Por Umberto Eco
Publicado en 1974
—año en que se conmemoró el séptimo centenario de la muerte de Santo Tomás de
Aquino— por L’Espresso,
este ensayo lamenta que el mundo actual no haya sido capaz: de producir a un
sabio de la talla de Santo Tomás, cuyo sistema móvil de pensamiento permite,
como ningún otro, “pensar honestamente”.
Una mala jugada
La peor desgracia de
su carrera no se abatió sobre Santo Tomás de Aquino el 7 de marzo de 1274,
cuando murió en Fossanova con apenas 49 años de edad y los monjes no lograron
bajar su cuerpo por las escaleras, a causa de su gordura. Tampoco cuando, tres
años después de su muerte, el arzobispo de París, Etienne Tempier, emitió una
lista de proposiciones heréticas (doscientas diecinueve) que incluía la mayor
parte de las tesis averroístas, ciertas observaciones acerca del amor terrestre
elaboradas cien años antes por André Le Chapelain y veinte proposiciones
claramente atribuibles al angélico doctor Tomás de los señores de Aquino. La
historia evacuó rápidamente este acto represivo y Tomás, ya muerto, ganó su
batalla, en tanto que Etienne Tempier terminó —junto con Guillermo de Saint
Amour, el otro enemigo de Santo Tomás— entre los rangos desgraciadamente
eternos de los grandes restauradores, que comienzan con los jueces de Sócrates
y, pasando por los de Galileo, terminan provisionalmente en Gabrio Lombardi.1
La desgracia que echa
a perder la vida de Santo Tomás sobrevino en 1323, dos años después de que
muriera Dante y quizás un poco por su propia culpa, cuando el papa Juan XXII
decidió convertirlo en Santo Tomás de Aquino. Fue una mala jugada, como las de
recibir el premio Nobel, ingresar en la Academia Francesa
o conseguir el Oscar. El beneficiado se vuelve algo parecido a la Gioconda : un cliché.
Constituyen el momento en que un gran incendiario es nombrado bombero.
El burro y el buey
En el año de 1974 se
conmemeró el séptimo centenario de la muerte de Tomás.2 Tomás
vuelve a estar de moda como santo y como filósofo; se intenta elucidar lo que
Tomás habría hecho hoy si hubiera tenido la fe, la cultura y la energía
intelectual con las que contó en su tiempo. Pero en ocasiones el amor
entenebrece las almas. Para decir que Tomás fue grande, se afirma que fue un
revolucionario y es necesario tratar de entender en qué sentido lo fue, porque
no puede afirmarse que fuese un restaurador, pero sí que levantó un edificio
tan sólido que, después de él, ningún revolucionario ha podido Asurarlo desde
el interior; lo más que ha podido hacerse —de Descartes a Hegel, de Marx a
Theilard de Chardin— es hablar de aquél “desde el exterior”.
Lo anterior es
todavía más interesante porque no se comprende cómo pudo ser causa de escándalo
un individuo tan poco romántico, tan gordo y tan sosegado que en la escuela
tomaba notas en silencio con aire de no entender nada y era objeto de las
burlas de sus compañeros. Una vez, cuando en el refectorio del convento estaba
sentado en su doble sitial (había sido necesario cortar el brazo de separación
para hacerle un espacio más ancho), los bromistas frailes le hicieron creer que
afuera había un burro que volaba; él corrió a verlo; los otros morían de risa
(se sabe que los frailes mendicantes tienen gustos muy simples); entonces Santo
Tomás (que no era un bobo) les dijo que era más verosímil un burro volador que
un fraile mentiroso y los religiosos enrollaron la cola. Ese estudiante, que
fue apodado por sus camaradas “el buey mudo”, llegó a ser un profesor adorado
por sus alumnos. Un día que se paseaba por las colinas con sus discípulos y
miraban juntos París desde lo alto, aquéllos le preguntaron si le gustaría ser
el señor de tan bella ciudad. El contestó que, por mucho, preferiría contar con
el texto de las homilías de san Juan Crisóstomo. Sin embargo, cuando un enemigo
ideológico le llenaba los zapatos de piedras, se convertía en una fiera y —en
su latín que parece decir muy poco porque se le entiende y tiene los verbos
donde un italiano espera encontrarlos— explotaba en maledicencias y sarcasmos
como cualquier Marx que fustigara a M. Szeliga.
