domingo, 13 de noviembre de 2016

Editorial



Durante este mes de agosto del año en curso, nuestro medio informativo, El Mensajero de Santo Tomás cumplió su primer año de vida. Con las limitaciones propias de las publicaciones independientes, que no permiten por diversas razones la periodicidad programa, pero sí de nuestra parte todo el entusiasmo y el tesón, dado que nos hemos echado a hombros esta tarea con un relativo éxito, en el posicionamiento y gusto entre algunos de nuestros constantes y fieles lectores.

     Sin embargo, no podríamos ignorar ni dejar desapercibido este primer año cronológico, sin contar con un texto entre nuestras páginas sobre nuestro doctor angélico Santo Tomás de Aquino.

      Y no podría ser mejor para este primer aniversario, que presentar el interesante y excelente texto del conocido intelectual italiano Umberto Eco, que escribió hace 42 años en el aniversario 700 de la muerte del aquinate. Este artículo fue publicado por la revista italiana El Expreso, titulado: “Elogio a Santo Tomás” como el mismo académico acuñó en el año de 1972.

     Sin siquiera haber perdido vigencia el presente elogio hasta el momento, lo hemos rescatado para beneplácito de nuestros lectores.  La excelente traducción realizada del italiano por Carlos Castillo Peraza, y publicada en marzo de 1998 por la revista Nexos nos habla de la importancia y calidad del citado artículo que hoy nosotros reproducimos.

      La vigencia de Tomás de Aquino y su filosofía sobre todo en estos tiempos de la post-modernidad en los campos de la cultura, de la ciencia y del conocimiento humano, hace que se levante como un verdadero adalid, de ese saber compaginar: la Fe y la Razón. Ya que ambos son conocimientos verdaderos y crean una síntesis que nos pueden llevar a una verdad más completa.

     Por eso nuestro medio informativo y formativo católico, cumple una vez más su cometido, al presentarnos este texto que vendrán a enriquecer nuestro bagaje cultural, sobre uno de los personajes históricos más importantes y que hoy para nuestra iglesia sea un guía espiritual para este siglo XXI. Enhorabuena a todos.   

Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar
Director


Puedes consultar la versión Pdf de El Mensajero de Santo Tomás:                                                           https://issuu.com/hectoralfonsorodriguezaguilar/docs/08_v12




ELOGIO DE SANTO TOMÁS


Por Umberto Eco

     Publicado en 1974 —año en que se conmemoró el séptimo centenario de la muerte de Santo Tomás de Aquino— por L’Espresso, este ensayo lamenta que el mundo actual no haya sido capaz: de producir a un sabio de la talla de Santo Tomás, cuyo sistema móvil de pensamiento permite, como ningún otro, “pensar honestamente”.


Una mala jugada

     La peor desgracia de su carrera no se abatió sobre Santo Tomás de Aquino el 7 de marzo de 1274, cuando murió en Fossanova con apenas 49 años de edad y los monjes no lograron bajar su cuerpo por las escaleras, a causa de su gordura. Tampoco cuando, tres años después de su muerte, el arzobispo de París, Etienne Tempier, emitió una lista de proposiciones heréticas (doscientas diecinueve) que incluía la mayor parte de las tesis averroístas, ciertas observaciones acerca del amor terrestre elaboradas cien años antes por André Le Chapelain y veinte proposiciones claramente atribuibles al angélico doctor Tomás de los señores de Aquino. La historia evacuó rápidamente este acto represivo y Tomás, ya muerto, ganó su batalla, en tanto que Etienne Tempier terminó —junto con Guillermo de Saint Amour, el otro enemigo de Santo Tomás— entre los rangos desgraciadamente eternos de los grandes restauradores, que comienzan con los jueces de Sócrates y, pasando por los de Galileo, terminan provisionalmente en Gabrio Lombardi.1
     La desgracia que echa a perder la vida de Santo Tomás sobrevino en 1323, dos años después de que muriera Dante y quizás un poco por su propia culpa, cuando el papa Juan XXII decidió convertirlo en Santo Tomás de Aquino. Fue una mala jugada, como las de recibir el premio Nobel, ingresar en la Academia Francesa o conseguir el Oscar. El beneficiado se vuelve algo parecido a la Gioconda: un cliché. Constituyen el momento en que un gran incendiario es nombrado bombero.

El burro y el buey

     En el año de 1974 se conmemeró el séptimo centenario de la muerte de Tomás.2 Tomás vuelve a estar de moda como santo y como filósofo; se intenta elucidar lo que Tomás habría hecho hoy si hubiera tenido la fe, la cultura y la energía intelectual con las que contó en su tiempo. Pero en ocasiones el amor entenebrece las almas. Para decir que Tomás fue grande, se afirma que fue un revolucionario y es necesario tratar de entender en qué sentido lo fue, porque no puede afirmarse que fuese un restaurador, pero sí que levantó un edificio tan sólido que, después de él, ningún revolucionario ha podido Asurarlo desde el interior; lo más que ha podido hacerse —de Descartes a Hegel, de Marx a Theilard de Chardin— es hablar de aquél “desde el exterior”.
     Lo anterior es todavía más interesante porque no se comprende cómo pudo ser causa de escándalo un individuo tan poco romántico, tan gordo y tan sosegado que en la escuela tomaba notas en silencio con aire de no entender nada y era objeto de las burlas de sus compañeros. Una vez, cuando en el refectorio del convento estaba sentado en su doble sitial (había sido necesario cortar el brazo de separación para hacerle un espacio más ancho), los bromistas frailes le hicieron creer que afuera había un burro que volaba; él corrió a verlo; los otros morían de risa (se sabe que los frailes mendicantes tienen gustos muy simples); entonces Santo Tomás (que no era un bobo) les dijo que era más verosímil un burro volador que un fraile mentiroso y los religiosos enrollaron la cola. Ese estudiante, que fue apodado por sus camaradas “el buey mudo”, llegó a ser un profesor adorado por sus alumnos. Un día que se paseaba por las colinas con sus discípulos y miraban juntos París desde lo alto, aquéllos le preguntaron si le gustaría ser el señor de tan bella ciudad. El contestó que, por mucho, preferiría contar con el texto de las homilías de san Juan Crisóstomo. Sin embargo, cuando un enemigo ideológico le llenaba los zapatos de piedras, se convertía en una fiera y —en su latín que parece decir muy poco porque se le entiende y tiene los verbos donde un italiano espera encontrarlos— explotaba en maledicencias y sarcasmos como cualquier Marx que fustigara a M. Szeliga.

Un sólido luchador

     ¿Era un gordo bonachón? ¿Era un ángel? ¿Era asexuado? Cuando sus hermanos quisieron impedirle ser dominico (en esa época el hijo menor de una familia bien se hacía benedictino, lo que era digno, y no fraile mendicante, lo que equivaldría hoy a entrar en una comunidad maoísta o irse a trabajar con Danilo Dolci),3 lo secuestraron mientras marchaba hacia París y lo encerraron en el castillo de la familia. Luego, para liberarlo de esa idea fija y hacer que se convirtiera en un abad como se debe, le mandaron a su cuarto una muchacha desnuda y dispuesta a todo. Tomás tomó entonces un tizón y se puso a perseguir a la joven con la clara intención de quemarle las nalgas. Entonces ¿nada de sexo? Vaya usted a saberlo, porque la cosa lo turbaba de tal modo que desde entonces, según Bernardo de Guido, “si los encuentros con mujeres no eran verdaderamente necesarios, los evitaba como si fuesen serpientes”.
     En cualquier caso, el hombre era un luchador. Sólido, lúcido, concibió un ambicioso proyecto, lo ejecutó y ganó. Veamos cuál era el terreno de combate, qué estaba en juego y qué ganancias obtuvo.
     Cuando Tomás nació, las comunas italianas llevaban cincuenta años de haber vencido la batalla de Legnano contra el Imperio. Inglaterra llevaba diez con la Carta Magna. En Francia acababa de terminar el reino de Felipe Augusto. El Imperio agonizaba. En cinco años, las ciudades marítimas, libres y comerciantes del Norte constituyeron la Liga Hanseática. La economía florentina se encontraba en fase de expansión y se acuñaba el florín de oro; Fibonacci ya había inventado la partida doble; las escuelas de Medicina en Salerno y de Derecho en Bolonia llevaban cien años de progreso. Las Cruzadas se hallaban en estado avanzado. Esto quiere decir que los contactos con el Oriente estaban en pleno auge. Por otro lado, los árabes de España fascinaban al mundo occidental con sus descubrimientos científicos y filosóficos. La técnica conocía un vigoroso desarrollo: las maneras de herrar los caballos, de hacer girar los molinos, de pilotar los barcos, de uncir a las bestias de tiro y de labor habían cambiado. En el Norte, monarquías nacionales; en el Sur, comunas libres.



Se busca instrumento

     En síntesis, todo lo anterior ya no tiene que ver con la Edad Media, al menos como se la concibe vulgarmente y, si se quiere polemizar, se diría que, salvo lo que Tomás está cocinando, se trata ya del Renacimiento. Sólo que, para que lo que sucedió sucediera, fue necesario que Tomás cocinara lo que cocinó. Europa trata de darse una cultura que refleje una pluralidad política y económica, abierta a un nuevo sentimiento de la naturaleza, de la realidad concreta, de la individualidad humana sometida al paternal control de la Iglesia que nadie pone en tela de juicio. El proceso de producción y el de organización se racionalizan: es necesario hallar los instrumentos técnicos de la razón.
     En el momento en que nace Tomás, las técnicas de la razón llevan funcionando un siglo. En la parisiense Facultad de Artes se enseña música, aritmética, geometría y astronomía, pero también dialéctica, lógica y retórica. De una manera nueva. Un siglo antes Pedro Abelardo había pasado por allí: perdió los genitales por razones privadas, pero su cabeza no perdió vigor: el nuevo método consiste en comparar opiniones de las diferentes autoridades tradicionales y en llegar a una decisión siguiendo procedimientos lógicos fundados sobre una gramática laica de las ideas. Se hace lingüística y semántica: se pregunta lo que una palabra dada quiere decir y en qué sentido se la emplea. Los textos de lógica de Aristóteles son los manuales de estudio pero no todos han sido traducidos ni interpretados; nadie sabe griego, excepto los árabes que van mucho más adelantados que los europeos tanto en filosofía cuanto en ciencias.

