miércoles, 18 de noviembre de 2015

MONSEÑOR ROMERO, PASTOR Y MÁRTIR.



                                       

                                        Por Pbro. Lic. José Alfredo Monreal Sotelo


            Monseñor Óscar Arnulfo Romero fue beatificado, el 23 de mayo de 2015, en una Eucaristía presidida por el Cardenal Ángelo Amato, Prefecto de la Congregación para la causa de los santos, y concelebrada por Mons. Vicenzo Paglia, Presidente del Consejo para la Familia y Postulador de la causa de beatificación de Mons. Romero, y Mons. José Luis Escobar Alas, Arzobispo de San Salvador. Además de numerosos arzobispos y obispos, asistieron más de 1,400 sacerdotes y más de 750,000 fieles. Esta Celebración fue un reconocimiento de parte de la Iglesia del testimonio y martirio de Mons. Romero y de la sabiduría del Pueblo de Dios que desde los primeros años lo declaró como San Romero de América, Pastor y Mártir.

            El 22 de febrero de 1977, Monseñor Romero fue nombrado arzobispo de San Salvador. Tres años más tarde, el 24 de marzo de 1980, fue asesinado en el altar, mientras celebraba la Eucaristía. La vivencia de su ministerio se realizó en el contexto de conflicto que sufría su país y que de 1980 a 1992, alcanzó dimensiones de guerra civil.   

Hoy, nuestro encuentro se ubica en relación al acontecimiento de la Beatificación de Monseñor Óscar Arnulfo Romero. En esta presentación desarrollaré el tema en dos partes: primero retomaremos la experiencia de martirio vivida en América Latina; y luego, los rasgos de la vida de Mons. Romero.  

1.     EL MARTIRIO EN AMÉRICA LATINA.
            Las palabras “persecución” y “martirio” evocan para muchos de nosotros en la actualidad muerte heroica, sangre, suplicios, catacumbas.  La palabra mártir, común a todas las lenguas de los pueblos cristianos, significa originalmente testigo. El mártir atestigua su fe en Jesús como único Señor excluyendo a cualquier otro, aunque sea el emperador. El cristiano no corre al encuentro del martirio, aunque a veces haya ocurrido eso; puede huir de la persecución, pero cuando es detenido, da testimonio hasta el fin, siguiendo a Jesús también en su pasión y muerte. El mártir se identifica con Jesús.  

Hacia el año 155, para el redactor de la carta que narra el martirio de San Policarpo, discípulo de San Juan, y para los fieles de la Iglesia de Esmirna, mártir y martirio tienen plenamente el actual sentido de testimonio consumado por la muerte. La misma conclusión se saca del texto que las Iglesias de Lyon y Vienne enviaron a las de Asia y Frigia, sobre los mártires del año 177. Así mismo, señalaba San Agustín a sus fieles de Hipona en el 416 que los mártires sufrieron todo lo que sufrieron por dar testimonio o de lo que ellos por sí mismos vieron o de lo que oyeron, toda vez que su testimonio no era grato a los hombres contra quienes lo daban. Como testigos de Dios sufrieron. Quiso Dios tener por testigos a los hombres, a fin de que los hombres tengan por testigos a Dios.

            El martirio hace profundizar en cualquier momento histórico en el misterio de Cristo crucificado y de la Cruz: “Escándalo para los judíos, locura para los paganos. Pero, para quien cree, es fuerza, sabiduría de Dios y valor para luchar por el Reino” (1Cor 1,18-31).  

            En América Latina se vivió, en la segunda mitad del siglo XX, una dimensión de persecución y martirio. La situación denunciada por la Iglesia en Medellín (1968) y en Puebla (1979) y las opciones que desde la fe se asumieron, generaron una dinámica de represión por parte de los poderosos hacia quienes tomaron en serio el mensaje de estas Asambleas y asumieron un compromiso cristiano. Por eso, el filósofo historiador Enrique Dussel llamó a este momento: “De Medellín a Puebla una década de sangre y esperanza”. Con la novedad que esta persecución fue realizada por muchos que se consideraban cristianos.