Un sólido luchador
¿Era un gordo
bonachón? ¿Era un ángel? ¿Era asexuado? Cuando sus hermanos quisieron impedirle
ser dominico (en esa época el hijo menor de una familia bien se hacía
benedictino, lo que era digno, y no fraile mendicante, lo que equivaldría hoy a
entrar en una comunidad maoísta o irse a trabajar con Danilo Dolci),3 lo
secuestraron mientras marchaba hacia París y lo encerraron en el castillo de la
familia. Luego, para liberarlo de esa idea fija y hacer que se convirtiera en
un abad como se debe, le mandaron a su cuarto una muchacha desnuda y dispuesta
a todo. Tomás tomó entonces un tizón y se puso a perseguir a la joven con la
clara intención de quemarle las nalgas. Entonces ¿nada de sexo? Vaya usted a
saberlo, porque la cosa lo turbaba de tal modo que desde entonces, según
Bernardo de Guido, “si los encuentros con mujeres no eran verdaderamente
necesarios, los evitaba como si fuesen serpientes”.
En cualquier caso, el
hombre era un luchador. Sólido, lúcido, concibió un ambicioso proyecto, lo
ejecutó y ganó. Veamos cuál era el terreno de combate, qué estaba en juego y
qué ganancias obtuvo.
Cuando Tomás nació,
las comunas italianas llevaban cincuenta años de haber vencido la batalla de
Legnano contra el Imperio. Inglaterra llevaba diez con la Carta Magna. En
Francia acababa de terminar el reino de Felipe Augusto. El Imperio agonizaba.
En cinco años, las ciudades marítimas, libres y comerciantes del Norte
constituyeron la Liga
Hanseática. La economía florentina se encontraba en fase de
expansión y se acuñaba el florín de oro; Fibonacci ya había inventado la
partida doble; las escuelas de Medicina en Salerno y de Derecho en Bolonia
llevaban cien años de progreso. Las Cruzadas se hallaban en estado avanzado.
Esto quiere decir que los contactos con el Oriente estaban en pleno auge. Por otro
lado, los árabes de España fascinaban al mundo occidental con sus
descubrimientos científicos y filosóficos. La técnica conocía un vigoroso
desarrollo: las maneras de herrar los caballos, de hacer girar los molinos, de
pilotar los barcos, de uncir a las bestias de tiro y de labor habían cambiado.
En el Norte, monarquías nacionales; en el Sur, comunas libres.
Se busca instrumento
En síntesis, todo lo
anterior ya no tiene que ver con la Edad Media , al menos como se la concibe
vulgarmente y, si se quiere polemizar, se diría que, salvo lo que Tomás está
cocinando, se trata ya del Renacimiento. Sólo que, para que lo que sucedió
sucediera, fue necesario que Tomás cocinara lo que cocinó. Europa trata de
darse una cultura que refleje una pluralidad política y económica, abierta a un
nuevo sentimiento de la naturaleza, de la realidad concreta, de la
individualidad humana sometida al paternal control de la Iglesia que nadie pone en
tela de juicio. El proceso de producción y el de organización se racionalizan:
es necesario hallar los instrumentos técnicos de la razón.
En el momento en que
nace Tomás, las técnicas de la razón llevan funcionando un siglo. En la
parisiense Facultad de Artes se enseña música, aritmética, geometría y
astronomía, pero también dialéctica, lógica y retórica. De una manera nueva. Un
siglo antes Pedro Abelardo había pasado por allí: perdió los genitales por
razones privadas, pero su cabeza no perdió vigor: el nuevo método consiste en
comparar opiniones de las diferentes autoridades tradicionales y en llegar a
una decisión siguiendo procedimientos lógicos fundados sobre una gramática
laica de las ideas. Se hace lingüística y semántica: se pregunta lo que una
palabra dada quiere decir y en qué sentido se la emplea. Los textos de lógica de
Aristóteles son los manuales de estudio pero no todos han sido traducidos ni
interpretados; nadie sabe griego, excepto los árabes que van mucho más
adelantados que los europeos tanto en filosofía cuanto en ciencias.