Alucinación y visión

     Sin embargo, la escuela de Chartres lleva un siglo redescubriendo los textos matemáticos de Platón y construyendo una imagen natural del mundo, regida por leyes geométricas y procesos mensurables. Todavía no se está en el método experimental de Roger Bacon, sino en una construcción teórica, en una tentativa de explicar el universo a partir de bases naturales, aun cuando la naturaleza es considerada un agente divino. Roberto de Grosseteste elabora una metafísica de la energía luminosa que nos hace pensar un poco en Bergson y otro poco en Einstein: nacen los estudios de Óptica, es decir, se plantea el problema de la percepción de los objetos físicos y se traza la frontera entre alucinación y visión.
     Esto es ya mucho porque el universo de la Alta Edad Media era el de la alucinación, bosque simbólico poblado de presencias misteriosas en el que las cosas eran vistas como el relato continuo de una divinidad que pasara su tiempo leyendo y elaborando crucigramas. En la época de Tomás, este universo de la alucinación aún no desaparecía bajo los golpes del universo de la razón. Por el contrario, éste era producto de las élites intelectuales y se le miraba de soslayo porque se miraba de soslayo a todas las cosas terrestres.
     San Francisco le hablaba a los pajarillos pero el andamiaje filosófico de la filosofía es neoplatónico. Esto significa claramente que lejos, muy lejos, está Dios; en su globalidad inaccesible se agitan los principios de las cosas, las ideas: el universo es efecto de una distracción benevolente de ese Uno remotísimo que parece verterse lentamente hacia abajo dejando huellas de su perfección en los sucios grumos de sus excrementos, como sedimentos de azúcar en la orina. En tal estiércol, que representa para el neoplatonismo la periferia más soslayable del Uno, es posible encontrar —casi siempre gracias al golpe genial del crucigramista— trazas, gérmenes de comprensión: en realidad la comprensión se encontraba en otra parte: allí donde, en el mejor de los casos, llegaba el místico con su intuición nerviosa, descarnada, y penetraba con el ojo de un casi drogado en el departamento de soltero del Uno, lugar del único festín verdadero.
     Platón y San Agustín habían dicho todo lo necesario para comprender los problemas del alma. Sin embargo, cuando era preciso definir la naturaleza de una flor, o la del enmarañamiento de las tripas que los médicos de Salermo examinaban en el vientre de los enfermos, o la de los efectos benéficos del aire fresco una tarde primaveral, todo se complicaba. Entonces valía más conocer las flores a partir de las miniaturas de los visionarios, ignorar las tripas y considerar peligrosamente tentadoras las tardes de primavera. La cultura europea estaba, pues, dividida entre los que entendían el cielo y los que entendían la tierra. Y quien prefería entender la tierra y se desinteresaba del cielo sufría molestias: alrededor erraban las Brigadas Rojas de la época, sectas heréticas que por un lado querían cambiar al mundo y construir repúblicas imposibles y, por el otro, practicaban la sodomía, el robo y otras maldades. Vaya a saberse si todo era cierto pero, en la duda, más valía matarlos a todos.



Un griego excepcional

     En esos tiempos, los hombres de la razón aprenden de los árabes que hay un viejo maestro (griego) que podría aportar una clave para unificar a esos miembros dispersos de la cultura: Aristóteles.
     Aristóteles sabía hablar de Dios, pero clasificaba piedras y animales, se ocupaba de los movimientos de los astros, sabía lógica, se interesaba por la psicología, hablaba de física, ordenaba sistemas políticos. Sobre todo, Aristóteles ofrecía las claves (y Tomás sabría explotarlas plenamente) para invertir la relación entre la esencia de las cosas —es decir, lo que se puede entender y decir de las cosas, incluso cuando no las tenemos a la vista— y la materia de que las cosas están hechas. Dejemos en paz a Dios, que vive bien en su lugar y que ha dotado al mundo de excelentes leyes físicas que le permiten marchar solo. No nos extraviemos en el intento de hallar huellas de esencias en esa suerte de caída mística durante la cual —y perdiendo en el camino lo mejor— las esencias acaban por contaminarse de materia. El mecanismo de las cosas lo tenemos ante los ojos. Las cosas son el principio de su propio movimiento; un hombre, una flor, una piedra son organismos que crecen de acuerdo con una ley interna que los echa a andar: la esencia es el principio de su crecimiento y de su organización. Es algo que ya está allí, listo para explotar; algo que rige desde dentro el movimiento de la materia y la hace desarrollarse y manifestarse: algo por lo que podemos entenderla. Una piedra es una parcela de materia que asumió una forma: de este matrimonio nació una sustancia individual. El secreto del ser, como lo explicará Tomás en un relámpago de genio, se encuentra en el acto concreto de existir. La existencia, lo que acaece no son accidentes que les suceden a las ideas: éstas, por su parte, están mejor en el calor uterino de la divinidad lejana. Por principio de cuentas, gracias al cielo, las cosas existen concretamente. Luego las comprendemos.
     Naturalmente, quedan dos puntos por precisar. En primer lugar, para la tradición aristotélica, entender las cosas no quería decir estudiarlas experimentalmente: bastaba entender que las cosas cuentan, la teoría se ocupaba del resto. Es poco, si se quiere, pero es ya un notable salto hacia adelante en relación con el universo alucinado de los siglos precedentes. En segundo término, si Aristóteles debía ser cristianizado, había que dar más espacio a Dios que andaba un poco distante. Las cosas cambian en virtud de la fuerza interna del principio de vida que las mueve, pero habrá que admitir que, si Dios toma en serio todo este gran movimiento, es muy capaz de pensar la piedra mientras ésta se vuelve piedra por ella misma y que, si decidiera cortar la corriente eléctrica (a la que Tomás llama “participación”), se daría el black-out cósmico. En consecuencia, la esencia de la piedra está en la piedra, es captada por nuestro espíritu que es capaz de pensarla, pero existía ya en el espíritu de Dios quien está lleno de amor y no pierde el tiempo en arreglarse las uñas, sino aportando energía al universo. Así había que jugar el juego. Si no, Aristóteles no hubiese entrado en la cultura cristiana y, si no entraba, tampoco hubieran entrado la naturaleza y la razón.
     El juego es difícil porque los aristotélicos que Tomás encuentra cuando comienza a trabajar habían seguido otro camino que hasta puede gustamos más, y que un intérprete aficionado a los cortos circuitos históricos podría presentar como materialista. Sería empero un materialismo muy poco dialéctico, un materialismo astrológico que habría disgustado un poco a todos: tanto a los guardianes del Corán como a los del Evangelio. El responsable había sido, un siglo antes, Averroes, hombre de cultura musulmana, de raza berebere, de nacionalidad española y de lengua árabe. Averroes conocía a Aristóteles mucho mejor que nadie y entendió a dónde llevaba la ciencia aristotélica: Dios no es un mañoso que se mete al azar en todo. El estructuró la naturaleza en su orden mecánico y sus leyes matemáticas, regida por la determinación estricta de los astros; y, dado que Dios es eterno, el mundo en su orden también lo es. La filosofía estudia este orden, es decir la naturaleza. Los hombres somos capaces de comprenderla  porque en cada uno de nosotros actúa un mismo principio de inteligencia. Si no, cada uno vería las cosas a su manera y no podríamos entendemos. La conclusión materialista era inevitable: el mundo es eterno, está regido por un determinismo previsible y, si un solo intelecto habita en todos los hombres, el alma inmortal no existe. Si el Corán dice otra cosa, el filósofo debe creer filosóficamente en lo que su ciencia le prueba y luego, sin plantearse demasiados problemas, creer lo contrario sometiéndose a su fe. Hay dos verdades. La una no tiene por qué molestar a la otra.
     Averroes llevó a conclusiones claras lo que estaba implícito en un aristotelismo riguroso. Esta fue la causa de su buen éxito entre los maestros de la Facultad de Artes de París, particularmente Siger de Brabante —a quien Dante ubicó en el Paraíso al lado de Santo Tomás, no obstante que éste fue a su vez la causa del desplome de la carrera científica de aquél, así como de su relegación a capítulos secundarios de la historia de la filosofía.



Política de la cultura

     El juego de política cultural que Tomás trata de jugar es doble: por una parte, hacer que la ciencia teológica de su tiempo acepte a Aristóteles; por la otra, disociar al griego de la utilización que le daban los averroístas. Al hacer eso, Santo Tomás se topa con un escollo: él pertenece a las órdenes mendicantes4 que tuvieron la desventura de poner en circulación a Joaquín de Flore y a una banda de herejes apocalípticos que se convirtieron en un grave peligro para el orden constituido por la Iglesia y por el Estado. Esto permitió a los maestros reaccionarios de la Facultad de Teología, dominados por el temible Guillermo de Saint Amour, cerrar filas para afirmar que todos los frailes mendicantes eran joaquinitas y heréticos que querían enseñar al Aristóteles, maestro de los materialistas ateos averroístas. Se trata del mismo juego de Gabrio Lombardi: quien quiere legalizar el divorcio es amigo del que quiere legalizar el aborto, y éste del que quiere legalizar la droga: vote sí a la vida como el primer día de la creación.5
     Por el contrario. Tomás no era hereje ni revolucionario. Se le llamó “concordista”.6

Iglesia y naturaleza

     Gracias a todo eso, Tomás dio a la Iglesia una doctrina que, sin quitarle un pelo de su poder, dejó a las comunidades en libertad para decidir si eran monárquicas o republicanas, y que distingue, por ejemplo, diferentes tipos y derechos de propiedad. Esto, hasta el punto de decir que el derecho de propiedad existe en cuanto a la posesión pero no en cuanto al uso. Ejemplo: yo tengo derecho de poseer un inmueble en la calle Tibaldi pero, si hay personas que habitan en barracas, la razón me exige que yo les permita utilizar aquélla (yo seguiré siendo el propietario de mi inmueble, pero los otros deben habitarlo incluso si repugna a mi egoísmo). Hay más: ésta y otras soluciones están fundadas en el equilibrio y en esa virtud llamada “prudencia”, cuyo “fin” es conservar la memoria de las experiencias adquiridas, el sentido exacto de los fines, la atención lista para la coyuntura, la investigación racional progresiva, la previsión de las contingencias futuras, la circunspección frente a las oportunidades, la precaución ante las complejidades y el discernimiento frente a las condiciones excepcionales.
     Llega a tanto, porque este místico que no hallaba la hora de perderse en la visión beatífica de Dios a la que el alma humana aspira “por naturaleza”, era también un hombre extraordinariamente atento a los valores naturales y respetuoso del discurso racional.
     No olvidemos que antes de Tomás, cuando se estudiaba el texto de un autor antiguo, el comentador o el copista que encontraba algo discordante con la religión revelada recurría a uno de estos tres expedientes: borraba las frases “erróneas”, las acompañaba de un signo de dubitación para alertar al lector, desplazaba los “errores” al margen. Por el contrario ¿qué hacía Tomás? Alineaba las opiniones divergentes, esclarecía el sentido de cada una de éstas, ponía todo en cuestión —incluso el dato de la revelación—, enumeraba las objeciones posibles, intentaba la mediación final. Todo debía ser hecho en público, como pública era la disputatio 7 de la época: entonces entraba en funciones el tribunal de la razón.
     Los especialistas más finos y más fieles del tomismo, como Gilson, 8 han mostrado brillantemente que, si se lee bien, se descubre que en todos los casos el dato de la fe prevalecía sobre todo lo demás y orientaba la elucidación del problema, a saber: que Dios y la verdad revelada precedían y guiaban el movimiento de la razón laica. Nadie ha dicho nunca que Tomás era Galileo. Sencillamente, Tomás le aporta a la Iglesia un sistema doctrinal que la pone en acuerdo con el orden natural. Y obtiene victorias fulgurantes. Los datos hablan.

