martes, 1 de diciembre de 2015

Carta Encíclica Laudato si’ del Papa Francisco




Presentación en la Cátedra Mexicana de Teología

   “Fray Antonio de Aguilar”


Por: Lic. Pbro. José Lorenzo Guzmán Jiménez
“Entre los documentos pontificios revisten especial importancia las Encíclicas, porque vienen a ser uno de los medios más comúnmente usados por los Sumos Pontífices para el ejercicio del magisterio ordinario […]. En estos documentos el Papa instruye a la Iglesia o una parte notable de ella, al Clero, a los Religiosos, a una nación determinada, sobre problemas de capital importancia, y va recorriendo todo el campo doctrinal que incumbe a la Iglesia Católica, desde las materias propiamente religiosas hasta las sociales y políticas”[1].
El documento que nos ocupa esta noche es precisamente una Carta Encíclica, entregada por el Papa Francisco el pasado 18 de junio. Es conocida con el nombre de Laudato si’ (Alabado seas)[2], el cual está tomado del inicio del “Cántico de las criaturas” de San Francisco de Asís, Patrono de los ecologistas: “Alabado seas, mi Señor”.
La Encíclica tiene como subtítulo: Sobre el cuidado de la casa común, lo que indica el centro sobre el cual giran las reflexiones hechas por el Papa. Encíclica significa literalmente “envolver en círculo”[3].
Aunque se trata de un escrito de la Iglesia católica, Laudato si’ tiene como destinatarios a todos los habitantes del planeta, no sólo a los católicos ni a los creyentes en Cristo ni a los hombres de buena voluntad. Su valor, como el de las demás Encíclicas, no es solamente religioso ya que,tomadas desde el punto de vista puramente humano y científico “en sí mismas constituyen un estudio filosófico, social, político o histórico de los problemas a cuya solución van encaminadas”[4].
Les voy a compartir una síntesis que hice del documento[5]. Ésta ayudará a tener una visión de conjunto de la preocupación que tiene Francisco por el deterioro de la Creación que Dios puso en manos del ser humano, y también de la invitación que él hace a toda la familia humana a dialogar sobre su cuidado y, sobre todo, a cuidarla buscando un desarrollo sostenible integral.
El Papa considera a la Tierra, al igual que san Francisco de Asís, como hermana con quien compartimos la experiencia y madre que nos acoge entre sus brazos y nos cuida. De aquí la obligación de cuidarla. Es una hermana que protesta por el mal que le provocamos y una madre que se duele porque despreciamos sus cuidados y abusamos de ella creyendo que somos sus dueños y que tenemos todo el derecho de saquearla.
Lo que dice Bergoglio no es nuevo, pues los Papas anteriores –Juan XXIII, Paulo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI– y el Patriarca ecuménico Bartolomé, han denunciado el maltrato a la naturaleza, debido a las estructuras humanas y sociales, basadas en el egoísmo, el afán de poder, el deseo de tener, el ansia de dominio, el abuso del mercado; y han señalado la necesidad de pedirle perdón, de vivir la conversión para hacernos responsables de su funcionamiento y de eliminar las causas estructurales de la disfunción de la economía mundial, para lograr una convivencia armónica. A los cristianos se nos recuerda que la Creación es un sacramento de comunión con Dios y entre nosotros los humanos.
El testimonio de San Francisco de Asís, patrono de los ecologistas, nos compromete a trabajar por una ecología integral, pues son inseparables la armonía con Dios y con los demás, la preocupación por la naturaleza, la justicia hacia los pobres, el compromiso social y la paz interior.
La Encíclica, que tiene seis capítulos, está atravesada por varios ejes: la relación íntima entre los pobres y la fragilidad del planeta, la convicción de que todo el mundo está íntimamente conectado, la crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología, la invitación a buscar otros modos de comprender la economía y el progreso, el valor propio de cada creatura, el sentido humano de la ecología, la necesidad de debates sinceros y honestos, la grave responsabilidad de la política internacional y local, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida.
El Papa espera que esta Carta encíclica nos ayude a reconocer la grandeza, la urgencia y la hermosura del desafío que se nos presenta.

