Por: Lic. Pbro. José Lorenzo Guzmán Jiménez
“Entre
los documentos pontificios revisten especial importancia las Encíclicas, porque
vienen a ser uno de los medios más comúnmente usados por los Sumos Pontífices
para el ejercicio del magisterio ordinario […]. En estos documentos el Papa
instruye a la Iglesia o una parte notable de ella, al Clero, a los Religiosos,
a una nación determinada, sobre problemas de capital importancia, y va
recorriendo todo el campo doctrinal que incumbe a la Iglesia Católica, desde
las materias propiamente religiosas hasta las sociales y políticas”[1].
El documento que nos ocupa esta noche es
precisamente una Carta Encíclica, entregada por el Papa Francisco el pasado 18
de junio. Es conocida con el nombre de Laudato
si’ (Alabado seas)[2], el
cual está tomado del inicio del “Cántico de las criaturas” de San Francisco de
Asís, Patrono de los ecologistas: “Alabado seas, mi Señor”.
La Encíclica tiene como subtítulo: Sobre el cuidado de la casa común, lo
que indica el centro sobre el cual giran las reflexiones hechas por el Papa.
Encíclica significa literalmente “envolver en círculo”[3].
Aunque se trata de un escrito de la Iglesia católica,
Laudato si’ tiene como destinatarios
a todos los habitantes del planeta, no sólo a los católicos ni a los creyentes
en Cristo ni a los hombres de buena voluntad. Su valor, como el de las demás
Encíclicas, no es solamente religioso ya que,tomadas desde el punto de vista
puramente humano y científico “en sí mismas constituyen un estudio filosófico,
social, político o histórico de los problemas a cuya solución van encaminadas”[4].
Les voy a compartir una síntesis que hice del
documento[5].
Ésta ayudará a tener una visión de conjunto de la preocupación que tiene
Francisco por el deterioro de la Creación que Dios puso en manos del ser humano,
y también de la invitación que él hace a toda la familia humana a dialogar
sobre su cuidado y, sobre todo, a cuidarla buscando un desarrollo sostenible
integral.
El Papa considera a la Tierra, al igual que san
Francisco de Asís, como hermana con quien compartimos la experiencia y madre
que nos acoge entre sus brazos y nos cuida. De aquí la obligación de cuidarla.
Es una hermana que protesta por el mal que le provocamos y una madre que se
duele porque despreciamos sus cuidados y abusamos de ella creyendo que somos
sus dueños y que tenemos todo el derecho de saquearla.
Lo que dice Bergoglio no es nuevo, pues los Papas
anteriores –Juan XXIII, Paulo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI– y el Patriarca
ecuménico Bartolomé, han denunciado el maltrato a la naturaleza, debido a las
estructuras humanas y sociales, basadas en el egoísmo, el afán de poder, el
deseo de tener, el ansia de dominio, el abuso del mercado; y han señalado la
necesidad de pedirle perdón, de vivir la conversión para hacernos responsables
de su funcionamiento y de eliminar las causas estructurales de la disfunción de
la economía mundial, para lograr una convivencia armónica. A los cristianos se
nos recuerda que la Creación es un sacramento de comunión con Dios y entre
nosotros los humanos.
El testimonio de San Francisco de Asís, patrono de
los ecologistas, nos compromete a trabajar por una ecología integral, pues son
inseparables la armonía con Dios y con los demás, la preocupación por la
naturaleza, la justicia hacia los pobres, el compromiso social y la paz
interior.
La Encíclica, que tiene seis capítulos, está atravesada por
varios ejes: la relación íntima entre los pobres y la fragilidad del planeta,
la convicción de que todo el mundo está íntimamente conectado, la crítica al
nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología, la
invitación a buscar otros modos de comprender la economía y el progreso, el
valor propio de cada creatura, el sentido humano de la ecología, la necesidad
de debates sinceros y honestos, la grave responsabilidad de la política
internacional y local, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo
estilo de vida.
