Nadie se aproximó a
la Teología y a la Filosofía tomista sin haber bebido en esta fuente la más excelente doctrina. El nombre de Santo Tomás
de Aquino es un marco para todos aquellos
que buscan la verdad. Mientras, en los pormenores de su vida y en su
extraordinaria personalidad descubrimos algo más que a un teólogo: un gran
santo.
Por:
Carmela Werner Ferreira
La
búsqueda de la verdad es tan antigua como el propio hombre, y no hay uno solo
entre los seres racionales que no desee poseerla. Por otro lado, la privación
de ese excelente bien acaba dando a la colectividad humana un aspecto
desfigurado, que se explica por la adhesión a falsas doctrinas o a medias
verdades. Nuestra sociedad occidental es un ejemplo de esa profunda carencia
que no encuentra en los avances de la técnica, ni en la fugacidad de los vicios
una respuesta satisfactoria.
Pero al
final, ¿Qué es la verdad? Ésta era una de las preguntas que el pequeño Tomás hacía
en sus tiernos cinco años de edad. Según una costumbre de la época, su educación fue encomendada a
los benedictinos de Monte Carmelo, lugar donde se trasladó. Viendo a un monje
cruzar con gravedad y recogimiento los claustros y corredores, tiraba insistentemente
de la manga de su hábito y le preguntaba: “¿Quién es Dios?”. Descontento con la
respuesta que, aunque verdadera, no satisfacía enteramente su deseo de saber,
esperaba que pasara otro hijo de San Benito y también le preguntaba: “Hermano
Mauro, ¿Me puede explicar quién es Dios?” Pero... ¡qué decepción! De nadie
conseguía la explicación deseada. ¡Cómo las palabras de los monjes eran
inferiores a la idea de Dios que aquel niño poseía en el fondo de su alma!
Fue en
ese ambiente de oración y serenidad que transcurrió feliz la infancia de Santo
Tomás de Aquino. Nació allá por el año de 1225, benjamín de los condes de
Aquino, Landolfo y Teodora. Intuyendo para el pequeño un futuro brillante, sus
padres le proporcionaron una robusta formación. Mal podían imaginar que él
sería uno de los mayores teólogos de la Santa Iglesia Católica y la roca
fundamental del edificio de la filosofía cristiana, el punto de convergencia en
el cual se reunirían todos los tesoros de la teología hasta entonces acumulados
y del que partirían las luces de las futuras explicitaciones.
La vocación puesta a prueba
Siendo
muy joven todavía, Santo Tomás partió hacia Nápoles con el fin de estudiar
gramática, dialéctica, retórica y filosofía. Las materias más arduas, que
cuestan hasta a los espíritus más robustos, no pasaban de ser un simple juguete
para él. Mientras, en ese periodo de su vida, no avanzó menos en santidad de lo
que en ciencia. Su entretenimiento era rezar en las diversas iglesias y hacer
el bien a los pobres.
Todavía en
Nápoles Dios le manifestó su vocación. Sus padres deseaban verlo benedictino,
abad en Montecassino o arzobispo de Nápoles, sin embargo, el Señor le trazaba
un camino bien diferente. Era en la Orden de los Predicadores, recién fundada
por Santo Domingo, donde la gracia habría de tocarle al alma. Santo Tomás
descubrió en los dominicos el carisma con el cual se identificó por completo.
Después de largas conversaciones con Fray Juan de San Julián no dudó en
ingresar a la Orden y hacerse dominico a los 14 años de edad.
Acostumbra
la Providencia Divina fraguar en el crisol de los sufrimientos a las almas que
confiere un llamamiento excepcional, y Santo Tomás no escapó a esta regla.
Cuando su madre supo de su ingreso en los dominicos, se llenó de furia y quiso sacarlo
a la fuerza. Huyendo a París, con el objetivo de escapar de la tiranía materna,
el santo doctor fue atrapado por sus hermanos que lo buscaban con todo empeño.
Después de apalearlo brutalmente, probaron despojarlo de su hábito religioso.
“Es una cosa abominable —dirá después Santo Tomás— querer reclamar al Cielo por
un don que de él recibimos”.
Así
capturado, lo llevaron hasta la madre, intentó hacerlo abandonar sus
propósitos, en la incapacidad de convencerlo, encargó a sus dos hijas que
disuadieran a cualquier precio al hermano “rebelde”. Con palabras seductoras,
ellas le mostraros las mil ventajas que el mundo le ofrecía, hasta la de una
prometedora carrera eclesiástica, siempre que renunciase a la Orden Dominica.
