Preparación
al 50 aniversario de la fundación de nuestra Diócesis de Ciudad Guzmán
30
de junio de 1972- 30 de junio del 2021-2022
Por: Mons. Óscar Armando Campos Contreras
Obispo de la Diócesis de Ciudad Guzmán
I. Atravesar
la Puerta Jubilar
"Yo soy la puerta" (Jn 10, 9)
¡Hemos atravesado la Puerta Jubilar!,
así damos los primeros pasos en este tiempo de gracia. Bienvenidos hermanos y
hermanas representantes de las distintas realidades de nuestra diócesis, de las
parroquias de nuestras seis vicarías, laicos y laicas, religiosos y religiosas;
muy queridos diáconos, presbíteros, don Rafael obispo emérito.
Este gesto, de pasar por la Puerta Jubilar, nos señala con determinación
y claridad, cuál es el camino a recorrer durante estos meses de preparación a
las Bodas de Oro de nuestra diócesis: Es encontrarnos con Cristo.
Él es la Puerta para salir de nuestro encierro, de nuestra auto
referencialidad espiritual y pastoral, para renovar nuestras motivaciones
profundas de servicio al estilo de Jesús; para salir de nuestros cansancios y
lentitudes pastorales y para recordar activamente, con gratitud, el vigor
apostólico de los primeros misioneros y la respuesta del corazón de estos
pueblos del Sur de Jalisco durante la primera evangelización, que floreció,
como el cempaxúchitl en manos de Señor San José.
Así queremos que siga floreciendo lo que se ha sembrado, entre gozos y
lágrimas, para que la pasión por todo lo que significa el Reino de Dios nos
impulse a trabajar unidos a fin de renovarnos cada uno de nosotros en la
entrega a nuestra misión; colaborando en la renovación de nuestra Iglesia; trabajando
solidariamente en la atención a todos aquellos que sufren abandono, soledad,
injusticia, miseria moral o material; cultivando las semillas del amor a Dios y
al prójimo; y participando en la construcción de una sociedad más humana, más solidaria
y más cristiana.
Este camino Jubilar nos invita a tener una memoria eucarística, de
gratitud ante el servicio y la creatividad pastoral de las generaciones que han
dejado su huella durante estos 49 años de vida diocesana.
Recorramos, pues, este tiempo jubilar como un camino luminoso que nos
lleva a caminar con Cristo y con nuestros hermanos, para impulsar con
entusiasmo la misión evangelizadora de nuestra Iglesia. El Señor nos pide que
vayamos a los alejados; nos solicita renovar nuestro ánimo misionero para ser
una iglesia en salida. No cerremos la puerta a nadie. Salgamos al encuentro de
los demás y dejemos que entren nuevamente quienes se han alejado.
II. Las
esperanzas sobre este jubileo
“Proclamar el año de gracia del Señor” (Lc 4, 19)
Como iglesia diocesana, estamos llamados a proclamar el año de gracia
del Señor…a anunciar a los pobres esa buena noticia. Sin embargo, para anunciar
a los pobres el “año de gracias” tenemos que reconocer que hoy existen diversos
tipos de pobreza: La económica de aquellos cuyas necesidades de trabajo, techo,
alimentación, salud para sí y para su familia les impide vivir una vida digna de
seres humanos, de hijos de Dios. La miseria es un grito que clama al cielo.
Existen también otra pobreza de graves consecuencias: La falta de
sentido a la vida. Este vacío interior hace que muchos jóvenes y adultos, al no
encontrar su lugar y su misión en el mundo, vean como único destino para su
vida el placer, el poder o el tener. Dios no está en el horizonte de su vida.
Otra pobreza que va creciendo es la carencia de humanidad, de
fraternidad, de compasión, en el corazón de hombres y mujeres que buscan sacar
ventaja a costa del daño a los demás en el secuestro, la droga, el
narcotráfico, el crimen, la violencia, viven y actúan como si Dios no existiera…Esta
es una pobreza de humanidad, de vida familiar y de fe.