El Papa
espera que esta Carta encíclica nos ayude a reconocer la grandeza, la urgencia
y la hermosura del desafío que se nos presenta.
1) Lo que le está pasando a nuestra Casa.
Hay
una crisis ecológica y debemos asumir los mejores frutos de la investigación científica
que tenemos disponible, dejarnos tocar en profundidad y hacer concreto el
consiguiente recorrido ético y espiritual. El objetivo no es recoger
información o saciar nuestra curiosidad, sino tomar dolorosa conciencia,
atrevernos a convertir en sufrimiento personal lo que le pasa al mundo, y así
reconocer la contribución que cada quien puede aportar.
La contaminación afecta cotidianamente la salud de
las personas, especialmente de los más pobres, provocando millones de muertes
prematuras. Esto está íntimamente ligado a la cultura del descarte, que
rápidamente convierte todo –incluidos los seres humanos excluidos– en basura.
La tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito
de porquería. Nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema
climático que, pasando por las migraciones de animales y personas, provocará la
extinción de parte de la biodiversidad del planeta. Los peores impactos
recaerán probablemente sobre los países en desarrollo.
En muchos lugares la demanda del agua supera a la
oferta sostenible, mientras se deteriora la calidad del agua disponible hay
lugares en que se tiende a privatizarla, siendo que es un derecho humano
básico; muchos pobres no tienen acceso a ella y por dondequiera se derrocha.
Los recursos de la tierra están siendo depredados,
las selvas y bosques se están perdiendo, miles de especies animales están
desapareciendo, lo que lleva a un desequilibrio de los ecosistemas
Entre los componentes
sociales del cambio global se incluyen los efectos laborales de algunas
innovaciones tecnológicas, la exclusión social, la inequidad en la
disponibilidad y el consumo de energía y de otros servicios, la fragmentación
social, el crecimiento de la violencia y el surgimiento de nuevas formas de agresividad
social, el narcotráfico y el consumo creciente de drogas entre los más jóvenes,
la pérdida de identidad.
El ambiente humano y el natural se degradan juntos,
lo que afecta de modo especial a los más débiles del planeta. Una minoría se
cree con el derecho de consumir en una proporción que sería imposible
generalizar.
El gemido de la hermana tierra se une al gemido de
los abandonados del mundo, con un clamor que nos reclama otro rumbo. Nunca
hemos maltratado y lastimado nuestra casa común como en los últimos dos siglos.
Llama la atención la debilidad de la reacción política internacional, su
sometimiento ante la tecnología y las finanzas que prevalecen sobre el bien
común y dejan fuera lo que no forme parte de sus intereses inmediatos.
No hay un solo camino de solución. Se ocupa entrar
en diálogo hacia respuestas integrales.
2) El evangelio de la Creación.
El Papa presenta los siguientes argumentos que brotan de la tradición
judeo-cristiana, que nos llevan a hacer más coherente nuestro compromiso a
favor del ambiente. Para los cristianos, las convicciones de la fe ofrecen
grandes motivaciones y compromisos para el cuidado de la naturaleza y de los
hermanos y hermanas más frágiles.
Los relatos bíblicos dicen que cada ser humano
es creado por amor, a imagen y semejanza de Dios; de ahí viene la inmensa
dignidad de cada persona humana. La existencia humana se basa en tres
relaciones, estrechamente conectadas: con Dios, con el prójimo y con la tierra;
estas relaciones vitales se han roto por el pecado, por haber pretendido ocupar
el lugar de Dios, y se transformaron en conflicto. No somos Dios, no debemos
explotar, dominar o destruir salvajemente la naturaleza, sino labrarla y
cuidarla; es decir, vivir una relación de reciprocidad con ella, con la
conciencia de que la tierra es propiedad de Dios y Él le dio un orden, y
estamos llamados a conocer y respetar lo creado con sus leyes internas.
Toda la vida está en peligro cuando la justicia
ya no habita en la tierra y son descuidadas las relaciones consigo mismo, con
los demás, con Dios y con la tierra, como sucedió con Caín y en tiempos de Noé.
