viernes, 13 de agosto de 2021

APERTURA DEL AÑO JUBILAR EN LA DIÓCESIS DE CIUDAD GUZMÁN

 


Preparación al 50 aniversario de la fundación de nuestra Diócesis de Ciudad Guzmán

30 de junio de 1972- 30 de junio del 2021-2022

 

Por: Mons. Óscar Armando Campos Contreras

       Obispo de la Diócesis de Ciudad Guzmán

 

I.  Atravesar la Puerta Jubilar

 

                                                                               "Yo soy la puerta" (Jn 10, 9)                                         

¡Hemos atravesado la Puerta Jubilar!, así damos los primeros pasos en este tiempo de gracia. Bienvenidos hermanos y hermanas representantes de las distintas realidades de nuestra diócesis, de las parroquias de nuestras seis vicarías, laicos y laicas, religiosos y religiosas; muy queridos diáconos, presbíteros, don Rafael obispo emérito.

 

     Este gesto, de pasar por la Puerta Jubilar, nos señala con determinación y claridad, cuál es el camino a recorrer durante estos meses de preparación a las Bodas de Oro de nuestra diócesis: Es encontrarnos con Cristo.

 

     Él es la Puerta para salir de nuestro encierro, de nuestra auto referencialidad espiritual y pastoral, para renovar nuestras motivaciones profundas de servicio al estilo de Jesús; para salir de nuestros cansancios y lentitudes pastorales y para recordar activamente, con gratitud, el vigor apostólico de los primeros misioneros y la respuesta del corazón de estos pueblos del Sur de Jalisco durante la primera evangelización, que floreció, como el cempaxúchitl en manos de Señor San José.

 

     Así queremos que siga floreciendo lo que se ha sembrado, entre gozos y lágrimas, para que la pasión por todo lo que significa el Reino de Dios nos impulse a trabajar unidos a fin de renovarnos cada uno de nosotros en la entrega a nuestra misión; colaborando en la renovación de nuestra Iglesia; trabajando solidariamente en la atención a todos aquellos que sufren abandono, soledad, injusticia, miseria moral o material; cultivando las semillas del amor a Dios y al prójimo; y participando en la construcción de una sociedad más humana, más solidaria y más cristiana.

 

     Este camino Jubilar nos invita a tener una memoria eucarística, de gratitud ante el servicio y la creatividad pastoral de las generaciones que han dejado su huella durante estos 49 años de vida diocesana.

 

     Recorramos, pues, este tiempo jubilar como un camino luminoso que nos lleva a caminar con Cristo y con nuestros hermanos, para impulsar con entusiasmo la misión evangelizadora de nuestra Iglesia. El Señor nos pide que vayamos a los alejados; nos solicita renovar nuestro ánimo misionero para ser una iglesia en salida. No cerremos la puerta a nadie. Salgamos al encuentro de los demás y dejemos que entren nuevamente quienes se han alejado.

 

II.  Las esperanzas sobre este jubileo

 

     “Proclamar el año de gracia del Señor” (Lc 4, 19)

 

     Como iglesia diocesana, estamos llamados a proclamar el año de gracia del Señor…a anunciar a los pobres esa buena noticia. Sin embargo, para anunciar a los pobres el “año de gracias” tenemos que reconocer que hoy existen diversos tipos de pobreza: La económica de aquellos cuyas necesidades de trabajo, techo, alimentación, salud para sí y para su familia les impide vivir una vida digna de seres humanos, de hijos de Dios. La miseria es un grito que clama al cielo.

 

     Existen también otra pobreza de graves consecuencias: La falta de sentido a la vida. Este vacío interior hace que muchos jóvenes y adultos, al no encontrar su lugar y su misión en el mundo, vean como único destino para su vida el placer, el poder o el tener. Dios no está en el horizonte de su vida.

 

     Otra pobreza que va creciendo es la carencia de humanidad, de fraternidad, de compasión, en el corazón de hombres y mujeres que buscan sacar ventaja a costa del daño a los demás en el secuestro, la droga, el narcotráfico, el crimen, la violencia, viven y actúan como si Dios no existiera…Esta es una pobreza de humanidad, de vida familiar y de fe.

 

     En nuestra sociedad, los cristianos bautizados son aún mayoría. Ante esta realidad los pastores debemos preguntarnos: ¿Son atendidos con procesos evangelizadores, permanentes, sistemáticos, que partan del encuentro personal con Jesucristo, desde el Kerigma, hasta el compromiso misionero que pasa por una auténtica y adecuada formación discipular de cada sector? ¿Se sienten acaso pertenecientes a la comunidad de creyentes? ¿No es un grito de pobreza el de nuestros laicos y laicas que carecen aún de una mayor y mejor formación para que conozcan su misión en el mundo secular? ¿Recordemos cuál fue la petición de nuestros laicos en la última asamblea diocesana?

 

     Este año jubilar nos invita a renovarnos. Todas las actividades diocesanas y parroquiales deben de llevarnos a un encuentro con el Señor, que nos impulsen a seguirlo para encender en nuestra vida personal, en nuestra vida parroquial, en nuestra vida diocesana el fuego que Él vino a traernos.

