachau y Auschwitz, la de Hiroshima y el bombardeo de Dresden. Hay acciones tan terribles que nos gustaría más bien olvidar. ¿Qué historia podría narrarse capaz de aguantar todos esos sufrimientos? Pero aún así en Auschwitz el monumento a los caídos dice: "Oh tierra no cubras su sangre". Quizá solamente osemos recordar y narrar el pasado con fidelidad si recordamos al único que abrazó su muerte, que se entregó a sí mismo a sus traidores, que hizo de su pasión un don y una comunión. Recordando esto nos atrevemos a esperar. Podemos saber que "a fin de cuentas la historia no miente en manos del verdugo. El muerto puede ser nombrado; el pasado debe ser reconocido. En este nombrar y saber hay que encontrar a Dios y en Dios está nuestra posibilidad de un mundo diferente, de una concepción diferente del poder, de una voz para el mundo"33. “Que no queda olvidado el pobre eternamente, no se pierde por siempre la esperanza de los desdichados" (Sal 9,18).

Santo Domingo caminaba por el campo cantando, no precisamente porque era valiente ni porque era de temperamento alegre. Años de estudio le habían dado un corazón formado para esperar.

Estudiemos para poder compartir su alegría.

"History says, Don´t hope
On this side of the grave:
But then, once in a lifetime
The longed-tidal wave
Of justicie can rise up,
And hope and history rhyme.

So hope for a great sea-change
On the far side of revenge.
Belive that a further shore
Is reachable from here"34

"La historia dice: No esperes
desde la parte de acá de la tumba.
Pero después, puede surgir a lo largo de la vida
el tan ansiado oleaje de la justicia,
y la esperanza y la historia forman (de nuevo una rima).

Así, pues, espera un cambio grande de mar
desde la otra orilla de venganza.
Confía en que incluso desde esta parte

puede alcanzarse la otra playa”.



NOTAS A PIE DE PÁGINA

1. Cecilia: "Miracula B. Dominici", 15 Archivium Fratrum Praedicatorum XXXVII, Roma, 1967, p. 5 ss.
2. Proceso de canonización, no 29.
3. Simone Weil: Attente de Dieu, París, 1950, p. 71.
4. B. Montagnes: Le Pere Lagrange, París, 1995, p. 57.
5. Thomas de Chantrimpé.
6. Cornelius Ernst, OP: Multiple Echo, ed. Fergus Kerr OP, y Timothy Radcliffe, OP, Londres, 1979, p. 1.
7. Dante: El Infierno, canto 1, 40.
8. Simone Weil: op. cit., p. 71.
9. Metaph III, lect. 3.
10. Bernard Montagnes: Le Pere Lagrange, París, 1995, p. 54.
11. Suma Teológica, 1, 12, 13, ad. 1 m. Cf. Caleruega 32. Este texto provocó uno de los debates más apasionados del Capítulo. ¡Fue interesante ver a los hermanos discutir de teología!
12. Confesiones, III, 6.
13. God Mallers, Londres, 1987, p. 241.
14. Reflexiones sobre las Bienaventuranzas, Londres, 1979, p. 100.
15. Jonathan Sachs: Faith in the Future. Londres, 1995, p. 5.
16. Carta 226. Catherine of Siena. Pasion for Truth. Compasion for Humanisty, ed. Mary O´Dricoll, OP. Nueva York, 1993, p. 26.
17. San Juan de la Cruz: Canciones del alma. Noche oscura, 5.
18. Constituciones primitivas, 1, 13.
19. Mary O´Driscoll, OP, ibid, p. 127.
20. Alocución del padre Congar en agradecimiento a la entrega del premio de la Unidad Cristiana, 24, noviembre, 1984.
21. "Dalle prediche di fra Gerolamo Savonarola", Ed. L. Ferretti en Memorie Domenicane XXVII, 1910.
22. De Modo Studenti.
23. In Libr. VIII Politicorum.
24. Libellus 7.
25. Diálogo 7.
26. Carta a Oskar Pollack, 27 de enero de 1904.
27. El coraje del futuro, cap. 8.
28. M-D Chenu: "Prophetes et Théologiens dans l´Eglise. Parole de Dieu", en La Parole de Dieu II, París, 1964, p. 211.
29. Cf. el himno nacional de Jamaica.
30. Ibid., p. 84.
31. Owen Chadwick, Origins, p. 85.
32. Lo que la crónica conventual no cuenta", en Memorie Domenicane 18 (1987), pp. 227-235.
33. Rowan Williams: Open Judgement, Londres, 1994, p. 242.
34. Scamus Hcancy: The Cure at Troy: versión of Sophocles, Londres, 1990.

Puedes consultar la edición de El Mensajero de Santo Tomás en Pdf, la versión electrónica en este link: http://issuu.com/aquinatenses/docs/04_curvas