El resultado de esta entrevista fue asombroso: una de las hermanas decidió
hacerse religiosa y partió hacia el convento de Santa María de Capua, donde
vivió santamente y fue abadesa. ¡Es la fuerza de la convicción y el poder de
persuasión de este hombre de Dios!
Enfrentamiento decisivo
Harta de
sus vanos esfuerzos, la familia tomó una medida drástica: lo encarceló en la
torre del castillo de Roccasecca, con la intención de mantenerlo en ese estado
mientras no desistiese de su vocación. En completa soledad, el santo pasó allí casi dos años, que
fueron aprovechados en profundizar en las vías de la contemplación y del
estudio. Los frailes dominicos le acompañaban espiritualmente a través de
oraciones y le enviaban con audacia libros y nuevos hábitos que llegaban a sus
manos a través de sus hermanos.
Como
pasaba el tiempo sin que el joven detenido decayera, sus hermanos —instigados
por Satanás— prepararon un plan execrable: enviaron a la torre a una mujer de
malas costumbres para hacerlo caer en pecado. A pesar de todo, Santo Tomás
hacía mucho que se había fortalecido en la práctica de todas las virtudes, y no
se dejaría arrastrar. Viendo aproximarse a aquella perversa mujer, cogió del
fuego una brasa encendida y con ella se defendió de la infame tentadora, que
huyó asustada para salvar su propia piel.
¡Insigne
victoria contra el enemigo de la salvación! Reconociendo en este episodio la
intervención divina, Santo Tomás trazó con la misma brasa una cruz en la pared,
se arrodilló y renovó su promesa de castidad. Complacidos por este gesto de
fidelidad, el Señor y su Madre le mandaron un sueño durante el cual dos ángeles
le ciñeron con un cordón celestial, diciendo: “Venimos de parte de Dios a
conferirte el don de la virginidad perpetua, que a partir de ahora será
irrevocable".
Nunca más
Santo Tomás sufrió tentación de concupiscencia o de orgullo. El título de
Doctor Angélico no le fue dado únicamente por haber transmitido la más alta
doctrina, sino también por haberse asemejado en todo a los espíritus purísimos
que contemplan la cara de Dios.
El alumno supera al maestro
Ahora con
el permiso de los suyos, Santo Tomás partió para consolidar su formación
intelectual en París y Colonia. Se hablaba mucho de la predicación que hacía en
esta última ciudad el obispo San Alberto Magno, el más prestigioso maestro de la
Orden de los Predicadores. Santo Tomás rezó, pidiendo conocerlo y recibir de él
las maravillas de la fe, y para alegría suya, fue atendido. Lo que san Alberto
Magno no podía imaginar es que aquel humilde fraile, de pocas palabras y de
presencia discreta, tuviese una envergadura espiritual tan grande.
Cierto
día, cayó en las manos del maestro un texto escrito por su alumno. Admirado por
la profundidad del contenido, pidió a Santo Tomás que expusiera ante la clase
aquel tema. El resultado fue una explicación sorprendente en todo, en la cual
los demás alumnos comprobaron qué temerario era el juicio peyorativo que hacían
de su compañero: él logró explicitar con más riqueza, expresividad y claridad
que el propio san Alberto.
De ahí en
adelante, la vida del Doctor Angélico fue una secuencia de sublimes prestados a
la sagrada teología y a la filosofía. A los 22 años de edad interpretó con
genialidad la obra de Aristóteles; a los 25; junto a San Buenaventura, obtuvo
el doctorado en la Universidad de París. Estos dos arquetipos doctrinarios se
tenían una recíproca admiración, hasta el punto de disputar afectuosamente,
sobre el día que recibirían el título máximo, quién sería nombrado primero,
cada cual deseando al otro la primacía.
Obra portentosa
Tan vasta
es la obra tomista que la simple enumeración de sus escritos ocupa varias
páginas. Forman un total de casi sesenta grandes obras – entre comentarios,
sumas, cuestiones y opúsculos –
de las cuales no está excluida ninguna de las grandes preocupaciones del
espíritu humano. Su prodigiosa memoria le permitía retener todas las lecturas
que hiciera, entre ellas, la Biblia, las obras de los filósofos antiguos y los
Padres de la Iglesia. Cada una de las ochenta mil citaciones contenidas en sus
escritos brotaron espontáneamente de su prodigiosa retentiva. Jamás precisó
leer dos veces el mismo texto. Al serle preguntado cuál era el mayor favor
sobrenatural que recibiera, después de la gracia santificante, respondió:
"Creo que el de haber entendido todo cuanto leí".