En estos relatos aparece la convicción de que todo está relacionado y que el
auténtico cuidado de nuestra propia vida y de las relaciones con la naturaleza
es inseparable de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás.
La legislación de Israel contempla el descanso
de la tierra, el perdón entre hermanos, la equidad de relaciones y el cuidado
de los pobres; los salmos invitan al ser humano y a las demás criaturas a alabar
a Dios, los profetas invitan a recobrar la fortaleza en los momentos difíciles
contemplando al Dios poderoso que creó el universo.
Para la tradición judeo-cristiana, decir
Creación es más que decir naturaleza. La naturaleza suele entenderse como un
sistema que se analiza, comprende y gestiona; la Creación es un proyecto
amoroso de Dios, en el que cada criatura tiene un valor,un significado y una
función, y un don que nos convoca a la comunión universal.
Todo el universo material es un lenguaje del
amor de Dios, es una continua revelación de lo divino, es lugar de su presencia.
La interdependencia de las criaturas es querida por Dios y es para
complementarse y servirse mutuamente, pues todos los seres del universo estamos
unidos por lazos invisibles y conformamos una especie de familia universal, una
sublime comunión que nos mueve a un respeto sagrado, cariñoso y humilde,
especialmente entre humanos.
La tierra es esencialmente una herencia común,
cuyos frutos deben beneficiar a todos, para que ella sustente a todos sus
habitantes, sin excluir a nadie ni
privilegiar a ninguno. Quien se apropia algo es sólo para administrarlo en
bien de todos.
Jesús, una persona de la Trinidad que se
insertó en el cosmos creado, corriendo su suerte con él hasta la cruz, vivía en
armonía plena con la Creación e invitaba a sus discípulos a reconocer la
relación paterna que Dios tiene con todas las criaturas. Hoy, resucitado y glorioso,
está presente en toda la creación con su señorío universal.
3) La raíz humana de la crisis ecológica.
Francisco
intenta llegar a las raíces de la situación actual, señalando no sólo los
síntomas sino las causas más profundas. Hay un modo de entender la vida y la
acción humana que se ha desviado y que contradice la realidad hasta dañarla.
La ciencia y la tecnología son un maravilloso
producto de la creatividad humana donada por Dios: le han ayudado al ser humano
a remediar males y limitaciones, a mejorar la calidad de vida, a entrar en el
ámbito de la belleza. Pero, a quienes tienen el conocimiento, sobre todo a los
que tienen el poder económico, les da un dominio impresionante sobre el
conjunto de la humanidad y del mundo entero; es tremendamente riesgoso que
resida en una pequeña parte de la humanidad. El crecimiento tecnológico no ha
estado acompañado de un desarrollo del ser humano en responsabilidad, valores,
conciencia.
El problema fundamental es el modo como la humanidad
ha asumido la tecnología y su desarrollo: de posesión, dominio y
transformación; pero no respetando las posibilidades que ofrecen las cosas
mismas, en interacción, sino extrayendo todo lo posible de ellas con la idea de
un crecimiento ilimitado. Los efectos de la aplicación de este molde a toda la
realidad, humana y social, se constatan en la degradación de la vida humana, la
sociedad y el ambiente. Esto se expande a la economía, que asume todo
desarrollo tecnológico en función de la ganancia y el consumo, sin tener en
cuenta que el mercado por sí mismo no garantiza el desarrollo humano integral y
la inclusión social.
El antropocentrismo moderno ha colocado la razón
técnica sobre la realidad, por lo que ve a la naturaleza como objeto de dominio
sin preocuparse lo que a ella le suceda y olvidándose que el ser humano forma
parte de ella y de que los demás seres tienen un valor propio. Lo conduce a
colocar en un segundo plano el valor de las relaciones entre personas y a
debilitar su dimensión trascendente. Lo lleva a dar prioridad absoluta a sus
conveniencias circunstanciales y a considerar irrelevante todo lo demás si no
sirve a los propios intereses inmediatos, a aprovecharse de los demás y
tratarlos como objetos, explotándolos y esclavizándolos.