Alucinación y visión
Sin embargo, la
escuela de Chartres lleva un siglo redescubriendo los textos matemáticos de
Platón y construyendo una imagen natural del mundo, regida por leyes
geométricas y procesos mensurables. Todavía no se está en el método
experimental de Roger Bacon, sino en una construcción teórica, en una tentativa
de explicar el universo a partir de bases naturales, aun cuando la naturaleza
es considerada un agente divino. Roberto de Grosseteste elabora una metafísica
de la energía luminosa que nos hace pensar un poco en Bergson y otro poco en
Einstein: nacen los estudios de Óptica, es decir, se plantea el problema de la
percepción de los objetos físicos y se traza la frontera entre alucinación y
visión.
Esto es ya mucho
porque el universo de la
Alta Edad Media era el de la alucinación, bosque simbólico
poblado de presencias misteriosas en el que las cosas eran vistas como el
relato continuo de una divinidad que pasara su tiempo leyendo y elaborando
crucigramas. En la época de Tomás, este universo de la alucinación aún no desaparecía
bajo los golpes del universo de la razón. Por el contrario, éste era producto
de las élites intelectuales y se le miraba de soslayo porque se miraba de
soslayo a todas las cosas terrestres.
San Francisco le
hablaba a los pajarillos pero el andamiaje filosófico de la filosofía es
neoplatónico. Esto significa claramente que lejos, muy lejos, está Dios; en su
globalidad inaccesible se agitan los principios de las cosas, las ideas: el
universo es efecto de una distracción benevolente de ese Uno remotísimo que
parece verterse lentamente hacia abajo dejando huellas de su perfección en los
sucios grumos de sus excrementos, como sedimentos de azúcar en la orina. En tal
estiércol, que representa para el neoplatonismo la periferia más soslayable del
Uno, es posible encontrar —casi siempre gracias al golpe genial del
crucigramista— trazas, gérmenes de comprensión: en realidad la comprensión se
encontraba en otra parte: allí donde, en el mejor de los casos, llegaba el
místico con su intuición nerviosa, descarnada, y penetraba con el ojo de un
casi drogado en el departamento de soltero del Uno, lugar del único festín
verdadero.
Platón y San Agustín
habían dicho todo lo necesario para comprender los problemas del alma. Sin
embargo, cuando era preciso definir la naturaleza de una flor, o la del
enmarañamiento de las tripas que los médicos de Salermo examinaban en el
vientre de los enfermos, o la de los efectos benéficos del aire fresco una
tarde primaveral, todo se complicaba. Entonces valía más conocer las flores a
partir de las miniaturas de los visionarios, ignorar las tripas y considerar
peligrosamente tentadoras las tardes de primavera. La cultura europea estaba,
pues, dividida entre los que entendían el cielo y los que entendían la tierra.
Y quien prefería entender la tierra y se desinteresaba del cielo sufría
molestias: alrededor erraban las Brigadas Rojas de la época, sectas heréticas
que por un lado querían cambiar al mundo y construir repúblicas imposibles y,
por el otro, practicaban la sodomía, el robo y otras maldades. Vaya a saberse
si todo era cierto pero, en la duda, más valía matarlos a todos.
Un griego excepcional
En esos tiempos, los
hombres de la razón aprenden de los árabes que hay un viejo maestro (griego)
que podría aportar una clave para unificar a esos miembros dispersos de la
cultura: Aristóteles.