     Por eso, así como resonaban las trompetas de Israel para anunciar el Jubileo, así han de resonar en nuestro corazón las esperanzas de nuestra última Asamblea Diocesana Postsinodal, en la que el grito de los que sufren y los gemidos de la creación, nos han dejado desarropados de nuestras seguridades autorreferenciales; al igual que la pandemia, como señala el Papa Francisco en Fratelli Tutti ha desenmascarado el egoísmo de nuestras seguridades o de nuestros intereses particulares.

 

     Seamos objetivos y no autoindulgentes de frente a nuestros olvidos o retrasos en las formas concretas de vivir la fe y la misión que se nos confió como sacerdotes o como laicos y laicas.

 

 

III.   Campos de acción para la misión evangelizadora

 

“… y proclamarás la liberación para todos los habitantes.

 Será para ustedes un Jubileo”. (Lv 25, 10)

 

       Por eso de corazón, y en nombre de Dios, deseo y pido que este tiempo jubilar sea la oportunidad de una renovación que parta del corazón, tanto en la vida personal, como en la vida familiar; en la vida de nuestras comunidades parroquiales y en los objetivos de todas las comisiones diocesanas, atendiendo cuatro campos de trabajo muy urgentes:

 

1)      La formación: Una formación discipular en los diferentes sectores de laicos y laicas; no solamente para los que participan en nuestros grupos o comunidades. Necesitamos que cada parroquia ofrezca una amplia formación que parta del Kerigma y siga acompañando, en el camino discipular, a la inmensa mayoría de fieles bautizados que no participan en grupos, comunidades o movimientos; buscando nuevos métodos, nuevas expresiones, nuevas formas y los espacios humanos adecuados a las diversas situaciones particulares.

 

2)      La familia: En el momento actual, este sector básico en la sociedad y en la Iglesia, pide con urgencia  una delicada atención pastoral a las variadas situaciones y necesidades que vive. Recordemos que la iglesia doméstica es el espacio privilegiado para sembrar la semilla de la fe, pero no basta dar reconocimientos, es necesario y urgente promover, animar e impulsar todo lo que pueda ayudar a las familias a vivir su misión en el mundo y para el mundo desde su fe cristiana.

 

La ausencia de valores y la desintegración de las familias es también un grito de los pobres. Por eso, las familias necesitan un atento cuidado pastoral. Acompañemos a las familias con la gran riqueza de organización y métodos que para su crecimiento humano y cristiano tenemos; para que los mismos laicos y laicas que buscan vivir su experiencia familiar como iglesia doméstica lo hagan. ¡No los dejemos solos!

 

3)      La juventud: La juventud es un sector que necesita encontrar la verdad, la libertad y el gozo de vivir. Son presente y futuro de la vida de la Iglesia y de la sociedad. Debemos entender como realidad juvenil a la población que va de los diecisiete hasta alrededor de los treinta y cinco años, aunque muchos de ellos tengan ya pareja. Son mayoría y, al mismo tiempo son los grandes ausentes en la vida de la Iglesia. También sus necesidades son un grito de pobreza que debemos escuchar. Es importante capacitarnos para entenderlos y atenderlos con una pastoral que llegue a todos los sectores y ambientes juveniles.

 

No nos podemos conformar con tener grupos juveniles. La pastoral juvenil no se reduce a tener grupos. Hay que buscar caminos nuevos para acercarlos a la verdad, a la libertad y a la alegría de vivir en Jesucristo. A todos aquellos que no llegan, hay que ir hacia ellos. Son distintos los ambientes en los que la juventud se desenvuelve; tienen que ser distintas y adecuadas las formas de proponer la Buena Nueva en la época actual.

 

4)      Los migrantes: El deseo de vivir mejor, de superar la pobreza, de dar una mejor educación a los hijos es algo que debemos aceptar en todos, no sólo como normal o valioso, sino como un signo de que reconocemos nuestra propia dignidad humana, base de nuestra condición cristiana. Eso es lo que debemos ver en todos los que migran en búsqueda de trabajo, sea de nuestras poblaciones y ranchos hacia Estados Unidos de América; o sean del sur del país a nuestra región del Sur de Jalisco.

 

Aquí tenemos miles de trabajadores que abandonan su tierra y aún sus familias para encontrar trabajo y conseguir el sustento necesario. Sus condiciones no son ciertamente las mejores y la atención que como Iglesia les damos no es muy significativa. Necesitamos una organización de la pastoral social en cada parroquia que además de coordinar, promover e impulsar las acciones correspondientes a su misión específica, se esfuercen, haciéndonos corresponsables todos, por visibilizar la atención a lo más necesitados, entre los que se encuentran estos mismos: los migrantes; ante los cuales nos dice el Señor: “Era forastero y me atendiste”.


     Este ciclo Jubilar, anunciado por la sinfonía de los caracoles al inicio de la celebración, que evocaron el antiguo yobel y las trompetas del perdón, concluirá, Dios mediante, el próximo 30 de junio del 2022. Llegaremos a esa fecha con los frutos que el Señor espera de nosotros?  ¿Será este un tiempo de verdadera conversión pastoral?

 

     Cristo, es nuestro jubileo, dejemos que Él, nos siga liberando de la modorra que producen los métodos y formas pastorales que ya no resuenan en el corazón de los jóvenes, de los alejados; que han dejado de ser atractivas en muchas de las familias de esta época que nos toca vivir.

