El papa Francisco dio a conocer, el
lunes 9 de abril en el Vaticano, Gaudete et exsultate, la
exhortación apostólica sobre “el llamado a la santidad en el mundo actual”.
En este importante texto de su
pontificado, Francisco recuerda que cada bautizado tiene una vocación a la
santidad.
Tras la Iglesia en salida de Evangelii gaudium y la
Iglesia de la misericordia de Amoris laetitia, llega ahora la
Iglesia de la santidad. En la exhortación apostólica Gaudete et
exsultate, publicada el lunes 9 de abril en el Vaticano, el papa Francisco
destaca, en efecto, una Iglesia llamada a ser un “pueblo santo”, en la lógica
del Concilio Vaticano II y de su redescubrimiento de la vocación universal a la
santidad.
Dios “nos quiere santos y no espera que nos contentemos con una
existencia mediocre, aguada, licuada”, afirma de entrada Francisco que, a lo
largo de las 113 páginas de su texto no duda en tutear frecuentemente a su
lector para insistir en el carácter personal de su exhortación a la santidad.
La santidad que describe es humilde y sencilla
“Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el
propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se
encuentra”, recalca en este texto de tono muy positivo y con un título que hace
referencia, una vez más, a la alegría (1), considerada como el fruto de la
respuesta de cada uno a su propia vocación. “No tengas miedo de la santidad. No
te quitará fuerzas, vida o alegría”, insiste. “Todo lo contrario, porque
llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó y serás fiel a tu propio
ser”.
A pesar de ello, no se trata de un “tratado sobre la santidad”.
Francisco se defiende de ello desde la primera página. Lo que le interesa, es
mostrar que cada cristiano puede responder –“cada uno por su camino”,
según las palabras del Concilio– a la llamada de Dios a ser un santo. La
santidad que describe es, por lo tanto, humilde y sencilla.
Es “la santidad de la puerta de al lado”, la de los “pequeños gestos”,
la de las bienaventuranzas del Evangelio, para las que propone una lectura
exigente, recordando cómo van “muy a contracorriente con respecto a lo que es
costumbre, a lo que se hace en la sociedad”. “Hasta el punto de convertirnos en
seres que cuestionan a la sociedad con su vida, en personas que molestan”,
añade, sin excluir la posibilidad de la persecución.
El Papa compromete a toda la autoridad pontificia
Rechazando “las ideologías que mutilan el corazón del Evangelio”, advierte
en contra del olvido de “la unión interior” con Dios, a riesgo de transformar
el cristianismo en “una especie de ONG”, y en contra de “aquellos que viven
sospechando del compromiso social de los demás, considerándolo algo
superficial, mundano, secularista, inmanentista, comunista, populista”.
Porque, para Francisco, el “gran criterio” es la llamada de Cristo “a
reconocerlo en los pobres y sufrientes”. Es ahí donde “se revela el mismo
corazón de Cristo, sus sentimientos y opciones más profundas, con las cuales
todo santo intenta configurarse”: “Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed
y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me
vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme” (Mateo
25, 35-36).
Sobre ese aspecto, el Papa no duda, por cierto, de manera poco habitual,
en comprometer a toda autoridad pontificia: “Ante la contundencia de estos
pedidos de Jesús, es mi deber rogar a los cristianos que los acepten y reciban
con sincera apertura, “sine glossa”, es decir, sin comentario, sin
elucubraciones y excusas que les quiten fuerza”. Una manera, para él, también,
de reintroducir el tema de la misericordia, “que es el corazón palpitante del
Evangelio”, repite, y de situar, por tanto, a Gaudete et exsultate en
la línea de Evangelii gaudium y Amoris laetitia.
Un camino de transformación
Describiendo primero la santidad como un camino de transformación,
reitera su postura contra los “dos enemigos sutiles de la santidad”, “dos
falsificaciones de la santidad que podrían desviarnos del camino: el
gnosticismo y el pelagianismo”. Retomando la reciente carta de la Congregación
para la Doctrina de la Fe Placuit Deo, advierte especialmente en
contra de “los nuevos pelagianos” que “gastan sus energías y su tiempo” en “la
obsesión por la ley, la fascinación por mostrar conquistas sociales y
políticas, la ostentación en el cuidado de la liturgia, de la doctrina y del
prestigio de la Iglesia, la vanagloria ligada a la gestión de asuntos
prácticos, el embeleso por las dinámicas de autoayuda y de realización
autorreferencial”, a riesgo de convertir a la Iglesia en una “pieza de museo” o
“en una posesión de pocos”.
Aunque, como Santo Tomás Aquino, recuerda que “el culto que agrada a
Dios (…) son las obras de misericordia más que los actos de culto”, Francisco
no rechaza evidentemente la oración y el culto como camino de santidad. Al
contrario: frente a “un consumismo hedonista”, “a la inmanencia cerrada de este
mundo”, “la santidad está hecha de una apertura habitual a la trascendencia,
que se expresa en la oración y en la adoración”. Pero la oración no puede ser
“una evasión que niega el mundo que nos rodea”, insiste antes de unas páginas
exigentes sobre la “lucha permanente constante contra el diablo, que es el
príncipe del mal”.
Una Iglesia cada vez más santa y misericordiosa
Al final, la santidad descrita aquí por el papa Francisco es, ante todo,
la de un creyente “centrado, firme en torno a Dios”, que no mira “desde
arriba”, sino que es capaz de vivir con humildad, así como con “alegría y
sentido del humor”, “audacia” y “coraje apostólico”…
“No se trata de aplicar recetas o de repetir el pasado, ya que las
mismas soluciones no son válidas en toda circunstancia, y lo que era útil en un
contexto puede no serlo en otro”, insiste, llamando a liberar los espíritus “de
la rigidez que no tiene lugar ante el perenne hoy del Resucitado”.
Y porque es necesario que cada creyente “discierna su propio camino y
saque a la luz lo mejor de sí” sin cansarse, intentando “imitar algo que no ha sido
pensado para él”, Francisco concluye su exhortación con tres bellas páginas
sobre el discernimiento, tema muy tratado por este Papa marcado por la
espiritualidad ignaciana.
Pidiendo a cada cristiano hacer “cada día, en diálogo con el Señor que
nos ama, un sincero “examen de conciencia””, destaca que “este discernimiento
orante requiere partir de una disposición a escuchar al Señor”. No se trata
para él de un “autoanálisis ensimismado” o de una “introspección egoísta”: “No
se discierne para descubrir qué más le podemos sacar a esta vida, sino para
reconocer cómo podemos cumplir mejor esa misión que se nos ha confiado en el
Bautismo, y eso implica estar dispuestos a renuncias hasta darlo todo”.
Francisco firma uno de esos textos importantes, nueva piedra miliar en
el profundo camino de transformación de una Iglesia que, desde el comienzo de
su pontificado, no ha dejado de querer siempre más santa y misericordiosa y,
por lo tanto, más evangelizadora.
(1) Gaudete et exsultate significa
“alegraos y regocijaos” (Mt 5,12).
Si gusta consultar la versión Pdf de El Mensajero de Santo Tomás y este texto, ingresar a este link: https://issuu.com/hectoralfonsorodriguezaguilar/docs/periodico_sto._tomas_mayo-18
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