Los adelantos científicos y tecnológicos, además de
expresar la participación humana responsable en la acción creadora de Dios,
deben considerar las consecuencias de toda intervención en un área del
ecosistema. Por lo que no se deben dejar de replantear objetivos, efectos,
contexto y límites éticos de esta actividad humana, para ayudar a la naturaleza
a desarrollarse en su línea de creación de Dios. La técnica separada de la
ética difícilmente será capaz de autolimitar su poder.
4) Una ecología integral.
El Papa propone una ecología que, en sus diversas dimensiones
(ambiental, económica, social, cultural y de la vida
cotidiana), logre integrar el puesto específico que el ser humano ocupa en el
mundo y sus relaciones con la realidad que lo rodea.
Todo está conectado, por lo que la naturaleza
no es algo separado de nosotros o un marco de nuestra vida; somos parte de
ella. Por eso, cuando se buscan las razones de la contaminación de una parte,
se exige un análisis del funcionamiento de la sociedad, de su economía, de su
comportamiento, de sus maneras de entender la realidad, de las instituciones,
los contextos humanos, familiares, laborales, urbanos, relacionales. Las líneas
para una solución integral requieren una aproximación integral para combatir la
pobreza, devolver la dignidad a los excluidos y cuidar la naturaleza.
La economía globalizada tiende a homogeneizar
las culturas y a debilitar la inmensa variedad cultural, lo que puede ser tan
dañino como la alteración de los ecosistemas; y hace falta incorporar la
perspectiva de los derechos de los pueblos y las culturas, y a sus habitantes
como actores sociales. Es necesario prestar especial atención a las comunidades
aborígenes.
Para un auténtico desarrollo habrá que asegurar
que se produzca una mejora integral en la calidad de vida humana, lo que
implica analizar el espacio donde transcurre la existencia de las personas: la
habitación, la casa, el lugar de trabajo, el barrio, el pueblo, la ciudad. Que
estén ordenados, limpios, y garanticen el encuentro entre las personas. Una
cuestión central de la ecología humana es la posesión de una vivienda propia.
La ecología humana es inseparable de la noción
del bien común. El bien común presupone el respeto a la persona humana en
cuanto tal, el bienestar social aplicando el principio de subsidiariedad, el
cuidado de la familia, la justicia distributiva, la solidaridad, la opción por
los más pobres, la incorporación de las generaciones futuras, la paz social.
No se puede hablar de desarrollo sostenible sin
una solidaridad intergeneracional. Recibimos la tierra como un don y así la
debemos transmitir a la siguiente generación. Tiene que ser un planeta habitable
y no lleno de escombros, desiertos y suciedad.
5) Algunas líneas de orientación y acción.
En base a la reflexión anterior, Francisco propone varias líneas de
diálogo y de acción que comprometan a cada persona y a la política
internacional a colaborar para salir de la espiral de autodestrucción en la que
nos estamos sumergiendo.
Un mundo interdependiente significa procurar
que las soluciones se propongan desde una perspectiva del bien común global y
no sólo en la defensa de los intereses de algunos países. Debemos pensar en un solo mundo, en un proyecto común. Es
indispensable un consenso mundial que lleve a programar una agricultura
sostenible y diversificada, desarrollar formas renovables y poco contaminantes
de energía, fomentar una mayor eficiencia energética, promover una gestión más
adecuada de los recursos forestales y marinos, asegurar a todos el acceso al
agua potable, responsabilizarse de la contaminación, estabilizar las concentraciones
de efecto invernadero en la atmósfera, regular el comercio internacional de
especies en peligro de extinción, cuidar
la diversidad biológica, detener la desertificación, erradicar la miseria y
garantizar el desarrollo social de países pobres.