                                      Abate Joaquín de Fiore tuvo seguidores franciscanos

Nuevas reglas del juego

     Antes de él se afirmaba que “el espíritu de Cristo no reina donde vive el espíritu de Aristóteles”; en 1210 los libros de filosofía natural del filósofo griego estaban aún prohibidos y las prohibiciones continuaron durante los decenios siguientes, mientras Tomás hacía traducir esos textos por sus colaboradores y los comentaba. Pero en 1255 todo Aristóteles pasa. Después de la muerte de Tomás, como hemos visto, se intenta todavía una reacción, pero finalmente la doctrina católica se alinea con las posiciones aristotélicas. El dominio y la autoridad espiritual que alguien como Croce ejerció sobre cincuenta años de cultura italiana son nada comparadas con la de Santo Tomás quien, en cuarenta años, cambió toda la política cultural del mundo cristiano. Después de esto, el tomismo, dotó al pensamiento católico de un marco tan completo, dentro del cual todo encuentra sitio y explicación, que a partir de entonces el pensamiento católico no logra mover nada. Cuando mucho, con la escolástica contrarreformista, reelabora a Santo Tomás, de tal manera nos restituye un tomismo jesuítico, un tomismo dominico y hasta un tomismo franciscano en el que se agitan las sombras de Buenaventura, Duns Scoto y Ockham. Pero a Tomás ya no puede tocársele. Lo que en él fue una ansiedad de construir un sistema nuevo, deviene, en la tradición tomista, en vigilancia conservadora de un sistema intocable. Donde Tomás conmovió, trastornó todo para reconstruir de nuevo, el tomismo escolástico trata de no tocar nada y hace prodigios de acrobacia pseudotomasiana para atrapar lo nuevo en las redes del sistema de Tomás. La tensión y la sed de conocimiento que el robusto Tomás poseía en el grado más alto se desplazan hacia los movimientos heréticos y la reforma protestante. De Tomás queda el marco y no el esfuerzo intelectual que fue necesario para armar ese marco que, en su época, fue verdaderamente “diferente”.
     Naturalmente, la falta es también suya, puesto que él dio a la Iglesia un método para conciliar las tensiones y englobar de manera no conflictiva todo lo que no se puede evitar. Fue él quien enseñó a cernir las contradicciones para resolverlas de modo armonioso. Aceptada la apuesta, se creyó que Tomás enseñaba a expresar un “ni sí ni no”, allí donde había una oposición entre sí y no. Sólo que Tomás lo hizo en un momento en que decir “ni sí ni no”, no equivalía a detenerse sino a seguir adelante y cambiar las reglas del juego.
     Por eso se puede preguntar qué haría Tomás de Aquino si viviera hoy. Se puede responder que, de todas maneras, no reescribiría una Summa Theologica. Tendría en cuenta al marxismo, a la teoría de la relatividad, a la lógica formal, al existencialismo, a la fenomenología. No comentaría a Aristóteles, sino a Marx y a Freud. Cambiaría sus métodos de argumentación que se volverían un poco menos armónicos y conciliadores. En fin, se daría cuenta de que no es posible ni debido elaborar un sistema definitivo, acabado como una arquitectura, sino una especie de sistema móvil, una summa de hojas sustituibles porque en su enciclopedia de las ciencias habría que incluir la noción de lo provisional histórico. Yo podría afirmar que sería cristiano, pero supongámoslo. Tengo la certeza de que participaría en las celebraciones de su aniversario únicamente para recordar que no se trata de decidir cómo seguir utilizando lo que él pensó, sino de pensar otras cosas: que es necesario, cuando mucho, aprender de él lo que es necesario hacer para pensar honestamente como hombre del propio tiempo. Dicho esto, no querría estar en su lugar. 

Traducción del italiano por Carlos Castillo Peraza.

Notas del traductor:


1 Se trata de un católico italiano, promotor de la Democracia Cristiana a partir del final de la Segunda Guerra mundial, conocido por sus posiciones adversas a la legalización del divorcio, del aborto, del uso de drogas.
2 El artículo fue publicado en 1974 por la revista italiana semanal: L’Espresso.
3 Dolci fue lo que se suele llamar un “burgués” que hacia los setenta decidió irse a vivir entre y con los campesinos, especialmente del sur de Italia, a quienes encabezó en la defensa de sus tierras y aguas, y en la resistencia al monopolio y a las construcciones especulativas.
4 Las más importantes entre éstas fueron y siguen siendo la fundada por San Francisco de Asís y la fundada por Santo Domingo de Guzmán, respectivamente los franciscanos y los dominicos. Tomás perteneció a ésta. Joaquín de Flore —de Fiore o de Flora—, a quien Eco se referirá enseguida, fue monje y que tuvo muchos seguidores franciscanos. A los mendicantes, que de algún modo rompieron el monopolio del monaquismo que hasta el siglo XIII tuvieron los benedictinos, se les llamó “frailes” (del latín frater, “hermano”). También fueron “frailes” los agustinos, los carmelitas, los mercedarios, los mínimos y los servitas.
5 Cuando en Italia se sometió a referéndum si debía continuar vigente la ley que ignoraba el divorcio, Lombardi fue partidario del “sí” y encabezó la campaña contra una nueva ley que lo admitiese juntando en una sola categoría a todos los mencionados por Eco en su metáfora histórica.
6 La acusación, en filosofía y en la época, equivaldría a la de “concertacesión” en política mexicana contemporánea.
Tomás pone un extraordinario sentido común en la realización de su proyecto de acordar la nueva ciencia con la ciencia de la revelación. También una gran adhesión a la realidad natural y al equilibrio terreno. Quede claro: no aristoteliza el cristianismo, sino que cristianiza a Aristóteles; no piensa —jamás pensó— que con la razón se podía entender todo, sino que todo podía entenderse con la fe; quiso decir sencillamente que la fe no estaba en desacuerdo con la razón y, en consecuencia, que era posible darse el lujo de razonar fuera del universo de la alucinación. Así se entiende por qué, en la arquitectura de sus obras, los capítulos principales no hablan más que de Dios, de los ángeles, del alma, de las virtudes, de la vida eterna; sin embargo, en esos capítulos todo encuentra sitio más que racional: “razonable”. Es dentro de una arquitectura teológica que se comprende por qué el hombre conoce las cosas, por qué su cuerpo está hecho de cierta manera, por qué para decidir debe examinar los hechos y las opiniones y resolver las contradicciones sin ocultarlas, tratando de ponerlas frente a frente —componerlas— a plena luz.
7 La disputatio, en tiempos de Santo Tomás y en las universidades medievales, era una discusión pública, casi con carácter de justa o combate de honor, sujeta a reglas claras que se aplicaban en forma rigurosa para evitar que la discusión degenerase en divagación. Un maestro exponía una tesis. Quien quisiera objetarla, debía hacerlo en forma de silogismo. El defensor repetía la objeción y juzgaba cada una de sus proposiciones. Si lograba demostrar el error de alguna de las premisas de su impugnante, éste estaba obligado a probarla. Fue, en la época, el recurso universitario más importante y más socorrido para aclarar cuestiones controvertidas. Incluso, como lo ha mostrado Erwin Panofsky en Architecture Gothique et Pensée Scholastique, era el método que empleaban los arquitectos para tomar decisiones relativas a la construcción de edificios, lo que ha hecho que el autor mencionado afirme que se trata del método universal del pensamiento y la acción medievales.
8 Eco se refiere a Etienne Gilson, autor que estudió no sólo el pensamiento de Santo Tomás, sino los de otros muchos pensadores de la época, y es autor de obras notables como: Le Thomisme, La philosophie de saint Bonaventure, Introduction à l’étude de saint Augustin, La Théologie mystique de saint Bernard, Dante et la Philosophie, Eloïse et Abélard, L’esprit de la philosophie médiévale, Jean Duns Scot, etc.

Acerca del autor del artículo:



     Umberto Eco, nació en Alessandria, Piamonte, Italia en 1932-muere en Milán en 2016. Vivió y trabajó en Milán. Semiólogo, filósofo, ensayista, novelista, profesor universitario.  Eco ha sido desde el comienzo de su carrera académica, trabajador en los diferentes campos y disciplinas humanísticas. Después de sus primeros estudios en la filosofía y la cultura medieval, ya en los años 50, se convirtió en un agudo observador de la cultura popular contemporánea y los medios de comunicación, así como también de la conexión entre los diferentes códigos de comunicación artística y la sociedad.

     En 1962 presentó un texto de catálogo, sobre la primera exposición de Arte programática en las tiendas de Olivetti en Milán y en Venecia; en ese mismo año publicó: Opera abierta, ensayo que influyó profundamente en la interpretación de los fenómenos artísticos contemporáneos, mientras que en 1963 participó en la experiencia multidisciplinar de Grupo 63.

     Otras obras de su autoría son: Apocalípticos e integrados (1964), fue seguido por La Estructura ausente (1968), Tratado de semiótica general (1975) y, Semiótica y Filosofía del lenguaje (1984). También publicó la siguientes novelas: El nombre de la rosa (1980), ganador del Premio Strega en 1981), El Péndulo de Foucault (1988), a Misteriosa flama de la reina Loana (2004), El Cementerio de Praga (2010) y la reciente Número cero (2015).

      Director de la revista "Versus – Cuaderno de estudios de Semiótica", que fundó como teórico de esta disciplina en 1971; también ha escrito para los periódicos y revistas italianas y extranjeras más importantes, en los campos de la crítica, la semiótica y la literatura. Durante su larga trayectoria intelectual ha formado alianzas y amistades con escritores, filósofos, poetas, músicos y muchos artistas, entre los que destacan: Enrico Baj, Eugenio Carmi, y Emilio Tadini.


Datos del Traductor:



Carlos Castillo Peraza.

     Nació en Mérida, Yucatán. Murió el 9 de septiembre de 2000 en Bonn, Alemania. 
Estudió la licenciatura en filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) 1968-1971, concluyendo sus estudios en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, Italia; cursó la licenciatura en letras con especialidad en historia de la filosofía griega y medieval en la Universidad de Friburgo, Suiza, 1972-1976.