            Los mártires latinoamericanos se cuentan entre los miembros de las Comisiones de Derechos Humanos y de la pastoral de la tierra en Brasil; responsables de Cáritas; distribuidores de víveres a los pobres, como el indígena Jerónimo en México; enfermeros (as), como Leonardo Matute en Ocotal, Nicaragua, o Silvia Maribel, en El Salvador; los que protegían refugiados, como Elpidio Cruz, en Honduras; los que trabajaban en refugios o con huérfanos, como las misioneras Jean Donovan, Ita Ford, Maura Clarke, Dorothy Kasel, en El Salvador; los que procuran favorecer la paz y evitar violencias, como Josimo Morae, Ezequiel Ramín, Rudolf Lunkenbein, en Brasil; los que entierran a los muertos, como aconteció varias veces en Guatemala, El Salvador y Bolivia; Sacerdotes de varios países y obispos como Óscar Arnulfo Romero.

            Además, conviene considerar que Monseñor Romero, el Padre Alirio Napoleón Macías, el diácono José Othmaro Cáceres y varios grupos de catequistas en El Salvador y Guatemala, fueron muertos dentro de templos y muchas veces en una celebración religiosa. Aquí se pueden incluir los mártires de Acteal, Chiapas.

La sangre derramada por los mártires es convocadora y es semilla de nuevos cristianos, como decía Tertuliano. El pueblo de Aguilares, en El Salvador, repetía: “Nuestro mártir, Padre Rutilio Grande, no es sólo para ser recordado, sino para ser actualizado. Debemos continuar lo que él ha comenzado. En vez de un solo Rutilio, vamos a tener diez, veinte, cien Rutilios”. Ante la noticia de la muerte del Padre Rutilio, el Padre Arrupe, expresó en Roma días después: “Me parece una señal clara del Señor (le había precedido en corto plazo, el padre Joáo Bosco P. Burnier), han sido hombres de cualidades humanas normales, de vida oculta, casi desconocidos, que vivían en pueblos pequeños, dedicados por completo al servicio diario de los pobres y de los que sufren. Por lo tanto, testimonios individuales e indudables de servicio a la fe y de promoción de la justicia”.

            Un ministro de la Palabra en El Salvador decía: “mataron a mi hermano por el único delito de ser cristiano. Eso nos dio fuerza para continuar. Si él no hubiera muerto quizá nosotros no hubiéramos descubierto ni comprendido el pecado tan horrendo de la injusticia”.

Los mártires de Latinoamérica han sido gentes de compasión y misericordia. Aquí, el martirio ha sido consecuencia de un gran amor a los pobres, a los que sufren injusticia, opresión, represión y muerte. Los mártires no han dado su vida para conseguir algo para ellos (poder, riqueza), sino para que las mayorías tengan vida. Por eso son en sí mismos profecía contra la injusticia y utopía de vida.

            Desde la perspectiva de valorar el testimonio de los mártires, Pedro Casaldáliga, obispo de S. Félix, Brasil, alertaba a sus hermanos claretianos de Formosa, Argentina, a  recuperar la memoria de los mártires, de los muertos, de los desaparecidos. Les indicaba: “por el amor de Dios, no se olviden de nuestros mártires”.

            2. VIDA Y TESTIMONIO DE ÓSCAR ARNULFO ROMERO Y GALDÁMEZ.
            Óscar Arnulfo Romero nació hace casi un siglo, el día 15 de agosto de 1917, en Ciudad Barrios, departamento de San Miguel, a unos 200 kilómetros al noroeste de la capital, casi en la frontera con Honduras, en el seno de una familia humilde. Su padre, Santos Romero, era telegrafista. Su madre, Guadalupe de Jesús, una santa; y de su matrimonio nacieron 8 hijos. Así, los primeros años de vida de Monseñor fueron dedicados a la carpintería para contribuir al ingreso familiar.

            A los trece años, Óscar entró en el Seminario Menor de San Miguel; el joven seminarista se sintió agusto en aquel Seminario. Los padres claretianos lo dirigían con sentido de paternidad y espíritu humanista. Óscar por su parte, trabajaba los veranos, alguno de ellos incluso en la mina, para colaborar en su sostenimiento. Los estudios eclesiásticos los concluyó en Roma, en la Pontificia Universidad Gregoriana y como alumno del Colegio Pío Latinoamericano. Fue ordenado sacerdote en Roma, a la edad de 24 años, el 4 de abril de 1942. Sus intenciones eran continuar en Roma para doctorarse en Teología, pero la Segunda Guerra Mundial truncó su proyecto, por lo que en agosto de 1943 regresó a El Salvador. La estancia en Roma desarrolló en Romero un apego afectuoso a la figura del Papa que jamás abandonó en su vida. De manera especial manifestó admiración hacia el Papa Pío XI, de quien reconoció su firmeza y la audacia para enfrentarse sin miedo a los poderosos.