Las cuestiones relacionadas con el ambiente y
el desarrollo económico también requieren prestar atención a las políticas
nacionales y locales. Son funciones impostergables de cada Estado planificar,
coordinar, vigilar y sancionar, a la luz del bien común, respecto a la
previsión y precaución, regulaciones adecuadas, vigilancia de la aplicación de
las normas, control de la corrupción, acciones de control operativo sobre los
efectos emergentes no deseados de los procesos productivos, e intervención
oportuna ante riesgos inciertos o potenciales.
La instancia local puede hacer la diferencia,
pues allí se puede generar una mayor responsabilidad, un fuerte sentido
comunitario, una capacidad de cuidado, una creatividad más generosa, un
entrañable amor a la propia tierra. La sociedad, a través de organismos no gubernamentales
y asociaciones intermedias, debe obligar a los gobiernos a desarrollar normativas,
procedimientos y controles más rigurosos.Si para un proyecto hay peligro de
daño grave o irreversible para el medio ambiente, debería detenerse o
modificarse; la rentabilidad no puede ser el único criterio a tener en cuenta.
La política no debe someterse a la economía y
ésta no debe someterse a los dictámenes y el paradigma eficientista de la
tecnocracia. Pensando en el bien común, necesitamos imperiosamente que política
y economía, en diálogo, reconozcan sus propios errores y se coloquen al
servicio de la vida, especialmente de la humana, y que la política, siguiendo
el principio de subsidiariedad, garantice el bien común e integre a los más
frágiles.
La protección ambiental no puede asegurarse
sólo en base al cálculo financiero de costos y beneficios, porque en ese
esquema no hay lugar para pensar en los ritmos de la naturaleza, sus tiempos de
degradación y regeneración, y en la complejidad de los ecosistemas; hay que
desacelerar un determinado ritmo de producción y consumo para dar lugar a otro
modo de progreso y desarrollo, con el uso sostenible de los recursos naturales.
Esto debería provocar a las religiones a entrar
en diálogo entre ellas orientando al cuidado de la naturaleza, a la defensa de
los pobres, a la construcción de redes de respeto y fraternidad. Es imperioso
también un diálogo entre las ciencias y entre los diferentes movimientos
ecologistas.
6) Educación y espiritualidad ecológica.
Convencido
de que todo cambio tiene necesidad de motivaciones y de un camino educativo, el
Papa propone algunas líneas de maduración humana, inspiradas en el tesoro de la
experiencia espiritual cristiana.
El consumismo obsesivo creado por el mercado, que es
el reflejo subjetivo del paradigma tecnoeconómico, sólo podrá provocar
violencia y destrucción recíproca.
Hoy la educación ambiental tiende a criticar los
«mitos» de la razón instrumental (individualismo, progreso indefinido,
competencia, consumismo, mercado sin reglas) y a recuperar los distintos
niveles de equilibrio ecológico: el interno con uno mismo, el solidario con los
demás, el natural con todos los seres vivos, el espiritual con Dios; aquí la
ética ecológica adquiere su sentido más hondo.
La crisis ecológica es un llamado a una profunda
conversión interior íntegra, a una conversión
ecológica comunitaria. Para resolver la crisis ecológica no basta que cada
uno mejore; a problemas sociales se responde con redes comunitarias y no con la
suma de bienes individuales.
El desafío es educarnos (en la escuela, catequesis,
medios de comunicación, Iglesias, seminarios y casas religiosas de formación…
pero sobre todo en la familia), para crear nuevos hábitos y una cultura de la
vida: vivir con orden, limpieza y austeridad responsable, pedir permiso o
perdón y agradecer, abrigarse en lugar de encender calefactores, admirar y
cuidar la creación con acciones cotidianas, evitar el uso de plástico y papel,
consumir menos agua, separar residuos, cocinar lo que se va a comer, tratar con
cuidado a los demás seres vivos, utilizar transporte público o compartir
vehículo, plantar árboles, apagar luces innecesarias, ver por el pobre, vivir
con sobriedad y simplicidad, gozar con poco, agradecer lo que ofrece la vida,
no apegarnos a lo que tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos, evitar
la dinámica del dominio y de la acumulación de placeres, vivir la fraternidad,
el servicio, el compromiso por el bien común, el contacto con la naturaleza y
la oración.