En nuestra sociedad, los cristianos bautizados son aún mayoría. Ante
esta realidad los pastores debemos preguntarnos: ¿Son atendidos con procesos
evangelizadores, permanentes, sistemáticos, que partan del encuentro personal
con Jesucristo, desde el Kerigma, hasta el compromiso misionero que pasa por
una auténtica y adecuada formación discipular de cada sector? ¿Se sienten acaso
pertenecientes a la comunidad de creyentes? ¿No es un grito de pobreza el de
nuestros laicos y laicas que carecen aún de una mayor y mejor formación para
que conozcan su misión en el mundo secular? ¿Recordemos cuál fue la petición de
nuestros laicos en la última asamblea diocesana?
Este año jubilar nos invita a renovarnos. Todas las actividades diocesanas
y parroquiales deben de llevarnos a un encuentro con el Señor, que nos impulsen
a seguirlo para encender en nuestra vida personal, en nuestra vida parroquial,
en nuestra vida diocesana el fuego que Él vino a traernos.
Por eso, así como resonaban las trompetas de Israel para anunciar el
Jubileo, así han de resonar en nuestro corazón las esperanzas de nuestra última
Asamblea Diocesana Postsinodal, en la que el grito de los que sufren y los
gemidos de la creación, nos han dejado desarropados de nuestras seguridades autorreferenciales;
al igual que la pandemia, como señala el Papa Francisco en Fratelli Tutti ha desenmascarado el egoísmo de nuestras seguridades
o de nuestros intereses particulares.
Seamos objetivos y no autoindulgentes de frente a nuestros olvidos o
retrasos en las formas concretas de vivir la fe y la misión que se nos confió
como sacerdotes o como laicos y laicas.
III. Campos
de acción para la misión evangelizadora
“… y proclamarás la liberación para
todos los habitantes.
Será para ustedes un Jubileo”. (Lv 25, 10)
Por eso de corazón, y en nombre
de Dios, deseo y pido que este tiempo jubilar sea la oportunidad de una
renovación que parta del corazón, tanto en la vida personal, como en la vida
familiar; en la vida de nuestras comunidades parroquiales y en los objetivos de
todas las comisiones diocesanas, atendiendo cuatro campos de trabajo muy
urgentes:
1)
La
formación: Una formación discipular en los
diferentes sectores de laicos y laicas; no solamente para los que participan en
nuestros grupos o comunidades. Necesitamos que cada parroquia ofrezca una
amplia formación que parta del Kerigma y siga acompañando, en el camino
discipular, a la inmensa mayoría de fieles bautizados que no participan en
grupos, comunidades o movimientos; buscando nuevos métodos, nuevas expresiones,
nuevas formas y los espacios humanos adecuados a las diversas situaciones
particulares.
2)
La
familia: En el momento actual, este sector básico en la
sociedad y en la Iglesia, pide con urgencia
una delicada atención pastoral a las variadas situaciones y necesidades
que vive. Recordemos que la iglesia doméstica es el espacio privilegiado para
sembrar la semilla de la fe, pero no basta dar reconocimientos, es necesario y
urgente promover, animar e impulsar todo lo que pueda ayudar a las familias a
vivir su misión en el mundo y para el mundo desde su fe cristiana.
La ausencia de valores y la
desintegración de las familias es también un grito de los pobres. Por eso, las
familias necesitan un atento cuidado pastoral. Acompañemos a las familias con
la gran riqueza de organización y métodos que para su crecimiento humano y
cristiano tenemos; para que los mismos laicos y laicas que buscan vivir su
experiencia familiar como iglesia doméstica lo hagan. ¡No los dejemos solos!
3)
La
juventud: La juventud es un sector que necesita encontrar la
verdad, la libertad y el gozo de vivir. Son presente y futuro de la vida de la
Iglesia y de la sociedad. Debemos entender como realidad juvenil a la población
que va de los diecisiete hasta alrededor de los treinta y cinco años, aunque
muchos de ellos tengan ya pareja. Son mayoría y, al mismo tiempo son los
grandes ausentes en la vida de la Iglesia. También sus necesidades son un grito
de pobreza que debemos escuchar. Es importante capacitarnos para entenderlos y
atenderlos con una pastoral que llegue a todos los sectores y ambientes
juveniles.
No nos podemos conformar con tener
grupos juveniles. La pastoral juvenil no se reduce a tener grupos. Hay que
buscar caminos nuevos para acercarlos a la verdad, a la libertad y a la alegría
de vivir en Jesucristo. A todos aquellos que no llegan, hay que ir hacia ellos.