 

     Jesucristo, nos envía a ser signo de su liberación, sacudiéndonos los clichés o tomas de posturas pastorales que asfixian iniciativas de comunión o sinodalidad.

 

     La elaboración del 5° Plan Diocesano de Pastoral deberá impulsar y animar nuevas respuestas a las nuevas realidades. Dejemos que el Espíritu nos acompañe y nos ilumine en este año jubilar que reanimará el proceso diocesano. Solamente si abrimos puertas y ventanas para dejar que el viento del Espíritu Santo nos renueve, nuestra iglesia diocesana mantendrá encendido el fuego del evangelio para las siguientes generaciones.

 

     Si en verdad, deseamos celebrar este jubileo promoviendo una iglesia diocesana servidora del reino y ministerial, no podemos contentarnos con la auto referencialidad, sino ir más allá, generando nuevos espacios de participación, de comunión y de sinodalidad. Nuevos métodos y nuevas expresiones que manifiesten el ardor evangelizador de nuestra iglesia diocesana.

 

     Todo eso supone revisión humilde, iniciativa, creatividad, audacia renovadora, como nos lo recuerda el Papa Francisco en Evangelii Gaudium: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación” (EG 27)

 

   ¡No nos avejentemos! Cincuenta años deberán reflejar la vitalidad de una Iglesia particular en plena juventud.

 

    Que nuestro Patriarca, protector y patrono, Señor San José nos acompañe en este año, para que los sueños que tenemos de responder a lo que el Señor nos pide desde las necesidades de nuestro pueblo, sean atendidas como respondió él a lo que Dios le pidió con total entrega, prontitud y audacia, para que Cristo creciera, se desarrollara y cumpliera su misión en el mundo.

     Tenemos también la seguridad de que María, Madre de Jesús y madre nuestra, intercede por nosotros. Somos sus hijos por eso le pedimos que, en esta hora de la historia, que en este tiempo jubilar, nos ayude a ser verdaderos discípulos misioneros, como ella. Nos ponemos bajo tu amparo Santa Madre de Dios, no desprecies nuestras súplicas y líbranos de todo mal ¡Oh virgen gloriosa y bendita! Amén.       

jueves, 7 de junio de 2018

Mensaje de los obispos mexicanos con motivo del proceso electoral 2018

Queridos hermanos y hermanas de la Iglesia que peregrina en México:
 1. Participar en la vida cívica y política de nuestras comunidades es una obligación ciudadana y cristiana que no podemos ni debemos obviar. Sólo participando podemos transformar positivamente nuestra nación, en fidelidad a sus orígenes y a su destino histórico.
     Durante el presente año se realizarán elecciones en las que se renovarán más de 3 mil cargos públicos en 30 entidades federativas, incluyendo al Presidente de la República, a los Senadores, a los Diputados federales, a 9 gobernadores, a más de 1000 alcaldes y una parte importante de los diputados locales. Sin embargo, lo más relevante es que cerca de 90 millones de mexicanos, mayores de 18 años, podremos emitir nuestro voto de manera libre y secreta.
     A continuación deseamos compartirles algunos elementos que ayuden al discernimiento personal y comunitario que cada fiel cristiano está llamado a hacer para cumplir con la obligación moral de elegir a sus gobernantes y legisladores.
     2. En la actualidad, como en otros momentos debemos recordar que “en las situaciones concretas, y teniendo siempre en cuenta la solidaridad que nos es debida, es necesario reconocer una legítima variedad de opciones [políticas] posibles. Una misma fe cristiana puede conducir a compromisos diferentes.” (Cfr. Paulo VI, Octogesima Adveniens, 50). Esto quiere decir que la fe cristiana trasciende las propuestas políticas concretas y deja en libertad a los fieles, para que elijan en conciencia de acuerdo a los principios y valores que han descubierto en la experiencia de la fe.
     Jesucristo, núcleo central de nuestra fe, nos revela verdades fundamentales que también son accesibles a la razón humana y que ayudan a que la vida de todos sea más digna y libre: el respeto que merecen las personas desde el momento de la fecundación y hasta la muerte natural; la importancia del matrimonio heterosexual y monogámico; la vigencia de la más plena libertad para vivir de manera individual y asociada de acuerdo a nuestras opciones en conciencia en materia religiosa; la centralidad ética y social que poseen los más pobres y excluídos de nuestras sociedades, etcétera.
     3. En el escenario concreto que vivimos, cuando los valores fundamentales palidecen, es preciso hacer el esfuerzo de un discernimiento crítico que nos permita optar en conciencia por quienes puedan realizar en lo posible el auténtico bien común. Por lo que exhortamos, a todos los cristianos y personas de buena voluntad, a:
  •      Participar cívicamente: entre más ciudadanos participen organizadamente en las elecciones, más posibilidades habrá de que nuestra sociedad madure y sea corresponsable en la gestión del bien común. Todos debemos alentar la participación.
  •    Orar en familia y en comunidad: para que la próxima jornada electoral se realice, en paz y armonía, y sea al mismo tiempo, una gran ocasión para que desde la fe todos podamos mostrar nuestro compromiso con México, es decir, con el pueblo real, que hoy se encuentra, en diversas regiones y en difíciles circunstancias, sufriendo.
  •   Buscar el “bien posible”: hay que evitar a toda costa elegir en base al “mal menor”. En la enseñanza de la Iglesia el mal moral no puede ser elegido nunca ni como fin ni como medio. El principio del “mal menor” sólo aplica cuando los males en juego son de orden físico, no moral. En contextos complejos e imperfectos lo que debe imperar es la búsqueda del “bien posible” que aunque sea modesto, todos estamos obligados a procurar. En un proceso electoral como el que tendremos, esto significa que la conciencia cristiana debe discernir cual de las opciones puede generar un poco más de bien, tomando en cuenta la complejidad de las circunstancias. Hacer el “bien posible” significa impulsar lo que aporte al bien común, a la paz, a la seguridad, a la justicia, al respeto a los derechos humanos, al desarrollo humano integral y a la solidaridad real con los más pobres y excluidos.
  •   Elegir a las personas: en todos los partidos podemos encontrar personas más o menos comprometidas con el bien común. Por ello, es necesario discernir por quién votar. Lo prudente  y responsable es buscar para cada puesto de elección popular a la persona más idónea y no dejarnos manipular para que votemos en bloque por un solo tipo de propuesta, de manera irreflexiva y mucho menos bajo alguna modalidad de “compra de voto”. Entre más libertad exista al momento de elegir, más capacidad tendremos al momento de exigir.
  •    El México que queremos es posible: y requiere fundamentalmente de un gobierno que trabaje con honestidad y eficacia; pero también, de ciudadanos participativos que den seguimiento a los procesos de Justicia, Fraternidad y Paz. El voto de los mexicanos, debe producir Gobernantes y autoridades responsables; y generar una opinión cívica crítica. Pues en el ejercicio ordinario de los funcionarios, nuestro voto exige el sano control sobre nuestros políticos: en su remuneración y gratificaciones, en los gastos de partidos y publicidad, en los proyectos y obras públicas, en el control de la corrupción, la ilegalidad y la eliminación de arbitrariedades.