     Periodista de diversos medios nacionales y escritor de una veintena de obras.
Fue profesor universitario de diferentes instituciones públicas y privadas. Conferencista. Político del Partido Acción Nacional (PAN) fue su presidente nacional en dicho instituto político.

Puedes consultar la versión Pdf de El Mensajero de Santo Tomás:                                                           https://issuu.com/hectoralfonsorodriguezaguilar/docs/08_v12



lunes, 31 de octubre de 2016

Editorial

Texto tomado de El Mensajero de Santo Tomás, edición número 7. Doce aspectos que debes de conocer del Papa Francisco.



Desde el momento de su elección, el papa Francisco ha captado la atención de los medios de comunicación y de la gente. Los textos que aparecen en nuestro medio El Mensajero de Santo Tomás, presenta los rasgos fundamentales y fundacionales de una nueva forma de ver y vivir el pontificado; todo de acuerdo a la visión pastoral y la misión de este vicario de Cristo que ha venido desde la periferia -"fin del mundo"- para gobernar a la Iglesia.

Es por ellos que el presente número 7 de nuestro periódico, nos ofrece una síntesis actualizada de las opciones pastorales pontificias, entre las que destacan: Una Iglesia pobre para los pobres, la necesidad de pertenecer cerca de la gente, la confianza en la misericordia de Dios, la importancia de la unidad, el cuidado de la casa común, etc.

Parte de los textos han sido escritos por un importante periodista, que es un excelente vaticanista que ha colaborado para la cadena CNN, y en su amplia labor como periodista es corresponsal de un importante medio noticioso impreso en USA.

Estos doce aspectos que debes de conocer del papa Francisco, es una invitación para introducirnos en su papado y conocer su mensaje que este hombre de Dios quiere dar a conocer a la Iglesia del siglo XXI y a toda la humanidad.

Recientemennte tuvimos su visita a nuestro país México, y pudimos darnos cuenta de su mensaje de paz y solidaridad, así como del arrastre que tiene su mensaje y su presencia. Hoy está convertido en uno de los más importantes líderes del mundo; con un alto impacto en sus palabras y acciones.

El que esto escribe, espera que sea de completo agrado nuestra presente edición, que busca a través de sus páginas, brindar un servicio a la Iglesia y dar a conocer parte del trascendente mensaje del vicario de Cristo y sucesor de Pedro.

Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar.
Director.

El Mensajero de Santo Tomás, Número 7, Julio-Agosto 2016.


12. “No se olviden de rezar por mí”

Texto tomado de El Mensajero de Santo Tomás, edición número 7. Doce aspectos que debes de conocer del Papa Francisco (los otros textos no se publican por derechos de autor)



Por Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar

      Un hecho significativo del actual líder espiritual de los católicos es su humildad, que en un principio, recién elegido Papa después del conclave en el balcón de la Basílica de san Pedro, solicitó que el pueblo de Dios le diera su bendición, antes  que él la diera.

     Desde ese entonces y hasta ahora, con signos muy concretos,  ha manifestado su sencillez  al querer ser un pontífice cercano a la gente. A tal grado, que ya tiene acuñada una “marca registrada”, que es una frase última que invariablemente  comunica a sus auditorios: “Pero por favor, no se olviden de rezar por mí”.

     Esta frase por sí sola, rompe un esquema mental con respecto a los pontífices, al ponerse en condición de  necesidad de oración por parte del pueblo de Dios, es un hecho que hace la diferencia con respecto a los anteriores sumos pontífices que han gobernado a la Iglesia, que este siempre solicita oración.

     El Papa Francisco como religioso de la Compañía de Jesús, conocidos como Jesuitas, le ha dado una valoración muy grande a la oración, por darse cuenta de su importancia y de su valor. Dado que para el religioso la oración es un medio fundamental para su vida diaria de consagrado a Dios y en servicio a los hombres.

     Por eso Francisco de Roma, siempre en discursos ante las muchedumbres siempre se encomienda a las oraciones, y de esa manera de forma natural y sencilla exhorta a todos a que hagan oración. No queriendo dar un discurso pomposo o erudito sobre el tema de la oración su importancia y la utilidad para nosotros, dado que ella nos acerca en la comunicación con el gran misterio.

El Mensajero de Santo Tomás, Número 7, Julio-Agosto 2016.



 


11. Sobre el cuidado de la casa común

Texto tomado de El Mensajero de Santo Tomás, edición número 7. Doce aspectos que debes de conocer del Papa Francisco (los otros textos no se publican por derechos de autor)



Por Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar

     El Papa Francisco ha hecho gala del nombre que ha tomado en su pontificado  e inspirado en el “Poverello de Asís” -el hermano San Francisco- patrono universal de la ecología, ha querido lanzar un documento pontificio conocido como encíclica, para dar su magisterio con respecto a lo que está sucediendo en el mundo  natural de la creación. Estas palabras en voz del propio Papa dan a conocer el estado vigente de nuestro planeta: “La tierra, “nuestra casa”,  se está convirtiendo cada vez más,  “en un inmenso depósito de porquería”.

     El pasado mes de junio de 2015, dio a conocer oficialmente la Santa Sede la carta encíclica pontificia del Papa Francisco llamada: “Laudato Si” (Alabado seas) -Sobre el cuidado de la casa común-.  Este es un documento sobre el tema de la ecología y el cambio climático.

     Esta encíclica es un parteaguas en la Iglesia moderna, porque no se había escrito y dado a conocer un documento de tal naturaleza en los últimos años por parte de un pontífice. En la época contemporánea, por parte de la institución eclesial, solamente otras dos encíclicas han sido de tal naturaleza como la presente Laudato Si, que fueron la Rerum novarum (1891) escrita por el Papa León XIII que fue dada a conocer a finales del siglo XIX, y la encíclica Pacem in terris de 1963 escrita por Juan XXIII.

     El Papa Francisco como un pastor salido de la periferia del mundo, ha tenido la conciencia de dar a conocer que las sociedades de los países pobres y su contraparte los desarrollados tienen una importante diferencia abismal en lo que respecta al uso racional de las materias primas y de la energía, que es una de las causas, en parte, de la degradación del medio ambiente. Las sociedades de los países poderosos y ricos han hecho un uso indiscriminado de la energía mundial de una forma excesiva a diferencia de las sociedades de los países de la periferia del mundo.

     Esta encíclica busca una revolución cultural para el mundo, con respecto a un cambio en la mentalidad y de la conducta del género humano, en el sentido de cuidar la naturaleza. Dado que el Papa cree que estamos destruyendo nuestra casa común que es el  mundo natural.

     Con este documento Francisco de Roma se pone en el ojo del huracán de la polémica internacional, en la discusión sobre lo que implica el cambio del modelo de desarrollo impuesto y vigente que vivimos, y que es ya insostenible porque significan el desgaste y degradación de la naturaleza. Para ello se requieren paradigmas de un nuevo modelo de desarrollo humano, que sea más solidario ante todos los pueblos, y la aplicación de acciones que frenen la devastación de los diferentes ecosistemas.

     El sumo pontífice propone el ir dejando de lado el uso de combustibles fósiles como son carbón o el petróleo, que son los que han generado fundamentalmente el calentamiento global. Y exhorta a buscar fuentes alternativas de energía que sean compatibles con el medio ambiente.


     Finalmente esta encíclica papal ha causado ya cierta controversia con sectores eclesiales conservadores de los Estados Unidos que han declarado su inconformidad por la postura del Papa al respecto del tema tratado. A la vez la declaración muy desafortunada del  exgobernador conservador del estado de  Florida John Ellis “Jeb” Bush, hoy precandidato a la presidencia de la  unión americana por el partido republicano, – y que pertenece a una familia de política belicista, hijo de George Bush (padre) y hermano de George W. Bush expresidentes ambos de la nación norteamericana- ya que él ha dicho, con respecto a Francisco “que está para dar discursos espirituales sobre el alma y no para meterse en política”.


El Mensajero de Santo Tomás, Número 7, Julio-Agosto 2016.

jueves, 11 de febrero de 2016

BULA DE CONVOCACIÓN DEL JUBILEO EXTRAORDINARIO DE LA MISERICORDIA




Misericordiae Vultus
"El Rostro de la Misericordia"
BULA DE CONVOCACIÓN
DEL JUBILEO EXTRAORDINARIO
DE LA MISERICORDIA

FRANCISCO
OBISPO DE ROMA
SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS
A CUANTOS LEAN ESTA CARTA
GRACIA, MISERICORDIA Y PAZ

1. Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra. Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret. El Padre, « rico en misericordia » (Ef 2,4), después de haber revelado su nombre a Moisés como « Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad » (Ex34,6) no ha cesado de dar a conocer en varios modos y en tantos momentos de la historia su naturaleza divina. En la « plenitud del tiempo » (Gal 4,4), cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, Él envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Quien lo ve a Él ve al Padre (cfr Jn 14,9). Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona[1] revela la misericordia de Dios.

2. Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado.

3. Hay momentos en los que de un modo mucho más intenso estamos llamados a tener la mirada fija en la misericordia para poder ser también nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre. Es por esto que he anunciado un Jubileo Extraordinario de la Misericordia como tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes.

El Año Santo se abrirá el 8 de diciembre de 2015, solemnidad de la Inmaculada Concepción. Esta fiesta litúrgica indica el modo de obrar de Dios desde los albores de nuestra historia. Después del pecado de Adán y Eva, Dios no quiso dejar la humanidad en soledad y a merced del mal. Por esto pensó y quiso a María santa e inmaculada en el amor (cfr Ef 1,4), para que fuese la Madre del Redentor del hombre. Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona. En la fiesta de la Inmaculada Concepción tendré la alegría de abrir la Puerta Santa. En esta ocasión será una Puerta de la Misericordia, a través de la cual cualquiera que entrará podrá experimentar el amor de Dios que consuela, que perdona y ofrece esperanza.

El domingo siguiente, III de Adviento, se abrirá la Puerta Santa en la Catedral de Roma, la Basílica de San Juan de Letrán. Sucesivamente se abrirá la Puerta Santa en las otras Basílicas Papales. Para el mismo domingo establezco que en cada Iglesia particular, en la Catedral que es la Iglesia Madre para todos los fieles, o en la Concatedral o en una iglesia de significado especial se abra por todo el Año Santo una idéntica Puerta de la Misericordia. A juicio del Ordinario, ella podrá ser abierta también en los Santuarios, meta de tantos peregrinos que en estos lugares santos con frecuencia son tocados en el corazón por la gracia y encuentran el camino de la conversión. Cada Iglesia particular, entonces, estará directamente comprometida a vivir este Año Santo como un momento extraordinario de gracia y de renovación espiritual. El Jubileo, por tanto, será celebrado en Roma así como en las Iglesias particulares como signo visible de la comunión de toda la Iglesia.

