jueves, 7 de junio de 2018

Felicidad, un bien espiritual



Por: Carlos Alberto Libânio Christo (Frei Betto)

Cinco factores dificultan hoy nuestra felicidad: 1) la indiferencia frente a la desigualdad social y el individualismo exacerbado; 2) la acelerada mercantilización de la vida individual y social: la felicidad se identifica con la satisfacción del mayor número de necesidades reales y superfluas; 3) la práctica de prejuicios y el ascenso de los fundamentalismos; 4) el secuestro de la democracia por las élites financieras, que transforman a la política en simples administradores del “robo” y de la corrupción legalizadas; 5) la dedicación obsesiva al trabajo, que induce a sacrificar ciertos placeres y alegrías, comodidades y tranquilidades, con el fin de satisfacer la pasión por el poder, por el éxito y/o por el lucro. 

     Thomas Moro ya lo había registrado, en su Utopía, que el ser humano, para ser feliz, no debería trabajar mas de cinco horas al día, de modo de no quedar subyugado a las exigencias de sobrevivencia y poder dedicarse a las cosas del espíritu. Marx estuvo de acuerdo al afirmar que una sociedad feliz es la que concede tiempo libre a sus ciudadanos.

     ¿Será feliz quien enfrenta el riesgo de muerte y da la vida por una causa? Sí, Jesús se sintió gratificado por el sentido que imprimió a su vida, así como muchos revolucionarios u hombres esclarecidos que dieron sus vidas para que otros tuviesen vida.

     La felicidad es un bien espiritual. Francisco de Asís, joven rico, regresa de la guerra y ve que su padre – Pionero del capitalismo – crea un sistema de producción que propaga la miseria en el curso de las relaciones de trabajo. En Asís se desnuda en la plaza, como quien dice: “No acepto la ropa que haces en tus talleres, porque genera la pobreza de los artesanos. Abandono mi hogar, mi riqueza, mi herencia y mi estado de confort, para ser solidario con esos pobres!” Fue un joven extremadamente feliz, pues le imprimió a su vida un sentido altruista y solidario.

     Ernesto Che Guevara recorrió toda América Latina como médico voluntario. Fue a Cuba, hizo la revolución, sobrevivió, tuvo éxito, fue ministro, estaba en paz con la historia. De repente, se despojó de todos sus títulos y comodidades, de toda seguridad y se internó en los bosques de Bolivia. Quiso también dar su vida para que otros tuviesen vida. Murió feliz a los 37 años, en 1967.

     Cuantas religiosas trabajan en lugares inhóspitos, como lo hacía Dorothy Stang, asesinada en el estado brasileño de Pará, en 2005. Era una estadunidense de familia acomodada, que abandonó todo y vino a cuidar trabajadores Sem Terra. Otras religiosas trabajaban en hospitales o con personas con deficiencias, y son mujeres felices, pues descubrieron que el secreto de la felicidad es dar la vida a otras vidas. 

     Felicidad es un estado de espíritu, un aflorar de la conciencia que nos hace amar la vida sin apegarnos a ella. Gandhi en sus prolongados ayunos, al enfrentar al poderoso Imperio Británico era un hombre feliz. Mandela estuvo 27 años en prisión, en su lucha contra la discriminación racial, no se dejó abatir. Infeliz es quien cree que la felicidad depende de un carro deportivo, de una botella de champaña o de un puesto de poder.

     Don Óscar Arnulfo Romero –San Romero de América- en el principio de su ministerio episcopal no tenía esa iniciativa valiente por ayudar a los más pobres y de solidarizarse alzando su voz contra los que generaban la violencia en su país El Salvador. 

     Martin Luther King, en contra de los racismos estadounidenses, fue un hombre feliz, como también lo fue Chico Mendes, al desafiar a los talabosques de la Amazonia, que terminaron asesinándolo. Infelices son aquellos que, desde lo alto de su arrogancia, juzgan que los negros o los indios son inferiores a los blancos, trabajadores del caucho e indígenas deben dar la lucha para cambiar los amplios pastizales que ocupan el lugar de los árboles centenarios derrumbados. Infelices son aquellos que se apegan con uñas y dientes a puestos de poder, pues hacia fuera del poder se muestran con una baja autoestima y sufren por no soportar la vida de ciudadanos comunes.

     Nada hace más feliz a una persona que el sentimiento que imprime a su propia vida, ya sea dedicada en un laboratorio investigando células de hormigas, o como militante de un partido político que busca la transformación de la sociedad. Le bastan sólo las condiciones mínimas de una vida digna y, como lo señalaba Aristóteles, buenas amistades. Montaigne decía que el amigo es ese alter ego¸ otro yo que cada persona necesita para ser feliz. Nadie es feliz solo, pues solo nadie se basta.

     Eso vale para el revolucionario y el profesor que dedica su vida a la enseñanza; para el ejecutivo empeñado en el éxito de su empresa y para la secretaria responsable que trabaja en el servicio público y tiene conciencia de la importancia de lo que hace. Eso vale para cada persona que construye comunidad. 

Si gusta consultar la versión Pdf de El Mensajero de Santo Tomás y este texto, ingresar a este link: https://issuu.com/hectoralfonsorodriguezaguilar/docs/periodico_sto._tomas_mayo-18

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