Aristóteles sabía
hablar de Dios, pero clasificaba piedras y animales, se ocupaba de los
movimientos de los astros, sabía lógica, se interesaba por la psicología,
hablaba de física, ordenaba sistemas políticos. Sobre todo, Aristóteles ofrecía
las claves (y Tomás sabría explotarlas plenamente) para invertir la relación
entre la esencia de las cosas —es decir, lo que se puede entender y decir de
las cosas, incluso cuando no las tenemos a la vista— y la materia de que las
cosas están hechas. Dejemos en paz a Dios, que vive bien en su lugar y que ha
dotado al mundo de excelentes leyes físicas que le permiten marchar solo. No
nos extraviemos en el intento de hallar huellas de esencias en esa suerte de
caída mística durante la cual —y perdiendo en el camino lo mejor— las esencias
acaban por contaminarse de materia. El mecanismo de las cosas lo tenemos ante
los ojos. Las cosas son el principio de su propio movimiento; un hombre, una
flor, una piedra son organismos que crecen de acuerdo con una ley interna que
los echa a andar: la esencia es el principio de su crecimiento y de su
organización. Es algo que ya está allí, listo para explotar; algo que rige
desde dentro el movimiento de la materia y la hace desarrollarse y
manifestarse: algo por lo que podemos entenderla. Una piedra es una parcela de
materia que asumió una forma: de este matrimonio nació una sustancia
individual. El secreto del ser, como lo explicará Tomás en un relámpago de
genio, se encuentra en el acto concreto de existir. La existencia, lo que
acaece no son accidentes que les suceden a las ideas: éstas, por su parte,
están mejor en el calor uterino de la divinidad lejana. Por principio de
cuentas, gracias al cielo, las cosas existen concretamente. Luego las
comprendemos.
Naturalmente, quedan
dos puntos por precisar. En primer lugar, para la tradición aristotélica,
entender las cosas no quería decir estudiarlas experimentalmente: bastaba
entender que las cosas cuentan, la teoría se ocupaba del resto. Es poco, si se
quiere, pero es ya un notable salto hacia adelante en relación con el universo
alucinado de los siglos precedentes. En segundo término, si Aristóteles debía
ser cristianizado, había que dar más espacio a Dios que andaba un poco
distante. Las cosas cambian en virtud de la fuerza interna del principio de
vida que las mueve, pero habrá que admitir que, si Dios toma en serio todo este
gran movimiento, es muy capaz de pensar la piedra mientras ésta se vuelve
piedra por ella misma y que, si decidiera cortar la corriente eléctrica (a la
que Tomás llama “participación”), se daría el black-out cósmico. En
consecuencia, la esencia de la piedra está en la piedra, es captada por nuestro
espíritu que es capaz de pensarla, pero existía ya en el espíritu de Dios quien
está lleno de amor y no pierde el tiempo en arreglarse las uñas, sino aportando
energía al universo. Así había que jugar el juego. Si no, Aristóteles no
hubiese entrado en la cultura cristiana y, si no entraba, tampoco hubieran
entrado la naturaleza y la razón.
El juego es difícil
porque los aristotélicos que Tomás encuentra cuando comienza a trabajar habían
seguido otro camino que hasta puede gustamos más, y que un intérprete
aficionado a los cortos circuitos históricos podría presentar como
materialista. Sería empero un materialismo muy poco dialéctico, un materialismo
astrológico que habría disgustado un poco a todos: tanto a los guardianes del
Corán como a los del Evangelio. El responsable había sido, un siglo antes,
Averroes, hombre de cultura musulmana, de raza berebere, de nacionalidad
española y de lengua árabe. Averroes conocía a Aristóteles mucho mejor que
nadie y entendió a dónde llevaba la ciencia aristotélica: Dios no es un mañoso
que se mete al azar en todo. El estructuró la naturaleza en su orden mecánico y
sus leyes matemáticas, regida por la determinación estricta de los astros; y,
dado que Dios es eterno, el mundo en su orden también lo es. La filosofía
estudia este orden, es decir la naturaleza. Los hombres somos capaces de
comprenderla porque en cada uno de nosotros actúa un mismo principio de
inteligencia. Si no, cada uno vería las cosas a su manera y no podríamos
entendemos. La conclusión materialista era inevitable: el mundo es eterno, está
regido por un determinismo previsible y, si un solo intelecto habita en todos
los hombres, el alma inmortal no existe. Si el Corán dice otra cosa, el
filósofo debe creer filosóficamente en lo que su ciencia le prueba y luego, sin
plantearse demasiados problemas, creer lo contrario sometiéndose a su fe. Hay
dos verdades. La una no tiene por qué molestar a la otra.