1)      Lo que le está pasando a nuestra Casa.
Hay una crisis ecológica y debemos asumir los mejores frutos de la investigación científica que tenemos disponible, dejarnos tocar en profundidad y hacer concreto el consiguiente recorrido ético y espiritual. El objetivo no es recoger información o saciar nuestra curiosidad, sino tomar dolorosa conciencia, atrevernos a convertir en sufrimiento personal lo que le pasa al mundo, y así reconocer la contribución que cada quien puede aportar.
La contaminación afecta cotidianamente la salud de las personas, especialmente de los más pobres, provocando millones de muertes prematuras. Esto está íntimamente ligado a la cultura del descarte, que rápidamente convierte todo –incluidos los seres humanos excluidos– en basura. La tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería. Nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático que, pasando por las migraciones de animales y personas, provocará la extinción de parte de la biodiversidad del planeta. Los peores impactos recaerán probablemente sobre los países en desarrollo.
En muchos lugares la demanda del agua supera a la oferta sostenible, mientras se deteriora la calidad del agua disponible hay lugares en que se tiende a privatizarla, siendo que es un derecho humano básico; muchos pobres no tienen acceso a ella y por dondequiera se derrocha.
Los recursos de la tierra están siendo depredados, las selvas y bosques se están perdiendo, miles de especies animales están desapareciendo, lo que lleva a un desequilibrio de los ecosistemas
Entre los componentes sociales del cambio global se incluyen los efectos laborales de algunas innovaciones tecnológicas, la exclusión social, la inequidad en la disponibilidad y el consumo de energía y de otros servicios, la fragmentación social, el crecimiento de la violencia y el surgimiento de nuevas formas de agresividad social, el narcotráfico y el consumo creciente de drogas entre los más jóvenes, la pérdida de identidad.
El ambiente humano y el natural se degradan juntos, lo que afecta de modo especial a los más débiles del planeta. Una minoría se cree con el derecho de consumir en una proporción que sería imposible generalizar.
El gemido de la hermana tierra se une al gemido de los abandonados del mundo, con un clamor que nos reclama otro rumbo. Nunca hemos maltratado y lastimado nuestra casa común como en los últimos dos siglos. Llama la atención la debilidad de la reacción política internacional, su sometimiento ante la tecnología y las finanzas que prevalecen sobre el bien común y dejan fuera lo que no forme parte de sus intereses inmediatos.
No hay un solo camino de solución. Se ocupa entrar en diálogo hacia respuestas integrales.

2)      El evangelio de la Creación.
El Papa presenta los siguientes argumentos que brotan de la tradición judeo-cristiana, que nos llevan a hacer más coherente nuestro compromiso a favor del ambiente. Para los cristianos, las convicciones de la fe ofrecen grandes motivaciones y compromisos para el cuidado de la naturaleza y de los hermanos y hermanas más frágiles.
Los relatos bíblicos dicen que cada ser humano es creado por amor, a imagen y semejanza de Dios; de ahí viene la inmensa dignidad de cada persona humana. La existencia humana se basa en tres relaciones, estrechamente conectadas: con Dios, con el prójimo y con la tierra; estas relaciones vitales se han roto por el pecado, por haber pretendido ocupar el lugar de Dios, y se transformaron en conflicto. No somos Dios, no debemos explotar, dominar o destruir salvajemente la naturaleza, sino labrarla y cuidarla; es decir, vivir una relación de reciprocidad con ella, con la conciencia de que la tierra es propiedad de Dios y Él le dio un orden, y estamos llamados a conocer y respetar lo creado con sus leyes internas.
Toda la vida está en peligro cuando la justicia ya no habita en la tierra y son descuidadas las relaciones consigo mismo, con los demás, con Dios y con la tierra, como sucedió con Caín y en tiempos de Noé. En estos relatos aparece la convicción de que todo está relacionado y que el auténtico cuidado de nuestra propia vida y de las relaciones con la naturaleza es inseparable de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás.
La legislación de Israel contempla el descanso de la tierra, el perdón entre hermanos, la equidad de relaciones y el cuidado de los pobres; los salmos invitan al ser humano y a las demás criaturas a alabar a Dios, los profetas invitan a recobrar la fortaleza en los momentos difíciles contemplando al Dios poderoso que creó el universo.
Para la tradición judeo-cristiana, decir Creación es más que decir naturaleza. La naturaleza suele entenderse como un sistema que se analiza, comprende y gestiona; la Creación es un proyecto amoroso de Dios, en el que cada criatura tiene un valor,un significado y una función, y un don que nos convoca a la comunión universal.
Todo el universo material es un lenguaje del amor de Dios, es una continua revelación de lo divino, es lugar de su presencia. La interdependencia de las criaturas es querida por Dios y es para complementarse y servirse mutuamente, pues todos los seres del universo estamos unidos por lazos invisibles y conformamos una especie de familia universal, una sublime comunión que nos mueve a un respeto sagrado, cariñoso y humilde, especialmente entre humanos.
La tierra es esencialmente una herencia común, cuyos frutos deben beneficiar a todos, para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno. Quien se apropia algo es sólo para administrarlo en bien de todos.
Jesús, una persona de la Trinidad que se insertó en el cosmos creado, corriendo su suerte con él hasta la cruz, vivía en armonía plena con la Creación e invitaba a sus discípulos a reconocer la relación paterna que Dios tiene con todas las criaturas. Hoy, resucitado y glorioso, está presente en toda la creación con su señorío universal.