4. He escogido la fecha del 8 de diciembre por su gran significado en la historia reciente de la Iglesia. En efecto, abriré la Puerta Santa en el quincuagésimo aniversario de la conclusión del Concilio Ecuménico Vaticano II. La Iglesia siente la necesidad de mantener vivo este evento. Para ella iniciaba un nuevo periodo de su historia. Los Padres reunidos en el Concilio habían percibido intensamente, como un verdadero soplo del Espíritu, la exigencia de hablar de Dios a los hombres de su tiempo en un modo más comprensible. Derrumbadas las murallas que por mucho tiempo habían recluido la Iglesia en una ciudadela privilegiada, había llegado el tiempo de anunciar el Evangelio de un modo nuevo. Una nueva etapa en la evangelización de siempre. Un nuevo compromiso para todos los cristianos de testimoniar con mayor entusiasmo y convicción la propia fe. La Iglesia sentía la responsabilidad de ser en el mundo signo vivo del amor del Padre.

Vuelven a la mente las palabras cargadas de significado que san Juan XXIII pronunció en la apertura del Concilio para indicar el camino a seguir: « En nuestro tiempo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia y no empuñar las armas de la severidad … La Iglesia Católica, al elevar por medio de este Concilio Ecuménico la antorcha de la verdad católica, quiere mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella ».[2]En el mismo horizonte se colocaba también el beato Pablo VI quien, en la Conclusión del Concilio, se expresaba de esta manera: « Queremos más bien notar cómo la religión de nuestro Concilio ha sido principalmente la caridad … La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio … Una corriente de afecto y admiración se ha volcado del Concilio hacia el mundo moderno. Ha reprobado los errores, sí, porque lo exige, no menos la caridad que la verdad, pero, para las personas, sólo invitación, respeto y amor. El Concilio ha enviado al mundo contemporáneo en lugar de deprimentes diagnósticos, remedios alentadores, en vez de funestos presagios, mensajes de esperanza: sus valores no sólo han sido respetados sino honrados, sostenidos sus incesantes esfuerzos, sus aspiraciones, purificadas y bendecidas … Otra cosa debemos destacar aún: toda esta riqueza doctrinal se vuelca en una única dirección: servir al hombre. Al hombre en todas sus condiciones, en todas sus debilidades, en todas sus necesidades ».[3]

Con estos sentimientos de agradecimiento por cuanto la Iglesia ha recibido y de responsabilidad por la tarea que nos espera, atravesaremos la Puerta Santa, en la plena confianza de sabernos acompañados por la fuerza del Señor Resucitado que continua sosteniendo nuestra peregrinación. El Espíritu Santo que conduce los pasos de los creyentes para que cooperen en la obra de salvación realizada por Cristo, sea guía y apoyo del Pueblo de Dios para ayudarlo a contemplar el rostro de la misericordia.[4]

5. El Año jubilar se concluirá en la solemnidad litúrgica de Jesucristo Rey del Universo, el 20 de noviembre de 2016. En ese día, cerrando la Puerta Santa, tendremos ante todo sentimientos de gratitud y de reconocimiento hacia la Santísima Trinidad por habernos concedido un tiempo extraordinario de gracia. Encomendaremos la vida de la Iglesia, la humanidad entera y el inmenso cosmos a la Señoría de Cristo, esperando que derrame su misericordia como el rocío de la mañana para una fecunda historia, todavía por construir con el compromiso de todos en el próximo futuro. ¡Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! A todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros.

6. « Es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia ».[5] Las palabras de santo Tomás de Aquino muestran cuánto la misericordia divina no sea en absoluto un signo de debilidad, sino más bien la cualidad de la omnipotencia de Dios. Es por esto que la liturgia, en una de las colectas más antiguas, invita a orar diciendo: « Oh Dios que revelas tu omnipotencia sobre todo en la misericordia y el perdón ».[6] Dios será siempre para la humanidad como Aquel que está presente, cercano, providente, santo y misericordioso.

“Paciente y misericordioso” es el binomio que a menudo aparece en el Antiguo Testamento para describir la naturaleza de Dios. Su ser misericordioso se constata concretamente en tantas acciones de la historia de la salvación donde su bondad prevalece por encima del castigo y la destrucción. Los Salmos, en modo particular, destacan esta grandeza del proceder divino: « Él perdona todas tus culpas, y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de gracia y de misericordia » (103,3-4). De una manera aún más explícita, otro Salmo testimonia los signos concretos de su misericordia: « Él Señor libera a los cautivos, abre los ojos de los ciegos y levanta al caído; el Señor protege a los extranjeros y sustenta al huérfano y a la viuda; el Señor ama a los justos y entorpece el camino de los malvados » (146,7-9). Por último, he aquí otras expresiones del salmista: « El Señor sana los corazones afligidos y les venda sus heridas. […] El Señor sostiene a los humildes y humilla a los malvados hasta el polvo » (147,3.6). Así pues, la misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo. Vale decir que se trata realmente de un amor “visceral”. Proviene desde lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón.

7. “Eterna es su misericordia”: es el estribillo que acompaña cada verso del Salmo 136 mientras se narra la historia de la revelación de Dios. En razón de la misericordia, todas las vicisitudes del Antiguo Testamento están cargadas de un profundo valor salvífico. La misericordia hace de la historia de Dios con Israel una historia de salvación. Repetir continuamente “Eterna es su misericordia”, como lo hace el Salmo, parece un intento por romper el círculo del espacio y del tiempo para introducirlo todo en el misterio eterno del amor. Es como si se quisiera decir que no solo en la historia, sino por toda la eternidad el hombre estará siempre bajo la mirada misericordiosa del Padre. No es casual que el pueblo de Israel haya querido integrar este Salmo, el grandehallel como es conocido, en las fiestas litúrgicas más importantes.

Antes de la Pasión Jesús oró con este Salmo de la misericordia. Lo atestigua el evangelista Mateo cuando dice que « después de haber cantado el himno » (26,30), Jesús con sus discípulos salieron hacia el Monte de los Olivos. Mientras instituía la Eucaristía, como memorial perenne de Él y de su Pascua, puso simbólicamente este acto supremo de la Revelación a la luz de la misericordia. En este mismo horizonte de la misericordia, Jesús vivió su pasión y muerte, consciente del gran misterio del amor de Dios que se habría de cumplir en la cruz. Saber que Jesús mismo hizo oración con este Salmo, lo hace para nosotros los cristianos aún más importante y nos compromete a incorporar este estribillo en nuestra oración de alabanza cotidiana: “Eterna es su misericordia”.

8. Con la mirada fija en Jesús y en su rostro misericordioso podemos percibir el amor de la Santísima Trinidad. La misión que Jesús ha recibido del Padre ha sido la de revelar el misterio del amor divino en plenitud. « Dios es amor » (1 Jn 4,8.16), afirma por la primera y única vez en toda la Sagrada Escritura el evangelista Juan. Este amor se ha hecho ahora visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su persona no es otra cosa sino amor. Un amor que se dona gratuitamente. Sus relaciones con las personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. En Él todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión.



Jesús, ante la multitud de personas que lo seguían, viendo que estaban cansadas y extenuadas, pérdidas y sin guía, sintió desde lo profundo del corazón una intensa compasión por ellas (cfr Mt 9,36). A causa de este amor compasivo curó los enfermos que le presentaban (cfr Mt 14,14) y con pocos panes y peces calmó el hambre de grandes muchedumbres (cfr Mt 15,37). Lo que movía a Jesús en todas las circunstancias no era sino la misericordia, con la cual leía el corazón de los interlocutores y respondía a sus necesidades más reales. Cuando encontró la viuda de Naim, que llevaba su único hijo al sepulcro, sintió gran compasión por el inmenso dolor de la madre en lágrimas, y le devolvió a su hijo resucitándolo de la muerte (cfr Lc 7,15). Después de haber liberado el endemoniado de Gerasa, le confía esta misión: « Anuncia todo lo que el Señor te ha hecho y la misericordia que ha obrado contigo » (Mc 5,19). También la vocación de Mateo se coloca en el horizonte de la misericordia. Pasando delante del banco de los impuestos, los ojos de Jesús se posan sobre los de Mateo. Era una mirada cargada de misericordia que perdonaba los pecados de aquel hombre y, venciendo la resistencia de los otros discípulos, lo escoge a él, el pecador y publicano, para que sea uno de los Doce. San Beda el Venerable, comentando esta escena del Evangelio, escribió que Jesús miró a Mateo con amor misericordioso y lo eligió: miserando atque eligendo.[7] Siempre me ha cautivado esta expresión, tanto que quise hacerla mi propio lema.

9. En las parábolas dedicadas a la misericordia, Jesús revela la naturaleza de Dios como la de un Padre que jamás se da por vencido hasta tanto no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y la misericordia. Conocemos estas parábolas; tres en particular: la de la oveja perdida y de la moneda extraviada, y la del padre y los dos hijos (cfr Lc 15,1-32). En estas parábolas, Dios es presentado siempre lleno de alegría, sobre todo cuando perdona. En ellas encontramos el núcleo del Evangelio y de nuestra fe, porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón.

De otra parábola, además, podemos extraer una enseñanza para nuestro estilo de vida cristiano. Provocado por la pregunta de Pedro acerca de cuántas veces fuese necesario perdonar, Jesús responde: « No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete » (Mt 18,22) y pronunció la parábola del “siervo despiadado”. Este, llamado por el patrón a restituir una grande suma, le suplica de rodillas y el patrón le condona la deuda. Pero inmediatamente encuentra otro siervo como él que le debía unos pocos centésimos, el cual le suplica de rodillas que tenga piedad, pero él se niega y lo hace encarcelar. Entonces el patrón, advertido del hecho, se irrita mucho y volviendo a llamar aquel siervo le dice: « ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti? » (Mt 18,33). Y Jesús concluye: « Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos » (Mt 18,35).

La parábola ofrece una profunda enseñanza a cada uno de nosotros. Jesús afirma que la misericordia no es solo el obrar del Padre, sino que ella se convierte en el criterio para saber quiénes son realmente sus verdaderos hijos. Así entonces, estamos llamados a vivir de misericordia, porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado misericordia. El perdón de las ofensas deviene la expresión más evidente del amor misericordioso y para nosotros cristianos es un imperativo del que no podemos prescindir. ¡Cómo es difícil muchas veces perdonar! Y, sin embargo, el perdón es el instrumento puesto en nuestras frágiles manos para alcanzar la serenidad del corazón. Dejar caer el rencor, la rabia, la violencia y la venganza son condiciones necesarias para vivir felices. Acojamos entonces la exhortación del Apóstol: « No permitan que la noche los sorprenda enojados » (Ef 4,26). Y sobre todo escuchemos la palabra de Jesús que ha señalado la misericordia como ideal de vida y como criterio de credibilidad de nuestra fe. « Dichosos los misericordiosos, porque encontrarán misericordia » (Mt 5,7) es la bienaventuranza en la que hay que inspirarse durante este Año Santo.