Averroes llevó a
conclusiones claras lo que estaba implícito en un aristotelismo riguroso. Esta
fue la causa de su buen éxito entre los maestros de la Facultad de Artes de
París, particularmente Siger de Brabante —a quien Dante ubicó en el Paraíso al
lado de Santo Tomás, no obstante que éste fue a su vez la causa del desplome de
la carrera científica de aquél, así como de su relegación a capítulos secundarios
de la historia de la filosofía.
Política de la cultura
El juego de política
cultural que Tomás trata de jugar es doble: por una parte, hacer que la ciencia
teológica de su tiempo acepte a Aristóteles; por la otra, disociar al griego de
la utilización que le daban los averroístas. Al hacer eso, Santo Tomás se topa
con un escollo: él pertenece a las órdenes mendicantes4 que
tuvieron la desventura de poner en circulación a Joaquín de Flore y a una banda
de herejes apocalípticos que se convirtieron en un grave peligro para el orden
constituido por la Iglesia
y por el Estado. Esto permitió a los maestros reaccionarios de la Facultad de Teología,
dominados por el temible Guillermo de Saint Amour, cerrar filas para afirmar
que todos los frailes mendicantes eran joaquinitas y heréticos que querían
enseñar al Aristóteles, maestro de los materialistas ateos averroístas. Se
trata del mismo juego de Gabrio Lombardi: quien quiere legalizar el divorcio es
amigo del que quiere legalizar el aborto, y éste del que quiere legalizar la
droga: vote sí a la vida como el primer día de la creación.5
Iglesia y naturaleza
Gracias a todo eso,
Tomás dio a la Iglesia
una doctrina que, sin quitarle un pelo de su poder, dejó a las comunidades en
libertad para decidir si eran monárquicas o republicanas, y que distingue, por
ejemplo, diferentes tipos y derechos de propiedad. Esto, hasta el punto de
decir que el derecho de propiedad existe en cuanto a la posesión pero no en
cuanto al uso. Ejemplo: yo tengo derecho de poseer un inmueble en la calle
Tibaldi pero, si hay personas que habitan en barracas, la razón me exige que yo
les permita utilizar aquélla (yo seguiré siendo el propietario de mi inmueble,
pero los otros deben habitarlo incluso si repugna a mi egoísmo). Hay más: ésta
y otras soluciones están fundadas en el equilibrio y en esa virtud llamada
“prudencia”, cuyo “fin” es conservar la memoria de las experiencias adquiridas,
el sentido exacto de los fines, la atención lista para la coyuntura, la
investigación racional progresiva, la previsión de las contingencias futuras,
la circunspección frente a las oportunidades, la precaución ante las
complejidades y el discernimiento frente a las condiciones excepcionales.
Llega a tanto, porque
este místico que no hallaba la hora de perderse en la visión beatífica de Dios
a la que el alma humana aspira “por naturaleza”, era también un hombre
extraordinariamente atento a los valores naturales y respetuoso del discurso
racional.
No olvidemos que
antes de Tomás, cuando se estudiaba el texto de un autor antiguo, el comentador
o el copista que encontraba algo discordante con la religión revelada recurría
a uno de estos tres expedientes: borraba las frases “erróneas”, las acompañaba
de un signo de dubitación para alertar al lector, desplazaba los “errores” al
margen. Por el contrario ¿qué hacía Tomás? Alineaba las opiniones divergentes,
esclarecía el sentido de cada una de éstas, ponía todo en cuestión —incluso el
dato de la revelación—, enumeraba las objeciones posibles, intentaba la
mediación final. Todo debía ser hecho en público, como pública era la disputatio 7 de la
época: entonces entraba en funciones el tribunal de la razón.
Los especialistas más
finos y más fieles del tomismo, como Gilson, 8 han
mostrado brillantemente que, si se lee bien, se descubre que en todos los casos
el dato de la fe prevalecía sobre todo lo demás y orientaba la elucidación del
problema, a saber: que Dios y la verdad revelada precedían y guiaban el
movimiento de la razón laica. Nadie ha dicho nunca que Tomás era Galileo.