En sus
obras vemos una increíble agudeza de espíritu, un raro don de formular y una
superior capacidad de expresión. Acostumbraba resolver cuatro o cinco problemas
al mismo tiempo, dictando a diversos escribanos respuestas definitivas a las
cuestiones más oscuras. No sucumbió al peso de sus conocimientos, sino que, al
contrario, los armonizó en un conjunto incomparable que tiene en la Suma
Teológica la más brillante manifestación.
Sabiduría y oración
Hablar de
las cualidades naturales del Doctor Angélico sin considerar la supremacía de la
gracia que resplandecía en su alma sería una deturpación. Fray Reginaldo, su
fiel secretario, dice haberlo visto pasar más tiempo a los pies del crucifijo
que en medio de los libros.
A fin de
obtener luces para solucionar intrincados problemas, el santo doctor hacía
frecuentes ayunos y penitencias, y no era poco frecuente que el Señor le
atendiera con revelaciones celestiales. En cierta ocasión, mientras rezaba
fervorosamente pidiendo luces para explicar un pasaje de Isaías, se le
aparecieron San Pedro y San Pablo y le esclarecieron todas las dudas.
Recurría
también a Jesús Sacramentado. A veces, colocaba la cabeza en el sagrario y
rezaba prolongadamente. Aseguró después haber aprendido más de esta forma que
en todos los estudios que hiciera. Por su entrañado a amor a la Eucaristía
compuso el Pange Lingua y el Lauda Sion para la fiesta del Corpus Christi:
obras primas jamás superadas.
Un día,
estando inmerso en la adoración a Jesús Crucificado, el Señor se dirigió a él
con estas palabras:
-
Escribiste bien sobre Mí, Tomás. ¿Qué recompensa quieres?
- Nada
más que a Vos, Señor – respondió él.
Una recompensa demasiadamente grande
En 1274
Santo Tomás partió hacia Lyon con el fin de participar del Concilio Ecuménico convocado
por el Papa Gregorio X, pero en el camino enfermó gravemente. Como no había ninguna fundación
dominica cercana, fue llevado a la abadía cisterciense de Fossanova, donde
falleció el 7 de Marzo, antes de cumplir los 50 años de edad. Sus reliquias fueron
transportadas a Toulouse el 28 de Enero de 1369, día en el que la Iglesia
Universal celebra su memoria. Al recibir por última vez la sagrada eucaristía,
dijo él:
"Yo
recibo el precio del rescate de mi alma, Viático de mi peregrinación, por cuyo
amor estudié, vigilé, trabajé, prediqué y enseñé. He escrito tanto y tan
frecuentemente, he discutido sobre los misterios de vuestra Ley, oh mi Dios;
sabéis que nada deseé enseñar que no hubiese aprendido de Vos. Si lo que
escribí es verdad, aceptadlo como un homenaje a vuestra infinita majestad; si
es falso, perdonad mi ignorancia; consagro todo lo que hice y lo someto al
infalible juicio de vuestra Santa Iglesia Romana, en la obediencia a la cual
estoy preparado para partir de esta vida".
¡Bello
testamento de elevada santidad! La Iglesia no tardó en glorificarlo, elevándolo
a la gloria de los altares en 1323. En la ceremonia de canonización, el Papa
Juan XXII afirmó: “Tomás solo iluminó a la Iglesia más que todos los otros
doctores. Tantos son los milagros que hizo como las cuestiones que resolvió”.
En el Concilio de Trento, las tres obras de referencia puestas sobre la mesa de
la asamblea fueron la Biblia, los Hechos Pontificales y la Suma Teológica. Es
difícil explicar lo que la Iglesia debe a este hijo sin par.
De la fe
extraordinariamente vigorosa del Doctor Angélico brotaba la convicción profunda
de que la Verdad en esencia no es sino el propio Dios, y a partir del momento
en que ella fuese proclamada en su integridad, sería irrecusable y triunfante.
Es el gran mérito de su doctrina inmortal: ella continúa resonando a lo largo
de los siglos, pues nada puede derrumbar la supremacía de Cristo.
En Santo
Tomás la Iglesia contempla la realización plena de la oración hecha por el
Divino Maestro en los últimos momentos que pasó en esta tierra: “Haz que ellos
sean completamente tuyos por medio de la verdad; tu palabra es la verdad. Yo
los he enviado al mundo como tú me enviaste a mí. Por ellos yo me ofrezco
enteramente a ti, para que también ellos se ofrezcan a ti por medio de la
verdad”. (Jn 17, 17-19).
El Mensajero de Santo Tomás; Director-Editor: Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar; Número 2; Septiembre de 2015. Si gustas consultar la versión impresa en digital puedes pulsar en la siguiente dirección: http://issuu.com/aquinatenses/docs/02_curvas

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