     4. Sólo la presencia participativa, de manera constante y solidaria en la vida de nuestro país, destierra gradualmente la violencia, la corrupción, la impunidad y el compadrazgo. Es tiempo de que los católicos, acompañados de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, trabajemos comprometidamente por un México más próspero y pacífico, más solidario y participativo, más atento al rostro de los más pobres y menos cómplice de quienes los olvidan, los manipulan o los marginan.
     5. Santa María de Guadalupe, Madre del verdadero Dios por quien se vive y Patrona de nuestra libertad, interceda por nosotros, para que trabajemos sin desfallecer por la unidad y soberanía de nuestro pueblo; por la promoción y defensa de nuestras comunidades y familias; y por reintegrar en su dignidad a todos aquellos, hermanos nuestros que hayan sufrido alguna vejación, discriminación o inequidad. Que Ella preserve la paz en nuestra Patria, nos dé buenos gobernantes y nos permita descubrir los caminos de justicia, reconciliación y esperanza por los que como sociedad debemos transitar desde el momento presente.

Por los obispos mexicanos.

Ciudad de México, a 19 de marzo de 2018.
+ Card. José Francisco Robles Ortega
Arzobispo de Guadalajara
Presidente de la CEM
+ Mons. Alfonso Miranda Guardiola
Obispo Auxiliar de Monterrey
Secretario General de la CEM

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Felicidad, un bien espiritual



Por: Carlos Alberto Libânio Christo (Frei Betto)

Cinco factores dificultan hoy nuestra felicidad: 1) la indiferencia frente a la desigualdad social y el individualismo exacerbado; 2) la acelerada mercantilización de la vida individual y social: la felicidad se identifica con la satisfacción del mayor número de necesidades reales y superfluas; 3) la práctica de prejuicios y el ascenso de los fundamentalismos; 4) el secuestro de la democracia por las élites financieras, que transforman a la política en simples administradores del “robo” y de la corrupción legalizadas; 5) la dedicación obsesiva al trabajo, que induce a sacrificar ciertos placeres y alegrías, comodidades y tranquilidades, con el fin de satisfacer la pasión por el poder, por el éxito y/o por el lucro. 

     Thomas Moro ya lo había registrado, en su Utopía, que el ser humano, para ser feliz, no debería trabajar mas de cinco horas al día, de modo de no quedar subyugado a las exigencias de sobrevivencia y poder dedicarse a las cosas del espíritu. Marx estuvo de acuerdo al afirmar que una sociedad feliz es la que concede tiempo libre a sus ciudadanos.

     ¿Será feliz quien enfrenta el riesgo de muerte y da la vida por una causa? Sí, Jesús se sintió gratificado por el sentido que imprimió a su vida, así como muchos revolucionarios u hombres esclarecidos que dieron sus vidas para que otros tuviesen vida.