Sencillamente, Tomás le aporta a la
Iglesia un sistema doctrinal que la pone en acuerdo con el
orden natural. Y obtiene victorias fulgurantes. Los datos hablan.
Nuevas reglas del juego
Antes de él se
afirmaba que “el espíritu de Cristo no reina donde vive el espíritu de
Aristóteles”; en 1210 los libros de filosofía natural del filósofo griego
estaban aún prohibidos y las prohibiciones continuaron durante los decenios
siguientes, mientras Tomás hacía traducir esos textos por sus colaboradores y
los comentaba. Pero en 1255 todo Aristóteles pasa. Después de la muerte de
Tomás, como hemos visto, se intenta todavía una reacción, pero finalmente la
doctrina católica se alinea con las posiciones aristotélicas. El dominio y la
autoridad espiritual que alguien como Croce ejerció sobre cincuenta años de
cultura italiana son nada comparadas con la de Santo Tomás quien, en cuarenta
años, cambió toda la política cultural del mundo cristiano. Después de esto, el
tomismo, dotó al pensamiento católico de un marco tan completo, dentro del cual
todo encuentra sitio y explicación, que a partir de entonces el pensamiento católico
no logra mover nada. Cuando mucho, con la escolástica contrarreformista,
reelabora a Santo Tomás, de tal manera nos restituye un tomismo jesuítico, un
tomismo dominico y hasta un tomismo franciscano en el que se agitan las sombras
de Buenaventura, Duns Scoto y Ockham. Pero a Tomás ya no puede tocársele. Lo
que en él fue una ansiedad de construir un sistema nuevo, deviene, en la
tradición tomista, en vigilancia conservadora de un sistema intocable. Donde
Tomás conmovió, trastornó todo para reconstruir de nuevo, el tomismo
escolástico trata de no tocar nada y hace prodigios de acrobacia
pseudotomasiana para atrapar lo nuevo en las redes del sistema de Tomás. La
tensión y la sed de conocimiento que el robusto Tomás poseía en el grado más
alto se desplazan hacia los movimientos heréticos y la reforma protestante. De
Tomás queda el marco y no el esfuerzo intelectual que fue necesario para armar
ese marco que, en su época, fue verdaderamente “diferente”.
Naturalmente, la
falta es también suya, puesto que él dio a la Iglesia un método para
conciliar las tensiones y englobar de manera no conflictiva todo lo que no se
puede evitar. Fue él quien enseñó a cernir las contradicciones para resolverlas
de modo armonioso. Aceptada la apuesta, se creyó que Tomás enseñaba a expresar
un “ni sí ni no”, allí donde había una oposición entre sí y no. Sólo que Tomás
lo hizo en un momento en que decir “ni sí ni no”, no equivalía a detenerse sino
a seguir adelante y cambiar las reglas del juego.
Por eso se puede
preguntar qué haría Tomás de Aquino si viviera hoy. Se puede responder que, de
todas maneras, no reescribiría una Summa Theologica. Tendría en cuenta al marxismo,
a la teoría de la relatividad, a la lógica formal, al existencialismo, a la
fenomenología. No comentaría a Aristóteles, sino a Marx y a Freud. Cambiaría
sus métodos de argumentación que se volverían un poco menos armónicos y
conciliadores. En fin, se daría cuenta de que no es posible ni debido elaborar
un sistema definitivo, acabado como una arquitectura, sino una especie de
sistema móvil, una summa de hojas sustituibles porque en su enciclopedia de las
ciencias habría que incluir la noción de lo provisional histórico. Yo podría
afirmar que sería cristiano, pero supongámoslo. Tengo la certeza de que participaría
en las celebraciones de su aniversario únicamente para recordar que no se trata
de decidir cómo seguir utilizando lo que él pensó, sino de pensar otras cosas:
que es necesario, cuando mucho, aprender de él lo que es necesario hacer para
pensar honestamente como hombre del propio tiempo. Dicho esto, no querría estar
en su lugar.
Traducción
del italiano por Carlos Castillo Peraza.