Como se puede notar, la misericordia en la Sagrada Escritura es la palabra clave para indicar el actuar de Dios hacia nosotros. Él no se limita a afirmar su amor, sino que lo hace visible y tangible. El amor, después de todo, nunca podrá ser una palabra abstracta. Por su misma naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano. La misericordia de Dios es su responsabilidad por nosotros. Él se siente responsable, es decir, desea nuestro bien y quiere vernos felices, colmados de alegría y serenos. Es sobre esta misma amplitud de onda que se debe orientar el amor misericordioso de los cristianos. Como ama el Padre, así aman los hijos. Como Él es misericordioso, así estamos nosotros llamados a ser misericordiosos los unos con los otros.

10. La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo. La Iglesia « vive un deseo inagotable de brindar misericordia ».[8] Tal vez por mucho tiempo nos hemos olvidado de indicar y de andar por la vía de la misericordia. Por una parte, la tentación de pretender siempre y solamente la justicia ha hecho olvidar que ella es el primer paso, necesario e indispensable; la Iglesia no obstante necesita ir más lejos para alcanzar una meta más alta y más significativa. Por otra parte, es triste constatar cómo la experiencia del perdón en nuestra cultura se desvanece cada vez más. Incluso la palabra misma en algunos momentos parece evaporarse. Sin el testimonio del perdón, sin embargo, queda solo una vida infecunda y estéril, como si se viviese en un desierto desolado. Ha llegado de nuevo para la Iglesia el tiempo de encargarse del anuncio alegre del perdón. Es el tiempo de retornar a lo esencial para hacernos cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos. El perdón es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza.

11. No podemos olvidar la gran enseñanza que san Juan Pablo II ofreció en su segunda encíclica Dives in misericordia, que en su momento llegó sin ser esperada y tomó a muchos por sorpresa en razón del tema que afrontaba. Dos pasajes en particular quiero recordar. Ante todo, el santo Papa hacía notar el olvido del tema de la misericordia en la cultura presente: « La mentalidad contemporánea, quizás en mayor medida que la del hombre del pasado, parece oponerse al Dios de la misericordia y tiende además a orillar de la vida y arrancar del corazón humano la idea misma de la misericordia. La palabra y el concepto de misericordia parecen producir una cierta desazón en el hombre, quien, gracias a los adelantos tan enormes de la ciencia y de la técnica, como nunca fueron conocidos antes en la historia, se ha hecho dueño y ha dominado la tierra mucho más que en el pasado (cfr Gn 1,28). Tal dominio sobre la tierra, entendido tal vez unilateral y superficialmente, parece no dejar espacio a la misericordia … Debido a esto, en la situación actual de la Iglesia y del mundo, muchos hombres y muchos ambientes guiados por un vivo sentido de fe se dirigen, yo diría casi espontáneamente, a la misericordia de Dios ».[9]

Además, san Juan Pablo II motivaba con estas palabras la urgencia de anunciar y testimoniar la misericordia en el mundo contemporáneo: « Ella está dictada por el amor al hombre, a todo lo que es humano y que, según la intuición de gran parte de los contemporáneos, está amenazado por un peligro inmenso. El misterio de Cristo ... me obliga al mismo tiempo a proclamar la misericordia como amor compasivo de Dios, revelado en el mismo misterio de Cristo. Ello me obliga también a recurrir a tal misericordia y a implorarla en esta difícil, crítica fase de la historia de la Iglesia y del mundo ».[10] Esta enseñanza es hoy más que nunca actual y merece ser retomada en este Año Santo. Acojamos nuevamente sus palabras: « La Iglesia vive una vida auténtica, cuando profesa y proclama la misericordia – el atributo más estupendo del Creador y del Redentor – y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de las que es depositaria y dispensadora ».[11]

12. La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona. La Esposa de Cristo hace suyo el comportamiento del Hijo de Dios que sale a encontrar a todos, sin excluir ninguno. En nuestro tiempo, en el que la Iglesia está comprometida en la nueva evangelización, el tema de la misericordia exige ser propuesto una vez más con nuevo entusiasmo y con una renovada acción pastoral. Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre.

La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo. De este amor, que llega hasta el perdón y al don de sí, la Iglesia se hace sierva y mediadora ante los hombres. Por tanto, donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia.

13. Queremos vivir este Año Jubilar a la luz de la palabra del Señor: Misericordiosos como el Padre. El evangelista refiere la enseñanza de Jesús: « Sed misericordiosos, como el Padre vuestro es misericordioso » (Lc 6,36). Es un programa de vida tan comprometedor como rico de alegría y de paz. El imperativo de Jesús se dirige a cuantos escuchan su voz (cfr Lc 6,27). Para ser capaces de misericordia, entonces, debemos en primer lugar colocarnos a la escucha de la Palabra de Dios. Esto significa recuperar el valor del silencio para meditar la Palabra que se nos dirige. De este modo es posible contemplar la misericordia de Dios y asumirla como propio estilo de vida.

14. La peregrinación es un signo peculiar en el Año Santo, porque es imagen del camino que cada persona realiza en su existencia. La vida es una peregrinación y el ser humano es viator, un peregrino que recorre su camino hasta alcanzar la meta anhelada. También para llegar a la Puerta Santa en Roma y en cualquier otro lugar, cada uno deberá realizar, de acuerdo con las propias fuerzas, una peregrinación. Esto será un signo del hecho que también la misericordia es una meta por alcanzar y que requiere compromiso y sacrificio. La peregrinación, entonces, sea estímulo para la conversión: atravesando la Puerta Santa nos dejaremos abrazar por la misericordia de Dios y nos comprometeremos a ser misericordiosos con los demás como el Padre lo es con nosotros.

El Señor Jesús indica las etapas de la peregrinación mediante la cual es posible alcanzar esta meta: « No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará: una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque seréis medidos con la medida que midáis » (Lc 6,37-38). Dice, ante todo, no juzgar y no condenar. Si no se quiere incurrir en el juicio de Dios, nadie puede convertirse en el juez del propio hermano. Los hombres ciertamente con sus juicios se detienen en la superficie, mientras el Padre mira el interior. ¡Cuánto mal hacen las palabras cuando están motivadas por sentimientos de celos y envidia! Hablar mal del propio hermano en su ausencia equivale a exponerlo al descrédito, a comprometer su reputación y a dejarlo a merced del chisme. No juzgar y no condenar significa, en positivo, saber percibir lo que de bueno hay en cada persona y no permitir que deba sufrir por nuestro juicio parcial y por nuestra presunción de saberlo todo. Sin embargo, esto no es todavía suficiente para manifestar la misericordia. Jesús pide también perdonar dar. Ser instrumentos del perdón, porque hemos sido los primeros en haberlo recibido de Dios. Ser generosos con todos sabiendo que también Dios dispensa sobre nosotros su benevolencia con magnanimidad.

Así entonces, misericordiosos como el Padre es el “lema” del Año Santo. En la misericordia tenemos la prueba de cómo Dios ama. Él da todo sí mismo, por siempre, gratuitamente y sin pedir nada a cambio. Viene en nuestra ayuda cuando lo invocamos. Es bello que la oración cotidiana de la Iglesia inicie con estas palabras: « Dios mío, ven en mi auxilio; Señor, date prisa en socorrerme » (Sal 70,2). El auxilio que invocamos es ya el primer paso de la misericordia de Dios hacia nosotros. Él viene a salvarnos de la condición de debilidad en la que vivimos. Y su auxilio consiste en permitirnos captar su presencia y cercanía. Día tras día, tocados por su compasión, también nosotros llegaremos a ser compasivos con todos.

15. En este Año Santo, podremos realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea. ¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo hoy! Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos. En este Jubileo la Iglesia será llamada a curar aún más estas heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención. No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye. 
Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo.

Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina. La predicación de Jesús nos presenta estas obras de misericordia para que podamos darnos cuenta si vivimos o no como discípulos suyos. Redescubramos las obras demisericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a  Dios por los vivos y por los difuntos.



No podemos escapar a las palabras del Señor y en base a ellas seremos juzgados: si dimos de comer al hambriento y de beber al sediento. Si acogimos al extranjero y vestimos al desnudo. Si dedicamos tiempo para acompañar al que estaba enfermo o prisionero (cfr Mt 25,31-45). Igualmente se nos preguntará si ayudamos a superar la duda, que hace caer en el miedo y en ocasiones es fuente de soledad; si fuimos capaces de vencer la ignorancia en la que viven millones de personas, sobre todo los niños privados de la ayuda necesaria para ser rescatados de la pobreza; si fuimos capaces de ser cercanos a quien estaba solo y afligido; si perdonamos a quien nos ofendió y rechazamos cualquier forma de rencor o de odio que conduce a la violencia; si tuvimos paciencia siguiendo el ejemplo de Dios que es tan paciente con nosotros; finalmente, si encomendamos al Señor en la oración nuestros hermanos y hermanas. En cada uno de estos “más pequeños” está presente Cristo mismo. Su carne se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga ... para que nosotros los reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado. No olvidemos las palabras de san Juan de la Cruz: « En el ocaso de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor ».[12]

16. En el Evangelio de Lucas encontramos otro aspecto importante para vivir con fe el Jubileo. El evangelista narra que Jesús, un sábado, volvió a Nazaret y, como era costumbre, entró en la Sinagoga. Lo llamaron para que leyera la Escritura y la comentara. El paso era el del profeta Isaías donde está escrito: « El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor » (61,1-2). “Un año de gracia”: es esto lo que el Señor anuncia y lo que deseamos vivir. Este Año Santo lleva consigo la riqueza de la misión de Jesús que resuena en las palabras del Profeta: llevar una palabra y un gesto de consolación a los pobres, anunciar la liberación a cuantos están prisioneros de las nuevas esclavitudes de la sociedad moderna, restituir la vista a quien no puede ver más porque se ha replegado sobre sí mismo, y volver a dar dignidad a cuantos han sido privados de ella. La predicación de Jesús se hace de nuevo visible en las respuestas de fe que el testimonio de los cristianos está llamado a ofrecer. Nos acompañen las palabras del Apóstol: « El que practica misericordia, que lo haga con alegría » (Rm 12,8).