     La felicidad es un bien espiritual. Francisco de Asís, joven rico, regresa de la guerra y ve que su padre – Pionero del capitalismo – crea un sistema de producción que propaga la miseria en el curso de las relaciones de trabajo. En Asís se desnuda en la plaza, como quien dice: “No acepto la ropa que haces en tus talleres, porque genera la pobreza de los artesanos. Abandono mi hogar, mi riqueza, mi herencia y mi estado de confort, para ser solidario con esos pobres!” Fue un joven extremadamente feliz, pues le imprimió a su vida un sentido altruista y solidario.

     Ernesto Che Guevara recorrió toda América Latina como médico voluntario. Fue a Cuba, hizo la revolución, sobrevivió, tuvo éxito, fue ministro, estaba en paz con la historia. De repente, se despojó de todos sus títulos y comodidades, de toda seguridad y se internó en los bosques de Bolivia. Quiso también dar su vida para que otros tuviesen vida. Murió feliz a los 37 años, en 1967.

     Cuantas religiosas trabajan en lugares inhóspitos, como lo hacía Dorothy Stang, asesinada en el estado brasileño de Pará, en 2005. Era una estadunidense de familia acomodada, que abandonó todo y vino a cuidar trabajadores Sem Terra. Otras religiosas trabajaban en hospitales o con personas con deficiencias, y son mujeres felices, pues descubrieron que el secreto de la felicidad es dar la vida a otras vidas. 

     Felicidad es un estado de espíritu, un aflorar de la conciencia que nos hace amar la vida sin apegarnos a ella. Gandhi en sus prolongados ayunos, al enfrentar al poderoso Imperio Británico era un hombre feliz. Mandela estuvo 27 años en prisión, en su lucha contra la discriminación racial, no se dejó abatir. Infeliz es quien cree que la felicidad depende de un carro deportivo, de una botella de champaña o de un puesto de poder.

     Don Óscar Arnulfo Romero –San Romero de América- en el principio de su ministerio episcopal no tenía esa iniciativa valiente por ayudar a los más pobres y de solidarizarse alzando su voz contra los que generaban la violencia en su país El Salvador. 

     Martin Luther King, en contra de los racismos estadounidenses, fue un hombre feliz, como también lo fue Chico Mendes, al desafiar a los talabosques de la Amazonia, que terminaron asesinándolo. Infelices son aquellos que, desde lo alto de su arrogancia, juzgan que los negros o los indios son inferiores a los blancos, trabajadores del caucho e indígenas deben dar la lucha para cambiar los amplios pastizales que ocupan el lugar de los árboles centenarios derrumbados. Infelices son aquellos que se apegan con uñas y dientes a puestos de poder, pues hacia fuera del poder se muestran con una baja autoestima y sufren por no soportar la vida de ciudadanos comunes.

     Nada hace más feliz a una persona que el sentimiento que imprime a su propia vida, ya sea dedicada en un laboratorio investigando células de hormigas, o como militante de un partido político que busca la transformación de la sociedad. Le bastan sólo las condiciones mínimas de una vida digna y, como lo señalaba Aristóteles, buenas amistades. Montaigne decía que el amigo es ese alter ego¸ otro yo que cada persona necesita para ser feliz. Nadie es feliz solo, pues solo nadie se basta.

     Eso vale para el revolucionario y el profesor que dedica su vida a la enseñanza; para el ejecutivo empeñado en el éxito de su empresa y para la secretaria responsable que trabaja en el servicio público y tiene conciencia de la importancia de lo que hace. Eso vale para cada persona que construye comunidad. 

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Editorial


Los Jóvenes son muy importantes para la sociedad porque ellos representan la nueva generación en la humanidad, pero también, son el actual presente y serán el futuro de la misma sociedad. Para la Iglesia universal y nuestra Iglesia local (Diócesis de Ciudad Guzmán) este es un tiempo muy significativo, porque se ha convocado un Sínodo que trate sobre los Jóvenes.

     La pregunta obvia es: “Y eso de un Sínodo ¿qué es, cómo funciona, para qué sirve?”. El término sínodo viene de dos términos griegos: syn (juntos) y yhodos (camino), y expresa la idea de “caminar juntos”. El Papa Francisco, en su línea de abrir las puertas de la Iglesia y anunciar el Evangelio de la Alegría a todo el mundo, ha convocado al Sínodo de los obispos con el tema: “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”.

    Y es por ello que este Sínodo que convoca nos invita a interrogarnos sobre cómo acompañar a los jóvenes en el camino de la fe, en sus decisiones vitales, y pedir también a los mismos jóvenes que ayuden a identificar las mejores formas hoy para anunciar la Buena Noticia.

     La necesidad se vuelve vital, es una de las principales prioridades para la Iglesia actual el que los jóvenes se involucren y sean sus propios protagonistas en la vida de la fe y de la Iglesia. Todo ello, porque en la realidad los muchachos se han venido alejando de la Iglesia, sus intereses no pasan por el actual ritmo y forma de la Iglesia.

     Es común que cuando asistamos a las celebraciones litúrgicas ver la escasa sino casi nula asistencia de ellos, se ve necesario analizar la forma y el fondo del cómo solucionar este alejamiento de ellos en la vida de la Iglesia.