3)      La raíz humana de la crisis ecológica.
Francisco intenta llegar a las raíces de la situación actual, señalando no sólo los síntomas sino las causas más profundas. Hay un modo de entender la vida y la acción humana que se ha desviado y que contradice la realidad hasta dañarla.
La ciencia y la tecnología son un maravilloso producto de la creatividad humana donada por Dios: le han ayudado al ser humano a remediar males y limitaciones, a mejorar la calidad de vida, a entrar en el ámbito de la belleza. Pero, a quienes tienen el conocimiento, sobre todo a los que tienen el poder económico, les da un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad y del mundo entero; es tremendamente riesgoso que resida en una pequeña parte de la humanidad. El crecimiento tecnológico no ha estado acompañado de un desarrollo del ser humano en responsabilidad, valores, conciencia.
El problema fundamental es el modo como la humanidad ha asumido la tecnología y su desarrollo: de posesión, dominio y transformación; pero no respetando las posibilidades que ofrecen las cosas mismas, en interacción, sino extrayendo todo lo posible de ellas con la idea de un crecimiento ilimitado. Los efectos de la aplicación de este molde a toda la realidad, humana y social, se constatan en la degradación de la vida humana, la sociedad y el ambiente. Esto se expande a la economía, que asume todo desarrollo tecnológico en función de la ganancia y el consumo, sin tener en cuenta que el mercado por sí mismo no garantiza el desarrollo humano integral y la inclusión social.
El antropocentrismo moderno ha colocado la razón técnica sobre la realidad, por lo que ve a la naturaleza como objeto de dominio sin preocuparse lo que a ella le suceda y olvidándose que el ser humano forma parte de ella y de que los demás seres tienen un valor propio. Lo conduce a colocar en un segundo plano el valor de las relaciones entre personas y a debilitar su dimensión trascendente. Lo lleva a dar prioridad absoluta a sus conveniencias circunstanciales y a considerar irrelevante todo lo demás si no sirve a los propios intereses inmediatos, a aprovecharse de los demás y tratarlos como objetos, explotándolos y esclavizándolos.
Los adelantos científicos y tecnológicos, además de expresar la participación humana responsable en la acción creadora de Dios, deben considerar las consecuencias de toda intervención en un área del ecosistema. Por lo que no se deben dejar de replantear objetivos, efectos, contexto y límites éticos de esta actividad humana, para ayudar a la naturaleza a desarrollarse en su línea de creación de Dios. La técnica separada de la ética difícilmente será capaz de autolimitar su poder.

4)      Una ecología integral.
El Papa propone una ecología que, en sus diversas dimensiones (ambiental, económica, social, cultural y de la vida cotidiana), logre integrar el puesto específico que el ser humano ocupa en el mundo y sus relaciones con la realidad que lo rodea.
Todo está conectado, por lo que la naturaleza no es algo separado de nosotros o un marco de nuestra vida; somos parte de ella. Por eso, cuando se buscan las razones de la contaminación de una parte, se exige un análisis del funcionamiento de la sociedad, de su economía, de su comportamiento, de sus maneras de entender la realidad, de las instituciones, los contextos humanos, familiares, laborales, urbanos, relacionales. Las líneas para una solución integral requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, devolver la dignidad a los excluidos y cuidar la naturaleza.
La economía globalizada tiende a homogeneizar las culturas y a debilitar la inmensa variedad cultural, lo que puede ser tan dañino como la alteración de los ecosistemas; y hace falta incorporar la perspectiva de los derechos de los pueblos y las culturas, y a sus habitantes como actores sociales. Es necesario prestar especial atención a las comunidades aborígenes.
Para un auténtico desarrollo habrá que asegurar que se produzca una mejora integral en la calidad de vida humana, lo que implica analizar el espacio donde transcurre la existencia de las personas: la habitación, la casa, el lugar de trabajo, el barrio, el pueblo, la ciudad. Que estén ordenados, limpios, y garanticen el encuentro entre las personas. Una cuestión central de la ecología humana es la posesión de una vivienda propia.
La ecología humana es inseparable de la noción del bien común. El bien común presupone el respeto a la persona humana en cuanto tal, el bienestar social aplicando el principio de subsidiariedad, el cuidado de la familia, la justicia distributiva, la solidaridad, la opción por los más pobres, la incorporación de las generaciones futuras, la paz social.
No se puede hablar de desarrollo sostenible sin una solidaridad intergeneracional. Recibimos la tierra como un don y así la debemos transmitir a la siguiente generación. Tiene que ser un planeta habitable y no lleno de escombros, desiertos y suciedad.