Son distintos los ambientes en los que la juventud se desenvuelve; tienen que
ser distintas y adecuadas las formas de proponer la Buena Nueva en la época actual.
4)
Los
migrantes: El deseo de vivir mejor, de superar la
pobreza, de dar una mejor educación a los hijos es algo que debemos aceptar en
todos, no sólo como normal o valioso, sino como un signo de que reconocemos
nuestra propia dignidad humana, base de nuestra condición cristiana. Eso es lo
que debemos ver en todos los que migran en búsqueda de trabajo, sea de nuestras
poblaciones y ranchos hacia Estados Unidos de América; o sean del sur del país
a nuestra región del Sur de Jalisco.
Aquí tenemos miles de trabajadores que abandonan su tierra y aún sus familias para encontrar trabajo y conseguir el sustento necesario. Sus condiciones no son ciertamente las mejores y la atención que como Iglesia les damos no es muy significativa. Necesitamos una organización de la pastoral social en cada parroquia que además de coordinar, promover e impulsar las acciones correspondientes a su misión específica, se esfuercen, haciéndonos corresponsables todos, por visibilizar la atención a lo más necesitados, entre los que se encuentran estos mismos: los migrantes; ante los cuales nos dice el Señor: “Era forastero y me atendiste”.
Este ciclo Jubilar, anunciado por la sinfonía de los caracoles al inicio
de la celebración, que evocaron el antiguo yobel y las trompetas del perdón,
concluirá, Dios mediante, el próximo 30 de junio del 2022. Llegaremos a esa
fecha con los frutos que el Señor espera de nosotros? ¿Será este un tiempo de verdadera conversión
pastoral?
Cristo, es nuestro jubileo, dejemos que Él, nos siga liberando de la
modorra que producen los métodos y formas pastorales que ya no resuenan en el
corazón de los jóvenes, de los alejados; que han dejado de ser atractivas en
muchas de las familias de esta época que nos toca vivir.
Jesucristo, nos envía a ser signo de su liberación, sacudiéndonos los
clichés o tomas de posturas pastorales que asfixian iniciativas de comunión o
sinodalidad.
La elaboración del 5° Plan Diocesano de Pastoral deberá impulsar y
animar nuevas respuestas a las nuevas realidades. Dejemos que el Espíritu nos
acompañe y nos ilumine en este año jubilar que reanimará el proceso diocesano.
Solamente si abrimos puertas y ventanas para dejar que el viento del Espíritu
Santo nos renueve, nuestra iglesia diocesana mantendrá encendido el fuego del
evangelio para las siguientes generaciones.
Si en verdad, deseamos celebrar este jubileo promoviendo una iglesia
diocesana servidora del reino y ministerial, no podemos contentarnos con la
auto referencialidad, sino ir más allá, generando nuevos espacios de
participación, de comunión y de sinodalidad. Nuevos métodos y nuevas
expresiones que manifiesten el ardor evangelizador de nuestra iglesia
diocesana.
Todo eso supone revisión humilde, iniciativa, creatividad, audacia
renovadora, como nos lo recuerda el Papa Francisco en Evangelii Gaudium: “Sueño con una opción misionera capaz de
transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el
lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la
evangelización del mundo actual más que para la autopreservación” (EG 27)
¡No nos avejentemos! Cincuenta años deberán reflejar la vitalidad de una
Iglesia particular en plena juventud.
Que nuestro Patriarca, protector y patrono, Señor San José nos acompañe
en este año, para que los sueños que tenemos de responder a lo que el Señor nos
pide desde las necesidades de nuestro pueblo, sean atendidas como respondió él
a lo que Dios le pidió con total entrega, prontitud y audacia, para que Cristo
creciera, se desarrollara y cumpliera su misión en el mundo.
Tenemos
también la seguridad de que María, Madre de Jesús y madre nuestra, intercede
por nosotros. Somos sus hijos por eso le pedimos que, en esta hora de la
historia, que en este tiempo jubilar, nos ayude a ser verdaderos discípulos
misioneros, como ella. Nos ponemos bajo
tu amparo Santa Madre de Dios, no desprecies nuestras súplicas y líbranos de
todo mal ¡Oh virgen gloriosa y bendita! Amén.

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