     El Papa Francisco sabe que es muy importante tener su participación y vitalidad en la vida de la comunidad de fe. Y si tuviéramos una visión un poco catastrófica de la vida de la Iglesia a mediano y largo plazo, nos daríamos cuenta que esos los jóvenes que ahora están bautizados, algunos han recibido sacramentos: confesión, comunión y confirmación (pero no evangelizados) ya por flojera por indiferencia por la influencia exterior (secularismo) o por ver estructuras herrumbrosas en la iglesia, se han alejado de la participación plena, consiente y activa de la Iglesia. Ellos en su futuro inmediato, cuando sean padres de familia, por su alejamiento en la Iglesia, ya no bautizarán a sus hijos ni procurarán que vivan la vida de la fe en sus iglesias (templos o en la comunidad).

     Para nuestra diócesis debe de ser muy importante este sínodo, dado que una de las tres prioridades pastorales diocesana es la opción por los jóvenes, junto con la opción por los pobres y el de las comunidades eclesiales de base (CEBs). Eso refuerza el compromiso que debe de adquirir nuestra iglesia local a los postulados y las conclusiones que orienten sínodo para de ahí determinar las acciones a seguir a favor de este importante segmento de la iglesia: La juventud.

     Ojalá que todos como bautizados podamos hacer un esfuerzo para atraer a los jóvenes a la Iglesia, de su alejamiento y por ende su posible pérdida de la fe, porque de no hacerlo la Iglesia en el futuro tendrá serias consecuencias. Depende de que todos nos pongamos las “pilas”, tanto los encargados (responsables) a nivel Iglesia o de la diócesis en particular, los mismos padres de familia (exhortarlos a que recapaciten viviendo su fe, porque ellos directamente son el ejemplo para sus hijos y para que la vida en Cristo sea una verdadera opción para su vida) y los las sacerdotes sean creativos para que busquen formas nuevas en las celebraciones de la liturgia, a fin de que ayuden para el acercamiento los muchachos. Nosotros los adultos los vayamos comprendiendo y facilitemos ese encuentro que ellos tengan con Cristo, dado que lo merecen, y esa realidad comunitaria nueva que se demanda y que con su ayuda (de los propios jóvenes) podemos construir.

     Que la virgen de Guadalupe, estrella de la evangelización en este continente nos ayude, y San José Patrono universal de la Iglesia también con su ejemplo de padre y trabajador sea una luz para cada joven, que es querido y necesario en nuestracomunidad de fe. ¡Que Así sea¡

Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar
Director
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'Gaudete et exsultate': según el papa Francisco, “Dios nos quiere santos”




El papa Francisco dio a conocer, el lunes 9 de abril en el Vaticano, Gaudete et exsultate, la exhortación apostólica sobre “el llamado a la santidad en el mundo actual”.
En este importante texto de su pontificado, Francisco recuerda que cada bautizado tiene una vocación a la santidad.

      Tras la Iglesia en salida de Evangelii gaudium y la Iglesia de la misericordia de Amoris laetitia, llega ahora la Iglesia de la santidad. En la exhortación apostólica Gaudete et exsultate, publicada el lunes 9 de abril en el Vaticano, el papa Francisco destaca, en efecto, una Iglesia llamada a ser un “pueblo santo”, en la lógica del Concilio Vaticano II y de su redescubrimiento de la vocación universal a la santidad.

     Dios “nos quiere santos y no espera que nos contentemos con una existencia mediocre, aguada, licuada”, afirma de entrada Francisco que, a lo largo de las 113 páginas de su texto no duda en tutear frecuentemente a su lector para insistir en el carácter personal de su exhortación a la santidad.

La santidad que describe es humilde y sencilla
     “Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra”, recalca en este texto de tono muy positivo y con un título que hace referencia, una vez más, a la alegría (1), considerada como el fruto de la respuesta de cada uno a su propia vocación. “No tengas miedo de la santidad. No te quitará fuerzas, vida o alegría”, insiste. “Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó y serás fiel a tu propio ser”.

     A pesar de ello, no se trata de un “tratado sobre la santidad”. Francisco se defiende de ello desde la primera página. Lo que le interesa, es mostrar que cada cristiano puede responder  –“cada uno por su camino”, según las palabras del Concilio– a la llamada de Dios a ser un santo. La santidad que describe es, por lo tanto, humilde y sencilla.

     Es “la santidad de la puerta de al lado”, la de los “pequeños gestos”, la de las bienaventuranzas del Evangelio, para las que propone una lectura exigente, recordando cómo van “muy a contracorriente con respecto a lo que es costumbre, a lo que se hace en la sociedad”. “Hasta el punto de convertirnos en seres que cuestionan a la sociedad con su vida, en personas que molestan”, añade, sin excluir la posibilidad de la persecución.

El Papa compromete a toda la autoridad pontificia
     Rechazando “las ideologías que mutilan el corazón del Evangelio”, advierte en contra del olvido de “la unión interior” con Dios, a riesgo de transformar el cristianismo en “una especie de ONG”, y en contra de “aquellos que viven sospechando del compromiso social de los demás, considerándolo algo superficial, mundano, secularista, inmanentista, comunista, populista”.

     Porque, para Francisco, el “gran criterio” es la llamada de Cristo “a reconocerlo en los pobres y sufrientes”. Es ahí donde “se revela el mismo corazón de Cristo, sus sentimientos y opciones más profundas, con las cuales todo santo intenta configurarse”: “Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme” (Mateo 25, 35-36).