Notas
del traductor:
1 Se trata
de un católico italiano, promotor de la Democracia Cristiana
a partir del final de la
Segunda Guerra mundial, conocido por sus posiciones adversas
a la legalización del divorcio, del aborto, del uso de drogas.
3 Dolci fue
lo que se suele llamar un “burgués” que hacia los setenta decidió irse a vivir
entre y con los campesinos, especialmente del sur de Italia, a quienes encabezó
en la defensa de sus tierras y aguas, y en la resistencia al monopolio y a las
construcciones especulativas.
4 Las más
importantes entre éstas fueron y siguen siendo la fundada por San Francisco de
Asís y la fundada por Santo Domingo de Guzmán, respectivamente los franciscanos
y los dominicos. Tomás perteneció a ésta. Joaquín de Flore —de Fiore o de
Flora—, a quien Eco se referirá enseguida, fue monje y que tuvo muchos
seguidores franciscanos. A los mendicantes, que de algún modo rompieron el
monopolio del monaquismo que hasta el siglo XIII tuvieron los benedictinos, se
les llamó “frailes” (del latín frater, “hermano”). También fueron “frailes” los
agustinos, los carmelitas, los mercedarios, los mínimos y los servitas.
5 Cuando en
Italia se sometió a referéndum si debía continuar vigente la ley que ignoraba
el divorcio, Lombardi fue partidario del “sí” y encabezó la campaña contra una
nueva ley que lo admitiese juntando en una sola categoría a todos los
mencionados por Eco en su metáfora histórica.
6 La
acusación, en filosofía y en la época, equivaldría a la de “concertacesión” en
política mexicana contemporánea.
Tomás pone un extraordinario sentido común en la realización de su proyecto de acordar la nueva ciencia con la ciencia de la revelación. También una gran adhesión a la realidad natural y al equilibrio terreno. Quede claro: no aristoteliza el cristianismo, sino que cristianiza a Aristóteles; no piensa —jamás pensó— que con la razón se podía entender todo, sino que todo podía entenderse con la fe; quiso decir sencillamente que la fe no estaba en desacuerdo con la razón y, en consecuencia, que era posible darse el lujo de razonar fuera del universo de la alucinación. Así se entiende por qué, en la arquitectura de sus obras, los capítulos principales no hablan más que de Dios, de los ángeles, del alma, de las virtudes, de la vida eterna; sin embargo, en esos capítulos todo encuentra sitio más que racional: “razonable”. Es dentro de una arquitectura teológica que se comprende por qué el hombre conoce las cosas, por qué su cuerpo está hecho de cierta manera, por qué para decidir debe examinar los hechos y las opiniones y resolver las contradicciones sin ocultarlas, tratando de ponerlas frente a frente —componerlas— a plena luz.
Tomás pone un extraordinario sentido común en la realización de su proyecto de acordar la nueva ciencia con la ciencia de la revelación. También una gran adhesión a la realidad natural y al equilibrio terreno. Quede claro: no aristoteliza el cristianismo, sino que cristianiza a Aristóteles; no piensa —jamás pensó— que con la razón se podía entender todo, sino que todo podía entenderse con la fe; quiso decir sencillamente que la fe no estaba en desacuerdo con la razón y, en consecuencia, que era posible darse el lujo de razonar fuera del universo de la alucinación. Así se entiende por qué, en la arquitectura de sus obras, los capítulos principales no hablan más que de Dios, de los ángeles, del alma, de las virtudes, de la vida eterna; sin embargo, en esos capítulos todo encuentra sitio más que racional: “razonable”. Es dentro de una arquitectura teológica que se comprende por qué el hombre conoce las cosas, por qué su cuerpo está hecho de cierta manera, por qué para decidir debe examinar los hechos y las opiniones y resolver las contradicciones sin ocultarlas, tratando de ponerlas frente a frente —componerlas— a plena luz.