Ya de regreso a su tierra natal fue nombrado párroco de Anamorós, así iniciarían más de 20 años de dedicación a la oración y a la pastoral. Luego fue designado Rector de la Catedral, Director del seminario de San Miguel y después del Interdiocesano, en San Salvador. En 1967, secretario general de la Conferencia Episcopal en el Salvador.

            El 21 de junio de 1970 fue consagrado obispo auxiliar de Mons. Luis Chávez y González, a quien sustituyó posteriormente en la Sede Metropolitana de El Salvador el 22 de febrero de 1977, después de haber sido, desde el 15 de octubre de 1974, obispo en Santiago de María.

            En este momento la Iglesia de El Salvador vivía momentos de reformas inspiradas en el Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín. Estas reformas se orientaban a la opción por lo pobres y en un nuevo entendimiento de la evangelización. En este contexto de búsqueda y conflicto, en los días posteriores a la toma de posesión de Mons. Romero a su Sede de San Salvador, fue asesinado el Padre Rutilio Grande, amigo cercano a Mons. Romero. Este hecho marcó fuertemente su modo de vivir el ministerio episcopal y a partir de este momento su trabajo se inclinó a la defensa de los desprotegidos, en especial de los campesinos perseguidos.

            Lo que pasó en las primeras semanas fue solo una escaramuza a comparación de lo que sucedería más tarde. Durante tres años Mons. Romero vio que El Salvador se precipitaba a la guerra civil. Empezaba aquella tormenta de violencia que la Comisión de la Verdad para El Salvador ha definido posteriormente con estas palabras: «La violencia fue una llamarada que avanzó por los campos de El Salvador, invadió las aldeas, copó los caminos, destruyó carreteras y puentes, llegó a las ciudades, penetró en las familias, en los recintos sagrados y en los centros educativos, golpeó a la justicia y a la administración pública, la llenó de víctimas, señaló como enemigos a quienquiera que no aparecía en la lista de amigos… Las víctimas eran salvadoreños y extranjeros de todas las procedencias». En este período convulsionado, la Iglesia y los cristianos de El Salvador fueron perseguidos. Tener una Biblia o un Evangelio se convirtió en algo peligroso, sobre todo en el campo.

            Para Monseñor Romero, Dios se encuentra entre los pobres, los humildes y los débiles. En la Navidad de 1979 predicaba en este sentido: «Cristo, el más pobre, envuelto en pañales, es la imagen de un Dios que se anonada. Lo que la teología llama kenosis… Esta noche no busquemos a Cristo entre las opulencias del mundo, entre las idolatrías de la riqueza, entre los afanes de poder, entre las intrigas de los grandes. Allí no está Dios. Busquemos a Dios…, entre los niños desnutridos que se han acostado esta noche sin tener que comer. Entre los pobrecitos vendedores de periódicos que dormirán arropados de diarios allá en los portales. Entre el pobrecito lustrador que tal vez se ha ganado lo necesario para llevar un regalito a su mamá, o, quién sabe, el vendedor de periódicos que no logró vender los periódicos y recibirá una tremenda reprimenda… O el joven campesino, obrero, el que no tiene trabajo, el que sufre la enfermedad en esta noche. No todo es alegría, hay mucho sufrimiento, hay muchos hogares destrozados, hay mucho dolor, hay mucha pobreza. Hermanos, todo eso no lo miremos con demagogia. El Dios de los pobres ha asumido todo eso y le está enseñando al dolor humano el valor redentor, el valor que tiene para redimir al mundo la pobreza, el sufrimiento, la cruz. No hay redención sin cruz».