     Sobre ese aspecto, el Papa no duda, por cierto, de manera poco habitual, en comprometer a toda autoridad pontificia: “Ante la contundencia de estos pedidos de Jesús, es mi deber rogar a los cristianos que los acepten y reciban con sincera apertura, “sine glossa”, es decir, sin comentario, sin elucubraciones y excusas que les quiten fuerza”. Una manera, para él, también, de reintroducir el tema de la misericordia, “que es el corazón palpitante del Evangelio”, repite, y de situar, por tanto, a Gaudete et exsultate en la línea de Evangelii gaudium y Amoris laetitia.

Un camino de transformación
     Describiendo primero la santidad como un camino de transformación, reitera su postura contra los “dos enemigos sutiles de la santidad”, “dos falsificaciones de la santidad que podrían desviarnos del camino: el gnosticismo y el pelagianismo”. Retomando la reciente carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe Placuit Deo, advierte especialmente en contra de “los nuevos pelagianos” que “gastan sus energías y su tiempo” en “la obsesión por la ley, la fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas, la ostentación en el cuidado de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, la vanagloria ligada a la gestión de asuntos prácticos, el embeleso por las dinámicas de autoayuda y de realización autorreferencial”, a riesgo de convertir a la Iglesia en una “pieza de museo” o “en una posesión de pocos”.

     Aunque, como Santo Tomás Aquino, recuerda que “el culto que agrada a Dios (…) son las obras de misericordia más que los actos de culto”, Francisco no rechaza evidentemente la oración y el culto como camino de santidad. Al contrario: frente a “un consumismo hedonista”, “a la inmanencia cerrada de este mundo”, “la santidad está hecha de una apertura habitual a la trascendencia, que se expresa en la oración y en la adoración”. Pero la oración no puede ser “una evasión que niega el mundo que nos rodea”, insiste antes de unas páginas exigentes sobre la “lucha permanente constante contra el diablo, que es el príncipe del mal”.

Una Iglesia cada vez más santa y misericordiosa
     Al final, la santidad descrita aquí por el papa Francisco es, ante todo, la de un creyente “centrado, firme en torno a Dios”, que no mira “desde arriba”, sino que es capaz de vivir con humildad, así como con “alegría y sentido del humor”, “audacia” y “coraje apostólico”…

     “No se trata de aplicar recetas o de repetir el pasado, ya que las mismas soluciones no son válidas en toda circunstancia, y lo que era útil en un contexto puede no serlo en otro”, insiste, llamando a liberar los espíritus “de la rigidez que no tiene lugar ante el perenne hoy del Resucitado”.

     Y porque es necesario que cada creyente “discierna su propio camino y saque a la luz lo mejor de sí” sin cansarse, intentando “imitar algo que no ha sido pensado para él”, Francisco concluye su exhortación con tres bellas páginas sobre el discernimiento, tema muy tratado por este Papa marcado por la espiritualidad ignaciana.

     Pidiendo a cada cristiano hacer “cada día, en diálogo con el Señor que nos ama, un sincero “examen de conciencia””, destaca que “este discernimiento orante requiere partir de una disposición a escuchar al Señor”. No se trata para él de un “autoanálisis ensimismado” o de una “introspección egoísta”: “No se discierne para descubrir qué más le podemos sacar a esta vida, sino para reconocer cómo podemos cumplir mejor esa misión que se nos ha confiado en el Bautismo, y eso implica estar dispuestos a renuncias hasta darlo todo”.

     Francisco firma uno de esos textos importantes, nueva piedra miliar en el profundo camino de transformación de una Iglesia que, desde el comienzo de su pontificado, no ha dejado de querer siempre más santa y misericordiosa y, por lo tanto, más evangelizadora.

(1)   Gaudete et exsultate significa “alegraos y regocijaos” (Mt 5,12).

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Gaudete et exsultate (Alegrarse y regocijarse)

 Nueva exhortación del Papa Francisco



Con Gaudete et Exsultate, el papa Francisco lanza un “llamado a la santidad en el mundo actual”. Estos son los diez consejos extraídos de la exhortación apostólica del Papa “El llamado a la santidad en el mundo actual”.

1. No eludas el llamado
    “Para ser santos no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosos o religiosas. (…) Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra”. § 14

     “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad “de la puerta de al lado”, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, “la clase media de la santidad”. § 7

 2. Déjate guiar por las Bienaventuranzas
     “Las Bienaventuranzas de ninguna manera son algo liviano o superficial; al contrario, ya que solo podemos vivirlas si el Espíritu Santo nos invade con toda su potencia y nos libera de la debilidad del egoísmo, de la comodidad, del orgullo”. § 65

     “Ser pobre en el corazón, esto es la santidad”; “Reaccionar con humilde mansedumbre, esto es santidad”; “saber llorar con los demás, esto es santidad”; “Buscar la justicia con hambre y sed, esto es santidad”; “Mirar y actuar con misericordia, esto es santidad”; “Mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor, esto es santidad”; “sembrar paz a nuestro alrededor, esto es santidad”. § 70 a 89

3. ¿Quieres amar? Actúa
     “Quien de verdad quiera dar gloria a Dios con su vida, quien realmente anhele santificarse para que su existencia glorifique al Santo, está llamado a obsesionarse, desgastarse y cansarse intentando vivir las obras de misericordia”. § 107

     “Cuando encuentro a una persona durmiendo expuesta a la intemperie, en una noche fría, puedo sentir que ese “bulto” es un imprevisto que me interrumpe, un delincuente ocioso, un estorbo en mi camino, un aguijón molesto para mi conciencia, un problema que deben resolver los políticos, y quizá hasta una basura que ensucia el espacio público. O puedo reaccionar desde la fe y la caridad, y reconocer en él a un ser humano con mi misma dignidad, a una criatura infinitamente amada por el Padre, a una imagen de Dios, a un hermano redimido por Jesucristo. ¡Eso es ser cristianos!” § 98

4. Cultiva la humildad
     “La humildad solamente puede arraigarse en el corazón a través de las humillaciones. Sin ellas no hay humildad ni santidad. Si tú no eres capaz de soportar y ofrecer algunas humillaciones, no eres humilde y no estás en el camino de la santidad. La santidad que Dios regala a su iglesia viene a través de la humillación de su Hijo, ese es el camino”. § 118

     “No digo que la humillación sea algo agradable, porque eso sería masoquismo, sino que se trata de un camino para imitar a Jesús y crecer en la unión con él”. § 120

5. Conserva la alegría
     “El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor. Sin perder el realismo, ilumina a los demás con un espíritu positivo y esperanzado”. § 122

     “No estoy hablando de la alegría consumista e individualista tan presente en algunas experiencias culturales de hoy. Porque el consumismo solo empacha el corazón; puede brindar placeres ocasionales y pasajeros, pero no gozo”. § 128

6. Atrévete a evangelizar
     “Al mismo tiempo, la santidad es parresía: es audacia, es empuje evangelizador que deja una marca en este mundo”. § 129

     “Dios siempre es novedad, que nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras. Nos lleva allí donde está la humanidad más herida y donde los seres humanos, por debajo la apariencia de la superficialidad y el conformismo, siguen buscando la respuesta a la pregunta del sentido de la vida”. § 135

7. No te resignes nunca
     “A causa de la costumbre, ya no nos enfrentamos al mal y permitimos que las cosas “sean lo que son”, o lo que algunos han decidido que sean. Pero dejemos que el Señor venga a despertarnos, salvarnos de nuestro letargo, liberarnos de la inercia. Desafiemos la costumbre, abramos bien los ojos y los oídos, y sobre todo, el corazón, para dejarnos descolocar por lo que sucede a nuestro alrededor y por el grito de la Palabra viva y eficaz del Resucitado”. § 137

8. Reza cada día. Y vuelve a comenzar
     “No creo en la santidad sin oración, aunque no se trate necesariamente de largos momentos o de sentimientos intensos” § 147

     “Quisiera insistir que esto no es solo para algunos privilegiados, sino para todos, porque “todos tenemos necesidad de este silencio lleno de presencia adorada (1). La oración confiada es una reacción del corazón que se abre a Dios frente a frente, donde se hacen callar todos los rumores para escuchar la suave voz del Señor que resuena en el silencio”. § 149

     “Entonces, me atrevo a preguntarte: ¿Hay momentos en los que te pones en su presencia en silencio, permaneces con él sin prisas, y te dejas mirar por él? ¿Dejas que su fuego inflame tu corazón? Si no le permites que alimente el calor de su amor y de su ternura, no tendrás fuego, y así, ¿cómo podrás inflamar el corazón de los demás con tu testimonio y tus palabras?” § 151

9. Prepárate para el combate
     “La vida cristiana es un combate permanente. Se requieren fuerza y valor para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida”. § 158

     “No aceptaremos la existencia del diablo si nos empeñamos en mirar la vida solo con criterios empíricos y sin sentido sobrenatural. Precisamente, la convicción de que este poder maligno está entre nosotros, es lo que nos permite entender por qué a veces el mal tiene tanta fuerza destructiva”. § 160

     “Entonces, no pensemos que es un mito, una representación, un símbolo, una figura o una idea. Ese engaño nos lleva a bajar los brazos, a descuidarnos y a quedar más expuestos”. § 161

     “Para el combate tenemos las armas poderosas que el Señor nos da: la fe que se expresa en la oración, la meditación de la Palabra de Dios, la celebración de la Misa, la adoración eucarística, la reconciliación sacramental, las obras de caridad, la vida comunitaria y el empeño misionero”. § 162

10. Aprende a discernir lo que Dios quiere para ti
     “¿Cómo saber si algo viene del Espíritu Santo o si su origen está en el espíritu del mundo o en el espíritu del diablo? La única forma es el discernimiento, que no supone solamente una buena capacidad de razonar o un sentido común, es también un don que hay que pedir”. § 166

     “Muchas veces esto se juega en lo pequeño, en lo que parece irrelevante, porque la magnitud se muestra en lo simple y en lo cotidiano”. § 169

     “Lo que está en juego, es el sentido de mi vida ante el Padre que me conoce y me ama, el verdadero sentido de mi existencia que nadie conoce mejor que él”.  § 170

     (1)   Juan Pablo II, Carta apostólica Orientale lumen.

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