5)      Algunas líneas de orientación y acción.
En base a la reflexión anterior, Francisco propone varias líneas de diálogo y de acción que comprometan a cada persona y a la política internacional a colaborar para salir de la espiral de autodestrucción en la que nos estamos sumergiendo.
Un mundo interdependiente significa procurar que las soluciones se propongan desde una perspectiva del bien común global y no sólo en la defensa de los intereses de algunos países. Debemos pensar en un solo mundo, en un proyecto común. Es indispensable un consenso mundial que lleve a programar una agricultura sostenible y diversificada, desarrollar formas renovables y poco contaminantes de energía, fomentar una mayor eficiencia energética, promover una gestión más adecuada de los recursos forestales y marinos, asegurar a todos el acceso al agua potable, responsabilizarse de la contaminación, estabilizar las concentraciones de efecto invernadero en la atmósfera, regular el comercio internacional de especies en  peligro de extinción, cuidar la diversidad biológica, detener la desertificación, erradicar la miseria y garantizar el desarrollo social de países pobres.
Las cuestiones relacionadas con el ambiente y el desarrollo económico también requieren prestar atención a las políticas nacionales y locales. Son funciones impostergables de cada Estado planificar, coordinar, vigilar y sancionar, a la luz del bien común, respecto a la previsión y precaución, regulaciones adecuadas, vigilancia de la aplicación de las normas, control de la corrupción, acciones de control operativo sobre los efectos emergentes no deseados de los procesos productivos, e intervención oportuna ante riesgos inciertos o potenciales.
La instancia local puede hacer la diferencia, pues allí se puede generar una mayor responsabilidad, un fuerte sentido comunitario, una capacidad de cuidado, una creatividad más generosa, un entrañable amor a la propia tierra. La sociedad, a través de organismos no gubernamentales y asociaciones intermedias, debe obligar a los gobiernos a desarrollar normativas, procedimientos y controles más rigurosos.Si para un proyecto hay peligro de daño grave o irreversible para el medio ambiente, debería detenerse o modificarse; la rentabilidad no puede ser el único criterio a tener en cuenta.
La política no debe someterse a la economía y ésta no debe someterse a los dictámenes y el paradigma eficientista de la tecnocracia. Pensando en el bien común, necesitamos imperiosamente que política y economía, en diálogo, reconozcan sus propios errores y se coloquen al servicio de la vida, especialmente de la humana, y que la política, siguiendo el principio de subsidiariedad, garantice el bien común e integre a los más frágiles.
La protección ambiental no puede asegurarse sólo en base al cálculo financiero de costos y beneficios, porque en ese esquema no hay lugar para pensar en los ritmos de la naturaleza, sus tiempos de degradación y regeneración, y en la complejidad de los ecosistemas; hay que desacelerar un determinado ritmo de producción y consumo para dar lugar a otro modo de progreso y desarrollo, con el uso sostenible de los recursos naturales.
Esto debería provocar a las religiones a entrar en diálogo entre ellas orientando al cuidado de la naturaleza, a la defensa de los pobres, a la construcción de redes de respeto y fraternidad. Es imperioso también un diálogo entre las ciencias y entre los diferentes movimientos ecologistas.

6)      Educación y espiritualidad ecológica.
Convencido de que todo cambio tiene necesidad de motivaciones y de un camino educativo, el Papa propone algunas líneas de maduración humana, inspiradas en el tesoro de la experiencia espiritual cristiana.
El consumismo obsesivo creado por el mercado, que es el reflejo subjetivo del paradigma tecnoeconómico, sólo podrá provocar violencia y destrucción recíproca.
Hoy la educación ambiental tiende a criticar los «mitos» de la razón instrumental (individualismo, progreso indefinido, competencia, consumismo, mercado sin reglas) y a recuperar los distintos niveles de equilibrio ecológico: el interno con uno mismo, el solidario con los demás, el natural con todos los seres vivos, el espiritual con Dios; aquí la ética ecológica adquiere su sentido más hondo.
La crisis ecológica es un llamado a una profunda conversión interior íntegra, a una conversión ecológica comunitaria. Para resolver la crisis ecológica no basta que cada uno mejore; a problemas sociales se responde con redes comunitarias y no con la suma de bienes individuales.
El desafío es educarnos (en la escuela, catequesis, medios de comunicación, Iglesias, seminarios y casas religiosas de formación… pero sobre todo en la familia), para crear nuevos hábitos y una cultura de la vida: vivir con orden, limpieza y austeridad responsable, pedir permiso o perdón y agradecer, abrigarse en lugar de encender calefactores, admirar y cuidar la creación con acciones cotidianas, evitar el uso de plástico y papel, consumir menos agua, separar residuos, cocinar lo que se va a comer, tratar con cuidado a los demás seres vivos, utilizar transporte público o compartir vehículo, plantar árboles, apagar luces innecesarias, ver por el pobre, vivir con sobriedad y simplicidad, gozar con poco, agradecer lo que ofrece la vida, no apegarnos a lo que tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos, evitar la dinámica del dominio y de la acumulación de placeres, vivir la fraternidad, el servicio, el compromiso por el bien común, el contacto con la naturaleza y la oración.
Cuando contemplamos con admiración el universo en su grandeza y belleza, debemos alabar a toda la Trinidad: al Padre, fuente última de todo y del amor; al Hijo, reflejo del Padre por el que todo fue creado; y al Espíritu, lazo infinito de amor y animador del universo. Todo en Dios está conectado y todo en el mundo es una trama de relaciones; esto nos invita a madurar una espiritualidad de la solidaridad global que brota del misterio de la Trinidad y tiene un modelo en María. Ella, la madre que cuidó a Jesús y lloró su muerte, ahora se compadece del sufrimiento de los pobres crucificados y de las criaturas de este mundo arrasadas por el poder humano.

Conclusión
Laudato si’ es una llamada urgente a todos, personalmente, como comunidad, como sociedad y como humanidad, a la formación de la conciencia, a la conversión y a la implementación de una cultura ecológica integral, basada en el bien común, la justicia, la solidaridad, la subsidiariedad y el desarrollo sostenible.
Para los bautizados, en base a nuestra fe que confiesa a Dios como Creador y reconoce a la naturaleza como Creación, es un imperativo unirnos en la oración de alabanza a Dios por su obra, confiada a Adán y Eva –la humanidad–; y asumir nuestra responsabilidad personal y comunitaria en el cuidado y cultivo de nuestro entorno.
Anuestra Diócesis de Cd. Guzmán le viene muy bien esta Encíclica, pues la confirma y fortalece en sus trabajos de evangelización. En el 4º Plan Diocesano de Pastoral, que está planteado para el periodo 2010-2016, tenemos cinco prioridades y una de ellas es precisamente la defensa y cuidado de la Creación. El objetivo es: “Lograr la cultura ecológica para conservar la Creación y convertirla en fuente de vida digna para todos y todas” (No. 207).
Los zapotlenses, que tenemos a Señor San José como Patrono y Protector contra temblores, sequías y toda clase de calamidades, incluidas las provocadas por los descuidos y abusos de los humanos, encontramos que él nos enseña a cuidar, nos motiva a trabajar con generosidad y ternura para proteger este mundo que Dios nos ha confiado (Cf. LS 242). Es un desafío para nosotros hacer de esta parte de nuestra casa común, Cd. Guzmán, una ciudad limpia, habitable, de encuentro y convivencia, de igualdad por la justicia, de vida digna para todos sus habitantes.
Termino esta presentación con las palabras escritas al final del documento, firmado porel Papa Francisco el 24 de mayo: “Que nuestras luchas y nuestra preocupación por este planeta no nos quiten el gozo de la esperanza” (LS 244).
Gracias.

josé lorenzo guzmán jiménez
Cd. Guzmán, Jal., 13 de agosto de 2015






[1]HOYOS Federico, Encíclicas pontificias 1832-1965. Colección completa. Tomo I 1832-1939, Guadalupe, Buenos Aires 19634, p. 9. En el original el texto está en cursiva.
[2]FRANCISCO, Carta Encíclica “Laudato si’”. Sobre el cuidado de la casa común, en: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20150524_enciclica-laudato-si.html.
[3] MONREAL J. Alfredo, Hacia un nuevo estilo de vida, en: Periódico El Puente 149, Cd. Guzmán, p. 5.En: http://www.elpuente.org.mx/wp-content/uploads/2010/05/Puente-149_web.pdf.
[4]HOYOS Federico, O.c.,Id.
[5]Una síntesis más breve se encuentra en el Periódico El Puente 149, O.c., pp. 6-7.

El Mensajero de Santo Tomás; Director-Editor: Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar; Número 2; Septiembre de 2015.  Si gustas consultar la versión impresa en digital puedes pulsar en la siguiente dirección: 

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