17. La Cuaresma de este Año Jubilar sea vivida con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios. ¡Cuántas páginas de la Sagrada Escritura pueden ser meditadas en las semanas de Cuaresma para redescubrir el rostro misericordioso del Padre! Con las palabras del profeta Miqueas también nosotros podemos repetir: Tú, oh Señor, eres un Dios que cancelas la iniquidad y perdonas el pecado, que no mantienes para siempre tu cólera, pues amas la misericordia. Tú, Señor, volverás a compadecerte de nosotros y a tener piedad de tu pueblo. Destruirás nuestras culpas y arrojarás en el fondo del mar todos nuestros pecados (cfr 7,18-19).

Las páginas del profeta Isaías podrán ser meditadas con mayor atención en este tiempo de oración, ayuno y caridad: « Este es el ayuno que yo deseo: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos; compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no abandonar a tus semejantes. Entonces despuntará tu luz como la aurora y tu herida se curará rápidamente; delante de ti avanzará tu justicia y detrás de ti irá la gloria del Señor. Entonces llamarás, y el Señor responderá; pedirás auxilio, y él dirá: “¡Aquí estoy!”. Si eliminas de ti todos los yugos, el gesto amenazador y la palabra maligna; si partes tu pan con el hambriento y sacias al afligido de corazón, tu luz se alzará en las tinieblas y tu oscuridad será como al mediodía. El Señor te guiará incesantemente, te saciará en los ardores del desierto y llenará tus huesos de vigor; tú serás como un jardín bien regado, como una vertiente de agua, cuyas aguas nunca se agotan » (58,6-11).

La iniciativa “24 horas para el Señor”, a celebrarse durante el viernes y sábado que anteceden el IV domingo de Cuaresma, se incremente en las Diócesis. Muchas personas están volviendo a acercarse al sacramento de la Reconciliación y entre ellas muchos jóvenes, quienes en una experiencia semejante suelen reencontrar el camino para volver al Señor, para vivir un momento de intensa oración y redescubrir el sentido de la propia vida. De nuevo ponemos convencidos en el centro el sacramento de la Reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia. Será para cada penitente fuente de verdadera paz interior.

Nunca me cansaré de insistir en que los confesores sean un verdadero signo de la misericordia del Padre. Ser confesores no se improvisa. Se llega a serlo cuando, ante todo, nos hacemos nosotros penitentes en busca de perdón. Nunca olvidemos que ser confesores significa participar de la misma misión de Jesús y ser signo concreto de la continuidad de un amor divino que perdona y que salva. Cada uno de nosotros ha recibido el don del Espíritu Santo para el perdón de los pecados, de esto somos responsables. Ninguno de nosotros es dueño del Sacramento, sino fiel servidor del perdón de Dios. Cada confesor deberá acoger a los fieles como el padre en la parábola del hijo pródigo: un padre que corre al encuentro del hijo no obstante hubiese dilapidado sus bienes. Los confesores están llamados a abrazar ese hijo arrepentido que vuelve a casa y a manifestar la alegría por haberlo encontrado. No se cansarán de salir al encuentro también del otro hijo que se quedó afuera, incapaz de alegrarse, para explicarle que su juicio severo es injusto y no tiene ningún sentido ante la misericordia del Padre que no conoce confines. No harán preguntas impertinentes, sino como el padre de la parábola interrumpirán el discurso preparado por el hijo pródigo, porque serán capaces de percibir en el corazón de cada penitente la invocación de ayuda y la súplica de perdón. En fin, los confesores están llamados a ser siempre, en todas partes, en cada situación y a pesar de todo, el signo del primado de la misericordia.

18. Durante la Cuaresma de este Año Santo tengo la intención de enviar los Misioneros de la Misericordia. Serán un signo de la solicitud materna de la Iglesia por el Pueblo de Dios, para que entre en profundidad en la riqueza de este misterio tan fundamental para la fe. Serán sacerdotes a los cuales daré la autoridad de perdonar también los pecados que están reservados a la Sede Apostólica, para que se haga evidente la amplitud de su mandato. Serán, sobre todo, signo vivo de cómo el Padre acoge cuantos están en busca de su perdón. Serán misioneros de la misericordia porque serán los artífices ante todos de un encuentro cargado de humanidad, fuente de liberación, rico de responsabilidad, para superar los obstáculos y retomar la vida nueva del Bautismo. Se dejarán conducir en su misión por las palabras del Apóstol: « Dios sometió a todos a la desobediencia, para tener misericordia de todos » (Rm 11,32). Todos entonces, sin excluir a nadie, están llamados a percibir el llamamiento a la misericordia. Los misioneros vivan esta llamada conscientes de poder fijar la mirada sobre Jesús, « sumo sacerdote misericordioso y digno de fe » (Hb 2,17).

Pido a los hermanos Obispos que inviten y acojan estos Misioneros, para que sean ante todo predicadores convincentes de la misericordia. Se organicen en las Diócesis “misiones para el pueblo” de modo que estos Misioneros sean anunciadores de la alegría del perdón. Se les pida celebrar el sacramento de la Reconciliación para los fieles, para que el tiempo de gracia donado en el Año jubilar permita a tantos hijos alejados encontrar el camino de regreso hacia la casa paterna. Los Pastores, especialmente durante el tiempo fuerte de Cuaresma, sean solícitos en invitar a los fieles a acercarse « al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia » (Hb 4,16).

19. La palabra del perdón pueda llegar a todos y la llamada a experimentar la misericordia no deje a ninguno indiferente. Mi invitación a la conversión se dirige con mayor insistencia a aquellas personas que se encuentran lejanas de la gracia de Dios debido a su conducta de vida. Pienso en modo particular a los hombres y mujeres que pertenecen a algún grupo criminal, cualquiera que éste sea. Por vuestro bien, os pido cambiar de vida. Os lo pido en el nombre del Hijo de Dios que si bien combate el pecado nunca rechaza a ningún pecador. No caigáis en la terrible trampa de pensar que la vida depende del dinero y que ante él todo el resto se vuelve carente de valor y dignidad. Es solo una ilusión. No llevamos el dinero con nosotros al más allá. El dinero no nos da la verdadera felicidad. La violencia usada para amasar fortunas que escurren sangre no convierte a nadie en poderoso ni inmortal. Para todos, tarde o temprano, llega el juicio de Dios al cual ninguno puede escapar.  

La misma llamada llegue también a todas las personas promotoras o cómplices de corrupción. Esta llaga putrefacta de la sociedad es un grave pecado que grita hacia el cielo pues mina desde sus fundamentos la vida personal y social. La corrupción impide mirar el futuro con esperanza porque con su prepotencia y avidez destruye los proyectos de los débiles y oprime a los más pobres. Es un mal que se anida en gestos cotidianos para expandirse luego en escándalos públicos. La corrupción es una obstinación en el pecado, que pretende sustituir a Dios con la ilusión del dinero como forma de poder. Es una obra de las tinieblas, sostenida por la sospecha y la intriga. Corruptio optimi pessima, decía con razón san Gregorio Magno, para indicar que ninguno puede sentirse inmune de esta tentación. Para erradicarla de la vida personal y social son necesarias prudencia, vigilancia, lealtad, transparencia, unidas al coraje de la denuncia. Si no se la combate abiertamente, tarde o temprano busca cómplices y destruye la existencia.

¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida! Este es el tiempo para dejarse tocar el corazón. Ante el mal cometido, incluso crímenes graves, es el momento de escuchar el llanto de todas las personas inocentes depredadas de los bienes, la dignidad, los afectos, la vida misma. Permanecer en el camino del mal es sólo fuente de ilusión y de tristeza. La verdadera vida es algo bien distinto. Dios no se cansa de tender la mano. Está dispuesto a escuchar, y también yo lo estoy, al igual que mis hermanos obispos y sacerdotes. Basta solamente que acojáis la llamada a la conversión y os sometáis a la justicia mientras la Iglesia os ofrece misericordia. 

20. No será inútil en este contexto recordar la relación existente entre justicia misericordia. No son dos momentos contrastantes entre sí, sino dos dimensiones de una única realidad que se desarrolla progresivamente hasta alcanzar su ápice en la plenitud del amor. La justicia es un concepto fundamental para la sociedad civil cuando, normalmente, se hace referencia a un orden jurídico a través del cual se aplica la ley. Con la justicia se entiende también que a cada uno se debe dar lo que le es debido. En la Biblia, muchas veces se hace referencia a la justicia divina y a Dios como juez. Generalmente es entendida como la observación integral de la ley y como el comportamiento de todo buen israelita conforme a los mandamientos dados por Dios. Esta visión, sin embargo, ha conducido no pocas veces a caer en el legalismo, falsificando su sentido originario y oscureciendo el profundo valor que la justicia tiene. Para superar la perspectiva legalista, sería necesario recordar que en la Sagrada Escritura la justicia es concebida esencialmente como un abandonarse confiado en la voluntad de Dios.



Por su parte, Jesús habla muchas veces de la importancia de la fe, más bien que de la observancia de la ley. Es en este sentido que debemos comprender sus palabras cuando estando a la mesa con Mateo y otros publicanos y pecadores, dice a los fariseos que le replicaban: « Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores » (Mt 9,13). Ante la visión de una justicia como mera observancia de la ley que juzga, dividiendo las personas en justos y pecadores, Jesús se inclina a mostrar el gran don de la misericordia que busca a los pecadores para ofrecerles el perdón y la salvación. Se comprende por qué, en presencia de una perspectiva tan liberadora y fuente de renovación, Jesús haya sido rechazado por los fariseos y por los doctores de la ley. Estos, para ser fieles a la ley, ponían solo pesos sobre las espaldas de las personas, pero así frustraban la misericordia del Padre. El reclamo a observar la ley no puede obstaculizar la atención a las necesidades que tocan la dignidad de las personas.  

Al respecto es muy significativa la referencia que Jesús hace al profeta Oseas –« yo quiero amor, no sacrificio » (6, 6). Jesús afirma que de ahora en adelante la regla de vida de sus discípulos deberá ser la que da el primado a la misericordia, como Él mismo testimonia compartiendo la mesa con los pecadores. La misericordia, una vez más, se revela como dimensión fundamental de la misión de Jesús. Ella es un verdadero reto para sus interlocutores que se detienen en el respeto formal de la ley. Jesús, en cambio, va más allá de la ley; su compartir con aquellos que la ley consideraba pecadores permite comprender hasta dónde llega su misericordia.