7 La disputatio, en tiempos de Santo Tomás y en
las universidades medievales, era una discusión pública, casi con carácter de
justa o combate de honor, sujeta a reglas claras que se aplicaban en forma
rigurosa para evitar que la discusión degenerase en divagación. Un maestro
exponía una tesis. Quien quisiera objetarla, debía hacerlo en forma de
silogismo. El defensor repetía la objeción y juzgaba cada una de sus
proposiciones. Si lograba demostrar el error de alguna de las premisas de su
impugnante, éste estaba obligado a probarla. Fue, en la época, el recurso
universitario más importante y más socorrido para aclarar cuestiones
controvertidas. Incluso, como lo ha mostrado Erwin Panofsky en Architecture Gothique et Pensée Scholastique,
era el método que empleaban los arquitectos para tomar decisiones relativas a
la construcción de edificios, lo que ha hecho que el autor mencionado afirme
que se trata del método universal del pensamiento y la acción medievales.
8 Eco se
refiere a Etienne Gilson, autor que estudió no sólo el pensamiento de Santo
Tomás, sino los de otros muchos pensadores de la época, y es autor de obras
notables como: Le Thomisme, La philosophie de saint Bonaventure, Introduction à l’étude de saint Augustin, La
Théologie
mystique de saint Bernard, Dante et la
Philosophie , Eloïse et Abélard, L’esprit de la philosophie médiévale, Jean Duns Scot, etc.
Acerca del autor del
artículo:
Umberto Eco, nació en Alessandria, Piamonte, Italia en 1932-muere en Milán en 2016. Vivió y trabajó en Milán. Semiólogo, filósofo, ensayista, novelista, profesor universitario. Eco ha sido desde el comienzo de su carrera académica, trabajador en los diferentes campos y disciplinas humanísticas. Después de sus primeros estudios en la filosofía y la cultura medieval, ya en los años 50, se convirtió en un agudo observador de la cultura popular contemporánea y los medios de comunicación, así como también de la conexión entre los diferentes códigos de comunicación artística y la sociedad.
En 1962 presentó un texto de catálogo,
sobre la primera exposición de Arte programática en las tiendas de Olivetti en
Milán y en Venecia; en ese mismo
año publicó: Opera abierta, ensayo que influyó profundamente en la
interpretación de los fenómenos artísticos contemporáneos, mientras que en 1963
participó en la experiencia multidisciplinar de Grupo 63.
Otras obras de su autoría son:
Apocalípticos e integrados (1964), fue seguido por La Estructura ausente (1968), Tratado de semiótica general (1975) y,
Semiótica y Filosofía del lenguaje (1984). También publicó la siguientes
novelas: El nombre de la rosa (1980), ganador del Premio Strega en 1981), El
Péndulo de Foucault (1988), a Misteriosa flama de la reina Loana (2004), El
Cementerio de Praga (2010) y la reciente Número cero (2015).
Director de la revista "Versus –
Cuaderno de estudios de Semiótica", que fundó como teórico de esta
disciplina en 1971; también ha escrito para los periódicos y revistas italianas
y extranjeras más importantes, en los campos de la crítica, la semiótica y la
literatura. Durante su larga trayectoria intelectual ha formado alianzas y
amistades con escritores, filósofos, poetas, músicos y muchos artistas, entre
los que destacan: Enrico Baj, Eugenio Carmi, y Emilio Tadini.
Datos del Traductor:
Carlos Castillo Peraza.
Nació en Mérida, Yucatán. Murió el 9 de septiembre de 2000 en Bonn,
Alemania.
Estudió la licenciatura en filosofía en la Facultad de Filosofía y
Letras de la
Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) 1968-1971,
concluyendo sus estudios en la Pontificia Universidad
Gregoriana de Roma, Italia; cursó la licenciatura en letras con especialidad en
historia de la filosofía griega y medieval en la Universidad de
Friburgo, Suiza, 1972-1976.
Periodista de diversos medios nacionales y escritor de una veintena de
obras.
Fue profesor universitario de diferentes
instituciones públicas y privadas. Conferencista. Político del Partido Acción
Nacional (PAN) fue su presidente nacional en dicho instituto político.
Puedes consultar la versión Pdf de El Mensajero de Santo Tomás: https://issuu.com/hectoralfonsorodriguezaguilar/docs/08_v12







Vivaz y estimulante.
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