Cuando contemplamos con admiración el universo en su
grandeza y belleza, debemos alabar a toda la Trinidad: al Padre, fuente última
de todo y del amor; al Hijo, reflejo del Padre por el que todo fue creado; y al
Espíritu, lazo infinito de amor y animador del universo. Todo en Dios está
conectado y todo en el mundo es una trama de relaciones; esto nos invita a
madurar una espiritualidad de la solidaridad global que brota del misterio de
la Trinidad y tiene un modelo en María. Ella, la madre que cuidó a Jesús y
lloró su muerte, ahora se compadece del sufrimiento de los pobres crucificados
y de las criaturas de este mundo arrasadas por el poder humano.
Conclusión
Laudato si’ es
una llamada urgente a todos, personalmente, como comunidad, como sociedad y
como humanidad, a la formación de la conciencia, a la conversión y a la
implementación de una cultura ecológica integral, basada en el bien común, la
justicia, la solidaridad, la subsidiariedad y el desarrollo sostenible.
Para los bautizados, en base a nuestra fe que confiesa
a Dios como Creador y reconoce a la naturaleza como Creación, es un imperativo unirnos
en la oración de alabanza a Dios por su obra, confiada a Adán y Eva –la
humanidad–; y asumir nuestra responsabilidad personal y comunitaria en el
cuidado y cultivo de nuestro entorno.
Anuestra Diócesis de Cd. Guzmán le viene muy bien
esta Encíclica, pues la confirma y fortalece en sus trabajos de evangelización.
En el 4º Plan Diocesano de Pastoral, que está planteado para el periodo
2010-2016, tenemos cinco prioridades y una de ellas es precisamente la defensa
y cuidado de la Creación. El objetivo es: “Lograr la cultura ecológica para
conservar la Creación y convertirla en fuente de vida digna para todos y todas”
(No. 207).
Los zapotlenses, que tenemos a Señor San José como
Patrono y Protector contra temblores, sequías y toda clase de calamidades, incluidas
las provocadas por los descuidos y abusos de los humanos, encontramos que él
nos enseña a cuidar, nos motiva a trabajar con generosidad y ternura para
proteger este mundo que Dios nos ha confiado (Cf. LS 242). Es un desafío para
nosotros hacer de esta parte de nuestra casa común, Cd. Guzmán, una ciudad
limpia, habitable, de encuentro y convivencia, de igualdad por la justicia, de
vida digna para todos sus habitantes.
Termino esta presentación con las palabras escritas
al final del documento, firmado porel Papa Francisco el 24 de mayo: “Que
nuestras luchas y nuestra preocupación por este planeta no nos quiten el gozo
de la esperanza” (LS 244).
Gracias.
josé lorenzo guzmán
jiménez
Cd.
Guzmán, Jal., 13 de agosto de 2015
[1]HOYOS Federico, Encíclicas pontificias 1832-1965. Colección
completa. Tomo I 1832-1939, Guadalupe, Buenos Aires 19634, p. 9.
En el original el texto está en cursiva.
[2]FRANCISCO, Carta Encíclica “Laudato si’”. Sobre el cuidado de la casa común, en:
http://w2.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20150524_enciclica-laudato-si.html.
[3] MONREAL J. Alfredo, Hacia un
nuevo estilo de vida, en: Periódico El
Puente 149, Cd. Guzmán, p. 5.En: http://www.elpuente.org.mx/wp-content/uploads/2010/05/Puente-149_web.pdf.
[5]Una síntesis más breve se encuentra en el
Periódico El Puente 149, O.c., pp. 6-7.
El Mensajero de Santo Tomás; Director-Editor: Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar; Número 2; Septiembre de 2015. Si gustas consultar la versión impresa en digital puedes pulsar en la siguiente dirección:

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