También el Apóstol Pablo hizo un recorrido parecido. Antes de encontrar a Jesús en el camino a Damasco, su vida estaba dedicada a perseguir de manera irreprensible la justicia de la ley (cfr Flp 3,6). La conversión a Cristo lo condujo a ampliar su visión precedente al punto que en la carta a los Gálatas afirma: « Hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la Ley » (2,16). Su comprensión de la justicia ha cambiado ahora radicalmente. Pablo pone en primer lugar la fe y no más la ley. No es la observancia de la ley lo que salva, sino la fe en Jesucristo, que con su muerte y resurrección trae la salvación junto con la misericordia que justifica. La justicia de Dios se convierte ahora en liberación para cuantos están oprimidos por la esclavitud del pecado y sus consecuencias. La justicia de Dios es su perdón (cfr Sal 51,11-16).

21. La misericordia no es contraria a la justicia sino que expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer. La experiencia del profeta Oseas viene en nuestra ayuda para mostrarnos la superación de la justicia en dirección hacia la misericordia. La época de este profeta se cuenta entre las más dramáticas de la historia del pueblo hebreo. El Reino está cercano de la destrucción; el pueblo no ha permanecido fiel a la alianza, se ha alejado de Dios y ha perdido la fe de los Padres. Según una lógica humana, es justo que Dios piense en rechazar el pueblo infiel: no ha observado el pacto establecido y por tanto merece la pena correspondiente, el exilio. Las palabras del profeta lo atestiguan: « Volverá al país de Egipto, y Asur será su rey, porque se han negado a convertirse » (Os 11,5). Y sin embargo, después de esta reacción que apela a la justicia, el profeta modifica radicalmente su lenguaje y revela el verdadero rostro de Dios: « Mi corazón se convulsiona dentro de mí, y al mismo tiempo se estremecen mis entrañas. No daré curso al furor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraín, porque soy Dios, no un hombre; el Santo en medio de ti y no es mi deseo aniquilar » (11,8-9). San Agustín, como comentando las palabras del profeta dice: « Es más fácil que Dios contenga la ira que la misericordia ».[13] Es precisamente así. La ira de Dios dura un instante, mientras que su misericordia dura eternamente.

Si Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios, sería como todos los hombres que invocan respeto por la ley. La justicia por sí misma no basta, y la experiencia enseña que apelando solamente a ella se corre el riesgo de destruirla. Por esto Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón. Esto no significa restarle valor a la justicia o hacerla superflua, al contrario. Quien se equivoca deberá expiar la pena. Solo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón. Dios no rechaza la justicia. Él la engloba y la supera en un evento superior donde se experimenta el amor que está a la base de una verdadera justicia. Debemos prestar mucha atención a cuanto escribe Pablo para no caer en el mismo error que el Apóstol reprochaba a sus contemporáneos judíos: « Desconociendo la justicia de Dios y empeñándose en establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. 

Porque el fin de la ley es Cristo, para justificación de todo el que cree » (Rm 10,3-4). Esta justicia de Dios es la misericordia concedida a todos como gracia en razón de la muerte y resurrección de Jesucristo. La Cruz de Cristo, entonces, es el juicio de Dios sobre todos nosotros y sobre el mundo, porque nos ofrece la certeza del amor y de la vida nueva.

22. El Jubileo lleva también consigo la referencia a la indulgencia. En el Año Santo de la Misericordia ella adquiere una relevancia particular. El perdón de Dios por nuestros pecados no conoce límites. En la muerte y resurrección de Jesucristo, Dios hace evidente este amor que es capaz incluso de destruir el pecado de los hombres. Dejarse reconciliar con Dios es posible por medio del misterio pascual y de la mediación de la Iglesia. Así entonces, Dios está siempre disponible al perdón y nunca se cansa de ofrecerlo de manera siempre nueva e inesperada.

Todos nosotros, sin embargo, vivimos la experiencia del pecado. Sabemos que estamos llamados a la perfección (cfr Mt 5,48), pero sentimos fuerte el peso del pecado. Mientras percibimos la potencia de la gracia que nos transforma, experimentamos también la fuerza del pecado que nos condiciona. No obstante el perdón, llevamos en nuestra vida las contradicciones que son consecuencia de nuestros pecados. En el sacramento de la Reconciliación Dios perdona los pecados, que realmente quedan cancelados; y sin embargo, la huella negativa que los pecados dejan en nuestros comportamientos y en nuestros pensamientos permanece. La misericordia de Dios es incluso más fuerte que esto. Ella se transforma en indulgencia del Padre que a través de la Esposa de Cristo alcanza al pecador perdonado y lo libera de todo residuo, consecuencia del pecado, habilitándolo a obrar con caridad, a crecer en el amor más bien que a recaer en el pecado.
La Iglesia vive la comunión de los Santos. En la Eucaristía esta comunión, que es don de Dios, actúa como unión espiritual que nos une a los creyentes con los Santos y los Beatos cuyo número es incalculable (cfr Ap 7,4). Su santidad viene en ayuda de nuestra fragilidad, y así la Madre Iglesia es capaz con su oración y su vida de ir al encuentro de la debilidad de unos con la santidad de otros. Vivir entonces la indulgencia en el Año Santo significa acercarse a la misericordia del Padre con la certeza que su perdón se extiende sobre toda la vida del creyente. Indulgencia es experimentar la santidad de la Iglesia que participa a todos de los beneficios de la redención de Cristo, para que el perdón sea extendido hasta las extremas consecuencias a la cual llega el amor de Dios. Vivamos intensamente el Jubileo pidiendo al Padre el perdón de los pecados y la dispensación de su indulgencia misericordiosa.

23. La misericordia posee un valor que sobrepasa los confines de la Iglesia. Ella nos relaciona con el judaísmo y el islam, que la consideran uno de los atributos más calificativos de Dios. Israel primero que todo recibió esta revelación, que permanece en la historia como el comienzo de una riqueza inconmensurable de ofrecer a la entera humanidad. Como hemos visto, las páginas del Antiguo Testamento están entretejidas de misericordia porque narran las obras que el Señor ha realizado en favor de su pueblo en los momentos más difíciles de su historia. El islam, por su parte, entre los nombres que le atribuye al Creador está el de Misericordioso y Clemente. Esta invocación aparece con frecuencia en los labios de los fieles musulmanes, que se sienten acompañados y sostenidos por la misericordia en su cotidiana debilidad. También ellos creen que nadie puede limitar la misericordia divina porque sus puertas están siempre abiertas.

Este Año Jubilar vivido en la misericordia pueda favorecer el encuentro con estas religiones y con las otras nobles tradiciones religiosas; nos haga más abiertos al diálogo para conocernos y comprendernos mejor; elimine toda forma de cerrazón y desprecio, y aleje cualquier forma de violencia y de discriminación.

24. El pensamiento se dirige ahora a la Madre de la Misericordia. La dulzura de su mirada nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios. Ninguno como María ha conocido la profundidad del misterio de Dios hecho hombre. Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne. La Madre del Crucificado Resucitado entró en el santuario de la misericordia divina porque participó íntimamente en el misterio de su amor.

Elegida para ser la Madre del Hijo de Dios, María estuvo preparada desde siempre por el amor del Padre para ser Arca de la Alianza entre Dios y los hombres. Custodió en su corazón la divina misericordia en perfecta sintonía con su Hijo Jesús. Su canto de alabanza, en el umbral de la casa de Isabel, estuvo dedicado a la misericordia que se extiende « de generación en generación » (Lc 1,50). También nosotros estábamos presentes en aquellas palabras proféticas de la Virgen María. Esto nos servirá de consolación y de apoyo mientras atravesaremos la Puerta Santa para experimentar los frutos de la misericordia divina.

Al pie de la cruz, María junto con Juan, el discípulo del amor, es testigo de las palabras de perdón que salen de la boca de Jesús. El perdón supremo ofrecido a quien lo ha crucificado nos muestra hasta dónde puede llegar la misericordia de Dios. María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir a ninguno. Dirijamos a ella la antigua y siempre nueva oración del Salve Regina, para que nunca se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo Jesús.

Nuestra plegaria se extienda también a tantos Santos y Beatos que hicieron de la misericordia su misión de vida. En particular el pensamiento se dirige a la grande apóstol de la misericordia, santa Faustina Kowalska. Ella que fue llamada a entrar en las profundidades de la divina misericordia, interceda por nosotros y nos obtenga vivir y caminar siempre en el perdón de Dios y en la inquebrantable confianza en su amor.

25. Un Año Santo extraordinario, entonces, para vivir en la vida de cada día la misericordia que desde siempre el Padre dispensa hacia nosotros. En este Jubileo dejémonos sorprender por Dios. Él nunca se cansa de destrabar la puerta de su corazón para repetir que nos ama y quiere compartir con nosotros su vida. La Iglesia siente la urgencia de anunciar la misericordia de Dios. Su vida es auténtica y creíble cuando con convicción hace de la misericordia su anuncio. Ella sabe que la primera tarea, sobre todo en un momento como el nuestro, lleno de grandes esperanzas y fuertes contradicciones, es la de introducir a todos en el misterio de la misericordia de Dios, contemplando el rostro de Cristo. La Iglesia está llamada a ser el primer testigo veraz de la misericordia, profesándola y viviéndola como el centro de la Revelación de Jesucristo. Desde el corazón de la Trinidad, desde la intimidad más profunda del misterio de Dios, brota y corre sin parar el gran río de la misericordia. Esta fuente nunca podrá agotarse, sin importar cuántos sean los que a ella se acerquen. Cada vez que alguien tendrá necesidad podrá venir a ella, porque la misericordia de Dios no tiene fin. Es tan insondable la profundidad del misterio que encierra, tan inagotable la riqueza que de ella proviene.

En este Año Jubilar la Iglesia se convierta en el eco de la Palabra de Dios que resuena fuerte y decidida como palabra y gesto de perdón, de soporte, de ayuda, de amor. Nunca se canse de ofrecer misericordia y sea siempre paciente en el confortar y perdonar. La Iglesia se haga voz de cada hombre y mujer y repita con confianza y sin descanso: « Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor; que son eternos » (Sal 25,6).

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 11 de abril, Vigilia del Segundo Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia, del Año del Señor 2015, tercero de mi pontificado.
Franciscus



[1] Cfr Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, 4.
[2] Discurso de apertura del Conc. Ecum. Vat. II, Gaudet Mater Ecclesia, 11 de octubre de 1962, 2-3.
[3]Alocución en la última sesión pública, 7 de diciembre de 1965.
[4] Cfr Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 16; Const. past. Gaudium et spes, 15.
[5] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 30, a. 4.
[6] XXVI domingo del tiempo ordinario. Esta colecta se encuentra ya en el Siglo VIII, entre los textos eucológicos delSacramentario Gelasiano (1198).
[7] Cfr Hom. 21: CCL 122, 149-151.
[8] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24.
[9] N. 2.
[10] Carta Enc. Dives in misericordia, 15.
[11]Ibíd., 13.
[12]Palabras de luz y de amor, 57.
[13]Enarr. in Ps. 76, 11.

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