            El Sr. Obispo Óscar Arnulfo expresaba continuamente que la Palabra de Dios, el Evangelio y la Iglesia han de iluminar al hombre, la realidad, la política. Él rescata para la Iglesia y para América Latina el profetismo del pueblo de Israel. Esta herencia del profetismo resonó con fuerza en sus homilías dominicales. No es casual que muchos definieran sus homilías con una sola palabra: verdad. En cada Misa él denunciaba con valentía los atropellos y atrocidades que realizaban la policía y el ejército de El Salvador para reprimir cualquier manifestación de personas que reivindicaban sus derechos o se organizaban. En una ocasión dijo: «De qué sirven tantas reformas (se refería a las reformas económicas) si van teñidas con tanta sangre». Y es famosa la frase de su homilía poco antes de su muerte: «En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben al cielo; en nombre de Dios pues, les ruego, les suplico, les ordeno: en nombre de Dios: ¡cese la represión!».

            Monseñor Romero fue un Profeta que supo escuchar a su pueblo y supo escuchar a Dios y de esta manera supo anunciar y denunciar. Él quería una iglesia fiel a Jesús y que se comprometiera decididamente con la construcción del Reino de Dios. A todo esto se comprometió Mons. Romero y por esto dio su vida.
            El día 24 de marzo de 1980, fue alcanzado por la bala de un francotirador mientras oficiaba la Misa en el hospital de la Divina Providencia: un hospital para cancerosos.

            Desde el mismo momento de su muerte, la persona y el testimonio de Monseñor Romero despertó en el pueblo estimación y admiración. “San Romero de América, Pastor y mártir nuestro”, lo llamó el poeta y obispo Pedro Casaldáliga en un bello e insuperable poema que canta a la figura de Monseñor Romero.                          

            El Papa Francisco, en su carta con el motivo de la beatificación, señaló: “En ese hermoso país bañado por el Océano Pacífico, el Señor concedió a su Iglesia un Obispo celoso que amando a Dios y sirviendo a los hermanos, se convirtió en imagen de Cristo Buen Pastor. En tiempos de difícil convivencia, Monseñor Romero supo guiar, defender y proteger al rebaño, permaneciendo fiel al Evangelio y en comunión con toda la Iglesia. Su ministerio se distinguió por una particular atención a los más pobres y marginados. Y en el momento de su muerte, mientras celebraba el Santo sacrificio del amor y de la reconciliación, recibió la gracia de identificarse plenamente con Aquel que dio la vida por sus ovejas”.

            Cuando Ignacio Ellacuría celebraba la Misa de Monseñor Romero en la UCA (Universidad Centroamericana), justo al día siguiente de su asesinato, expresó: “Con Monseñor Romero Dios pasó por El Salvador”. La memoria del Beato Monseñor Romero sigue viva y su palabra y causa son un testimonio para una Iglesia que intenta ser misionera, Iglesia en salida.

            La Iglesia de El Salvador, de Latinoamérica y del mundo dieron gracias a Dios por la beatificación de Mons. Romero. Eran las II:00 horas de la mañana del 23 de mayo de 2015, cuando el Cardenal Ángelo Amato, en nombre del Papa Francisco, leyó el decreto de beatificación: «Para colmar la esperanza de muchísimos fieles cristianos, habiendo hecho la consulta del caso a la Congregación de los Santos, en virtud de nuestra autoridad apostólica facultamos para que el venerable Siervo de Dios, Óscar Arnulfo Romero Galdámez, obispo y mártir, pastor según el corazón de Cristo, evangelizador y padre de los pobres, testigo heroico del Reino de Dios, reino de justicia, fraternidad y paz, en adelante se le llame Beato y se celebre su fiesta el 24 de marzo, día en que nació para el cielo.»
                                                                                                                                
                                                                                                                                 Jams.
                                                                       Cd. Guzmán, Jal., a 9 de julio de 2015.




                        BIBLIOGRAFIA:
                        AA.VV. (MARINS José), Memoria peligrosa, Ed. CRT, México 1989.
ASPIRANTES JOSEFINOS DE SANTA ANA, EL SALVADOR, Un Pastor ‘con olor a oveja’, en El Propagador, 7 (2015).
                        El Puente, Abril de 2015; Junio/Julio de 2015.
MOROZZO Roberto, Monseñor Romero, Ed. Sígueme, Salamanca 2010.



Puedes consultar el ejemplar digital de pdf  dar un click al vínculo:


EL MENSAJERO DE SANTO TOMÁS, AGOSTO 2015, NÚMERO 1.  FUNDACIÓN SANTO TOMÁS DE AQUINO, AC. PÁGINA 3, DIRECTOR-EDITOR: HÉCTOR ALFONSO RODRÍGUEZ AGUILAR.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario